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Opinión Posturas
Foto principal del artículo 'Diez apuntes sobre izquierdas y derechas' · Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

Diez apuntes sobre izquierdas y derechas

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Hay muchos motivos por los que a la izquierda le cuesta encontrar una voz que apunte a un futuro que entusiasme. Contrastarla con las ultraderechas puede iluminar. Si eso no produce la respuesta, al menos inscribirá el problema en un sistema y hará inteligibles algunos misterios.

El 24 de marzo, los politólogos José Antonio Sanahuja y Marcela Schenck hablaron en Montevideo sobre nuevas derechas y democracia. Si bien no revelaron demasiados hechos desconocidos, sí hicieron una exposición de estos que ilumina. Aquí, reconozco mi deuda con ellos, sobre todo en los primeros puntos, aunque no los sigo en muchos detalles.

El avance de las nuevas derechas

1) Una serie de crisis políticas (de representación, sistemas de partidos, movimientos antiglobalización y otras) se sumaron a crisis sociales (aumento de la desigualdad, falta de perspectivas), económicas (reducción del crecimiento, sensación de que vivirían peor que sus padres) y una ambiental, para desencadenar un estado de descontento generalizado. Puede agregarse un shock tecnológico desestabilizador, que tiene una cara hedonista y otra amenazadora. Pero seguramente la gran raíz del descontento estuvo en décadas de desindustrialización, de predominio y volatilidad de los movimientos financieros, de concentración de riqueza, que ha desestructurado las formas organizativas y centros de resistencia obrera tradicionales, extendido el autoempleo, la autoexplotación y lo que François Dubet llamó la era de las pasiones tristes, que Mark Fischer describió como una generación masiva de depresión.

2) No estaba escrito que estos descontentos necesariamente se tenían que canalizar hacia la derecha ni a un ataque cerrado contra la democracia. Para ello, hay que dar crédito a la agencia (la actuación) de esas nuevas fuerzas. Por su comprensión de los estados de ánimo, el manejo de la comunicación profesional, el de sus campañas electorales, la movilización de las redes, la facilidad y hasta irresponsabilidad para encontrar explicaciones y culpables (inmigrantes, ricos, feministas, woke), siempre apelando a la emoción más que a razonamientos mínimamente rigurosos y, también por absorber hasta la pluralidad de ofertas delirantes y contradictorias que han ido generando y luego descartando o no. También, en los últimos años, su capacidad de fagocitar a las derechas tradicionales conservadoras e incluso a las neoliberales posteriores. Y claro, los ayuda además el río de dinero con que los más ricos del mundo están financiando sus campañas. Incluso en Uruguay.

3) Algunos detalles. El proceso de avance de las derechas radicales tiene que estudiarse teniendo en cuenta las características de cada país. Las redes muy pronto pasaron de ser un lugar para saber en qué están los amigos o para seguir gente interesante, a lo que fue descrito como “el ello desatado”, un lugar para descargar violencia preconsciente. Un ambiente ideal para las nuevas derechas, no para las izquierdas, que llevaban 170 años elaborando y debatiendo filosofía, economía, explicación de la historia, la coyuntura y las estrategias. Izquierdas que pudieron ejercer mucha violencia, pero no sin antes racionalizarla discutiendo ferozmente los menores detalles con los más cercanos. Además, los gobiernos –socialdemócratas o conservadores– tenían restricciones, legales y hasta de etiqueta política, para responder en el mismo terreno.

Entretanto, la izquierda

4) A toda un ala de la izquierda mundial, cuando se derrumbaron el campo socialista europeo y la URSS, se le movió el pelo y el piso –para citar una frase de la época–. Eso incluyó a sectores más o menos marxistas, pero contrarios al comunismo “real”. No es que de golpe se convencieran de que aquella no había sido una sociedad ideal, es que de a poco fue quedando en evidencia que las decenas de intentos de elaborar futuras sociedades deseables encallaron en el hecho de que ya no es posible creer que se pueden fabricar sociedades a medida. El futuro no está escrito ni puede adivinarlo ningún augur escrutando señales del presente. Si para la Ilustración el paradigma de la explicación de todo fue la mecánica, el avance de la biología introdujo la idea de sistemas autorregulados que, en su movimiento, compensan fuerzas: la dialéctica. Pero a fines del siglo XX, las matemáticas del caos determinista velaron esa ventana al futuro. Muchos se exiliaron en la antes aborrecida utopía, que es una invitación a dejar de pensar. Una variante es la tendencia “aceleracionista” de izquierda para que el fin del capitalismo llegue de una vez. En el fondo se basa en la misma convicción de que “sabemos” que el futuro será mejor. Y no, por ejemplo, algún tipo de fin del mundo nuclear o ambiental.

5) Otra gran porción de la izquierda, sobre todo los partidos socialistas europeos, se fueron convenciendo de que el estado de bienestar que habían construido laboriosamente había que desarmarlo por inflacionario y en su lugar adoptar el entonces “pensamiento único” neoliberal. Esto no solo le hizo perder votos, porque era mejor encargar la tarea a quienes siempre habían sido neoliberales, sino porque la socialdemocracia dejó de pretender que representaba a los asalariados, que estaba impulsando una política en interés de sectores desfavorecidos. Chantal Mouffe, por citar a alguien, venía avisando desde 1993 que la política es un campo de juego en el que tiene que haber agonistas (fuerzas en choque, que no necesariamente buscan su mutua eliminación). De lo contrario, si todos patean hacia el mismo arco, iban a aparecer sectores religiosos o fuerzas de ultraderecha que ocuparían el vacío del segundo cuadro.

