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Opinión Posturas

¿Qué política para la inclusión? Sobre convenio firmado entre ANEP y la Fundación Teletón

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El 22 de julio la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) y la Fundación Teletón firmaron un convenio dirigido a la formación permanente de docentes y con la finalidad de “lograr así una mayor inclusión socioeducativa de los estudiantes”. Este supone la organización de actividades de capacitación, investigación e intercambio de saberes técnicos con la finalidad de apoyar a las comunidades educativas en la atención a la diversidad de niños, niñas y jóvenes con discapacidad en todo el territorio nacional. Nos gustaría señalar algunos problemas de la iniciativa y sus porqués, elementos que no son novedad para quienes investigan estas temáticas, para los colectivos y movimientos que abordan la discapacidad y para la sociedad civil.

Son muchas las investigaciones que han hecho referencia a los distintos modelos de abordaje de la discapacidad, es decir, de diferentes concepciones que determinan las prácticas educativas y que ANEP parece desconocer. Por ejemplo, Meresman (2006) señala que la discapacidad no es un atributo de la persona, sino un complicado conjunto de condiciones, muchas de las cuales son creadas por el contexto o el entorno social. Esto implica que el abordaje de la enseñanza o de la inclusión en el ámbito educativo convencional se debe abordar tanto desde lo actitudinal como desde lo político. Un primer problema es, entonces, el modelo que promueve la Fundación Teletón: el modelo del “déficit”.

Este modelo se destaca por generar métodos exhaustivos de clasificación, junto con el fenómeno social de estigmatización. Para poder comprenderlo es necesario entender que son los procesos históricos, culturales, sociales y económicos que constituyen los cuerpos. La deficiencia no es una cuestión puramente biológica e individual, sino una retórica cultural, que está relacionada con la idea misma de la normalidad y con su historicidad. La discapacidad en este modelo es una construcción y un modo de opresión social, pues la persona con el “déficit” no produce en los términos que las sociedades capitalistas demandan y, por tanto, deben ser segregadas y separadas. En este modelo se ha ubicado históricamente la Fundación Teletón, promoviendo, desde los años 50 –cuando surge este género televisivo en los Estados Unidos– sentimientos y emociones como la lástima o la compasión. Estas críticas, como el reconocimiento del sujeto con discapacidad como objeto de asistencia, así como la condición de vulnerabilidad interpretada primordialmente desde la pena, las relaciones asistencialistas y paternalistas que limitan el reconocimiento de su autonomía, capacidades y condición de sujeto de derechos fueron denunciadas ya en los años 70.

En Uruguay, la exdirectora del Programa Nacional de Discapacidad (Pronadis), Begoña Grau, en 2016 recomendaba a Teletón evitar una retórica caritativa, de la tragedia personal y el duelo familiar basada en una “normalidad” corporal biomédica. Esta estrategia del show resultó extremadamente exitosa en Estados Unidos y el resto del mundo, pero también provocó fuertes críticas de la sociedad civil, sobre todo a partir de la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, firmada ante la Asamblea de Naciones Unidas en 2006 y ratificada por la mayor parte de los países latinoamericanos en 2008. Una investigación de la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República realizada en 2022 daba cuenta de una percepción donde más de tres cuartas partes de la muestra consideran que Fundación Teletón apela a la lástima para conseguir sus objetivos: 50,9% aseguraba que a veces recurren a ese recurso y un 31,3% afirma que sí.

La lógica de la caridad de una empresa no se pregunta a qué cuerpo y sujeto se dirige, la educación sí debe hacerlo. Tal como venimos trabajando desde el Departamento de Educación Física y Salud del Instituto Superior de Educación Física, importa cuestionar al cuerpo sano, capaz y sin limitaciones como el único estado natural, correcto y deseable, trampa de los ideales humanos. Así también el reconocimiento como sujeto más allá de la patologización, de forma que habilite espacios educativos, no centrado en las limitaciones sino en las posibilidades. No se trata con esto de igualar hacia un sujeto autosuficiente y productivo como los llamados “normales”, sino de entender a todo sujeto en su expresión mínima como incompleto y por eso deseante. Nociones que creen prácticas que se sostengan en el cuidado, pero alejadas del asistencialismo, caracterizadas por bajas expectativas, sobreprotección y reducción de los desafíos educativos, lo que restringe la participación y el reconocimiento del estudiante como sujeto de aprendizaje y de derechos que habitan la diversidad corporal.

Esto nos conduce a un segundo elemento: el modo en que se configuran las dimensiones para afrontar la inclusión de personas con discapacidad. En el conocido Índice para la inclusión, Ainscow y Booth señalan que estas son prácticas políticas y culturales. Si consideramos el análisis de estas dimensiones como barreras, puede entenderse cómo los obstáculos presentes en las políticas, las culturas y las prácticas de las instituciones limitan o impiden la participación, el aprendizaje y el ejercicio pleno de los derechos de todas las personas. No se atribuyen exclusivamente a las características individuales de las personas con discapacidad, sino que se entienden como el resultado de la interacción entre las personas y los contextos sociales, educativos y culturales. Estas operan en conjunto, no de forma aislada, por tanto, es muy difícil sortear las barreras prácticas sin dimensionar las culturales y políticas.

Nos preguntamos qué políticas promueve ANEP ligándose a la visión política y la cultura institucional de una empresa que favorece el desarrollo del negocio filantrópico de la salud y la aparente incapacidad de promover la articulación de las investigaciones desarrolladas con las discusiones lideradas por las propias personas con discapacidad y sus familias para que tengan voz y visibilidad.

Las autoridades parecen desconocer otras investigaciones, por ejemplo, en Chile, que mostraron el modo en que los aportes “al show” evidenciaban la afinidad entre el desarrollo de la campaña Teletón y la gubernamentalidad neoliberal, en el marco de las transformaciones sociales instauradas en la dictadura pinochetista (por ejemplo, ver “No más caridad” en la discapacidad, de Carolina Ferrante y Daniela Testa).

La educación debe poder sostener una posición crítica que se dirija a las instituciones, sobre sus políticas y sus acciones, aun cuando se vislumbren reposicionamientos tácticos de su discurso al lenguaje de los derechos. Ante la firma fácil que sostiene el marketing es preciso revisar críticamente las características que asumen las políticas educativas y de salud en el marco de la globalización neoliberal. Nos preguntamos qué políticas promueve ANEP ligándose a la visión política y la cultura institucional de una empresa que favorece el desarrollo del negocio filantrópico de la salud y la aparente incapacidad de promover la articulación de las investigaciones desarrolladas con las discusiones lideradas por las propias personas con discapacidad y sus familias para que tengan voz y visibilidad.

Agustina Craviotto y Santiago Guido son docentes del Instituto Superior de Educación Física de la Udelar.