Saltar a contenido
Opinión Posturas
Foto principal del artículo 'El regreso de la civilización: nuevas derechas y conflicto político en el siglo XXI' · Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

El regreso de la civilización: nuevas derechas y conflicto político en el siglo XXI

Nuestro periodismo depende de vos

Si ya tenés una cuenta Ingresá

Desde hace un tiempo venimos presenciando una escalada de conflictos y de tensiones geopolíticas a nivel internacional. Conflictos que pueden analizarse como síntomas de un orden internacional liberal en crisis, que pone en tela de juicio a Estados Unidos como potencia unipolar, y abre paso a un mundo en transición hacia un orden multipolar, en el que las reglas que ordenaban el escenario global pos Guerra Fría parecen desmoronarse.

En este contexto de incertidumbre y anomia social, una figura política de extrema derecha como Donald Trump sostiene en sus redes sociales que “una civilización entera morirá”, en referencia al conflicto con Irán. Más allá del tono, lo significativo son las palabras. No se trata únicamente de una disputa estratégica o militar, ni tampoco de intereses geopolíticos o energéticos –como el peso de los recursos en la región–, sino de una amenaza formulada en términos de civilización.

Pero este hecho no debe analizarse como un fenómeno aislado. Por el contrario, vemos que, desde hace varios años, en distintas partes del mundo, nuevas expresiones de derechas desarrollan este tipo de discursos, a través de los cuales la idea de civilización ocupa un lugar central en su oratoria. Más que una categoría histórica o cultural, la referencia civilizacional aparece como una forma de delimitar identidades y de definir un “nosotros” que debe ser defendido ante amenazas externas de diversa índole (migrantes, globalismo, agendas de derechos).

De este modo, lo interesante es que, en el marco de un escenario de transformación y de creciente incerteza, estos discursos funcionan como un refugio simbólico; no solo actúan como reacciones coyunturales, sino también como formas de ordenar el mundo. Apelan a la defensa de identidades nacionales, cuestionan los efectos de la globalización y reintroducen la idea de un conflicto cultural y civilizatorio como eje de la política contemporánea.

Este tipo de apelaciones no se limita al caso estadounidense, vemos que tanto en Europa como en Asia líderes y corrientes ideológicas recurren a un lenguaje similar para interpretar el escenario global. En Rusia, el pensamiento de Aleksandr Dugin ha contribuido a consolidar la idea de un “Estado-civilización”, en el que Rusia se presenta como una entidad histórica, cultural y espiritual diferenciada de Occidente, en abierta oposición a sus valores liberales. En su libro Eurasia: el destino geopolítico, lo afirma de la siguiente manera: “Para nosotros los eurasianistas, Occidente es el reino del Anticristo, ʻel lugar malditoʼ. Toda amenaza contra Rusia procede de Occidente y de los representantes de las tendencias occidentalistas en Rusia”.

En India, el proyecto político de Narendra Modi se apoya en el hinduismo como núcleo civilizatorio, promoviendo una identidad nacional anclada en una tradición cultural específica. En Europa, figuras como Giorgia Meloni o Santiago Abascal insisten en la defensa de una supuesta herencia cultural occidental, amenazada por la inmigración, el multiculturalismo y las dinámicas globalizadoras. En el caso español, por medio de Vox, este discurso adopta una forma particular a través de la apelación a la “hispanidad”, entendida como una comunidad histórica, cultural y civilizatoria que trasciende las fronteras nacionales y que se presenta como alternativa frente a los procesos de fragmentación identitaria contemporáneos. En todos estos casos, más allá de sus diferencias, se observa que una reconfiguración del conflicto político en términos culturales y civilizatorios –donde la identidad se convierte en un eje central de movilización– se consolida como una de las claves interpretativas de la política contemporánea.

Este fenómeno ha sido conceptualizado por distintos autores. En esta línea, el politólogo Cas Mudde sostiene que las nuevas derechas radicales del siglo XXI se caracterizan por la combinación de autoritarismo, populismo y, especialmente, nativismo. Este último resulta central, en tanto implica la defensa de un “pueblo nativo” frente a elementos considerados externos o amenazantes, ya sean personas, culturas o incluso ideas. De este modo, la apelación a la identidad no es un elemento accesorio, sino constitutivo de estos proyectos políticos.

