Cada 20 de mayo, en Uruguay, no es simplemente una fecha en el calendario; es un llamado, un llamado profundo, incómodo y necesario. Es la voz de la memoria que se niega a ser silenciada, que insiste en habitar nuestro presente para darnos una responsabilidad: la de no olvidar.
Para mí, además, este día tiene una resonancia personal. Soy egresado del Seminario Rabínico Latinoamericano que lleva el nombre del rabino Marshall Meyer, y no puedo sino recordar la figura de quien marcó a una generación de líderes con un mensaje claro: el judaísmo no puede ser indiferente frente al sufrimiento humano, no puede replegarse en sí mismo cuando la dignidad del otro está en juego.
Marshall Meyer no fue solamente un rabino: fue una conciencia activa en tiempos de oscuridad. En la Argentina de la dictadura, cuando el miedo paralizaba y el silencio se volvía cómplice, él eligió otro camino: el de la presencia, el del compromiso, el de la acción. Visitó cárceles, acompañó a detenidos, alzó su voz frente a los abusos y, sobre todo, sostuvo una convicción profunda: que cada vida que se salva es un universo entero que se redime.
Su lucha no distinguió entre judíos y no judíos, porque entendía que la dignidad humana no admite fragmentaciones. Esa convicción, que atravesó fronteras comunitarias, fue reconocida incluso a nivel institucional cuando el presidente de la República Argentina, Raúl Alfonsín, lo convocó a integrar la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, la histórica Conadep, cuyo informe Nunca más marcó un antes y un después en la construcción de memoria en América Latina.
El desafío del 20 de mayo es, entonces, doble: mirar hacia atrás con la seriedad que la memoria exige, y mirar hacia adelante con la esperanza que nuestros valores nos inspiran. No se trata de quedar atrapados en el dolor, sino de transformarlo en responsabilidad.
Esa enseñanza, la de no mirar hacia otro lado, es la que resuena cada 20 de mayo. El camino recorrido por Uruguay para la sanación social fue diferente al argentino y tuvo también sus vaivenes y dificultades. La sociedad uruguaya nunca renunció a su derecho a la verdad, la memoria y la justicia, no como consignas vacías, sino como pilares éticos sobre los cuales reconstruirse.
La tradición judía ha hecho de estos valores una estructura central de su pensamiento y de su práctica.
La memoria no es solo un ejercicio histórico; es un imperativo espiritual. Zajor (¡recuerda!), nos dice la Torá una y otra vez. Recordar no es acumular datos del pasado, sino permitir que ese pasado moldee nuestras decisiones presentes. Olvidar, en cambio, es abrir la puerta a la repetición del daño.
La verdad, por su parte, es entendida como un valor absoluto. “Aléjate de la mentira” (midvar sheker tirjak), nos enseña la tradición judía. No basta con no mentir: hay que tomar distancia activa de toda forma de falsedad, porque la mentira erosiona los cimientos mismos de la convivencia humana.
Y la justicia, tzedek, tzedek tirdof (justicia, justicia perseguirás), aparece como una búsqueda constante, no como un estado alcanzado.
La repetición de la palabra justicia nos recuerda que no alcanza con desearla: hay que salir a buscarla, construirla, sostenerla, incluso cuando resulta incómodo o costoso.
Memoria, verdad y justicia no son, entonces, consignas ajenas a nuestra tradición judía; en muchos sentidos, son su corazón ético. Y en este marco, decir Nunca Más no es solo una expresión histórica, sino una obligación moral que se renueva en cada generación.
En Uruguay, nuestra historia tiene heridas y también tenemos grandes riquezas. Una de ellas ha sido, y es, la capacidad de construir desde la diversidad, desde el diálogo, desde el encuentro entre diferentes. Esta ha sido una de nuestras mayores fortalezas como sociedad.
Pero esta fortaleza no es un dato adquirido de una vez y para siempre. Requiere ser cultivada. Requiere recuperar la escucha, incluso cuando el otro piensa distinto. Requiere animarnos a revisar nuestras propias posiciones con honestidad. Requiere sanar heridas sin negarlas, sin esconderlas, sin relativizarlas.
El desafío del 20 de Mayo es, entonces, doble: mirar hacia atrás con la seriedad que la memoria exige, y mirar hacia adelante con la esperanza que nuestros valores nos inspiran. No se trata de quedar atrapados en el dolor, sino de transformarlo en responsabilidad.
Cuando una sociedad logra hacer ese trabajo y se anima a recordar, a decir la verdad, a hacer justicia, no solo honra a quienes ya no están: también protege a quienes vendrán. En Uruguay tenemos una historia que nos duele, pero también tenemos una oportunidad que nos honra.
Invito a elegir, una y otra vez, el camino de la dignidad, y que nuestro Nunca Más no sea solo palabras pronunciadas en voz alta, sino un compromiso grabado en lo más profundo de lo que somos.
Por todos los que faltan. Por nosotros. Por nuestros hijos. ¡Estamos aquí!
El rabino Daniel Dolinsky lidera la Nueva Congregación Israelita de Montevideo.