Feminismos Violencias

Marie Denis en el conservatorio sobre control coercitivo, en la INDDHH en octubre de 2026.

Foto: Alessandro Maradei

Experta belga compartió herramientas de detección del control coercitivo para fortalecer la prevención de femicidios en Uruguay

La psicóloga presentó estrategias para identificar indicadores “sutiles” que pueden preceder a situaciones graves de violencia de género, frente a un público mayoritariamente integrado por funcionarios de instituciones del Estado.

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Poco a poco, y gracias al trabajo de colectivos como La Pitanga y la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual (RUVDS), empieza a circular en Uruguay el concepto de control coercitivo, una dinámica relacional en la que hombres someten a sus parejas mujeres a comportamientos que pueden parecer inofensivos si se ven de forma aislada pero que, en el tiempo, tienen impactos acumulativos y pueden escalar a violencias más extremas. Por eso, en países donde hay investigaciones más avanzadas al respecto, se lo considera clave a la hora de evaluar los factores de riesgo de una situación y una herramienta que puede incluso prevenir femicidios.

El término fue acuñado hace casi dos décadas por el sociólogo estadounidense Evan Stark, que lo definió como “un patrón de comportamiento que apunta, de forma sutil e invisible, a hacer que una pareja o expareja sea dependiente y subordinada”, según describe en su libro Control coercitivo: cómo los hombres atrapan a las mujeres en la vida privada (2007).

En Bélgica, una de las referentes es la psicóloga Marie Denis, cofundadora del Observatorio Feminista de Violencia contra las Mujeres, doctoranda en Psicología Social y experta del Servicio Público Federal de Justicia en materia de guarda y tenencia de niñas, niños y adolescentes en contextos de violencia. La especialista visitó Uruguay la semana pasada y participó en distintas instancias con organizaciones de la sociedad civil y representantes de instituciones del Estado. Una de esas actividades fue un conversatorio que protagonizó el viernes en el salón de actos de la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo (INDDHH), donde abordó los avances conceptuales y prácticos en torno al control coercitivo, su relación con las situaciones de violencia de género de alto riesgo y la importancia de fortalecer las capacidades institucionales para la detección temprana de indicadores que pueden preceder a situaciones de extrema gravedad como los femicidios.

Esta actividad en particular, que estuvo organizada por La Pitanga y la RUCVDS con el apoyo de la Embajada de Bélgica, fue dirigida casi exclusivamente a personas que trabajan en organismos públicos vinculados de alguna forma con el abordaje de la violencia basada en género.

Entender el control coercitivo

Denis blanqueó al principio que el hilo conductor de su exposición tenía “en la base” su “convicción” de que “el femicidio es el acto criminal más previsible que puede existir”. “¿Por qué? Porque es todo el tiempo el mismo proceso que se desarrolla, las mismas estrategias de control y las mismas etapas que vamos a constatar: una mujer víctima de violencia que quiere dejar al autor de las violencias y el autor de las violencias va pasar de una intención de control a una intención de destrucción”, señaló.

La especialista recalcó que la violencia de género nunca es “un incidente aislado, un golpe, una discusión”, sino que es “un proceso que se va a desplegar en el tiempo” y justamente eso es lo que “permite estudiar el control coercitivo”. En ese sentido, aseguró que el control coercitivo “no es una nueva forma de violencia”, sino “un concepto que permite comprender mejor cómo se despliega la violencia en el seno de una familia”.

Afirmó que la importancia de detectar este control coercitivo radica en que la literatura internacional muestra que “en 92% de femicidios había control antes del pasaje al acto” y que, “en un tercio” de estas situaciones “el pasaje al femicidio era la primera forma de violencia física”. Por lo tanto, “es muy importante poder identificar estas estrategias de control para poder prevenir los femicidios”, apuntó.

Entre las principales características que definen el control coercitivo, la investigadora belga resaltó el “carácter continuo”, el “carácter acumulativo” y el “carácter asimétrico”.

La psicóloga ahondó además en la necesidad de diferenciar conflicto y control coercitivo. En un conflicto, “las dos partes no tienen miedo de hablar, van a poder intercambiar de manera serena incluso cuando no están de acuerdo, el sujeto del conflicto está bien definido, los roles son intercambiables y el objetivo es resolver un desacuerdo”. En el control coercitivo, en cambio, siempre hay miedo: “La víctima va a desarrollar lo que llamamos un miedo crónico, es decir, va a estar en un sistema en el que va a comenzar a gestionar los riesgos de disparar la violencia, poco a poco se va a centrar en las necesidades emocionales y psicológicas del autor [de la violencia], va a terminar entrando en un esquema de abnegación de ella misma y es ahí donde comienza la toma de control”. El objetivo, en este caso, es controlar a la otra persona.

Detectar las estrategias de control y de coerción

Denis, que compartió los detalles de algunas de las herramientas de detección del control coercitivo que ella misma elaboró para el Instituto por la Igualdad de Mujeres y Hombres de Bélgica, puntualizó que las estrategias de control constituyen “una especie de microrregulaciones de lo cotidiano”. “Son actos que va a realizar el autor, como mirarle el celular, insistir por mensaje o por llamada cuando la víctima sale, violencia económica; este tipo de cosas que van a provocar una forma de aislamiento. A veces incluso la víctima no necesariamente está impedida de salir, pero deja de alimentar otras relaciones que no sean con el autor, solo porque está agotada o porque sabe que va a provocar más control”, explicó.

