Margarita García Telesca.

Foto: Alessandro Maradei

Relatos diversos: un mapa de trayectorias y resistencias de personas LGBTI+ que viven en el interior del país

El libro, escrito por Margarita García Telesca, se basa en entrevistas realizadas a disidencias de pequeñas localidades de Uruguay, y visibiliza así sus historias de descubrimiento y resiliencia en pueblos chicos que también pueden ser infiernos grandes.

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“Quise esperar a ver si se me pasaba, pero el amor no se pasa y tuve que elegir mi propia felicidad antes que vivir la vida que me tenían planeada. No iba a cumplir el mandato. Todo el pueblo gritaba en sus miradas que estaba haciendo algo prohibido, sucio, promiscuo. Pero yo tenía mis valores de siempre, no habían cambiado. Tuve que luchar contra todos los prejuicios del resto y los míos”.

El texto es un fragmento de “Flor de verano”, una de las historias incluidas en Relatos diversos. Historias de vida LGBTIQ+ en Uruguay, y sintetiza cómo es habitar una identidad disidente en el interior del país. Si bien cada trayectoria que expone el libro es distinta, la mayoría está atravesada por algunos puntos en común: haber sufrido discriminación o violencia, el silencio autoimpuesto, las ganas de huir de un pueblo que expulsa, la culpa, el impacto en la salud mental y, también, la resiliencia.

El libro es obra de la escritora y guionista Margarita García Telesca, que aceptó la propuesta –y el desafío– de escuchar más de 40 entrevistas anónimas que realizó el Fondo de Población de las Naciones Unidas para distintos trabajos sobre derechos de las personas LGBTI+ en el interior, y transformarlas en algo que, a través de la literatura, “ayudara a visibilizar una realidad no tan conocida”, “sensibilizar” y “provocar empatía”, explica la autora a la diaria, a pocos días de que se conmemore el Día Internacional del Orgullo LGBTI+. El resultado quedó plasmado en 21 relatos cortos que se basan en esas historias de vida reales, pero que están ficcionados para preservar la identidad de las personas involucradas.

“Son relatos de supervivencia y de deseo. Cada testimonio ofrece espejos donde reflejarse, mapas íntimos para quienes buscan compañía, refugio y palabras que nombren”, dice en el prólogo el gestor cultural Manu Rivoir, que se presenta como “migrante sexiliado del campo”. “La escritura aquí funciona como archivo afectivo: registra resistencias, abre diálogos y, sobre todo, reconoce la existencia de cuerpos y deseos que durante décadas fueron silenciados. La vulnerabilidad se revela como fuerza. Estar en los márgenes no significa silencio; es un terreno de invención donde se imagina otra forma de existir”, agrega el prologuista, oriundo de Colonia, que fue uno de los expositores en la presentación del libro que se realizó en el Teatro Solís el mes pasado.

Lo que pasa en el pueblo

Un concepto que atraviesa los relatos –de manera explícita o implícita– es el de “pueblo chico, infierno grande”. En esa línea, muchos testimonios relatan las situaciones de discriminación cotidianas que enfrentan, los prejuicios arraigados y el deseo de poder escapar del pueblo para migrar a otro lugar en el que puedan ser en libertad.

“El pueblo calla, observa y calla”, dice “Rayuela”, el relato que abre el libro. “Un poco el pueblo me echa y otro poco yo quiero escapar. Camino y no miro hacia atrás”, agrega en otro tramo.

“Dolía vivir. Rezaba a las estrellas para no ser gay. En la farmacia pedía un remedio, algo para curarse. Porque era una enfermedad en el pueblo chico”, se puede leer en “Jacinto”, un texto en el que también aparece –como en otros– la mirada patologizante de la sociedad sobre las personas LGBTI+.

En otro relato, titulado “Mi maestra”, se refleja la preocupación por vivir en un país que tiene una legislación pionera en materia de diversidad sexual, pero en el que todavía falta un cambio cultural. “Las leyes ayudan, pero las mentes no cambian. Están estancadas entre la plaza y la iglesia. Hay que irse, huir antes de que los años me aten a esta vida simple y agobiante que es un camino lento hasta el cementerio municipal”, afirma ese testimonio.

Además de escuchar las entrevistas y leer sus transcripciones, como parte del proceso creativo, García Telesca también visitó algunas de las localidades que mencionan las personas entrevistadas –y que también son preservadas en el libro–, para “estar ahí, vivir la vida del pueblo, ir a la plaza; sentía que esa vivencia más sensorial también me nutría”, asegura a la diaria.

Cuando lo primero no es la familia

Hay varios estudios, encuestas e investigaciones que revelan que uno de los lugares más violentos para las disidencias sexogenéricas, muchas veces, es la familia. En Relatos Diversos, esa información dura se hace carne en distintos testimonios que exponen la violencia intrafamiliar que sufrieron estas personas una vez que salieron del clóset o, en cambio, el silencio con el que convivieron durante toda su vida con tal de no ser expulsadas de sus hogares.

Esto queda en evidencia de manera muy clara en el texto “Infancia”: “La infancia. Ese momento único y mágico que nos queda grabado en la memoria para siempre. Nuestro lugar seguro y feliz. Si tenemos suerte. No todos lo viven así. Para muchos es el lugar del dolor, del primer dolor que queda grabado. Y cada nuevo dolor evoca ese primero”.

