Primera historia. El hambre y los pogromos llevan a un joven y a una joven desde Polonia hasta la Pampa argentina. Lo raro no es ese destino, sino que hayan llegado al otro lado del mar sin conocerse, a pesar de que habían nacido en la misma ciudad polaca. Bastante menos excepcional parece ser lo que ocurre al comienzo de la segunda historia: dos amigos procedentes del Río de la Plata extasían su tardía adolescencia frente a las películas de una actriz francesa. Están en París, donde fueron depositados por los senderos tortuosos del exilio político y de la vida. Pronto esa normalidad rioplatense dará lugar a lo extraordinario, pero no nos apuremos, empecemos por la historia polaca.
Gauchos judíos
La muchacha y el muchacho polacos no solo eran de la misma ciudad. Eran de la comunidad judía de esa ciudad, por lo que su ámbito era más reducido todavía. Pero no fue en Polonia que se conocieron. Quizá porque a las jóvenes de entonces no les estaba permitida una vida mínimamente vasta fuera de la casa de la familia, quizá porque cada vez que uno enfilaba por una calle, el azar impulsaba a la otra a doblar en la esquina anterior. Lo cierto es que cruzaron el océano sin haberse cruzado nunca. Si reducido era el universo de los judíos en Pułtusk, que así se llamaba la ciudad, más minúsculo aún era el de los judíos polacos en la inmensidad de la Pampa. Así que fue en la Pampa, al fin, que se encontraron. Fue conocerse y fue casarse. Fue casarse y fue empezar los trabajos y los días de casados, con sus faenas, sus rutinas y hasta sus enfermedades. Solo que en esa enormidad en la que transitaban su pobreza no había médicos para los pobres. Así que cuando ella se enfermó hubo que tratarla con algunos remedios caseros y esperar que el cuerpo o la suerte hicieran su trabajo. La noticia le llegó a una hermana que el barco había dejado en Montevideo y esa hermana, Raquel, respondió con todo el optimismo del Uruguay batllista: «Vénganse para acá, que acá hay médico».
Cuando llegaron descubrieron que lo que había acá era más que médicos. Sobre todo a ojos de él, que era socialista. En el país del «nadie es más que nadie» —al menos en términos superficiales—, ellos, que allá eran menos que casi todos, por pobres y por extraños, se sintieron alguien. Así que después de que ella logró sanar decidieron quedarse.
Vivieron en una casa humilde en el que se conoce, hasta el día de hoy, como barrio de los judíos. La hermana de acá, Raquel, estaba en pareja con un anarquista, por lo que la hermana de allá y su esposo tenían un buen intermediario para sentirse atraídos por las ideas de Domingo Arena, que, pese al ala derecha del Partido Colorado, estaban forjando el Uruguay moderno. Si bien el dinero no sobraba, lograron criar a tres hijos y proyectarlos hacia el estudio.
El hijo del medio continuó con el hilo del laberinto y comenzó a tejer una trama como alumno de magisterio. Padre socialista, tío anarquista, el entorno familiar lo llevó de forma natural al gremio estudiantil. En esa época querer «cambiar al mundo de fase» implicaba, también, cultivar la cultura, por lo que además de aprender las armas de José Pedro Varela estudió violín. Con las tres herramientas —la pedagogía, el violín y la mirada política—, ese hijo del medio de la pareja polaca puso rumbo a la lejana Caraguatá, en Tacuarembó, en las vacaciones de julio de 1945.
Se trata de Moisés Lasca, de cuyo nacimiento se cumplieron 100 años este 19 de mayo, coordinador desde el gremio de estudiantes de magisterio de las primeras misiones sociopedagógicas, esas que apenas terminada la Segunda Guerra Mundial marcaron un camino que continúa teniendo impacto hasta el presente, al punto de que el Congreso de la Educación que se realizará en noviembre de 2026 lleva el nombre de esa experiencia.
La pluma de Julio Castro
El domingo 8 por la mañana nos despedimos de las maestras de la escuela de la Cuchilla y en un camión, con nuestro cargamento de gitanos, marchamos a la Escuela 28, a un par de leguas, hacia el arroyo Caraguatá. [...] Las muchachas llevaban los títeres y en las puertas de los ranchos —divididas en dos hojas horizontalmente—, cerraban la de abajo y abrían la de arriba, usándolas como retablo. En ese grupo iba Lasca. Ha sido esta, seguramente, la primera vez que los ranchos de Caraguatá oyeron un violinista.
[...] En la Escuela 28 estuvimos tres días. Recorriendo rancheríos de mañana; dando función en la escuela de tarde; yendo por la noche a los ranchos más necesitados, a llevarles cosas. De regreso, aun durmiendo en carpas, no sentíamos ni frío ni desvelos.
En la escuela dábamos de comer a los niños, a mediodía polenta y por la tarde avena laminada. Después de la polenta cada uno se llevaba una galleta para comer mientras se desarrollaba la función. [...] El último día, al terminar la función, se acercó a Lasca, que era nuestro jefe, un hombre como de 50 años, aindiado y de aspecto exterior casi brutal y en su lenguaje, al abrazarlo, exclamó:
—¡Es como si se hubiera roto o techo da escola y Deus fora venido entre nos!
Julio Castro, «La última etapa de la misión pedagógica», Marcha, 3-8-1945
Coda uruguaya
Pasaron los años y Moisés Lasca entró como violinista en la sinfónica del Sodre, después se fue a Cuba a formar una orquesta y allí se quedó dando clases de marxismo. Volvió a Uruguay, continuó con la música y entre muchas otras acciones culturales fue uno de los fundadores de Camerata. El golpe de Estado lo encontró en pleno apogeo profesional, hizo la huelga general —como corresponde— y meses después cayó preso.
