Donald Trump utiliza el poderío de Estados Unidos contra otros países cada vez que lo considera conveniente y cree que lleva las de ganar (a veces con errores de cálculo, como en el caso de Irán). La legalidad de sus actos, en función de las normas estadounidenses e internacionales, no ha sido un factor prioritario para adoptar esas decisiones, y a menudo intenta justificar los ataques luego de lanzarlos.
En algunas ocasiones, sin embargo, ha buscado la endeble cobertura previa de declaraciones unilaterales y acuerdos con otros gobiernos que aceptan su liderazgo. Este es el caso en lo referido a la implementación de planes estratégicos para fortalecer el control imperialista de nuestra región, a fin de contrarrestar el avance sostenido de la influencia china.
A fines del año pasado, una actualización de la “estrategia de seguridad nacional” estadounidense manifestó la decisión de consolidar el dominio del hemisferio occidental y erradicar la “interferencia” en él de otras potencias. Pronto quedó claro el significado de esos lineamientos, con bombardeos a ciudades de Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
En marzo, Trump convocó a la cumbre Escudo de las Américas, en la que participaron representantes de 11 gobiernos de la región en funciones y de uno entrante. Allí se anunció una coalición para emplear “fuerza militar letal”, dirigida por Estados Unidos, contra “la interferencia extranjera en nuestro hemisferio, las pandillas y cárteles criminales y narcoterroristas y la inmigración ilegal masiva”.
El Poder Ejecutivo estadounidense declara por sí y ante sí cuáles son las “organizaciones terroristas extranjeras”, y durante esta presidencia de Trump la lista se ha ampliado, tras su orden expresa de incluir en ella a grupos latinoamericanos del crimen organizado. Las adiciones más recientes fueron, el jueves, el Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho, formados en Brasil y con creciente actividad internacional, que en Estados Unidos se vincula sobre todo con la compra de armas y el lavado de activos.
Esta decisión fue solicitada y aplaudida por el senador y precandidato presidencial brasileño Flávio Bolsonaro, quien prometió participar en el Escudo de las Américas si vence en octubre a Luiz Inácio Lula da Silva.
Ahora Trump cuenta con una nueva excusa para el intervencionismo económico e incluso militar en Brasil. Los efectos de sus maniobras geopolíticas se podrían sentir también en Uruguay, donde el PCC tiene presencia y cierta influencia, en especial desde que el grupo de Sebastián Marset comenzó a brindarle servicios logísticos para llevar drogas a Europa.
Todo esto subraya la complejidad de las tensiones que inciden sobre las relaciones internacionales de Uruguay y la importancia para nuestro país de las próximas elecciones en Colombia (que hoy no participa en el Escudo de las Américas), Brasil y Estados Unidos. Bueno sería que el sistema partidario y la sociedad toda asumieran estos datos y procuraran, sin miopías ni oportunismos, acordar grandes rumbos para nuestra política exterior.