Un signo es una cosa que va en lugar de otra. Las palabras que están leyendo en este instante en realidad se sustituyen por sus significados –individuales y concatenados–, en un proceso instantáneo para cualquier persona alfabetizada. Pero hay signos más complejos, entramados con otras sustancias significantes, que ya sea por su seductiva construcción –la forma por sobre el contenido– como por su riqueza críptica –los infinitos contenidos por sobre la forma– pueden superar lo que representan y viceversa.
En ese sentido, la música está fuera de concurso, porque es el lenguaje más abstracto de todos. El ritmo, la melodía y la armonía en su conjunto no pueden referir de forma directa a nada concreto de este vasto mundo. Entonces, esa otra cosa nunca se materializa, y así nos distraemos con todo lo que no es la música per se. Como cantaba Leonard Cohen al inicio de “Hallelujah”: “Oí que había un acorde secreto/ que David tocaba y complacía al Señor,/ pero a vos no te importa mucho la música, ¿no?”.
Demo RCA 1982
La muerte del Indio Solari trajo ese infierno tan temido. Horas de televisión, streaming y afines, terabytes de palabras en redes sociales sobre la leyenda de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, enfocadas en la comunión, la misa y un rosario de lugares comunes esparcido como la radiactividad de Chernóbil que hizo crepar a Olga Sudorova. Pero, la música, las canciones, todo eso que suena en los discos o por donde sea, ¿no tendrán algo para decir?
Es verdad, los Redondos –pero sobre todo el Indio– ayudaron a cultivar ese misterio hasta límites esotéricos, ya desde el nombre que eligieron para la banda, poniendo al frente a ese personaje ficticio que algunos novatos confunden con Carlos Alberto Solari. En realidad, nació de algo tan mundano como un recetario de Royal en el que una tal Patricia Rey tiraba el pique para cocinar unos deliciosos redonditos de ricota (aunque, claro está, el origen del nombre también tiene sus vueltas enigmáticas). Y el misterio se volvió más misterioso porque a ninguno de los redonditos –y menos al Indio– lo vimos paveando en el ojo idiota. Ni en el sketch de turno de Marcelo Tinelli, ni tragando con Mirtha Legrand ni sentado en el kilométrico sillón de Susana Giménez.
Por supuesto, la música nunca es solo la música, ni la cultivada por artistas de fuste ni la chiclosa, aquella producida para ser masticada un ratito y escupida ante el próximo hit. Porque nadie escucha una canción en condiciones de laboratorio, con traje anticultural, aislado del mundo y de su yo –por los huecos de una melodía siempre se cuelan nuestras circunstancias–. Pero no hay bandera que aguante sin un material artístico que resista los vendavales de las modas. “Gracias a la música las pasiones gozan de sí mismas”, es la máxima 106 del libro Más allá del bien y del mal (1986), de Friedrich Nietzsche.
La música de los Redondos desprende ese hedonismo, el placer por la música en sí misma, incluyendo las letras que cantaba el Indio, indisolubles de las melodías y de su interpretación. Si bien se le suele buscar la vuelta con la imaginería religiosa, para explicar –o desexplicar– el fenómeno ricotero, son dos mundos paralelos, porque la religión –sobre todo la institucionalizada– vive de la promesa eterna, del futuro (el cielo al que llegarán algunos, dicen), mientras que la música no es más que puro presente: respira en cada reproducción y agita ese goce aquí y ahora.
Bajo este pulso
Los Redondos fueron –son– una banda que no tiene parangón en el rock hispanohablante. Porque su música es genuinamente roquera, y buena parte de la responsabilidad la tiene Skay Beilinson: con sus manos deslizándose por la guitarra parió riffs y estructuras de canciones en ese plan, con una exquisita soltura de mano derecha –bien rítmico– y la economía para tirar los solos que pide cada canción; además, acompañado de un sonido (forma y contenido a la par) inherente al género –escuchen el solo de la coda de “Todo un palo”, por si tienen dudas–. A esto hay que sumar la frutilla tímbrica del saxo, un instrumento que está en la tradición del rock desde sus inicios (desde Little Richard hasta los Rolling Stones).
