Nos guste poco o nada, si hoy un disco no está en plataformas digitales es como si no existiera. Incluso, puede estar disponible en nuestro streaming de confianza y aun así quedar perdido entre la maraña de estímulos algorítmicos. Por eso es una noticia –y de las buenas– que por fin el único disco de MonTRESvideo, el primer grupo de Fernando Cabrera, esté disponible de forma oficial en plataformas digitales, a 45 años de haber sido editado.
En aquel lejano 1981, el álbum MonTRESvideo fue publicado por el sello Ayuí, en vinilo y casete, y solo vio la luz en CD en una inconseguible edición de 1999 lanzada por la revista Posdata, junto con Presentación, el primer disco de Jorge Galemire (también de 1981). Así las cosas, hasta hace escasos días, la versión digital que podían conseguir los muchos desafortunados que no lo tenían en formato físico era la que un Fulano con buena voluntad traspasó de vinilo a MP3 y la subió por ahí, con calidad discutible, por el desgaste lógico de un LP.
Este lanzamiento –también a cargo de Ayuí– se destaca porque el disco fue digitalizado y remasterizado por el meticuloso Diego Azar a partir de las cintas originales, que no siempre están disponibles –y menos en buen estado–. A juzgar por el resultado, el trabajo fue impecable, ya que suena como nunca. De yapa, incluye seis canciones que no estaban en el disco original, sino dispersas en compilados, que tampoco están digitalizados oficialmente.
Como las mayúsculas de su nombre ya lo gritaban, MonTRESvideo tenía tres integrantes: Daniel Magnone (1949-2022), Gustavo Pacho Martínez (1950-2025) y Cabrera (1956); todos tocaban guitarra clásica –es decir, acústica y con cuerdas de nailon– y cantaban. El trío hizo su debut oficial sobre el escenario en un espectáculo con Los Que Iban Cantando, el 18 de abril de 1978, en el viejo teatro de Los Pocitos (luego, La Candela).
Al igual que Rumbo, el grupo fue parte de la “generación del 77”, con Los Que Iban Cantando como punta de lanza más experimental y renovadora, que rompía con cierta ortodoxia de la música popular uruguaya hasta ese instante. A su vez, era una época con un vacío ineludible porque los exponentes más grandes de la canción oriental, como Alfredo Zitarrosa y Los Olimareños, estaban exiliados por culpa de la dictadura.
Hoy Cabrera recuerda que el grupo de los Jorges (Lazaroff, Bonaldi y Galemire) y Luis Trochón tuvo influencia en MonTRESvideo y en su caso –que era veinteañero cuando formó el trío– ese efecto “fue grande”. Antes de armarlo “ni había pensado” en dedicarse a la canción popular, pero Lazaroff lo convenció de que tenía que “dejarse de embromar” con sus inquietudes “de orquestador, arreglador y todo eso, y hacer canciones”. “Él escuchó dos canciones mías, que había hecho cuando ni siquiera estudiaba ni nada, y me dijo: ‘Loco, tenés que dedicarte a esto; por favor, hacé algo. Hay un vacío de artistas en el país, tenemos que hacer algo nuevo, renovar el cancionero’”, rememora el cantautor.
Así fue que Lazaroff le comentó que estaba armando un grupo con amigos y lo invitó a ver un ensayo de lo que luego sería Los Que Iban Cantando. Cabrera quedó “muy deslumbrado” porque vio “lo raro que era todo y cómo estaban realmente innovando y buscando otros caminos, entreverando música de todo tipo y orígenes”, y agrega: “Después fui al estreno del espectáculo y lo vi un par de veces más y también me deslumbró. Llevé a Pacho a verlos y los dos salimos muy motivados para agarrar por ese camino, de una canción renovada”.
De las tristesías
De las 12 canciones del disco MonTRESvideo, más de la mitad (siete) fueron compuestas íntegramente por Cabrera y las firmas restantes estaban más repartidas. Por lo tanto, en los papeles ya se notaba cómo el joven cantautor se abría paso a pura canción, y con algunas de esas melodías y letras ya estampó puntos cruciales en el mapa de estilo del Cabrera que estuvo después.
El disco lo abre “Agua”, una canción que vivió varias reencarnaciones. Con la misma letra, pero con otra música –más intrincada–, apareció antes en el compilado Tiempo de cantar 2 (1980), también de Ayuí, con Estela Magnone en voz y Cabrera en guitarra. La versión de MonTRESvideo es la definitiva, con la gola solista del cantautor y el empuje ágil de la guitarra, a la que enseguida se le suman las otras voces, reforzando el poder de la melodía, que es un bucle pegadizo inherente a la anáfora de la letra: el agua en el medio de la frente.
