Con el impulso del movimiento Ni Una Menos de Argentina en 2015, la última ola feminista derivó en transformaciones culturales, sociales, legales y simbólicas en casi todos los países del Cono Sur, y también potenció la llegada de feministas al Estado. Sin embargo, en el último quinquenio, con el avance de las ultraderechas antigénero, se instaló una narrativa de que los feminismos fueron demasiado lejos con sus demandas, que exageraron, que se “pasaron tres pueblos”.
La periodista y escritora argentina Agustina Paz Frontera se propuso indagar particularmente en los entretelones de esta “excursión” de las feministas a ministerios, secretarías y otros organismos estatales en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay para conocer cómo habitaron ese “cuarto propio” y hasta qué punto tuvieron su asiento en las mesas chicas donde se cocina el poder. De esa investigación nació el libro ¿Demasiado feminismo? La política feminista entre el Estado, el activismo y la batalla cultural de la derecha radical, publicado el año pasado, y que también navega en las tensiones entre las feministas institucionalizadas y el movimiento feminista.
La autora, una de las fundadoras del medio feminista Latfem, presentó el libro en Montevideo la semana pasada, en una charla-debate organizada por el Centro de Estudios Interdisciplinarios Feministas de la Universidad de la República y la Fundación Friedrich Ebert, que tuvo lugar en la Facultad de Ciencias Sociales. En el marco de esa visita, conversó con la diaria.
Frente a esta narrativa de que las feministas nos “pasamos tres pueblos”, decís en el libro que “más que demasiado feminismo, hubo ‘demasiado poco’ feminismo en gobiernos en los que participaron feministas”. ¿Qué características en común tuvieron estos distintos procesos de institucionalización de la agenda de género?
De base, diría que en todos los países las feministas nos quedamos con gusto a poco. Los testimonios de las personas a las que entrevisté dan cuenta de situaciones muy trabadas para poder gestionar, conseguir presupuesto, generar articulaciones dentro de las instituciones para que avancen políticas feministas. En todos los casos se percibe como si poder trabajar género desde el Estado fuera una concesión momentánea: “hicieron tanto ruido que se merecen esta posibilidad de gestionar su cuarto propio”.
Por supuesto que veo matices, pero porque la historia de cada país es muy diferente con relación a la institucionalidad, primero, y después al género. Chile ha tenido la capacidad de conformar institucionalidad de género desde hace muchos años y mantenerla en el tiempo, solidificada, sin demasiada necesidad de recurrir a la retórica para fundamentar eso. Diría que en Chile primero y en Uruguay después hay un ejercicio de la democracia mucho más lubricado en ese sentido y eso implicó también que se creara una masa crítica de feministas formadas y con intención de hacer esa excursión al Estado mucho más sólida y con espalda para hacerlo.
Argentina y Brasil son escenarios distintos donde ha costado mucho más. Creo que la presencia de figuras masculinas y de partidos políticos muy populares, como son el PT [Partido de los Trabajadores] en Brasil y el peronismo en Argentina, con una retórica muy dirigida al pueblo trabajador, hace que las feministas que están cerca de esos espacios deban negociar más el feminismo, esconderlo, escatimarlo, disfrazarlo de otra cosa. No es que no haya habido institucionalidad de género desde los años posdictadura, porque se van siguiendo las recomendaciones internacionales y ese camino se va haciendo en Argentina y en Brasil al mismo tiempo. Me parece que es casi como una deriva esperable y sana de las democracias que eso haya sucedido.
Algo que reivindicamos muchas veces es que la perspectiva de género tiene que transversalizar todas las áreas y no quedar reducida a la “agenda feminista”. ¿Te parece que de alguna forma la institucionalización del feminismo profundizó en la sociedad esta idea de que las feministas tienen que dedicarse exclusivamente a los “temas de género”?