Pero la otra parte, la que logró que la banda sea única en el panorama del rock cantado en idioma español, es responsabilidad exclusiva del Indio. Porque Solari no cantaba como esos que se pavonean por ahí imitando a un anglosajón, con quiebres afectados de la voz o haciéndose el blusero de Chicago. A su vez, su textura vocal era rasposa, y en su empuje más aguerrido se volvía arenoso, no apto para jingles de mermeladas diet. Y esto es lo más difícil de explicar con las limitadas palabras que están leyendo, pero no queda otra que insistir: Solari, al cantar, era dueño de un fraseo indisoluble de las letras que escribía, lo que vuelve complejo analizar cada parámetro por separado.
Pero si hace falta hundir la nariz en el plato, lo vamos a hacer. Tomemos una de las canciones más populares de la banda, “El pibe de los astilleros”, del disco La mosca y la sopa (1991), un elixir de rock-pop de tres minutos y medio ricotero. En la segunda estrofa el Indio lanza dos versos que solo él podía escribir y cantar: “Alquiló una rana rubia, tibia y haragana;/ se moría de ganas de matarla”.
Hay varios aspectos para diseccionar. Primero, la letra pura, que usa el recurso de la aliteración (la repetición de sonidos), “rana rubia” y “se moría de ganas de matarla”, montada en una melodía vocal casi pop –la canción tiene una progresión armónica amable–, con la cadencia exacta para que resalte esa aliteración. Se le suma la interpretación del Indio, el fraseo, que demuestra su musicalidad, con énfasis en “se moría” (en general, Solari no rimaba las letras en el papel, sino en la música). Todo esto, barnizado por el timbre áspero del Indio, que le saca amabilidad –por eso no es pop a secas–.
Dos versos, apenas ocho segundos de una canción, pero sobran para demostrar la sutileza y lo sui generis que era el estilo de cantar del Indio. Ese fraseo, bien rítmico y pegadizo, no tiene relación alguna con el rock originario –anglosajón–, porque el español rioplatense le calza justo; pero, a su vez, tampoco tiene nada que ver con los estilos de raíz de estos lares –ni con el tango ni con la milonga ni con etcétera–. Y, justamente, porque el Indio creó un estilo único de cantar rock en español, es que luego salieron como moscas demasiadas bandas –y banditas– en las que su cantante trató de imitarlo: Callejeros, La Beriso, y así.
Pero el Indio también era una forma de pararse sobre el escenario, que tampoco es canónica en el rock, aunque en los recitales masivos de los últimos –largos– tiempos solo era accesible para el público a través de las pantallas. Ciertas gesticulaciones, a veces mínimas, con las manos, haciendo juego con expresiones faciales, que adelantaban o enfatizaban parte de algún verso, y que seguro pudieron apreciar como nadie los poquitos que fueron a ese concierto mitológico de 1989 en el boliche Laskina, acá, en Montevideo.
Vencedores vencidos
Como si todo esto fuera poco, las letras del Indio se pueden diseccionar según varios de los dispositivos que utilizaba. Lo primero que salta al oído son las paradojas, algunas que son directamente un oxímoron, la figura retórica de juntar dos palabras de sentido contradictorio para dar un significado superador. Sea directa o más tenue, el resultado es que la paradoja siempre queda rebotando en nuestra cabeza como la bola de un flíper, hasta que por fin la podemos controlar, y la entendemos.
Repasemos algunas de esas contradicciones aparentes: “Blanca noche”, “un mudo con tu voz” y “los ojos ciegos bien abiertos”, de “Ji ji ji”; “con ella soy rico gratis”, de “Semen-up”; “¡atrapado en libertad!”, de “Preso en mi ciudad”; “el bello fiero fuego no se ve”, de “Queso ruso”; “las despedidas son esos dolores dulces”, de “Gualicho”; “una buena traición de mujer”, de “Tarea fina”; “el lujo es vulgaridad”, de “Un poco de amor francés”, y “ya sufriste cosas mejores que estas”, de “Un ángel para tu soledad”. Además, hay paradojas que se presentan ya en el título de la canción, como “Unos pocos peligros sensatos”, “Vencedores vencidos”, “Maldición, va a ser un día hermoso”, “El infierno está encantador esta noche” y “Nuestro amo juega al esclavo”.