“Mi madre también era anticuada y demoré en decirle. Para peor, cuando lo hablamos fue en medio de una discusión. Me echó en cara que estaba enferma del corazón por el disgusto de tener un hijo gay. Murió después, dejándome esa daga de la culpa, que todavía duele en la herida. No he podido reponerme del todo aún”, dice el texto “La culpa”. Y continúa: “Yo me hacía respetar, en el pueblo y en el trabajo. No lo ocultaba. La única carga que tenía era mi familia. Ahora todos están muertos y, aunque suene feo, me siento liberado. Pero tengo la daga, la herida, la culpa que me dejó mi madre antes de morir. Ese dolor no me deja formar una familia”.

“Fabián sufre en el liceo y en las calles de su pueblo. Sufre puertas adentro a merced de su padre alcohólico, que lo agrede por ser amanerado. ‘Si sos puto, te mato’, le dice, y Fabián tiembla ante la certeza de que lo que permanece incambiado es su corazón”, se puede leer en “La varilla de mimbre”. En este caso, lejos del padre violento, el protagonista de la historia encuentra refugio familiar en otro lado: “En el cumpleaños de 18, soplando las velas, cuando [su hermano] le vuelve a preguntar ‘¿y para cuándo la novia?’, Fabián le dice ‘¿es que no ves que soy re puto? No voy a traer una novia’. Ahí, con todo el terror al rechazo, recibe de Martín el abrazo más sincero y amoroso y puede aflojar”.

El impacto en la salud mental y sobrevivir en manada

El impacto en la salud mental de la discriminación, la violencia o el no poder vivir la sexualidad o la identidad de género libremente es un tema que atraviesa la mayoría de los testimonios del libro, con alusiones a la ideación suicida, la ansiedad o la depresión.

“El rechazo de su madre fue lo más duro que vivió y pasó por una situación complicada de salud. Crisis de pánico, trastorno de ansiedad generalizada, depresión. La terapia fue su salvación y le llevó años rearmarse para seguir con su vida”, señala el texto “Agustina”.

“Muchas veces no podía soportar la situación. Se sentía mal por ser gay. Diariamente recorría la ruta y elegía por momentos cuál camión podría acabar con su sufrimiento. No pasaba un día sin que pensara en cómo se odiaba y cuánto quería ser distinto. Era un martirio. La terapia lo salvó”, se puede leer, por otra parte, en “Mauricio”.

En un sentido parecido apunta el relato “Gustavo”: “Una psicóloga del hospital lo salvó. Pudo enfrentarse al espejo y empezar a amigarse consigo mismo y respetarse. Tenía que darse permiso para ser. Cuántas veces había pensado en dejar de vivir para no sufrir… pero la vida era hermosa y no quería irse”.

En estos contextos de discriminación, violencia y desarraigo familiar y afectivo, no solo la terapia emerge como “salvación”: la propia comunidad LGBTI+ aparece como red de contención fundamental.

“Mis amigos de antes nunca volvieron a ser iguales. Algo se rompió. Se hablaban cosas, rumores. Las miradas, los silencios. Tuve que rehacer mis amistades, buscar en otros lados. Hicimos una tribu y nos respaldamos. Sobrevivimos en manada”, surge en “Por amor”.

En tanto, en “Daniel”, se alude a la tribu que forman los sexiliados del interior en tierras capitalinas. “En Montevideo había una especie de hermandad entre los gays que llegaban del interior. Habían ido tendiendo lazos, compartiendo el pasado y las penurias de crecer en la discriminación de las ciudades y los pueblos que quedaron en el medioevo. Se unían y empatizaban”, dice el texto; “todos habían sufrido las piedras, las corridas y los gritos en la plaza. No necesitaban ni contar y muchas veces no querían recordar lo que había sido crecer así. Era parte del pasado doloroso que los unía. No se veían mucho, pero se tenían, eran la red invisible que los sostenía”.

La brecha entre las leyes y la realidad

“Es cierto que, ante el mundo, somos un país de avanzada, con una cantidad de leyes, pero la realidad después es otra”, considera García Telesca. Esa otra realidad aparece en “Agustina”, por ejemplo, la historia de una mujer trans que “lucha muchas veces contra el estigma de que todas las mujeres trans son prostitutas”, un “estigma que deriva de las pocas oportunidades laborales que tienen, a pesar de las nuevas leyes de cuotas”, en referencia a los cupos que establece la Ley Integral para Personas Trans (2018).

O en “Brillos”, cuando la narradora dice que “no es fácil hacerse grande. Vender su cuerpo. Ser mujer trans en una ciudad sin oportunidades. Con leyes de inclusión que no se cumplen, juicios que no se dicen, solo se miran”. También en “Mi antiguo nombre”, donde se narra la transición de una persona trans y se expone la violencia institucional que persiste en los centros de salud: “Estoy en Salud Pública, el tratamiento es gratis y lo puedo hacer sin problemas. Pero todavía me siento incómodo cuando tengo que hacerme una ecografía y me llaman por el pronombre equivocado. Reviven mi antiguo nombre, mi pasado”.

García Telesca pretende que, en este escenario, el libro sirva para “mostrar la realidad y todo lo que queda para llegar a que todas las personas hagan uso de las leyes que hay”. La escritora espera que “no solo las personas LGBTI+ se sientan identificadas y digan ‘mirá, hay gente que está viviendo lo mismo que yo’, que es re importante, sobre todo para los gurises jóvenes”, sino que también las personas que no forman parte de la comunidad “puedan leer estos relatos y ponerse un poco en los zapatos del otro”.

La autora adelantó que está organizando talleres artísticos con jóvenes en distintas localidades del interior, y dijo que, “a futuro”, el plan es “que el libro pueda ser pasado a formato audiovisual y teatro”, para que estas historias trasciendan las páginas y puedan difundirse de nuevas maneras.

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