Sí, ese es un punto de la política en general, donde cuesta muchísimo romper con la noción de que la agenda de género son temas de las mujeres. Es una de las preguntas que persigue el libro: cuando les pregunto a las entrevistadas “¿qué es para vos la política feminista?”, las respuestas son muy distintas. Muchas dicen que es la política que beneficia a las mujeres, otras que es la transformación social en su totalidad radical de la vida. Y todavía estamos en ese momento en el que, incluso para nosotras mismas, es difícil definir qué es sin decir generalidades o abstracciones, sobre todo a alguien que no viene de este campo.
Con todo el proceso que hicimos las feministas en los últimos años, vamos incorporando esa complejidad a los problemas y eso se expresa en que la transversalización del género y la interseccionalidad son conceptos muy de nuestro momento y de cómo esta ola trata de complejizar la política. Pero es cierto que a nivel de las instituciones, cuando intentás traducir esa conceptualización al Estado para que produzca política pública, es como el teléfono descompuesto, hay algo que siempre se pierde y se transforma en el camino. Y es obvio que iba a suceder porque el Estado tiene su propio lenguaje, su propia gramática, sus propias relaciones de poder, su burocracia, sus leyes. Y también tiene que ver con no haber podido no solo comunicar, sino pensar conceptos y prácticas políticas que, al mismo tiempo que priorizan, por ejemplo, mayor representación para sujetos que están históricamente subrepresentados en la sociedad, como las mujeres, las personas racializadas, las personas de la diversidad sexual, las personas migrantes, puedan construir un proyecto político a largo plazo en el que el feminismo aporta una mirada integradora sobre el cambio social e integra el pensamiento sobre el trabajo, el ambiente, la economía, en fin, todo lo que es el pensamiento político.
Esto tiene que ver también con esas dos vertientes que hay cuando el feminismo se traslada a la gestión pública: crea un espacio propio donde están las mujeres y disidencias en su espacio de cuidado y donde se elaboran los temas de las mujeres y de estas identidades, o la transversalización, que es el otro modelo que se encontró para enmendar las fallas del modelo del espacio propio. El espacio propio te aísla, te mantiene hablando solamente entre parecidas, te mantiene hablando solamente de los temas permitidos para la agenda de género, que son una lista de reivindicaciones muy justas y muy necesarias, pero que no agotan el planteo político feminista ni la capacidad de producir teoría, práctica, política de las feministas. Por el momento, aunque se reduzca a algo simbólico, el gesto político de valorar y darle importancia a ese campo de disputa me parece importante.
Por otro lado, creo que un problema es que no tenemos discutido qué priorizaríamos si tuviéramos presupuesto. ¿Cómo se llevaría a cabo un programa feminista en el mejor de los escenarios posibles? Cuando imaginamos un escenario de máxima, ¿qué es? Un sistema integral de cuidados, la despenalización y legalización del aborto. ¿Qué más? Entonces, ahí empiezan los problemas, porque nosotras mismas no podemos dejar de pensar el feminismo más que como una suma de agendas vinculadas a las necesidades de la población femenina.
En el libro proponés “repensar la política feminista”. ¿A qué debería apuntar esa transformación?
La necesidad de repensar la política feminista está muy asociada a cómo se repiensa la política progresista en general, porque el problema que tiene el feminismo alrededor de que fue muy exitoso en determinadas cuestiones y ese éxito callejero, la organización del movimiento, la visibilidad, que por fin nos presten atención, genera una expectativa de transformación social que, con la subjetividad que tenemos hoy, en la que se espera que los resultados estén ya y no hay una comprensión de que los procesos históricos son largos, siempre es imposible de saciar. Entonces, también es un desafío primero tranquilizarse y decir “esa expectativa nunca la íbamos a poder cumplir”, porque no hay ley que pare los femicidios, no hay tobillera, no hay subir las penas y parar los femicidios. “El Estado es responsable”, pero no sabemos qué pedirle. Es muy difícil satisfacer esa demanda de transformación. Para pensar qué podemos transformar en la forma de entender la política creo que hay que cambiar completamente el paradigma. Y lo que le pasó el feminismo le pasó al progresismo, que, acostumbrado históricamente a ser quien demanda desde afuera y a representar el cambio, en un momento en que sos elegido para el poder y para construir hegemonía desde ahí, hay algo de tu identidad y de tus prácticas que se deshilacha. Al progresismo y al feminismo les pasa al mismo tiempo eso: te convertís en el poder y todo tu discurso era contra el poder, entonces, ahora, ¿qué vas a proponer?
