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Salud Atención de salud
Foto principal del artículo 'Selva Tabeira, la enfermera que con su trabajo en el Hospital Vilardebó abrió a muchos una puerta hacia la autonomía' · Foto: Rodrigo Viera Amaral

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Selva Tabeira, la enfermera que con su trabajo en el Hospital Vilardebó abrió a muchos una puerta hacia la autonomía

La histórica referente en salud mental creó espacios de trabajo, vivienda y acompañamiento para usuarios judiciales, convencida de que, si se rehabilita, “el encierro no es en vano”

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Si hay un concepto que define a Selva Tabeira es la vocación de servicio. Se formó para trabajar en enfermería, pero la profesión solo fue un puente para dedicar su vida a la salud mental y al cuidado de los otros; sin intereses ni réditos personales, pensando siempre en cómo servir. Y así logró muchas cosas y tiene varias más en proceso: el taller de la sala 12 del Hospital Vilardebó, donde comenzó un proyecto de rehabilitación psicosocial a través del trabajo; El Trébol, una residencia para usuarios; el lavadero industrial, que permitió transformar esa rehabilitación en una oportunidad laboral, y, finalmente, Hamabi, una cooperativa de viviendas que aún está en pleno proceso.

En todos los proyectos que pensó, acompañó y llevó adelante, Selva tuvo el mismo objetivo: darle dignidad a la gente y evitar que quedara relegada por hechos que cometió en el contexto de una patología y que, de haber dependido del sistema, nunca hubiera tenido la posibilidad de reinsertarse y ser algo más que un paciente inimputable.

Selva recibió a la diaria en una tarde muy fría, mientras los últimos rayos de sol se colaban por las ventanas del museo del hospital. Allí se fabricaron los conocidos bancos hechos con tapitas de botellas que los usuarios elaboraron, entre otros, para el expresidente José Pepe Mujica. En ese mismo espacio, durante varias horas y hasta que oscureció, repasó una trayectoria a la que, según calcula, todavía le quedan algunos años más. Un recorrido que sigue cosechando reconocimientos, que también son impulso para continuar: este año fue declarada Ciudadana Ilustre de Montevideo por la Intendencia de Montevideo.

¿Cuándo empezaste a trabajar con la salud mental?

Me recibí en 1978 de enfermera. Dos años después empecé a trabajar en el Hospital Español y en Fraternidad, que luego cerró. En 1983 empezó a funcionar en el Hospital Musto y entré ahí también. Vivía en una pensión porque soy de Minas. Tuve que aprender a trabajar en salud mental, sin medidas de seguridad, con muchos pacientes por sala, con secuelas físicas que aún tengo. En el 2000 entré acá [al Hospital Vilardebó] por concurso y empecé a trabajar en la sala 12. En aquel momento había 32 pacientes hombres, todos crónicos, una sala que tenía habitaciones con una, dos, cuatro y hasta cinco personas. Enseguida me enganché. Con el primer gobierno del Frente Amplio llegó a la dirección del hospital el psiquiatra y psicólogo Lizardo Valdez, con una cabeza de rehabilitación increíble, y le pedí una habitación para tener productos de higiene, herramientas, tabaco y un carro con corta pelos y demás. Empecé a estar siempre en el pasillo, cortándoles el pelo, las uñas, sacando piojos, más allá de mi trabajo como enfermera.

La crisis [de 2002] fue difícil porque la comida que llegaba era arroz y polenta. Una panadería amiga me regalaba bizcochos para los usuarios y además les conseguía yerba, tabaco, hojillas que les hacía con papel de manzana que planchaba contra el azulejo y luego con una plancha de hierro. Pepe [Mujica] supo de esto y me regaló una cantidad enorme de tabaco. Hacía mucho frío, no había vidrios, por ejemplo, en la sala 17. Si el país lo sufrió, acá en el hospital, más.

En 2005 empecé a hacer reformas edilicias porque mi padre era albañil y yo siempre me manejé; reformamos la enfermería, la peluquería. Me bañaba y seguía de enfermera, era una locura eso. Tenía 50 años, mis hijos ya eran grandes y podían manejarse, y yo podía tener horarios más flexibles.

