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Hinchas de México, el 17 de junio, en Ciudad de México.

Foto: Carl de Souza / AFP

Los mexicanos y su tercer Mundial en casa

El sentimiento en la capital azteca en la previa del duelo con Inglaterra.

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Les he contado, por haberlo vivido, cómo México ha asumido para sí el Mundial. Es su Mundial, todo está centrado en eso: la organización, la afición, la vida diaria. Además, para extenderlo y agrandarlo, está la enorme respuesta que ha tenido su selección.

Es el tercer Mundial de México en 56 años. El primero, en el que todo empezó para el enorme macro negocio de la televisión y la FIFA y todas sus ramas, fue el inolvidable México 70. La Ciudad de México había sido sede de los extraordinarios Juegos Olímpicos de 1968 y ese fue el antecedente y la chispa del gran negocio de la televisación. El laboratorio donde la televisión y la FIFA ensayaron el modelo de espectáculo total, pensado para ser vendido y consumido simultáneamente en todo el mundo con el formato que, actualizado, rige al fútbol hasta el día de hoy.

México 70 no fue solo un evento deportivo, sino el nacimiento del negocio del fútbol moderno, orquestado por el talento visionario de Emilio Azcárraga Milmo y su mano derecha, Guillermo Cañedo. Azcárraga entendió que el Estadio Azteca no era solo una estructura de cemento, sino una antena gigante diseñada para hablarle al país y al mundo. Bajo su liderazgo, se utilizó una fórmula financiera audaz: la preventa de palcos por 90 años para costear la obra cuando el estadio era solo un dibujo. Además, Cañedo fue la pieza clave en la FIFA para que Telesistema Mexicano (hoy Televisa) adquiriera los derechos de transmisión, convirtiéndose en la primera empresa privada en la historia en lucrar y revender esos derechos a cadenas internacionales. 

En México, a través de las pantallas de aire gratuitas, el Mundial entró como algo propio, en las ciudades y pueblos. Nacía algo especial en los mexicanos, algo que brillaba y encandilaba, y que estaba ahí a la vuelta de la esquina con los cracks propios, pero sobre todo los ajenos, con Pelé, Brasil y compañía. No fue su selección la que inmortalizó aquel Mundial, aunque tampoco fue un fracaso. Llegaron hasta el cuarto partido y ahí quedaron. Pero el Mundial fue una marca a fuego.

Para el de 1986, primero como sede sustituta de Colombia y después del terremoto de 1985 con 10.000 casas y edificios tocados, y más de 10.000 muertos, lograron el milagro de organizarlo y fue otra vez un gran campeonato, con Maradona y Argentina. Otra vez el tri llegó al cuarto partido.

Este que se está desarrollando ahora, al que le dieron las sobras a México –solo 13 de los 104 partidos jugados en territorio azteca– seguramente será recordado como el tercer Mundial de México, no solo por esos 13 partidos, sino por el entramado de la gente con la competencia.

La hinchada campeona

En México no es un Mundial de turistas o de seguidores turísticos de sus países en la competencia, es de la propia gente. Como dice el gran escritor mexicano Juan Villoro. La entrega, la algarabía y la pasión de los mexicanos harían de su hinchada la campeona del mundo. La misma hinchada que por cientos de miles ha cambiado el “¡sí se puede!” al raro e interrogante “¿y si sí?”

La frase empaqueta esa pequeña esperanza de creer en aquello que parecía imposible, y lo que tiene de propositiva la idea es que no promete, sino que invita a imaginar e inspirar a aquellos y aquellas que desde siempre siguen a su selección mexicana. La idea conectó de inmediato en cada chamaco, chamaca, y tomó las tribunas, las calles y las casas.

Pero todo esto lo empecé a escribir porque me parece que divinamente están tan embalados y manijeados con su Mundial que creo que no se dan cuenta de que el domingo se termina el Mundial mexicano. ¡Pero hojaldre! No porque vayan a perder ante los ingleses en la inmensidad del Azteca –¿qué parte del “¿y si sí?” no se entendió?–, sino porque simplemente sucede que ese será el último partido del Mundial en suelo azteca. El último de los 13.

Es increíble lo mal que lo ha hecho la FIFA, porque a riesgo de que se le fueran un par de partidos en suelo estadounidense, debió haber generado un cuadro elástico en el que, si los organizadores seguían adelante, jugaran el próximo partido de local. Y que no me vengan con que no se puede, porque es tan fácil como las combinaciones que hacen de terceros según quiénes clasifiquen.

Se termina el campeonato en México, aunque seguiría para otros millones de mexicanos en Estados Unidos, dado que jugarán en Texas si le ganan a Inglaterra. Todavía no sé cómo caerá para quienes viven aquí cambiar la alegría de seguir por advertir que ya no habrá fiesta en los estadios mexicanos y que ahora se mudarán a otro Mundial que no es el del pueblo.

Paso a paso, escalón por escalón

Cada día en mi ordenada combinación del transporte público de la Ciudad de México –las tres o cuatro veces que anduve en vehículo particular me amargué por ver pasar tiempo detrás de la ventanilla–, camino unas pocas cuadras y subo miles de escalones rodeado de muchísima gente, que corre apurada a su trabajo, su casa o su aula de estudio, pero que aun así no deja de hablar del Mundial. El tráfico de Ciudad de México es terrible, pero no porque manejen mal, que a la larga no lo sé, sino por la increíble superpoblación de autos que hay. Las cifras oficiales de movilidad dicen que hay más de 6 millones de autos y motos con patente, con un tráfico de 5 millones de autos por día, de los cuales circulan simultáneamente más de un millón. Hay estudios que han llegado a la conclusión de que los conductores pierden cinco días por año en embotellamientos. Muy fuerte y muy triste.

En contraposición, el sistema de transporte público funciona muy bien. Con un STM de acá, la MI (Movilidad Integrada) te permite andar en Metro, Metrobús, Cablebús (teleférico), trolebús, tren ligero y RTP ómnibus de la Red de Transporte de Pasajeros. Increíblemente, anduve en todos estos días. Para mi gestión diaria para ir al Centro de Prensa del Gobierno de Ciudad de México –por lejos el mejor–; me voy en un Metrobús (sospecho que el corredor Garzón debe haber querido ser algo así), después camino dos cuadras entre puestitos, y entro al Metro, donde combino dos líneas para bajarme muy cerca de mi destino final.

En todos hay decenas, cientos y miles de personas, queriendo hacer lo mismo que yo, y ahí siento cómo están viviendo la fiesta, pero en las estaciones de metro hay algo que me lleva realmente paso a paso: decenas de escaleras en tramos de dos o tres módulos de 20 escalones que con estoicismo subo en los 2.240 metros sobre el nivel del mar, siendo que muchas veces las mecánicas no andan o van tan llenas que es imposible entrar en ese tubo. Hay una estación que me pide 180 escalones y ahí va Chenlito haciéndose el péndex cuando todos saben que a mis 65 ñoquis no me da ni para jugar cinco minutos.

Pero hay que hacerlo, y con el cuore en la boca llego a la salida y ahí, después del ahogo, le vuelvo a mostrar al técnico que estoy para jugar, y camino otras diez cuadras entre puestitos de comida y autos de alta gama hasta llegar a mi destino, el Centro de Prensa, para escribir esto. ¿Y si sí?

México vs Inglaterra. Domingo a las 19.00.