La reciente disposición de la Dirección General de Educación Inicial y Primaria que establecía que las solicitudes periodísticas dirigidas a centros educativos o a funcionarios docentes deben canalizarse a través del Departamento de Comunicación Social abrió una discusión que no debería cerrarse simplemente con el retiro del comunicado. Al contrario: su breve vigencia y su posterior retiro vuelven más visible una tensión de fondo sobre el lugar de la palabra docente en el debate público.
En una primera lectura, la medida podía presentarse como una decisión administrativa orientada a ordenar la comunicación institucional. Y es cierto que la relación entre los centros educativos y los medios requiere criterios claros. Las situaciones que involucran a niños, niñas y adolescentes deben ser tratadas con especial cuidado. La exposición pública de conflictos escolares puede generar daños, simplificaciones o lecturas apresuradas. También es razonable que una institución pública busque evitar mensajes contradictorios o descontextualizados.
El problema, entonces, no está en reconocer la necesidad de ciertos marcos de comunicación. El problema aparece cuando esos marcos, en lugar de cuidar la palabra pública, terminan produciendo distancia, cautela o retraimiento en quienes sostienen cotidianamente los centros educativos. Porque allí ya no se trata solamente de ordenar procedimientos, sino de definir quién puede hablar de la educación pública, desde qué lugar y con qué grado de legitimidad.
Los centros educativos no son meras unidades administrativas. Son espacios vivos, atravesados por historias, conflictos, soluciones provisorias, vínculos comunitarios y saberes construidos en la práctica cotidiana. Quienes enseñan, dirigen, acompañan y sostienen esos espacios producen un conocimiento situado que no siempre entra en los formularios, en las resoluciones o en los comunicados oficiales. La palabra docente no es perfecta ni homogénea, ni necesariamente representativa de todo el sistema. Pero, justamente, por eso es necesaria: porque permite mostrar la complejidad de lo que ocurre allí donde las políticas educativas se encuentran con la vida real de las aulas.
Regular la comunicación no debería equivaler a empobrecer esa complejidad. Una cosa es establecer cuidados cuando hay menores involucrados, preservar la confidencialidad de situaciones sensibles o coordinar vocerías institucionales ante determinados temas. Otra cosa distinta es instalar como principio general que toda palabra pública debe pasar por una mediación central. Entre una y otra hay una diferencia sustantiva: la diferencia entre cuidar la comunicación y producir silencio preventivo.
Ese silencio no siempre se expresa como prohibición explícita. A veces opera de formas más sutiles: en la duda antes de hablar, en el temor a ser malinterpretado, en la necesidad de pedir permiso, en la sensación de que ciertos temas conviene no plantearlos públicamente. Cuando eso ocurre, no solo se reduce la cantidad de voces disponibles. También se pierde densidad democrática en la conversación sobre educación.
No es el único episodio reciente en el que la palabra sobre la educación aparece como un terreno sensible. La polémica en torno a un afiche de una campaña contra las violencias, que mostraba a una niña atribuyendo a su maestra la frase “los que se pelean se aman”, abrió otra discusión: qué ocurre cuando una expresión culturalmente extendida, utilizada muchas veces para minimizar formas tempranas de hostigamiento o violencia, aparece situada en la voz de una docente. Aun cuando la campaña buscara cuestionar sentidos comunes que naturalizan la violencia desde la infancia, parte del malestar surgió del modo en que esa escena podía ser leída como una representación desvalorizante de la tarea docente.
El punto no es equiparar situaciones distintas ni poner en cuestión la necesidad de educar contra las violencias. El punto es advertir un trasfondo común: la educación pública se ha vuelto un espacio donde cada palabra –la que sale de los centros, la que habla sobre los docentes, la que intenta ordenar la comunicación institucional– queda rápidamente sometida a disputa.
Esa disputa no debería sorprendernos. La educación pública es, por definición, un campo atravesado por expectativas sociales, conflictos de interpretación, demandas institucionales y experiencias diversas. Lo preocupante no es que haya debate, sino que muchas veces las tensiones se tramiten mediante movimientos de repliegue: centralizar, ordenar, retirar o corregir la palabra, en lugar de abrir mejores condiciones para elaborarla colectivamente.
La educación pública se ha vuelto un espacio donde cada palabra –la que sale de los centros, la que habla sobre los docentes, la que intenta ordenar la comunicación institucional– queda rápidamente sometida a disputa.
La educación pública necesita conducción, por supuesto. Pero también necesita confianza. Y la confianza no se construye únicamente mediante circuitos jerárquicos de autorización. Se construye reconociendo que docentes, equipos de dirección, inspectores y comunidades educativas son actores capaces de pensar, narrar y problematizar su propia práctica.
Tampoco se trata de idealizar la voz docente. Los docentes podemos equivocarnos, hablar desde experiencias parciales o expresar posiciones diversas, incluso contradictorias. Pero esa diversidad no es un defecto del sistema: es parte de su riqueza. Pretender que la educación pública hable solo a través de una voz centralizada puede dar una apariencia de orden, pero corre el riesgo de dejar fuera justamente aquello que permite comprenderla: sus matices, sus conflictos, sus aprendizajes cotidianos.
La escuela, el liceo, la UTU y los centros de formación docente no son escenarios mudos donde se aplican decisiones tomadas en otro lado. Son espacios donde las políticas se interpretan, se traducen y también se tensionan. Por eso, cuando se condiciona excesivamente la palabra de quienes los habitan, lo que se afecta no es solo la comunicación con la prensa. Se afecta la posibilidad de que el sistema educativo se piense públicamente desde su propia experiencia.
La reacción que generó el comunicado y su posterior retiro muestran que la palabra docente sigue siendo un terreno de disputa. Y esa disputa importa. Importa porque una educación pública democrática no puede limitarse a transmitir decisiones institucionales: necesita habilitar conversaciones, reconocer saberes situados y aceptar que el conflicto también forma parte de la vida educativa.
Tal vez el desafío sea construir formas de comunicación más cuidadas sin volverlas más verticales; más responsables sin volverlas más silenciosas, más institucionales sin expulsar de la escena a quienes sostienen todos los días la tarea de enseñar.
Lo que está en juego, en última instancia, no es solamente un protocolo de prensa ni la reacción frente a una campaña puntual. Es el tipo de conversación pública que queremos sobre la educación: una conversación concentrada en pocas voces, o una conversación capaz de reconocer que la educación pública también se dice desde las aulas, desde los centros y desde la experiencia docente. La pregunta, entonces, es si estamos dispuestos a escuchar esas voces o a intentar administrar su silencio.
Estefanía Ganduglia es profesora de Inglés en educación secundaria y maestranda en Ciencias Humanas por la Universidad de la República.