La palabra desprende una hemorragia de concatenaciones, desde la más hermosa (“agua que plancha tu pelo / el mejor encordado / que toqué con mis manos”) hasta la más grotesca (“agua de las escupidas / agua de los sudores y de las letrinas”). Aunque en realidad el “agua” es una excusa, porque la canción habla de muchas otras cosas que fluyen por arriba o abajo de ella: flashes de situaciones, lugares, personas... No es el agua sino tus ojos, “maestros del insomnio y de las tristesías”.
Esta primera canción es un gran ejemplo de cómo se empastaban las voces, de texturas y alturas distintas –la de Cabrera, aguda; las otras dos, con vasta experiencia coral, graves–, que formaban un color único. Además, hay un juego de dinámica con la guitarra: por momentos baja la intensidad hasta sonar casi como un susurro, a la par de las voces (“agua que bebe un arroyo, / temprano de pájaros y lavanderas”), dispositivo técnico que Cabrera usa hasta hoy, todavía más acentuado.
A lo largo de esta canción y en otras partes del disco hay una percusión minimalista –casi siempre a cargo de Magnone –, que parece sonar como un bombo legüero, pero Cabrera recuerda que era una tumbadora. Sí, en singular, porque, aunque se suelen tocar de a dos, se trataba de una sola.
En 1986, cuando el cantautor sacó su tercer disco solista, Buzos azules –otro que hace falta en plataformas–, en cuya tapa aparece sonriendo con una guitarra eléctrica Fender Telecaster, incluyó una versión de “Agua” con un enfoque de rock-pop (o viceversa), acorde al grupo que tenía en ese momento, de instrumentación roquera y con aires policíacos –por la banda de Sting, no por los de azul–. Acústica, eléctrica o como sea, “Agua” es una canción que hasta hoy integra su repertorio en vivo porque es indestructible.
“El Loco” fue otra de las que grabó en clave “popera” –y mucho más policíaca, con ese arpegio del principio– para Buzos azules, y es la segunda del disco de MonTRESvideo. La original le busca la vuelta al estilo de la chamarrita y en las estrofas desprende un insistente bordoneo ligado con la guitarra que golpetea como los pensamientos en la cabeza de ese loco al que Cabrera le pone voz, escupiendo las palabras cual metralleta. Así muestra el hartazgo por esa enfermera que describe como un “ave negra vestida de blanco que me tiene acá”, como aquella interpretada por Louise Fletcher en la película Atrapado sin salida (1975), obra maestra de Miloš Forman, con Jack Nicholson haciendo de loco que se hace el loco.
“Club de bochas, viejos con sombreros, / bagayeros, las narices mochas. / Raffo y Pena, esquina de realeros, / la farmacia, perro que mordió”, canta Cabrera en “Tablado del Colombes”, la primera canción que grabó con una letra que merodea su barrio. Luego vendría “Paso Molino”, en su primer disco solista, El viento en la cara (1984), y hasta el título de su penúltimo álbum, 432, que era el número de puerta de la calle Molinos de Raffo en la que vivió hasta fines de su adolescencia, en donde compartió hogar con su abuela materna. Y a ella está dedicada “María Elena”, la cuarta canción de este disco, que ya abrazaba la noche sin eufemismos: “Yo te tuve entre mis manos / la mañana en que luchamos, / tú, muerte, y yo, miedo y maña; /agonizaste despacio, / manteniéndote agarrada al rosario, / a la nada”.
Necesita su tiempo
Entre los temas del disco original que no fueron compuestos por Cabrera está “Canción de casi amor”, de Bernardo Aguerre, y con la nueva masterización se puede apreciar con detalles el trabajo arreglístico en ella. Quizás es la que más hace acordar a Los Que Iban Cantando, por los insistentes coros –que abrazan por el paneo estéreo– desprendiendo un vaivén melódico de mantra al punto de tornarse percusivo.
Otro de los puntos altos del álbum es la versión de “Dedos”, el clásico rock candombeado que abre el primer disco de Totem, la banda de Ruben Rada, publicado en 1971. La del trío tiene un arreglo instrumental totalmente distinto, porque se vuelve una milonga oscura, y aun así se las arreglaron para citar el famoso riff en el medio.
Con los seis temas de yapa, la edición que acaba de publicarse totaliza 18 canciones, casi una hora de música. De esos extras, al primer golpe de oído, lo que más se destaca es la versión de “El instrumento”, himno de Eduardo Darnauchans, que había sido publicado también en Tiempo de cantar 2, apenas dos años después de que viera la luz la versión original, en el disco Sansueña (1978).
La del Darno, harto conocida, tiene una llevada de guitarra rítmica típica del folk, pero la de MonTRESvideo también fue arreglada de forma muy distinta, con un in crescendo de arpegios –idea de Magnone– que la vuelve más oscura, sumado a la guitarra que suena en el medio del espectro estéreo, deslizando una melodía amenazante y misteriosa. De repente, para el estribillo, las dos guitarras de los costados nos pegan en la cara con un rasgueo que es como un repiqueteo de piñas.