¿Cómo era tu vínculo con las pacientes? Tu rol sobrepasó la enfermería, pero también el hospital.

Sí, los empecé a sacar a trabajar, siempre con el permiso del juez. Fuimos a pintar la casa de los médicos en la [hoy ex] Colonia Etchepare, los médicos ni sabían que eran usuarios los que iban. Conseguimos los respaldos de cama para hacer los famosos bancos de tapitas, ahí empezamos. Estando en la colonia notamos que a uno algo le estaba pasando porque se le caía la bandeja de pintura. Le pregunté qué le pasaba a uno de sus compañeros y me dijo que no le estaba haciendo bien ir. Le hablé y me dijo: “Usted nunca permita que me traigan para acá”, y le contesté: “No, antes de eso te llevo para mi casa”. Eso me llevó a decirles a otros compañeros: “¿Y si hacemos una casa de medio camino y los sacamos del hospital?”. Y así fue.

¿Te referís a El Trébol?

Sí. Escribimos el proyecto y fuimos a ASSE en 2013. Nos presentamos en lo que en aquel entonces se llamaba Patronato del Psicópata. El hecho era que no habíamos puesto cuánto costaba un paciente internado en el hospital y cuánto costaría en una casa. Lo que planteé fue que, habiendo tantas casas vacías, yo iba a conseguir una. Horacio Pérez, un compañero del Municipio C, yo siempre andaba con el proyecto conmigo y un día él me dijo que había una casa cerca del hospital, que en aquel entonces dependía del INAU. La conseguimos.

Teníamos que tener un operador por turno y yo, como auxiliar de enfermería, con el mismo salario que tengo hasta hoy. Fuimos a la Suprema Corte de Justicia. Un juez divino me dijo que era lo que necesitaba el hospital y me dijo que cualquiera que me trancara le avisara.

Después de que estaba todo encaminado, nos decían que en el barrio, al saber que eran pacientes psiquiátricos, los vecinos nos iban a tirar cosas y no nos iban a querer. Entonces saqué la medida por fuera e hicimos rejas en principio. Enseguida preguntaban para quién era y dije que yo iba a vivir ahí. Acondicionamos todo.

Siempre digo: lo hicimos con lo que teníamos, porque no da resultado decir que se necesitan miles y miles de pesos para que algo salga. Tapizamos muebles, aprontamos todo e inauguramos con el Pepe en la calle y, desde ahí, todos nos traían cosas.

Soy muy exigente y tengo claro que el usuario sale a la calle, pero yo tengo que cuidar a la población. Tenemos reglamentos claros: no pueden fumar en la puerta de entrada, la vereda es para transitar y no para estacionarse, protocolos que, cuando van, los firman y los cumplen a rajatabla.

Es una casa que tiene una luz especial, tiene mucha energía. Ellos deciden lo que van a comer, ponen 7.500 pesos por mes. Tienen aire acondicionado. La noche anterior dialogan con la operadora y saben qué se prepara al otro día.

Hasta hoy sigo involucrada en muchas cosas. La capacidad es de nueve personas, vienen al hospital y mantienen el museo, vienen todos los días. Hay imputables e inimputables. Tenemos a alguien con 20 años de condena y la cumple ahí. El año que viene termina la condena, el 25 de junio. Ese día, a las 0.00, se tiene que ir y vamos a ver a dónde va. Nos fue excelente, nunca nadie trató de no cumplir.

Han logrado sostenerse económicamente además, eso es muy importante para que perduren este tipo de proyectos.

Todo a pulmón y también gracias a quienes confiaron en nosotros. Desde 2015 estamos y no le pedimos al Estado ni una garrafa. Contamos con un peculio para el taller, 25.000 pesos, pero si se rompe algo o lo que sea que se necesite, lo solucionamos.

Más allá de la solución habitacional que significa la casa, también trabajaron por el lavadero que funciona desde 2017 y es importante para el sustento. ¿Cómo fue eso?