6) Al igual que los primeros, que llamaremos neoutópicos, estos sectores liquidacionistas quedaron imposibilitados de proponer un futuro. Al sustituir la política por la gestión, la orientación por las cifras, se autoliquidaron. En 2005, Álvaro Rico describió en Cómo nos domina la clase gobernante: odio social y obediencia social en la democracia posdictadura. Uruguay 1985-2005 el hincapié con que los partidos tradicionales en la posdictadura presentaron “la excepcionalidad uruguaya”. Aquí somos respetuosos, llamamos a los adversarios por su nombre de pila, no subimos el tono y, contra toda evidencia, sostenemos que siempre fue así y en nuestra historia ningún conflicto terminó nunca con vencidos ni vencedores. Cuando en 2014 se estaba importando como estrategia electoral la confrontación descalificadora, escribí que no había que entrar en eso, porque era justo lo que no nos convenía. No promuevo la grosería ni ignoro la realidad de que hoy al gobierno le faltan dos votos en la cámara baja. Pero nada de eso disminuye la necesidad de que la izquierda presente relatos de futuro. De que deje claro que distintas fuerzas defienden a distintos sectores y rumbos.

Hay muchos motivos por los que a la izquierda le cuesta encontrar una voz que apunte a un futuro que entusiasme. Contrastarla con las ultraderechas puede iluminar.

El porvenir es largo

7) En algún lado escribí que la batalla cultural la estamos perdiendo por walkover. No nos presentamos. Da pereza leer a Agustín Laje y asco a Axel Kaiser. Pero ahí surgen los lineamientos para los tuiteros de ultraderecha. Ezequiel Saferstein analizó cómo los libertarios construyen cuidadosamente, paso a paso, sus bestsellers políticos. Saben que la comunicación no se resuelve con libros, pero son un instrumento para movilizar redes y contratar profesionales (y conseguir dinero). De cualquier manera, la izquierda no tendrá nada de eso si no se tiene una narrativa de progreso por la que valga la pena luchar. La batalla no puede ser meramente defensiva. El programa de la izquierda no puede resumirse en bajar el déficit fiscal. Fernando Lorenzo lo expresó bien, cuando asumió el Ministerio de Economía y Finanzas. Decía que su política económica consistía en hacer posible que todo el resto del programa se pudiera ejecutar.

8) Ya no tenemos herramientas fiables para conocer el futuro. Sabemos que sistemas con un mínimo de complejidad expresada en ecuaciones sencillas pueden evolucionar a resultados múltiples y divergentes. La misma física produce caos imprevisible. Las mariposas pueden desatar huracanes. Una discusión de oficina puede hacer fracasar un plan quinquenal. El filósofo español Daniel Innerarity habló de la era de la perplejidad. “Una de las más inquietantes paradojas de nuestra sociedad acelerada –escribió– es que no podemos hacer nada sin anticipar un futuro que es prácticamente impredecible”.

9) Tampoco tenemos, por supuesto, una idea única hacia la que empujar. Y, por eso mismo, tenemos que dejar el reflejo del purismo, de combatir a muerte cada nueva idea que surja en el campo de la izquierda, así sea por dónde irá el trolebús. Que florezcan mil flores. Eso quiso ser el Frente Amplio, desde su nombre. Lo que sí defendemos es una sociedad habitable, fraterna, solidaria, sin patologías sociales de maltrato, exclusión ni desprecio, en cuyo seno cada uno puede llevar adelante la vida que quiere y tiene derecho. Con igualdad, abundancia, democracia deliberativa. Gobernada con eficiencia. Y, sí, sin explotación. Pero eso no son utopías sino valores.

10) Carecer de un mapa del futuro no implica pensar que el capitalismo es eterno, ni natural, ni deseable, ni que no existen alternativas. De hecho, el economista griego Yanis Varoufakis opina que lo que predomina ya no es capitalismo –basado en competencia de mercado–, sino un régimen de rentas monopolistas al que llama tecnofeudalismo.

En resumen

Las nuevas derechas están teniendo éxitos (aunque algunos retrocesos también) por razones estructurales que supo canalizar a su favor con políticas tan exitosas como confrontativas. La izquierda, por distintas razones, perdió ese tren y quedó empantanada en consignas y debates internos. Es importante que conozca el conjunto de la dinámica política, pero no encontrará su rumbo ni en copiar a su nuevo oponente ni en algún futuro cognoscible, sino en los valores sociales que aspira concretar. No predicándolos, sino, primeramente, escuchando. Fischer, ya citado, afirmó que “si el neoliberalismo pudo triunfar al incorporar los deseos de la clase trabajadora pos 1968, una nueva izquierda podría empezar por construirse sobre los deseos que el neoliberalismo ha generado, pero que no ha logrado satisfacer”. Esos deseos hay que descubrirlos escuchando. No surgen de una lista previa de valores nuestros. Estos valores, tal o cual, entran después; a partir de las necesidades descubiertas. En cada presente y lugar conformarán nuestra propuesta.

Y luego vendrá escoger la estrategia; aprender, sí, a priorizar, a comunicar, a despertar emociones. Y tratar de no equivocarse mucho.

Jaime Secco es periodista, integrante de Banderas de Liber.