Nadie como ellos consiguió unir convocatoria y vanguardismo, dijo el crítico cultural Greil Marcus. Hablaba de Creedence Clearwater Revival, pero su frase es trasladable cómodamente a lo que consiguió Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la banda que lideró Carlos Alberto Solari, el hombre de cuya muerte se supo esta mañana. Aislado, ninguno de los elementos de la música de John Fogerty o de los Redondos resulta novedoso; en conjunto, en cambio, son absolutamente disruptivos, entusiasmantes y, por si fuera poco, tremendamente populares.
La muerte del Indio Solari genera oleadas de impacto y no por lo inesperado –él había sido franco sobre el deterioro de su salud desde hacía muchos años–, sino por la naturaleza afectiva con la que su arte llegó a millones de personas del Río de la Plata y más allá, de distintas generaciones y estratos sociales, aunque unidos por cierta perspectiva vital que el cantante, un poeta de masas, logró transmitir con dosis parejas de imaginación, ambigüedad y consistencia.
El fenómeno de los Redondos, la banda de difusos comienzos en la década de 1970 en la ciudad de La Plata y final cantado en 2001, tiene mucho de épica religiosa no solo por la existencia de un misterio central –las letras del Indio, como el Evangelio, son usinas de interpretaciones–, sino por su trayectoria de orígenes modestos, provinciales, que acumula seguidores paso a paso, milagro a milagro, hasta convertirse en una congregación multitudinaria. Y más que eso: las concentraciones de fieles de los Redondos alcanzaron una magnitud incontrolable, que provocó malestar en la propia banda y fogoneó su desintegración. A la vez, se trata de una trayectoria admirable para cualquier artista preocupado por la integridad de su obra: ese crecimiento ocurrió a su propio ritmo, por fuera de los canales mediáticos convencionales y de las concesiones habituales en el camino de las estrellas pop de aquella época –las décadas de 1980 y 1990– y aún más en los peajes obligados para las de hoy.
En el ojo de ese ciclón manso estaban las letras de la banda. Libre de rima, lector de los beatniks estadounidenses, Solari creó un universo de referencias a la vez herméticas y amigables. Más allá de las ciudades-cárceles, los puticlubs, las bandas que esquivan radares militares, las revoluciones nostálgicas, sus versos invitan al esfuerzo por comprender, por dar sentido. La parodia “acá está hablando del faso” es, en realidad, una caricia superficial: el rock ambicioso no habla de drogas en clave, sino al revés: usa toda la imaginería de la adicción y el escape para aludir a otra cosa que siempre nos evade.
Tristeza y conmoción
Solari murió en su casa de Parque Leloir, Ituzaingó. En 2016, durante un recital, le había comunicado su estado de salud al público –tenía Parkinson– y en 2023 confirmó su retiro definitivo de los escenarios. Por entonces, ya había emprendido una carrera solista frente a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, la banda que puso en marcha en 2004 y con la que consiguió conservar a una porción importante de los seguidores de Los Redondos, que siguieron peregrinando a las distintas localidades donde tocaban –siempre alejadas de los grandes centros urbanos– para comulgar. Aun alejado físicamente de los recitales, el Indio siguió apareciendo de manera virtual junto a esa formación e incluso estrenó temas con ellos de manera remota. Su última aparición pública fue en enero de este año, cuando la Universidad de Buenos Aires le otorgó un doctorado honoris causa.
Entre las decenas de músicos que expresaron su dolor en redes sociales, la atención se fijó en las palabras de Skay Beilinson, el guitarrista y responsable del ala musical de Los Redondos, cuyas diferencias con Solari fueron cruciales para el final de la banda. “Te llevo en cada recuerdo, en cada canción de ayer. Con un inmenso dolor. Buen viaje, mi querido amigo, hasta siempre. Ahora sos la luz que viaja entre nosotros y para siempre”, escribió Beilinson en Instagram, y anunció la cancelación de su agenda de recitales.
Además de colegas, miles de personas expresan el dolor por su muerte en redes sociales, grupos de amistades y aun en encuentros cotidianos. Mientras se organizan duelos espontáneos –por ejemplo, en la Plaza de Mayo de Buenos Aires–, abundan los pésames entre los fieles y los saludos al ricotero o la ricotera del grupo, a esa persona que siente que ha perdido a alguien próximo. Tal es la popularidad de la obra que dejó el artista nacido el 17 de enero de 1949 en Paraná.
