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Foto: Mariana Greif

Expertos y autoridades: Uruguay genera “ciencia de buena calidad” pero no logra superar el “valle de la muerte”

En un seminario sobre transferencia de conocimiento, representantes del gobierno, la academia y el sector productivo señalaron los obstáculos que enfrenta el país.

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Uruguay genera conocimiento científico de calidad, pero todavía tiene dificultades para convertirlo en tecnologías, productos y soluciones que lleguen a la sociedad. Ese tramo intermedio –en el que una investigación ya produjo resultados, pero todavía necesita desarrollo, financiamiento e infraestructura para convertirse en una tecnología aplicable– es conocido como el “valle de la muerte”.

El problema no aparece únicamente cuando una investigación intenta llegar al mercado: también está en la falta de estructuras estables, capacidades de escalamiento, recursos humanos y mecanismos capaces de acompañar el proceso desde el laboratorio hasta etapas de mayor madurez tecnológica.

Ese fue uno de los principales puntos planteados en el seminario “¿Transferencia de tecnología o transferencia de conocimiento? Una dimensión soberana de la construcción de desarrollo”, organizado por Siembra, que reunió a representantes del gobierno, universidades, instituciones científicas, empresas y trabajadores.

La discusión giró alrededor de una pregunta que atraviesa buena parte del sistema científico: ¿qué ocurre entre el momento en que un investigador obtiene un resultado en el laboratorio y aquel en que ese conocimiento puede convertirse en una tecnología aplicable?

La jefa de Políticas de Innovación del Ministerio de Industria, Energía y Minería (MIEM), Gabriela Schroeder, puso el problema en términos institucionales. “No estamos siendo capaces de realmente generar estructuras fuertes, robustas. Tenemos que tener un compromiso de cómo ayudamos a fortalecerlas”, señaló.

A su juicio, las políticas de ciencia, tecnología e innovación requieren tiempo y continuidad, en un país que, según planteó, suele esperar resultados rápidos de procesos que necesariamente son de largo plazo. “Somos muy adversos al riesgo y, sin embargo, cuando hay algún cambio, lo queremos y pretendemos el resultado inmediatamente”.

Por su parte, la coordinadora general de la Secretaría Nacional de Ciencia y Valorización del Conocimiento, Silvana Ravía, reconoció que existen problemas estructurales, entre ellos, las normativas y los incentivos para los investigadores: “Tenemos un sistema que no incentiva al investigador a transferir”.

El desafío, resumió, es cerrar la distancia entre la producción científica y su llegada a la sociedad. “Generamos ciencia de muy buena calidad, pero no estamos logrando valorizarla y transferirla para el bienestar de la sociedad, que es el fin último que siempre buscamos con la valorización y la transferencia”, afirmó.

Asimismo, sostuvo que Uruguay enfrenta desafíos, como la falta de talento especializado, la ausencia de una “estructura sistémica” y la necesidad de “profesionalizar” la valorización del conocimiento.

Conocimiento y desarrollo de largo plazo

Schroeder defendió la idea de que el conocimiento constituye una dimensión central del desarrollo. “Creo que todos los que estamos acá compartimos que el conocimiento es soberanía, es la base para el desarrollo”, afirmó.

Frente a esta situación, Schroeder advirtió que todavía existen carencias de infraestructura. “Se pidió y se solicitó infraestructura para poder mejorar las capacidades de escalamiento, que es uno de los problemas que tenemos en esta suerte de proceso de valorización del conocimiento”, explicó.

Mencionó la posibilidad de construir una hoja de ruta para los próximos años que permita fortalecer y complementar los parques tecnológicos existentes y desarrollar nuevos espacios en función de los sectores estratégicos para el país. “¿Por qué no pensar un Uruguay de aquí a unos años?”, preguntó, antes de proponer que estas infraestructuras puedan convertirse en uno de los ejes para potenciar la valorización del conocimiento y la diversificación productiva.

Cuatro líneas de acción

Desde la Secretaría Nacional de Ciencia y Valorización del Conocimiento, Ravía presentó cuatro líneas de acción que el organismo está trabajando para fortalecer la transferencia de conocimiento. La primera apunta a generar capacidades específicas a través de gestores, vinculadores o articuladores: profesionales capaces de intermediar entre quienes generan conocimiento y quienes pueden demandarlo, ya sea una institución pública, una empresa pública o privada o la sociedad civil. “Necesitamos esos articuladores entre esos dos mundos”, señaló.

La segunda línea busca crear o fortalecer oficinas o unidades de transferencia de conocimiento dentro de las instituciones científicas.

Ravía señaló que no todas las universidades cuentan con estructuras capaces de identificar el conocimiento que generan y detectar oportunidades para transferirlo. A esto se suma la propuesta de crear una unidad de valorización del conocimiento dentro de la secretaría. “Queremos que nuestras intervenciones como política pública permitan que las instituciones del ecosistema generen su propio músculo y no dependan solamente de la secretaría”, afirmó.

La tercera línea está vinculada justamente con esa unidad de valorización, que será una estructura pequeña, de tres personas. “Lo que va a hacer esta unidad es facilitar y promover el trabajo de las propias oficinas de las instituciones del ecosistema”, explicó Ravía.