Me da la sensación, por los ejemplos que podemos ver en Argentina con Alberto Fernández, y podríamos poner el ejemplo de [Yamandú] Orsi acá, y las propuestas de género de esos gobiernos, que tienen la moderación como bandera. Es decir, no proponer medidas demasiado distributivas, demasiado rupturistas con los poderes corporativos o con el Poder Judicial. Las ideas más innovadoras que acompañan el feminismo en términos de política, economía, justicia, no son abrazadas por los partidos políticos aliados al feminismo. Por ejemplo, el impuesto a los más ricos: un sector del feminismo empuja eso porque tiene una lectura de género sobre la fiscalidad. Y no se hace bandera de eso. ¿Por qué? Porque son propuestas que tratan de ir a lo estructural, a la base, a romper con estructuras de dominación antiquísimas.
Entonces, primero, romper con el mandato de la moderación. Por supuesto que después la política es negociación e implica un montón de cosas, no podés ir con los botines de punta siempre. Segundo, volver a conectarse con el pueblo, con las necesidades concretas de las personas. Creo que hay feministas en el Estado a las que les pasó eso: se desconectaron incluso de sus propias organizaciones. El trabajo de la política implica separarse en un punto, no estás más en el sindicato, ahora estás en la legislatura. Y es natural que te distancies, pero, en términos prácticos, la política feminista sí o sí implica esforzarse en remendar esos lazos con la sociedad, con las mujeres de los sectores populares, con las organizaciones feministas, con sindicatos, escuelas. Si hay algo que puede proponer el feminismo a la transformación de la política es romper con la idea de casta. Y eso tiene que ser un esfuerzo consciente.
¿En qué situación está la institucionalidad de género en una Argentina en la que fueron desmanteladas prácticamente todas las políticas nacionales de género?
Tenemos Ministerio [de Mujeres y Diversidad] en la provincia de Buenos Aires, que es la provincia más grande del país y donde está la mayoría de la población, y ahí hay políticas activas y discusiones muy interesantes. Y no solo en el Ministerio de Mujeres, sino que en varios de los ministerios de ese gobierno hay un espíritu de transversalizar la perspectiva de género. Después, hay intendentas que empujan políticas de género en todo el país. Por supuesto que bajó un montón la visibilidad y el poder de esos espacios, pero sigue habiendo porque no se desestructura tan fácil y además casi nada dependía del Ministerio de las Mujeres [de la Nación]. Entonces, al desarticularlo, hay institucionalidad que sigue estando y, en general, asociada a la asistencia a víctimas, a madres.
Decías que “casi nada dependía” del Ministerio de las Mujeres y en el libro señalás que cuando el presidente Javier Milei lo eliminó, “las respuestas del movimiento feminista existieron, pero no fueron masivas”. ¿Hubo reacción del movimiento cuando, después de esa medida, el gobierno siguió eliminando programas y políticas que protegían a las mujeres y a las disidencias?
Pienso que no hubo reacción frente al cierre del ministerio porque había una animosidad negativa con el ministerio en el movimiento, por lo menos en el que yo conozco que es en Buenos Aires. Igual voy a remendar algo: no es que cuando desaparece el ministerio no se siente. Creo que había una estructura independiente que pudo hacer que subsistan algunas políticas de género básicas de asistencia, pero por supuesto que el ministerio hacía un gran aporte con programas, sobre todo programas económicos de asistencia a la violencia, que eran 97% de su presupuesto. Cuando se eliminó el ministerio, hicimos un comunicado que decía “están destruyendo 40 años de institucionalidad de género, que es tan importante para la democracia”, pero no hubo una defensa cerrada.