Más que un retorno del pasado, lo que se observa es una reconfiguración del presente, donde la civilización se convierte en un lenguaje central a través del cual se interpreta y se disputa el mundo contemporáneo.

A su vez, autores como José Antonio Sanahuja y Camilo López Burian han señalado que estas expresiones deben entenderse en el marco de una crisis más amplia del orden internacional liberal y de la globalización, en la que emerge un nuevo clivaje entre apertura y cierre, entre cosmopolitismo y soberanismo. En este contexto, las nuevas derechas no solo reaccionan frente a transformaciones económicas, sino también frente a cambios culturales, articulando discursos que combinan nacionalismo, rechazo a lo diverso y una concepción homogénea de la identidad colectiva.

En esta misma línea, algunos autores han comenzado a conceptualizar este fenómeno como “civilizacionismo”. Desde esta perspectiva, la creciente centralidad de discursos civilizatorios no debe entenderse simplemente como un retorno de identidades culturales, sino como una reacción ideológica frente a la expansión del orden internacional liberal. Tal como señalan Bettiza, Bolton y Lewis, la apelación a la civilización permite a distintos actores articular un sentido de pertenencia colectiva y construir sistemas de valores alternativos que desafíen el universalismo liberal. En este sentido, la referencia a la civilización no solo delimita identidades, sino que también funciona como una forma de contestación política frente a un orden percibido como homogeneizante, generando visiones alternativas –frecuentemente asociadas a un mundo multipolar– sobre cómo organizar el escenario internacional.

En este punto, resulta difícil no remitir a la tesis del “choque de civilizaciones” formulada por Samuel Huntington a comienzos de la década de 1990. Para el autor, los conflictos del mundo pos Guerra Fría estarían cada vez más definidos por diferencias culturales y civilizatorias, más que por disputas ideológicas o económicas. Desde esta perspectiva, las civilizaciones –entendidas como grandes comunidades culturales– se convertirían en los principales actores de la política internacional.

Sin embargo, el escenario actual introduce matices importantes con respecto a ese planteo. En primer lugar, las disputas económicas y estratégicas no han desaparecido ni han sido desplazadas a un segundo plano; por el contrario, continúan siendo un componente central de los conflictos contemporáneos. Lo que sí se observa es que estas tensiones son crecientemente interpretadas, legitimadas y comunicadas en términos culturales y civilizatorios. Más que un enfrentamiento directo entre civilizaciones claramente delimitadas, lo que emerge es una reconfiguración del conflicto político en la que el lenguaje civilizatorio es apropiado y resignificado por actores políticos –particularmente por las nuevas derechas– como una herramienta de construcción identitaria.

En este sentido, el conflicto no se desarrolla únicamente entre civilizaciones, sino también al interior de las propias sociedades, donde se disputan visiones contrapuestas sobre la identidad, la pertenencia y el lugar de cada comunidad en un mundo en transformación. De este modo, más que un “choque” en términos estrictamente geopolíticos, asistimos a una politización de la civilización, donde esta deja de ser una categoría analítica para convertirse en un recurso discursivo central en la construcción del conflicto político contemporáneo.

Por lo tanto, la apelación a discursos civilizatorios y a la defensa de las identidades nacionales se consolida como un elemento central en diversas fuerzas políticas, particularmente en las nuevas derechas. Comprender este fenómeno implica necesariamente situarlo en el marco más amplio de los cambios que atraviesa el sistema internacional, en el que la incertidumbre y la fragmentación abren espacio a nuevas formas de interpretar el conflicto político.

Sin embargo, sin caer en lecturas deterministas, también es posible advertir que estas “nuevas” derechas no son tan nuevas como suelen presentarse. En distintos momentos de crisis, discursos similares han emergido como formas de repliegue frente a la incertidumbre, apelando al nacionalismo y a la reafirmación identitaria como mecanismos de orden y sentido. En definitiva, más que un retorno del pasado, lo que se observa es una reconfiguración del presente, en la que la civilización se convierte en un lenguaje central a través del cual se interpreta y se disputa el mundo contemporáneo.

Federica Blanco Castiñeiras es politóloga y cursa una maestría en Políticas Públicas Innovadoras en la Universidad de Santiago de Compostela.