La experta dijo que para “operacionalizar” el concepto definió el control coercitivo según distintos elementos: la vivencia de la víctima, que es la que permite “identificar si hay violencia o no”; el “ciclo de la violencia”, con sus fases de tensión, explosión, justificación y “luna de miel”; y el esquema de comportamiento del agresor, que incluye “comportamientos que pueden ser violentos, muy tangibles, y comportamientos de control, más sutiles”. Denis aseguró que, con base en la literatura, identificó 22 estrategias: nueve de coerción –que son “todo lo que va a poner en marcha para hacer que la víctima se someta de manera directa, como la violencia física, que puede ir desde el secuestro a golpes, violencia sexual, amenazas explícitas– y 13 de control –que es “todo lo que es más sutil” y que va a empujar a la víctima a someterse, como “imponer sus reglas para ‘protegerla’, el acoso y todo lo que es el control a través de las nuevas tecnologías”–.

“El control coercitivo es un gota a gota, no pasa de un día para el otro, es algo que se va a instalar en el tiempo y es poco a poco que todos esos comportamientos y las consecuencias de esos comportamientos se van a acumular y van a hacer que, en un momento dado, la víctima no pueda salir de la relación”, remarcó la especialista. También señaló que es un concepto que “nos invita a ver las violencias intrafamiliares como una privación de libertad y de individualidad”, en tanto “la víctima está privada de sus recursos emocionales, cognitivos, financieros, lo que le impide ser autónoma [...] Este drenaje de recursos va permitirle al autor mantener su posición de dominación”.

Identificar los factores de riesgo

Como hemos visto en muchos casos de femicidio, la separación de la pareja “es el momento más peligroso”, enfatizó Denis, “porque cuando el autor ve que la víctima se quiere ir, va a pasar de una intención de control a una intención de destrucción, y es ahí donde hay un riesgo de pasaje al acto”. Por eso, dijo que es “muy importante” tener en cuenta “cómo el autor está reaccionando a la separación, evaluar los recursos disponibles para la víctima y evaluar los factores de riesgo”.

Para medir estos factores de riesgo, la experta elaboró una herramienta de detección rápida del control coercitivo, que sirve para “evaluar si hay una forma de que el autor controle los recursos de la víctima”, entendiendo recursos como “el dinero, el acceso a la atención en salud, a un auto, a una formación, a un trabajo, a determinados papeles”. También es útil para identificar “si hay alguna forma de aislamiento”, “violencias más sutiles” o “amenazas explícitas o implícitas”.

Otro factor a monitorear es si hay una escalada de la violencia, por ejemplo, cuando el agresor “pierde el control sobre la víctima, multiplica las estrategias para retomar el control y eventualmente moviliza estrategias cada vez más peligrosas desde el punto de vista físico”, explicó Denis. Hay que evaluar además si la víctima “ya está en un miedo crónico muy instalado o si, por el contrario, no tiene miedo y replica a la violencia con violencia, porque este es otro factor que puede conllevar peligrosidad”. Otro llamado de alerta es la persistencia de comportamientos del agresor, es decir, cuando no frena “a pesar de las intervenciones de la Policía o de terceros”.

Denis finalizó su presentación con una aclaración fundamental: las niñas y los niños que están expuestos a estas situaciones no son solo testigos, sino también víctimas de la violencia. En ese sentido, llamó a “deconstruir” tres mitos: el del “niño testigo”, el de que un cónyuge violento puede ser un buen padre y el de que la madre no supo proteger a sus hijos: “Una madre nunca puede proteger sola a sus hijos cuando está enfrentando una situación como esta”.

Desde Uruguay

Después de la presentación de Marie Denis, aportaron comentarios Rosana Medina, integrante de la Unidad Especializada en Género de la INDDHH, y Leticia Benedet, directora adjunta del Instituto Nacional de las Mujeres. También intervino Halina Neuhauser, integrante de La Pitanga y psicóloga con trayectoria en servicios de atención a víctimas.

Desde ese lugar, Neuhauser contó que desde el colectivo empezaron a interiorizarse en el tema después de tener contacto con mujeres que llegaban a los servicios expresando cosas como “nunca me gritó, nunca hizo algo que yo pudiera sentir como violento, pero siento que no tengo libertad”. “Ahí fue que empezamos a pensar en que teníamos que dejar de preguntar cómo ella llegó a esa situación y empezar a indagar en qué hizo él para que ella se sienta así. Esto es un cambio de mirada”, señaló.

En esa línea, llamó a quienes trabajan con mujeres en situación de violencia a “cambiar el lugar desde donde escuchamos, a aprender de lo que las mismas mujeres nos dicen y enseñan, y a visualizar con mucha claridad lo que es la pérdida de la libertad y la restricción de la autonomía, pero no solo de actuar, que es lo que vemos más fácilmente, sino de pensar, desear y decidir”.

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