Después, las reacciones al desmantelamiento de otros programas, por ejemplo del Plan Enia [Plan Nacional de Prevención del Embarazo No Intencional en la Adolescencia], tardaron en aparecer porque el golpe del ascenso de Milei para la sociedad civil fue muy fuerte. Diría que estuvimos un año y medio paralizadas. Fue muy fuerte porque implica que tu vecino, el que conduce el taxi, la maestra de tus hijos, tu primo, tienen un pensamiento que para vos, como feminista, como luchadora social de los derechos humanos, es sumamente violento, incluso en términos personales. Entonces, tardamos muchísimo en volver a articularnos. El 3 de junio de este año fue masivo, fue impresionante, el 8 de marzo también. Fue el tiempo que necesitamos para acomodarnos y sobre todo para poder hacer un diagnóstico del momento político. ¿Qué vamos a reclamar en este momento nosotras como feministas? El reclamo más fuerte sigue siendo contra los femicidios. El femicidio de Agostina [Vega], que fue en una fecha muy cercana al 3 de junio, motorizó que muchísima gente saliera a la calle porque se mediatizó, pero al mismo tiempo era una oportunidad para advertir todo lo que se desmanteló.
En este embate antifeminista, ¿cómo impactó la llegada de Milei en el ejercicio del periodismo feminista en Argentina?
Básicamente el impacto es económico, que es lo que sostiene la vida. Milei cerró Télam, que era un espacio importante para el trabajo de periodistas feministas, pero también para la difusión y la irrigación de esa perspectiva en todas las provincias. Medios que hayan quedado con perspectiva feminista son muy pocos y son estructuras muy precarias, no vas a cobrar un gran sueldo. Entonces, no solo desmantela los programas de género, desmantela también las instituciones que narraban y problematizaban esos programas de género.
Crear un portal de periodismo feminista digital es un laburo. Entonces, no podés hacer esa estructura tan grande, no podés meterte en un medio corporativo grande o privado, los medios públicos ya no existen para este tipo de trabajo, por lo que hay otras que crean otros espacios y esos lugares están más en el streaming, en las redes sociales, en podcast, en cuentas que se crean de influencers feministas. Se creó un nuevo ecosistema y eso es interesante porque se mueve un poco el avispero. Por supuesto que la situación es pésima, pero en ese marco la perseverancia feminista también está en encontrarle la grieta ahí a donde no quieren que entres, y entrar igual.
El feminismo es una plaga y las plagas no se matan tan fácil. Está bien, hay procesos que cambiaron, estamos en otro momento del ciclo. Pero no nos mataron, no nos fuimos a ningún lado. Hay una situación difícil para muchas, seguro, pero todo ese avance que hizo la marea irrigando todo el campo no se retira tan fácilmente. Entonces, no nos tenemos que creer la idea de la derrota y, sobre todo, no hay que comprar el estado de ánimo de la derrota. Porque vos podés hacer una autocrítica, podés decir que estamos en una fase más desmovilizante o de cuestionamiento interno o fragmentadas, pero eso no quiere decir que hayamos perdido ninguna batalla. Al contrario, el problema es que ganamos la batalla a nivel simbólico, político, de cómo fue transformando las subjetividades, y el backlash se explica también por ese éxito. Y la verdad es que hay todavía procesos en marcha. Hay feministas en universidades, en escuelas, en espacios de salud, en algunos estados, como en Uruguay. ¿Por qué no les demandamos más? ¿Por qué no las vamos a buscar? Porque tenemos una autoestima baja. Para mí la política es pensamiento mágico también: la idea de buscar lo imposible. No importa que no sea el momento. En Argentina no importó que no fuera el momento para aprobar el aborto, lo aprobamos en plena pandemia. Hay algo de fe en que tengo la razón de mi lado. Pero nos tenemos que creer que tenemos razón. Y creo que el proceso de degradación que propone la derecha radical nos juega en la cabeza un montón en ese sentido de que empezamos a pensar que no teníamos razón, y eso nos desmoralizó. Después, la realidad te pide que acciones igual.