“Suicidio”, de Magnone, otra del contenido extra, muestra que se podía hacer rock con guitarras criollas, gracias a la progresión obstinada, el ataque rítmico certero y la intensidad de la voz. No en vano, luego Magnone grabó esa canción con instrumentos eléctricos para que cierre su único disco como solista, Algunas variantes (1985) –también con brisas policíacas, como buena parte del rock de aquella época–.
De las cabrereadas, en las canciones de yapa se destaca la milonga medio experimental “Sonrise” –tanto por su letra como por su música– y, por el otro lado, “Me estoy cansando”, que suena a puro folclore argentino. Cabrera dice que la música de esa canción tiene brisas de una huella y siempre le gustó mucho, por eso, para su disco Viva la patria (2013) la usó otra vez pero con otra letra, y así dio vida a “La huella de Montevideo”: “Lindo Montevideo, te han demorado, / heredaste este paso, ensimismado”.
La guitarra y la bicicleta
“Me encontré a mí mismo en mis comienzos y que tanto no he cambiado. Lo que planteo en mi música ya estaba ahí: las armonías, las melodías, los ritmos y también las letras. Este disco me representa hoy igual que los últimos”, dice Cabrera sobre las sensaciones que le quedaron luego de escuchar aquel primer material muchas veces para este lanzamiento.
MonTRESvideo nació en una época fermental de la música popular, pero, obviamente, dentro de la rendija que dejaba la dictadura, que se movía a ritmo de censuras y palos, y no solo para el oficio de la música, sino para la sociedad toda. Cabrera subraya cuánta gente fue presa, torturada o se tuvo que ir del país, y recuerda que caminaba por la calle “muerto de miedo”. “Las generaciones de hoy no tienen ni idea de cómo es vivir así”, acota.
En cuanto a la fermentación musical de la época, subraya que había otro sector de la canción popular que era “sumamente conservador” y que “de renovador no tenía nada”. “Era gente que quería continuar lo hecho por Los Olimareños, Zitarrosa, etcétera, y no moverse de esos códigos, mientras que habíamos otros que entendíamos que era un momento adecuado para agregar, modificar, innovar y mostrar otra cara”, señala.
MonTRESvideo se disolvió al año de publicar su disco. Cabrera se colgó la guitarra eléctrica y formó la banda Baldío, junto con Andrés Bedó (teclado), Gustavo Etchenique (batería) y Andrés Recagno (bajo), con la que también sacó un solo álbum –también homónimo–. Baldío significó una ruptura radical con el sonido de su grupo anterior, y el paradigma de ese cambio está en la canción “Estás acabado, Joe”, con arreglos de vientos, un ritmo de pop beatlero –del pulso McCartney 1966 y 67– y una letra que, mediante simbología de wéstern, construyó una metáfora contra la dictadura. Luego Cabrera agarró por el camino solista y nunca más se desvió.
Hoy el cantautor dice que es difícil dar una respuesta concreta sobre por qué su primer grupo se disolvió, pero estima que fue por “desgaste”. “Yo quería hacer otras cosas, con otras sonoridades y con otros instrumentos, y MonTRESvideo tenía un límite instrumental y tímbrico. O sea, podíamos tocar guitarras y cantar, y nada más”, subraya. Agrega que desde niño tenía en la cabeza el sonido eléctrico, por los Beatles y todos los grupos de rock que vinieron luego, y por eso dejó la guitarra criolla colgada en el ropero.
Y así quedó para el resto de su carrera, sobre todo al presentarse arriba de un escenario, casi siempre con guitarra eléctrica o folk –acústica con cuerdas de acero–, abandonando el nailon. “Fue una inquietud mía por ampliar los horizontes arreglísticos y tímbricos, pero no quiero que estas palabras queden como una mirada crítica o desvalorizante de MonTRESvideo, todo lo contrario: fue una maravilla lo que hicimos”, recalca.
Pero, como siempre se vuelve al primer amor –y acá va otra noticia–, Cabrera cuenta que tiene ganas de regresar a la guitarra clásica; de hecho, mandó a arreglar una viola de ese tipo “para tenerla a mano” porque “en cualquier momento” va a hacer alguna cosa con ese instrumento. Además, actualmente está escuchando mucha música criolla.
En el disco de MonTRESvideo se puede comprobar el placer por hacer sonar esas cuerdas de nailon sobre la madera y buscar arreglos para que las guitarras se luzcan. Es decir, el instrumento como fin, no como medio. Para el final, Cabrera comenta: “Estábamos enamorados de la guitarra. Todos teníamos buenas guitarras y estábamos rodeados de gente que tocaba con ese instrumento. Las cosas eléctricas vinieron un poquito después. Y es el primer instrumento que un niño empieza a tocar. Es como la bicicleta: siempre está contigo”.
MonTRESvideo. Ayuí, 2026. En plataformas.