En el libro de memorias oficial del Indio, Recuerdos que mienten un poco (2019), fruto de largas conversaciones con el periodista Marcelo Figueras, el músico decía sobre la veta misteriosa de los Redondos: “Más allá del poder del rock and roll, lo que presentábamos desde la lírica y el discurso público fue siempre un enigma. Atractivo, obviamente, porque si no lo es, estás condenado a no funcionar. Pero más parecido a un mandala, o a los pronunciamientos del oráculo de Delfos, que a una letra que dice ‘nena’, ‘rock’ o ‘tirá para arriba’ y no sé qué cosa de los huevos. Nunca ofrecíamos nada masticado en exceso. En consecuencia, el mérito no es solo nuestro, sino también de la gente que estaba abierta a resonar con lo que hacíamos”.
Otra dimensión de las letras del Indio –la más diáfana– estaba en tirar frases con aire de máximas, ideales para remeras, grafitis, banderas o tertulias, y que parecen más sentenciosas cuanto más cortas son. Por ejemplo, “violencia es mentir” (“Nuestro amo juega al esclavo”), “vivir solo cuesta vida” (“Ropa sucia”), “el futuro llegó hace rato” (“Todo un palo”), “siempre fui menos que mi reputación” (“La hija del fletero”), “cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón” (“Juguetes perdidos”), “todo preso es político” (del tema homónimo) y “Dios es digital” (“Alien Duce”).
Otro sello está en el uso del lenguaje coloquial o incluso lunfardo, cruzado con referencias culturales –una impronta postanguera–, como “te encanará un robocop sin ley/ un crono-rock japolicía hecho en Detroit” (“Fusilados por la Cruz Roja”); “toda esa batería/ de risa rubia, de barrio especial,/ las nuevas supersticiones,/ la bobera del nuevo Pacman” (“Un Pacman en el Savoy”); “salando las heridas/ jodiste a todo Cristo y más,/ a boluditos de la luna/ y tipas porno-nazi look” (“Salando las heridas”).
En el libro, el Indio decía que lo primero para armar las letras siempre fue “recorrer el camino hacia esa frase ingeniosa que va a engancharte y a enganchar al que escucha”, y agregaba: “Algo que funciona como detonador, y que usualmente termina siendo el título; una frase que prácticamente te obliga a cantarla a voz en cuello. Eso no se logra si apelás a ese surrealismo nonsense al que [Bob] Dylan recurre tantas veces”.
Un ángel (amateur) para tu muerte
Como solista, con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, el Indio sacó cinco discos luego de la separación de los Redondos, empezando con El tesoro de los inocentes (2004) y terminando con El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), que tiene olor a canto del cisne ya desde su título, reforzado en la canción homónima y en “La oscuridad”. A su vez, Skay lleva editados ocho álbumes de estudio.
En los trabajos solistas del exviolero de los Redondos se vislumbra que precisaba la pluma y la aptitud melódica del Indio, y también queda claro que el cantante necesitaba los killer riffs y el sonido de Skay. Por eso la simbiosis de la banda que ambos armaron –y amaron– fue redonda. “El que abandona no tiene premio”, otra frase grafitera, de “Sorpresa de Shangai”, incluida en el “álbum doble” Lobo suelto/Cordero atado (1993) –el de mejor sonido guitarrero de los Redondos–, nunca va a encontrar mejor pareja rítmica que esas seis cuerdas de Skay.
Al final, esa cosa que está en lugar de otra y que dispara cada canción –letra y música–, tan complicada de asir racionalmente pero que produce goce estético y lleva al orgasmo polisémico, quizás sea la razón por la que los Redondos llegaron a tanta gente por estos lares. A veces se le quiere bajar el valor a la banda porque no trascendió fuera de los márgenes del Río de la Plata, como si las canciones fueran vaquitas que hay que exportar a la máxima cantidad de países para levantar la economía. Pero, si nos llegó a nosotros, ¿importa lo que les pasó o no a los demás?
En 2021, el Indio publicó su última canción en vida, “Encuentro con un ángel amateur”, que desborda despedida por cada compás. La canción tiene una estética sonora distinta de las cargadas atmósferas que supo cultivar al final de los Redondos, y sobre todo en varios pasajes de su carrera solista, como si se desnudara musicalmente para decir “hasta la vista, baby”. Sea como fuere, también en su despedida, el Indio se mandó una de sus paradojas: “Un ángel sonso amateur/ me condenó al paraíso”.