Foto: Gianni Schiaffarino

Redes, desarrollo y una idea incómoda

El desafío del siglo XXI quizás no consista simplemente en acumular más conocimientos, más recursos o más instituciones, sino en aprender a relacionarlos de formas nuevas.

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Existe una pregunta que rara vez aparece en los grandes debates sobre desarrollo y que considero que es una de las más importantes: ¿qué ocurre cuando una sociedad dispone de conocimientos, instituciones, recursos humanos, experiencias exitosas e incluso financiamiento, pero aun así no logra producir transformaciones sostenibles?

La respuesta habitual suele buscarse en aquello que falta; más recursos, más inversión, más capacitación, más infraestructura, más cooperación internacional, etcétera. Sin embargo, en numerosos territorios de América Latina y el Caribe, así como en muchas otras regiones del mundo, la experiencia parece sugerir algo diferente. Quizás el problema no sea solamente la escasez de recursos, sino que los recursos existentes no logran encontrarse entre sí.

Es una idea incómoda, porque desafía una de las premisas más arraigadas del pensamiento contemporáneo sobre el desarrollo: la convicción de que los problemas se resuelven principalmente agregando capacidades, cuando muchas veces la dificultad no radica en la ausencia de capacidades, sino en la capacidad de reconocerlas, aprovecharlas plenamente y conectarlas entre sí.

La paradoja de la abundancia fragmentada

Durante décadas, gobiernos, organismos internacionales, universidades, organizaciones sociales y empresas han impulsado innumerables iniciativas destinadas a mejorar las condiciones de vida de las poblaciones. Los resultados han sido importantes y, en muchos casos, transformadores. Sin embargo, también ha surgido una paradoja difícil de ignorar.

En efecto, con frecuencia encontramos territorios donde existen universidades produciendo conocimiento relevante, gobiernos locales comprometidos, organizaciones comunitarias con experiencia acumulada y agencias de cooperación dispuestas a colaborar. Cada actor trabaja intensamente dentro de su ámbito, cada institución genera valor y cada proyecto produce aprendizajes. Sin embargo, el impacto agregado suele ser menor de lo esperado.

No porque falten esfuerzos, sino porque estos esfuerzos permanecen aislados, como pequeñas islas de innovación rodeadas por océanos de desconexión. Esta situación está lejos de ser excepcional y sus consecuencias son profundas. El resultado es una forma silenciosa de desperdicio social.

No se desperdician únicamente recursos económicos; también se desaprovechan conocimientos, experiencias, relaciones y oportunidades de aprendizaje colectivo. No obstante, quizás lo más grave sea que se erosionan expectativas, se debilitan las confianzas y se desperdician energías sociales orientadas al cambio y a la construcción del bienestar común.

Lo que falla no es necesariamente la capacidad de actuar, sino la capacidad de actuar juntos coordinadamente. Lo que con frecuencia falta es el reconocimiento de que toda capacidad importa y de que su verdadero potencial emerge cuando puede articularse con las capacidades de otros.

Lo que nos enseñan las ciencias del desarrollo

Esta reflexión dialoga con una larga tradición intelectual. A este respecto, Amartya Sen mostró que el desarrollo consiste esencialmente en ampliar las libertades reales de las personas para vivir la vida que valoran. Elinor Ostrom, por su parte, demostró que las comunidades pueden gestionar recursos comunes de manera sostenible cuando logran construir reglas compartidas, confianza y mecanismos efectivos de cooperación.

Los estudios sobre resiliencia socioecológica han señalado que la capacidad de adaptación depende menos de estructuras rígidas que de la capacidad de los sistemas para aprender, reorganizarse y responder colectivamente al cambio. Asimismo, Paulo Freire, Orlando Fals Borda y otros autores destacaron que el conocimiento no es algo que se transfiere desde afuera hacia los territorios, sino algo que se construye mediante procesos participativos, relaciones sociales y aprendizajes compartidos.

