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Ciudad de México, el 11 de junio de 2026

Foto: Luis Cortés, AFP

El mejor no es igual a the best

La fiesta del pueblo mexicano y el mundial.

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Dice Gianni Infantino que este Mundial ya es el más exitoso de la historia. Parece una exageración presuntuosa, un argumento en defensa de situaciones que seguramente no son las más amigables para el hincha de ley. Pero vale la pena analizar a qué renglones se refiere el presidente de la FIFA para definirlo de esa manera. Arranquemos por lo innegable: Infantino no puede tener una cosmovisión de todos los mundiales disputados por la sencilla razón de que no había nacido cuando se jugaron los primeros. Tampoco sabemos, ni viene al caso revisar fojas personales, qué hizo en las ediciones que sí vivió. Pero es su opinión, la del presidente del ente multinacional organizador y uno de los más ricos del mundo.

Tengo la idea de que Infantino ha repetido esta misma aseveración en los últimos mundiales a los que llegó como presidente de la FIFA. Y tal vez, aunque capaz que estoy exagerando, lo mismo habrá dicho Joseph Blatter en los suyos y hasta Joao Havelange habría realizado la misma afirmación. Está bien que lo hagan si así lo entienden, o si hay razones para exagerar la satisfacción por la organización y el desarrollo del evento.

Este servidor, que en este momento realiza la cobertura de su octavo mundial absoluto masculino en tierra mexicana —esperando en Guadalajara el decisivo partido entre Uruguay y España—, también podría generar un ranking de satisfacción de los torneos que le ha tocado cubrir. En una instancia de sensaciones y emociones rescatadas rápidamente, podría afirmar que el mejor mundial de los últimos cinco fue el de Rusia 2018. Sin embargo, y aunque sea una afirmación parcial en tanto resulta imposible abarcar a las otras sedes, este mundial en su desarrollo en México es el que seguramente más le ha devuelto al pueblo las sensaciones de la más grande fiesta del fútbol.

Esta sensación se apoya en la gente de a pie. No es una cuestión de números fríos en un balance de Zúrich, sino de lo que se respira en la vereda. El hincha mexicano, el que posterga el mandado o estira el presupuesto del pan para no perderse el partido, le devuelve al mundial la condición de fiesta comunitaria. Frente al gigantismo corporativo que impone la FIFA con sus tres presidentes dinásticos —Havelange, Blatter e Infantino— repitiendo el mismo libreto de la eficiencia y el éxito absoluto, la calle en las ciudades de México opone una resistencia cultural hecha de puestitos de comida, banderas que cuelgan de las ventanas de los barrios y una pasión que no sabe de lujos, pero sí de pertenencia. En esa tensión entre el espectáculo de cotillón y la verdad de la tribuna se juega la verdadera identidad de este torneo.

En México hay un rescate, tal vez involuntario o inconsciente, de las primigenias emociones y comuniones de la celebración del Mundial con el pueblo que se suma a la fiesta. Claro que, en este caso, la puesta en escena opulenta y elitista de la FIFA suele cerrar los accesos para colarse en la sala principal, limitándose a vender experiencias indirectas a través de pantallas. Sin embargo, el contexto mexicano ha logrado revivir la vieja comunión, y no lo ha hecho a espaldas de la gente.

Me cuenta Jesús, el chofer del coche que me lleva hasta las vallas donde empieza la fiesta oficial con código de barras y costos exagerados, que el día que México le ganó a Corea en Guadalajara, la gente estaba tan feliz en las calles como él nunca había visto. En la gloria y el exceso del festejo, casi le dan vuelta al auto; pero él, en vez de sentir la opresión de un acontecimiento violento, sintió que estaba viviendo una alegría junto a su pueblo como pocas veces la había experimentado. Y era apenas el segundo partido de la selección mexicana en este, su tercer mundial en suelo azteca.

Ya para el partido ante República Checa, que se jugó en Ciudad de México, la tarde-noche en Guadalajara tenía las vibras del encuentro más importante de la historia. Vale recordar que México no se jugaba absolutamente nada; ya era primero de su serie y ningún otro resultado iba a cambiar esa posición. Sin embargo, la selección quería lograr algo inédito: conseguir el puntaje perfecto en la serie, los nueve puntos, y asimismo seguir rompiendo récords propios. Así como el triunfo ante Corea le había permitido alcanzar la marca de dos triunfos consecutivos que nunca se había dado, ganarle a los checos —como finalmente sucedió— establecería una racha de tres victorias seguidas como su mayor hilo histórico en los mundiales.

El centro de Guadalajara era una marea absoluta de camisetas verdes. Todo el mundo andaba con la de México puesta. Se advertía por el horario que la gente había ido a trabajar con la camiseta y que, una vez concluidas las labores, se dispuso a ir a la zona de la pantalla gigante. Es lo que la FIFA comercializa como fan fest, pero que en este caso —y no me pregunten por qué— parece haber sido tomada por el pueblo. Eran miles de camisetas verdes, asumiendo que cada uno de sus portadores era un átomo de este México contemporáneo.

La identidad popular a través del fútbol

Eso me hizo pensar en otra instancia que, si bien dista en el tiempo, conecta en cuanto a la sensación profunda: lo que debe haber pasado en el Uruguay el 9 de junio de 1924, cuando la celeste consiguió su primera estrella olímpica en Colombes y el pueblo se volcó a las plazas de las ciudades orientales. Aquella alegría nueva y apretujada imprimió la primera gran matriz de uruguayez, porque esa emoción por la representación del país apretó por primera vez a criollos, tanos, gallegos, rusos, eslavos, turcos, armenios y judíos que estaban buscando su vida y la de los suyos en nuestra tierra.

Es una hermosa sensación la de advertir que hay algo que no está perdido dentro del macroespectáculo del fútbol; algo que trasciende la pelota porque esos individuos, con una camiseta que de alguna manera representa la esencia de su pueblo, lo que están haciendo es conectar con sus pares. Trascienden a través de sus gritos, sus puestos de comida casera, sus olores, sus alegrías y sus tristezas. Son ellos. Esa tierra, ese país. Puede ser, don Infantino, que este sea en los papeles el mejor mundial de la historia, pero la verdad se está viviendo acá, en tierras mexicanas, con la gente y con el pueblo, que son, en definitiva, quienes le dan la llama viva a la competencia.