Organizamos el lavadero industrial más o menos al año de empezar en El Trébol. Pedimos al Mides y nos ayudaron a armar la cooperativa. Antes, en el taller de la sala 12, vimos el compromiso porque cumplían. Para [María Auxiliadora] la señora de Tabaré Vázquez hicimos 4.500 globos para un evento sobre autismo. Desde que empezamos, a las 6.30 está todos los días la ropa lavada y doblada acá. Es una cooperativa social que funciona y es lo que necesitan nuestros usuarios. No es fácil que ingresen a otros trabajos; es fácil hablar de salud mental, pero nos toca una compañera deprimida y nos ponemos raros.

En el lavadero, que lo digo y me da orgullo, nos dieron la propiedad el 15 de mayo de 2017. Lo inauguramos el 13 de julio, pronto para lavar. Hasta ahora no fallaron un día. Están topeados los ingresos porque es una cooperativa social, pero el ingreso que les da es importante para ellos. Cuando el lavadero fue una realidad yo ya me iba, pero me di cuenta de que con esos ingresos, a pesar de contar también con pensiones, no les da para alquilar. Entonces no me fui y pensé en una cooperativa de vivienda.

La cooperativa Hamabi.

La misma, estamos en eso. Primero conquistamos a una arquitecta y a una trabajadora social que no se imaginaban el compromiso hasta que los vieron trabajando. Abarca vivienda, salón comunal y lograron integrar cuatro personas que tienen pareja. Me encargué de abrir el IAT [Instituto de Asistencia Técnica] porque es un requisito. Cuando buscamos nos costó porque decían que era difícil, hasta que nos dieron un predio de 1.000 metros, con miras a que haya 15 departamentos, que el sol entre y tengan sol todo el día. Eso es muy importante para quien cumple prisión domiciliaria.

Este es el año del comienzo de la construcción. Logramos que sea una cooperativa sin sorteo por ser una cooperativa de salud mental. Queremos que el consejo directivo sea siempre de usuarios. También que, si alguno se descompone y requiere internación, el apartamento se cierre y pueda ir a El Trébol a ser cuidado, sin perder la vivienda porque la trabajó.

El cupo siempre será para nuestros usuarios, también con la idea de que todos los que salen del hospital puedan integrar la cooperativa. Pienso que es un proyecto que tampoco se nos va a trancar porque vendemos ropa y hacemos cosas para que avance. La Embajada de Francia nos dio puertas y ventanas para el salón comunal; en 20 meses estaría pronto y ahí sí me voy del todo.

Estamos bien organizados. Por ejemplo, Martín, un usuario, lleva la parte contable y es un bocho. Ya aceitamos mecanismos y para todo pedimos tres presupuestos. Tenemos muchas herramientas porque gané un premio y compré muchas cosas. Ya construimos dos baños, hicimos un pozo de agua por si hay sequía; no hay nada que nos tranque.

Tu trabajo tiene muchísimos años y la salud mental del país cambió mucho. ¿Cómo ves ahora la situación de la sala 12, los nuevos ingresos, qué cambió?

Ahora hay 29 usuarios, no todos van al taller. Ha cambiado la población, hay muchos problemas de consumo en los pacientes de ahora. Los últimos que entraron a trabajar son una tanda linda, saben trabajar, pero nos estaba pasando que últimamente no tenían experiencia en trabajo y no podemos llevarlos porque manejamos muchas herramientas.

Todo cambió, pero lo que hacemos en el taller a esta altura es un programa que se tiene que replicar. Estamos viviendo en una sociedad en la que no hay salud mental. Cuando decimos “vamos a abrir más cárceles, más refugios, comedores”, no es eso; lo que quiere la población, con todos los impuestos que pagamos, es un buen hospital de niños, de la mujer, una buena educación.