Todas estas perspectivas comparten una intuición fundamental: las transformaciones profundas son siempre procesos colectivos. Sin embargo, existe un aspecto que merece mayor atención. No basta con que existan capacidades, y tampoco basta con que existan actores comprometidos. La cuestión decisiva es cómo esas capacidades y esos actores se relacionan entre sí.

Más allá de la lógica sujeto-objeto

Esta perspectiva también cuestiona una idea profundamente arraigada en muchas prácticas tradicionales de desarrollo: la existencia de una separación nítida entre quienes producen conocimiento y quienes simplemente lo reciben. Este hecho incluso ha llamado a un debate ético en algunos círculos científicos. El propio uso que hace la inteligencia artificial de bienes y conocimientos generados por otros humanos, y sobre todo del conocimiento colectivo existente, debería reabrir ese debate.

Durante mucho tiempo las comunidades locales fueron concebidas como destinatarias de soluciones diseñadas en otros lugares. Los territorios aparecían como espacios de intervención, más que como espacios de creación. Sin embargo, la experiencia acumulada demuestra que las transformaciones más sostenibles emergen cuando las personas dejan de ser consideradas objetos de políticas y pasan a ser reconocidas como sujetos activos de producción de conocimiento, innovación y decisión.

El aprendizaje ya no circula en una sola dirección. Por el contrario, surge del encuentro entre múltiples actores portadores de saberes distintos pero complementarios; universidades, gobiernos, organizaciones sociales, empresas y comunidades aprenden mutuamente y construyen respuestas que ninguno de ellos podría generar por sí solo.

El desarrollo como fenómeno relacional

Estamos acostumbrados a pensar el desarrollo en términos de recursos, pero quizás deberíamos comenzar a pensarlo en términos de relaciones. Después de todo, ninguna universidad transforma un territorio por sí sola; ningún gobierno local resuelve aisladamente los desafíos de la sostenibilidad; ninguna organización comunitaria posee por sí misma todos los conocimientos necesarios para enfrentar problemas complejos.

Los grandes desafíos contemporáneos –cambio climático, desigualdad, transición energética, seguridad alimentaria o conservación de la biodiversidad– exceden la capacidad de cualquier actor individual. Por tanto, sus posibles soluciones dependen de la calidad de las relaciones que puedan construirse entre múltiples actores. Desde esta perspectiva, las redes dejan de ser simples mecanismos de comunicación para convertirse en auténticas infraestructuras de desarrollo.

En ese sentido, una red no es solamente un conjunto de contactos; es un espacio donde circulan conocimientos, donde se construye confianza, donde se coordinan acciones y donde emergen capacidades colectivas que no existirían de forma aislada.

Territorios conectados en un mundo interdependiente

Esta visión conduce también a una reconsideración del propio concepto de territorio. Durante mucho tiempo, el desarrollo territorial fue pensado principalmente a partir de los recursos existentes dentro de límites geográficos relativamente definidos. Sin embargo, en un mundo crecientemente interdependiente, las capacidades territoriales dependen cada vez más de la posibilidad de integrarse en redes de cooperación, aprendizaje e innovación que trascienden fronteras administrativas, nacionales e incluso continentales.

Actualmente, el fuerte impulso de las tecnologías de la comunicación así lo permite. Una comunidad rural en Uruguay puede aprender de experiencias desarrolladas en Colombia, colaborar con universidades italianas y participar en procesos de innovación compartidos con actores de África o del Mediterráneo.

El territorio no desaparece. Por el contrario, adquiere una nueva relevancia, pero deja de ser una unidad aislada para convertirse en un nodo activo dentro de sistemas más amplios de cooperación. El desarrollo emerge así de la interacción entre lo local y lo global, entre la identidad territorial y la capacidad de establecer vínculos transterritoriales que amplían horizontes, conocimientos y oportunidades.

