Saltar a contenido
Mundial Fútbol
Header del mundial Fifa
Ángel de la Independencia de la Ciudad de México, el 30 de junio de 2026. · Foto: Claudia Rosel

Ángel de la Independencia de la Ciudad de México, el 30 de junio de 2026.

Foto: Claudia Rosel

Nuestro Mundial

A pesar de todo, de desvíos, frustraciones y desesperanzas, el campeonato se sostiene por el espíritu del fútbol.

Nuestro periodismo depende de vos

Si ya tenés una cuenta Ingresá

“A pesar de usted, mañana ha de ser otro día”, canta el maravilloso Chico Buarque, y vale remedar “a pesar de”, porque en este caso nos quedaríamos cortos con solo “un usted, mañana será un nuevo día”.

Esto sigue. Hace tiempo que no estamos nosotros en cancha -una semana ya de la caída en Guadalajara ante España-, pero la competencia va entrando en una instancia en la que ya no solo los implicados vuelcan toda su pasión en los estadios y pantallas, sino también cientos de naciones futboleras a quienes a ley de juego nos han echado para afuera ahora o antes. Empezamos a revisar la agenda y marcar partidos que, en otras circunstancias, por no jugar nuestro representativo o por días y horarios no habituales, no miraríamos ni aunque nos pagaran. Eso solo pasa en los mundiales, siempre y cuando, más allá de todos los desvíos, arbitrariedades e innovaciones, muchos de ellos son solo nuevas unidades de negocios, en la cancha se juegue bajo las garantías establecidas, ya no por la competencia o por su organizador, sino por el propio fútbol.

La elitización por cuestiones económicas en los estadios y sus alrededores, alejando -por unos kilómetros al pueblo la fiesta- las injusticias manifiestas y visibles aceptadas por la FIFA por el manejo geopolítico, como por ejemplo, dejando a Irán compitiendo en notoria desigualdad de condiciones, la transformación a los partidos a cuatro cuartos solo y específicamente para el negocio de la publicidad y la utilización del VAR de manera exagerada, modificando los desarrollos de la competencia, no han sido óbice para que no sigamos con atención y con gusto el torneo. Hay cosas que no deberían pasar, no deberían ser aceptadas y deberían ser modificadas, pero aun así no logran sacarnos el Mundial, nuestro Mundial, de nuestras vidas.

¿Y por casa cómo andamos?

Más allá de la rabia, el enojo, la decepción, la frustración y la desesperanza instalada a mediano plazo, ¿han realizado ustedes el ejercicio contrafáctico de cómo estaríamos ahora, si, jugando como jugamos, pero con apenas un punto más, que, sin dudas y hasta por lo malamente expuesto en cancha, pudimos haber conseguido, estuviéramos aún en competencia?

He visto tantos partidos como he podido, unos pocos, todos los posibles en estadios y ciudades de México, la nación que elegí para tener sello de mi octavo Mundial -una marca que no aporta nada, pero que servirá tal vez para entretener a mis nietes-, otras decenas en los Media Center a donde uno llega después de pasar mil controles -aunque no tan incómodos como los de las selecciones en las pistas de los aeropuertos estadounidenses-, y algunos, los más nocturnos, en el hotel, haciendo del lobby un puesto de comentarista. He visto fútbol de altísima factura en cuanto a técnica, velocidad y potencia, que supongo que nunca alcanzaríamos, pero también otro tipo de expresiones válidas para competir, como la de nuestros hermanos paraguayos.

Sospecho que aún en el techo del plantel que llegó a Miami y Guadalajara no hubiésemos sobrevivido más que una o dos fases más e inevitablemente se me representa lo que sucedió en México 86 con la selección de Omar Borrás.

En las hermosas canchas del Mundial 2026 hay buen juego, bastantes buenos arbitrajes de quienes están en el campo, pero un uso abusivo y a veces desviado del VAR, que muchas veces funciona como un contratribunal de apelaciones, dando lugar a tecnicismos y apreciaciones de modelos de la NASA que ponen a los centrales entre la espada y la pared cuando van frente a la pantallita. Ha habido expresiones de colectivos, principalmente africanos, que han logrado conjuntar la habilidad y la espontaneidad con una enorme potencia física, pero no han logrado resolver los partidos aun siendo superiores a sus antagonistas. Ello denota ausencia de otras calificaciones que evidentemente tienen peso en la definición, tales como experiencia, callos, construcción histórica para resolver situaciones extremas dentro de una cancha.

Aun así, muchísimos de los partidos se resolvieron en los últimos minutos o en los penales, lo que da sentencia a una competición extremadamente pareja y de nivel. Hubo selecciones, combinados de grandes jugadores, que no estuvieron acorde a las expectativas proyectadas y otras que sin tanto brillo individual y con un piso colectivo bueno pudieron llegar hasta donde esperaban.

En fin, más allá de expectativas, pesadas frustraciones, hermosas sorpresas y exposiciones que se contraponen o quedan por debajo de sus identidades futboleras -o al revés, como ha sucedido con México, un equipo maduro y ubicado, que usando también a su ferviente afición, logró dar el salto-, un Mundial sigue siendo un centro de exposición de lo mejor del juego en la Tierra, y asimismo un medidor de procesos y desarrollos de las selecciones y del fútbol en sí mismo.