Hay algo que uno ya no quiere que es escuchar cifras. Yo no hablo de cifras, no hablo de porcentajes, pero demuestro que se puede, también porque hay gente que nos apoya, que si hacemos cree en nosotros sin hablar de miles y miles. Para el lavadero nos regalaron el pórtland. En plena construcción nos robaron, el 12 de mayo de 2017. Llamé a Presidencia, nos ayudaron y colaboró todo el mundo. Me pedían que no me fuera, pero me habían robado todo. Yo lloraba y hacía adoquines con bols de helado; y ves que casi no hablo de plata. No podemos decirle a la sociedad que vamos a construir más cárceles, que se necesita más plata. Hay algo en ese discurso que no está funcionando.

Hablando de cárcel, ¿qué pensás de quienes dicen que el hospital ya no debería recibir a pacientes judicializados, que deben cumplir la condena en cárcel y no acá, que a raíz de lo sucedido deben “pagar”?

Tienen que venir para acá, ninguno puede estar en la cárcel. Lo primero y lo más básico es porque tenemos que asegurarnos de que les lleguen los medicamentos. Hay casos que nos han demostrado por qué, muchos casos. En cárcel no se cumplen los tratamientos, se estigmatiza más que afuera. Las posibilidades de que una persona con un padecimiento mental se recupere en ese encierro son casi nulas. Si a la gente lo que le preocupa es que estén encerrados, acá lo están. Siempre se pone énfasis en eso, en que estén en el encierro. Acá están, pero se rehabilita y el encierro no es en vano.

¿Decís que la preocupación está ahí, en que cumplan el encierro?

A la gente lo que le gusta es que cumplan la condena y que, cuantos más años, mejor. Pero tiene que haber una red, una cadena. Muchas veces salen y los familiares, aunque quieran, apenas salen avisan que volvieron a consumir, por ejemplo. Una persona comete un delito, va a la comisaría, no saben ni lo que está pasando. Hay un año para declararlo inimputable. Si van a la cárcel cumplen la condena y cuando salen los familiares, aunque quieran, en los casos en los que hay familia, no pueden, porque es caro sostener a alguien. Necesitan dieta especial porque toman clozapina y no pueden vivir comiendo harina. Son personas grandes que fuman, que toman mate, con 18.000 pesos de pensión. La familia desaparece. Si nos fue bien, vamos a replicar lo que hemos hecho.

Mucho de lo que hacen está pautado en el cambio de modelo que plantea la Ley de Salud Mental.

Sí, y lo hicimos mucho antes.

¿Qué pensás de un pedido muy actual, que es la desmedicalización de la población con padecimientos mentales?

Nuestra experiencia nos dice que la medicación la tienen que tener. La justa para que sean autónomos, para que no se descompensen y puedan trabajar; no para que queden en un estado absolutamente dependiente. Hay pacientes que siguen con medicación muy potente, que no se recomiendan desde la época que yo empecé a trabajar. En exceso pierden la autonomía. Debe ser solo lo necesario, pero sirve y ayuda.

Decías que cuando termine la cooperativa te vas a retirar. ¿Cuánto falta? ¿Ya empezaste a pasar raya? ¿Qué te deja tu trabajo tan perseverante e ininterrumpido por la salud mental?

Si todo sale bien, me quedan unos tres años de trabajo en el Vilardebó. No voy a ver el cierre. Antes de irme quisiera saber qué pasó, porque no puede haber tantas personas sin respaldo, sin apoyo, sin un lugar al que ir. Se plantean soluciones, se habla de más dinero, más servicios, pero hay algo que empeora cada vez más. Al pasar raya me siento querida. Me encanta que valoren y que me digan: “No tengo madre y sos como mi mamá”. A veces les digo que no me pregunten todo y me preguntan ellos a mí: ¿a quién más le van a preguntar o a pedir ayuda? Me tienen solo a mí.

Todas las personas, por lo poco que tengamos, algo tenemos que dejar para los demás: decir “barrí mi cuadra”, “planté un árbol para todos”, algo tenemos que haber hecho para otros, algo tenemos que tener para contar. Les di dignidad, trabajo y vivienda y logré recuperar vínculos familiares que algún día se perdieron con el delito que cometieron.