La cuarta línea apunta a uno de los principales obstáculos en el camino entre una investigación y una tecnología aplicable: el llamado “valle de la muerte”. Se trata de apoyar a aquellas tecnologías que ya superaron la fase experimental pero todavía no alcanzaron un nivel suficiente de madurez para avanzar hacia su desarrollo.

La propuesta, trabajada junto con la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), busca financiar proyectos que estén en condiciones de dar ese salto hacia un mayor nivel de madurez tecnológica.

La transferencia no es un camino lineal

Para la economista Lucía Pittaluga, profesora de la Universidad Tecnológica del Uruguay (UTEC), el problema comienza incluso con la forma en que se concibe la transferencia tecnológica.

A su juicio, la innovación no debería pensarse como una secuencia en la que primero “el conocimiento se genera y después se aplica, se escala y luego se vende, sino que hay algo que tiene que ser sistémico”. Para Pittaluga, la relación entre ciencia y sociedad debería ser circular: las necesidades y oportunidades del país pueden orientar determinadas investigaciones, mientras que las capacidades científicas disponibles permiten determinar qué es posible desarrollar. Pero allí aparece uno de los principales problemas: cómo conectar esos dos mundos.

Ciencia para qué

El representante por el PIT-CNT en el Consejo Nacional de Innovación, Ciencia y Tecnología, Mario Pérez, dijo que la discusión sobre transferencia tecnológica tampoco puede quedar separada de las necesidades sociales del país. “Tenemos que unir todas esas cosas”, afirmó al referirse a la estrategia nacional de desarrollo, el plan estratégico de ciencia y tecnología, la institucionalidad científica y tecnológica y el plan industrial.

El riesgo, advirtió, es que la política científica termine discutiéndose exclusivamente dentro del propio sistema científico. “Corremos el riesgo de que quede encapsulado en temas de ciencia y tecnología, y que terminemos discutiendo la cantidad de becas, la plata que hay para un laboratorio o para inversión en investigación y todo eso, y el resto del país no existe”, sostuvo.

Su planteo es que la ciencia y la tecnología deben estar conectadas con objetivos más amplios. “No hay desarrollo si no se cuenta con el conocimiento, la ciencia, la tecnología, la innovación. Pero tenemos que ir juntos y sensibilizados por las necesidades de la gente, para cambiarle la vida a la gente”, afirmó.

Cuando el investigador quiere salir del laboratorio

Mientras tanto, Ivana Aguiar, ingeniera y profesora de la Universidad de la República, contó su experiencia reciente al frente de una startup surgida desde la academia. Manifestó que una de las dificultades que enfrentan los investigadores cuando intentan llevar sus desarrollos fuera de la universidad es que, muchas veces, no saben cómo hacerlo.

Jorge Achard, del Institut Pasteur, puso el foco en una condición que resulta especialmente crítica para la biotecnología: la combinación de institucionalidad, capital y capacidad para asumir riesgos. “En materia biotecnológica, los riesgos son enormes, y el capital que se requiere para asumir esos riesgos es aún mucho más grande”, señaló. Explicó que llevar un medicamento desde una investigación hasta una farmacia puede requerir decenas o incluso cientos de millones de dólares, mientras que la probabilidad de que un desarrollo surgido de una institución pública llegue a convertirse en ese producto es muy baja.

Otro de los problemas señalados por Achard es la copropiedad de la propiedad intelectual, especialmente cuando un desarrollo surge de investigaciones realizadas entre varias instituciones. El problema, explicó, es que los proyectos innovadores suelen ser el resultado de asociaciones entre laboratorios y universidades, por lo que el resultado termina siendo compartido. “Y eso, les puedo asegurar, es un problema enorme”, afirmó. En Uruguay, agregó, existen vacíos legales sobre la copropiedad que obligan a las instituciones a acordar criterios caso por caso.

El problema no es solamente administrativo: los tiempos de negociación pueden terminar afectando la propia viabilidad del desarrollo. “Hay otros competidores, porque, además, la ciencia avanza a velocidad”, advirtió.

Mientras tanto, Juan Andrés Abín, director de ATGen, señaló que la transferencia tecnológica en Uruguay todavía enfrenta procesos “lentos” y poco profesionalizados. Aun así, consideró que el país está mejor que antes y destacó el crecimiento del ecosistema. Según señaló, actualmente existen unas 60 startups de biotecnología, frente a un escenario en el que, años atrás, “sus clientes los contaba con los dedos de una mano”.

El “valle de la muerte” empieza mucho antes

José Sotelo, investigador del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable, llevó la discusión hacia otro punto: el recurso humano. Para él, el desafío no consiste solamente en conseguir que una investigación llegue al nivel de una tecnología comercializable, sino en sostener equipos durante todo el recorrido. “El foco está en el recurso humano, en la generación de equipos con suficiente estabilidad”, sostuvo.

Desde esa perspectiva, incluso cuestionó dónde ubicar el llamado “valle de la muerte”. “No tenemos equipos grandes de trabajo donde se mantiene el músculo”, afirmó. Para Sotelo, la clave es construir “equipos mínimos, pero fuertes, en todas las etapas”, con especial atención al recurso humano.

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