La gratuidad tiene que ver con dar y recibir sin que exista una contraprestación acordada. En Uruguay tenemos la fortuna de contar con muchas cosas gratis: plazas, parques, bibliotecas, museos y playas. Y muchas otras cosas importantes, como la educación pública en todos sus niveles, incluyendo los centros CAIF para el cuidado de la primera infancia, un exitoso ejemplo de cogestión público-privada. Eso no es así en todo el mundo, por lo que debemos considerarlo un regalo por ser ciudadanos de esta república.
También es muy destacable el voluntariado en sus múltiples expresiones, en la sociedad civil, en las empresas, en los grupos juveniles, en la mentoría de emprendedores y en la tutoría de niños y adolescentes, que tantos hacen por el placer de compartir su experiencia y formación.
Pese a todo eso, Uruguay es un país caro. Lo es para aquello que se puede comprar, y lo cierto es que nos encanta comprar. Luego de pensar mucho sobre el fenómeno del consumismo como un flagelo, por sus consecuencias ambientales y sociales, he llegado a la conclusión de que no es posible evitarlo, porque nos viene en nuestros genes animales. De hecho, en el comportamiento animal hay mucho de consumismo, de exageración, de desperdicio de alimentos. Seguramente proviene del temor al hambre, a la privación, a la incertidumbre de nuestro destino.
¿Qué hacer entonces con el consumismo? Si no se puede evitar, se debe orientar en un sentido más positivo y evitar el deseo de lo innecesario. Es un tema de educación que debe empezar desde la infancia, aprovechando la gratuidad de la educación pública y de todos los niveles de la enseñanza. Tiene que ver con la conciencia crítica, con el análisis de las circunstancias y de las alternativas, de lo que rodea a la oferta con la que somos bombardeados.
No todo es malo, no todo es pernicioso, no todo es inútil, pero debemos jerarquizar las necesidades y, más allá de lo básico –alimento, cobijo, salud y protección social–, debemos encontrarles sentido a aquellas cosas que hacen grata la vida, como la música, la danza, el arte en general, cosas que podemos disfrutar sin perjuicio para la sociedad y para la naturaleza o para nosotros mismos.
Tomando en cuenta todos estos asuntos, nos preguntamos si este es un país caro. Caro es no encontrar lo que se necesita o vender cosas de mala calidad mediante el engaño. Todo esto existe también en Uruguay y, desde luego, no es gratis. Como estandarte de esta sociedad del conocimiento, tampoco es gratis internet, aunque algunos de sus contenidos lo parezcan. Es todo un desafío cuando las cosas no son lo que dicen ser. Como plantea María Corbi, necesitamos un cultivo intensivo de la gratuidad como condición de posibilidad de unas sociedades de conocimiento sanas.
La contracara de la gratuidad es la mercantilización, es convertir en un bien o servicio de mercado todo lo que se ofrece, una característica esencial del sistema económico en el que vivimos. Lo llamamos capitalismo, pero en realidad no tiene una única versión; todas ellas están muy lejos de lo que pensaron quienes fundaron la economía moderna en la época de la revolución industrial. El sistema se ha ido de nuestras manos para estar en manos de los más ricos, que son cada día más ricos. Aunque teóricamente haya formas de evitarla, lo cierto es que esta desigualdad mundial a todos los niveles es arrolladora y puede llevar a la destrucción del sistema o a una consecuencia devastadora de destrucción de la vida natural. Pero no es inevitable. De hecho, como ha planteado Edgar Morin, al hombre no solamente lo anima el interés económico, sino también muchas cosas gratuitas que hacemos para tener placer, como el juego.
La contracara de la gratuidad es la mercantilización, es convertir en un bien o servicio de mercado todo lo que se ofrece, una característica esencial del sistema económico en el que vivimos.
El Estado, por la vía de sus gobernantes, y la sociedad civil, con sus organizaciones, tienen que estar atentos y luchar para que no se sumen nuevos sectores de actividad al mercantilismo. La política no puede ser una lucha por el botín del Estado, que nos pertenece a todos. La democracia nos pide participación para defender nuestros ideales, lo que debería excluir lo que la degrada y amenaza, es decir, los intereses particulares por sobre los comunes.
Como forma de expresar una esperanza para mejorar la vida de las personas, las religiones pueden hacer una contribución a la gratuidad, ya que, cuando se mercantiliza, la religión se convierte en uno de los peores ejemplos de consumismo banal. El deporte, lejos del ideal olímpico inicial, se ha convertido aceleradamente en un negocio fenomenal, tras el cual mucha oscuridad se esconde. Pero el deporte amateur no muere y es la alegría de muchísima gente, fuente de salud y paradigma de sana convivencia.
La gratuidad es un estado superior de la justicia. Lo que se da gratuitamente siempre vuelve con creces. No hablo de dinero, sino de amor, de cuidado, de felicidad; cosas para las que no hay una contabilidad posible. La gratuidad llama a la reciprocidad, que muchas veces no es inmediata, viene en otro momento y, a veces, desde otro lado. Como dijo Adela Cortina en una charla en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación en 2015, la felicidad es el arte de la gratuidad suficiente y la sabiduría social tiene que ver con la justicia y la gratuidad.
Andrés Lalanne es presidente de la Junta Directiva de la Universidad Claeh y coordinador de la Red Internacional de Economía Humana para América Latina.