La inteligencia que surge entre las personas

Existe una tendencia persistente a imaginar la inteligencia como una propiedad individual. Sin embargo, muchos de los avances más importantes de la humanidad han surgido de formas de inteligencia colectiva. La ciencia, la innovación tecnológica, los sistemas democráticos y las comunidades resilientes funcionan porque permiten que múltiples conocimientos parciales se articulen para producir algo mayor que la suma de sus partes. Lo mismo ocurre con el desarrollo territorial.

La capacidad transformadora de un territorio no depende únicamente de sus recursos materiales o humanos. Depende también de su capacidad para generar conversaciones significativas, construir confianza y coordinar acciones entre actores diversos. Podríamos llamar a esta capacidad la inteligencia relacional, y quizá sea uno de los recursos más escasos y valiosos del siglo XXI.

Una nueva agenda para el desarrollo

Si aceptamos esta mirada, algunas prioridades cambian. La cuestión ya no consiste únicamente en financiar proyectos. También implica fortalecer los vínculos que permiten que esos proyectos dialoguen entre sí. Ya no se trata solamente de crear capacidades institucionales; también se trata de construir puentes entre instituciones.

Ya no basta con producir conocimiento. Es necesario generar las condiciones para que ese conocimiento circule, se adapte y se convierta en acción colectiva. En otras palabras, necesitamos invertir no solamente en infraestructuras físicas, sino también en infraestructuras relacionales tales como espacios de encuentro, procesos de aprendizaje compartido, redes de cooperación multiactor y mecanismos capaces de conectar escalas locales, nacionales e internacionales, entre otros.

Esta perspectiva no ignora la dimensión política del desarrollo. Por el contrario, reconoce que los conflictos de intereses, las asimetrías de poder y las disputas institucionales forman parte de toda dinámica social. Sin embargo, propone observar cómo esos procesos se expresan y se gestionan a través de relaciones concretas. Comprender la calidad, densidad y capacidad articuladora de dichas relaciones constituye también una forma de comprender la política del desarrollo.

Una reflexión final

Tal vez la pregunta más importante para los próximos años no sea cuánto conocimiento poseemos ni cuántos recursos somos capaces de movilizar. Tal vez la pregunta decisiva sea otra: ¿somos capaces de conectarlos?

Una parte significativa de las soluciones que buscamos puede que ya exista, dispersa en comunidades, universidades, gobiernos locales, organizaciones sociales y redes de cooperación alrededor del mundo. La verdadera tarea consiste, por lo tanto, en crear las condiciones para que esas capacidades puedan encontrarse. Y ahí reside la idea incómoda. Quizás el principal obstáculo para el desarrollo no sea la ausencia de recursos, sino la ausencia de relaciones capaces de convertir esos recursos en inteligencia colectiva y acción transformadora.

Y quizás el desafío del siglo XXI no consiste simplemente en acumular más conocimientos, más recursos o más instituciones, sino en aprender a relacionarlos de formas nuevas. En esa tarea, la autonomía de las personas, organizaciones y territorios no se construye en aislamiento, sino mediante relaciones que amplían sus capacidades de acción. Lejos de ser conceptos opuestos, autonomía y cooperación pueden reforzarse mutuamente cuando forman parte de redes capaces de generar aprendizaje, confianza e inteligencia colectiva.

Referencias

  • Sen, A (1999). Development as Freedom.
  • Ostrom, E (1990). Governing the Commons.
  • Freire, P (1970). Pedagogía del oprimido.
  • Fals Borda, O (1987). The Application of Participatory Action Research in Latin America.
  • Holling, C (1973). Resilience and Stability of Ecological Systems.
  • Folke, C (2006). Resilience: The Emergence of a Perspective for Social-Ecological Systems Analyses.
  • Berkes, F y Folke, C (1998). Linking Social and Ecological Systems.
  • Wenger, E (1998). Communities of Practice.
  • Castells, M (1996). The Rise of the Network Society.
  • Latour, B (2005). Reassembling the Social.
  • Sassen, S (2006). Territory, Authority, Rights.
  • Escobar, A (2008). Territories of Difference.
  • Capra, F y Luisi, P (2014). The Systems View of Life.
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