En plena detención, en medio del tormento, hubiera querido que en su oído interior sonara el adagio del Concerto grosso, de Francesco Manfredini, una de sus obras preferidas. Pero en esos pliegues de caracol no encontraba ninguno de los sonidos del Barroco, sino los insultos y la pregunta insistente que no podía contestar ni aunque quisiera.
No lograba pensar más que en recuperar el aire. Su oído interior no le traía ninguno de los sonidos conocidos, sino que estaba concentrado en entender qué estaba ocurriendo con el equilibrio, por qué pasaba de la vertical a estar volcado 90 grados una y otra vez sin terminar de caerse.
No lograba pensar en nada ni tampoco podía dar el nombre que le estaban pidiendo. Menos que nada dar ese nombre. En el camino de sus padres hasta la Pampa primero y hasta Montevideo después, el apellido había mutado. De escribirse con ka se había castellanizado en un Lasca con ce, pero no había dejado de ser kafkiano. Ese era el nombre que ahora tenía que callar. Ese nombre por el que lo apremiaban a piñas y submarinos era el suyo. Por suerte, los militares nunca se enteraron de que era él, precisamente, el miembro del Comité Central que les faltaba en el organigrama del Partido Comunista.
Pasó el tiempo y Lasca pudo ser liberado gracias a la presión internacional. Se exilió en la embajada de México, como cientos de uruguayos. En México rearmó Camerata y tuvo una exitosa carrera. Regresó, fue director de la Filarmónica de Montevideo, continuó con la música y murió en 2012, con 85 años.
Etapa mexicana
Para los del exilio mexicano, Moisés fue Camerata Punta del Este, como Atahualpa [del Cioppo] fue El Galpón, aunque los dos casos fueron una obra colectiva de artistas comprometidos con la democracia.
De su anecdotario, vale la pena recordar uno. Fue cuando el presidente de México, José López Portillo, quiso contratar a Camerata Punta del Este, para que acompañara con su música los días en que recibía a presidentes de otros países.
El presidente, luego de conversar unos minutos con Lasca y otro participante de Camerata, les preguntó qué querían a cambio. En otras palabras, quiso saber cuánto cobraban. Moisés lo miró y no dudó en decirle: «Queremos que pida la libertad del general Líber Seregni». Ese era el único pago que servía.
Este Moisés nuestro, hijo de inmigrantes con el violín bajo el brazo, maestro y director de escuela en el Cerro, dirigente del Partido Comunista, promotor con Rubén Yánez de las Misiones Pedagógicas que tuvieron de apoyo a Julio Castro desde Marcha, fue uno de los actores presenciales de la crisis de los misiles, allá en la Cuba de Fidel y de José Martí, cuando el mundo temblaba ante el peligro de la guerra.
Seguramente cuando la mala noticia de su muerte aterrice en el Distrito Federal, los pájaros de [Carlos] Palleiro y las caricaturas de [Rogelio] Naranjo derramen una lágrima, pero también expresarán la alegría de haber conocido a un tipo como Moisés, que siendo un intelectual de primera línea no te hacía sentir una pobre hormiga.
Raúl Legnani, La República, 16-4-2012
Juliette Binoche y Santiago Amigorena en el Lido de Venecia, el 1º de setiembre de 2006.
Foto: Alberto Pizzoli, AFP
La historia parisina
La dictadura uruguaya fue una gran expulsora y no solo hacia México. Daniel Gatti, apenas un adolescente, hijo y hermano de desaparecidos, desembarca en Francia. Allí debe recomenzar su vida y, como es natural, su deriva lo vincula con otros muchachos exiliados. Entre ellos un argentino que vive en París desde los 11 años. Se hacen amigos, van a bares, hablan de libros, miran películas. De las pantallas les llegan historias, ideas y el impacto de la belleza. En este último punto ambos comparten la fascinación por Juliette Binoche, actriz que luego actuará en más de 60 películas pero que para muchos será —de manera indeleble— la protagonista de Mala sangre, ese thriller futurista que demostró que la nouvelle vague siempre tiene un último cartucho que jugar. Para más inri (expresión que le es cara a uno de los protagonistas de esta historia), Binoche supo actuar en Yo te saludo, María, del pope indiscutido de ese movimiento, el suizo francófono Jean-Luc Godard.
La vida siguió su curso y ese amigo de Daniel —nieto, a su vez, de judíos polacos— escribió un libro sobre su abuelo Vicente Rosenberg, llamado El gueto interior, con el que fue finalista de la «triple corona» de los premios literarios de Francia: el Goncourt, el Médicis y el Renaudot. Por cierto, Binoche hizo lo propio con el cine de autor: mejor actriz en los festivales de Berlín, Cannes y Venecia.
Los amigos se escribían de tanto en tanto, así que a Daniel no le extrañó recibir un mail de Santiago Amigorena en 2005 con una noticia personal. Mediado por el intercambio asincrónico de correos, bien podría haber sido un diálogo en un bar.
—Estoy en pareja.
—¿Ah sí? ¿Contra quién?
—Adiviná.
—No se me ocurre, me rindo —dijo Daniel luego de equivocarse con tres o cuatro nombres.
—Con Juliette Binoche.
Roberto López Belloso es poeta y periodista uruguayo.