Fue difícil lo relativo a la aprobación del presupuesto. Lo peor fue, sin dudas, ir descubriendo que el déficit fiscal era bastante superior al manejado por las autoridades salientes. Fue un proceso que llevó un tiempo importante, tiempo de gobierno, pues la transición fue mala. Muy.
Lo anterior sucede por la ira que provocó el resultado electoral en filas del Partido Nacional; no se me ocurre otra explicación. Superada la instancia de descubrimiento respecto del agujero dejado por el equipo económico anterior, una tímida defensa de la exministra de Economía y Finanzas Azucena Arbeleche acerca del desaguisado dejado no resistió los primeros diez segundos de elucidación del estado de las cuentas públicas realizada por el ministro Gabriel Oddone.
Así se fueron un par de meses. Luego, el armado del presupuesto en sí, con la nueva realidad y limitaciones. No solo nos encontramos con una transición de baja calidad republicana, de baja madurez política y de pésima concepción institucional; también con decisiones de último momento, de muy mal gusto, sin antecedentes pero coherentes con esa lógica de dejar todo lo peor posible. Así se firmó el contrato del proyecto Neptuno, a sabiendas de que el gobierno electo no llevaría adelante esa obra: así lo prometimos en campaña. Lo firmaron a días del cambio de autoridades. Mal.
Por esos días, aunque se supo luego, también se decidieron algunas cosas que nos comprometían en el caso del astillero Cardama y las famosas patrullas. Un escándalo que, cuanto más se sabe, peor es. Va a terminar mal, sin duda. La oposición eligió defender a la empresa y todas las irregularidades, incumplimientos y demás bellezas, antes que salvaguardar los intereses del país y, por tanto, de todos los uruguayos. Y lo hizo sin pudor ni disimulo.
Para muestra, un diputado nacionalista viajó a España, filmó un video con una supuesta patrulla en construcción, desde afuera de los límites físicos de la empresa. Una payasada sin antecedentes; nadie lo frenó, lo aconsejó. Al contrario: lo alentaron a semejante bufonada.
Podríamos continuar los relatos de la insensatez que la pérdida del gobierno trajo aparejada. Interpelaciones sin sentido, un Vía Crucis introspectivo electoral con Álvaro Delgado como impulsor de la autocrítica. Todo para tensar, aún más, las relaciones con el gobierno. A modo de comparación, los psicólogos estiman que el período de duelo después de sufrir una pérdida importante dura seis meses; la oposición lleva más de un año y no parece superarlo, es más, parece agravarse.
Pero ahora empieza el tiempo de ejecutar lo prometido en el programa de gobierno. Si bien se ha comenzado con varios ítems, aún falta. Siento que todo este tiempo, como describí más arriba, se fue preparando el terreno, como se hace cuando se dispone el comienzo de una obra. Se delinea el perímetro primero, luego se excavan los cimientos y luego, a levantar paredes. Así fue este año. El terreno está delineado, los cimientos llenos. Ahora, a empezar con los muros.
Nos hemos pasado mucho tiempo para asumir como política de Estado el combate a la pobreza, tanto de adultos como infantil. Entiendo como un todo a esta, no la separo. Los niños no toman decisiones acerca de las circunstancias en las que nacen, solo heredan las condiciones de los entornos en los que surgen. Y no es posible que sea ese entorno el que defina su futuro.
A modo de comparación, los psicólogos estiman que el período de duelo después de sufrir una pérdida importante dura seis meses; la oposición lleva más de un año y no parece superarlo, es más, parece agravarse.
En Uruguay, un porcentaje importante, aproximadamente el 15%, tiene problemas de alimentación, hasta se le llama “inseguridad alimentaria”. Para ser claro, tal cosa es que 500.000 personas –compatriotas, conciudadanos, hermanos– no tienen los recursos para llevar una dieta saludable, se han salteado comidas alguna vez o lo han tenido que hacer regularmente. El solo hecho de escribirlo espeluzna. ¿Cómo es posible que un país productor de alimentos, con más de 170.000 km², no pueda producir riqueza básica para 3.500.000 personas?
Tal realidad duele, frustra. La estadística no es buena. Se hacen esfuerzos, me consta, enormes. El gobierno, por un lado, las intendencias, por otro, otros organismos, pero en fin… no logramos que no exista un solo uruguayo que se vaya a dormir sin hambre. Esa es la madre de todas las políticas sociales. No es posible desarrollo alguno con déficit alimentario, ni de los adultos ni de los niños. No existen cruzamientos que liguen déficit alimentario con pobreza, con índices de delincuencia, con deserción escolar, con la tasa de egreso educativo, con el consumo problemático de drogas. Podría nombrar más cruzamientos estadísticos que no existen.
Y nos sucede en varias otras políticas; se multiplican esfuerzos y no se logra el resultado esperado. Pasa en la salud, en la vivienda, en la política de tránsito, en el combate contra el flagelo de los suicidios. Hay preocupación, hay conciencia, hay esfuerzos. Sin embargo, no son buenos los resultados. El diagnóstico está, el esfuerzo también, faltan la riqueza estadística, las medidas y, lo fundamental, el sistema de control de gestión que monitoree la marcha de las medidas tomadas.
De no poseer una rica y clara estadística que respalde las medidas a aplicar, es difícil acceder a créditos que financien las acciones. Y de no contar con un sistema de monitoreo y control del plan en marcha, seguiremos dando bastonazos de ciego que demorarán el objetivo y tendrán un costo infinitamente mayor, en un país de recursos escasos.
El gobierno, y la fuerza política que respalda a este, tenemos más que claro lo expuesto. También la voluntad de lograr lo más básico: que no haya ni un solo uruguayo sin comer. Esa es la tarea, y más que política, que lo es, es un deber moral.
José Pablo Franzini Batlle es delegado en la Comisión Técnico Mixta del Frente Marítimo. Es fundador de República Batllista, Frente Amplio.