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Ilustración: Ramiro Alonso

Fuera de juego: la eliminación de Uruguay del Mundial y dos problemas estructurales

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Cada derrota importante de la selección uruguaya de fútbol activa el conocido ritual inculpatorio. Una necesidad voraz de saciar la frustración adjudicando culpas al voleo. Nadie está a salvo. El entrenador, los futbolistas, los dirigentes, los árbitros, la prensa y hasta la suerte y el destino ocupan el banquillo de los acusados según el gusto del verdugo.

Es una reacción primaria comprensible, pero inconducente y contraproducente. Nuestro fútbol moviliza emociones profundas y el fracaso duele porque nos afecta en la identidad, en el orgullo, en nuestra autoestima deportiva.

Encontrar rápidamente a los culpables produce una sensación de alivio, aunque sobre la base de una explicación simplista, reduccionista e injusta de la realidad, que renuncia a reconocer causas más profundas y menos gratificantes para quien reclama respuestas inmediatas.

Está claro que hay responsables, siempre los hay, pero Uruguay no necesita una nueva lista de culpables. Necesitamos preguntarnos por qué continuamos esperando triunfos deportivos trascendentes y permanentes si el modelo de desarrollo futbolístico sigue dependiendo de la contingencia.

Los éxitos y los fracasos no responden a causas únicas. Aunque hay excepciones, suelen ser la consecuencia de decisiones acumuladas durante años. Sin embargo, ante cada derrota significativa volvemos a reducir el análisis al desenlace de los últimos 90 minutos.

Si bien podemos sacar muchas conclusiones a partir del análisis parcial de los hechos, yo prefiero destacar dos debilidades de carácter estructural que, en mi opinión, condicionan la obtención de mejores resultados y mayor regularidad en los desempeños deportivos de la celeste.

La ausencia de un proyecto nacional

Dos problemas estructurales limitan las mejores posibilidades de desarrollo de nuestro fútbol y de su capacidad competitiva internacional. En primer lugar, la inexistencia de un sistema integrado del fútbol uruguayo que involucre a la totalidad de los actores intervinientes en todo el territorio del país y abarque la cadena completa de formación, desde el fútbol infantil hasta las selecciones nacionales.

En segundo lugar, la ausencia de una alianza estratégica entre el Estado y la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), que permita desarrollar un proyecto de carácter nacional, con objetivos compartidos, con asunción y cumplimiento de compromisos, sujeto a evaluación permanente de resultados deportivos y de gestión.

La AUF sigue pensando más como liga profesional que como federación deportiva. Durante casi toda su historia, la AUF ha actuado más como una liga de fútbol profesional que como una verdadera federación nacional.

Su asamblea general estuvo constituida por los representantes de los clubes de la primera división, con la participación marginal de la segunda división y ocasional de la organización del fútbol del interior.

La reforma estatutaria impulsada por la intervención decretada por la Confederación Sudamericana de Fútbol amplió la representación institucional, pero dejó por fuera al fútbol infantil y al fútbol estudiantil, aduciendo que el primero era dirigido por el Estado (ONFI) y el segundo no era estrictamente futbolístico, sino una “liga uruguaya de deportes” (LUD).

La exclusión de estos dos niveles de representación inhibe a la AUF de participar en la orientación del desarrollo futbolístico del país desde sus primeras etapas y, por lo tanto, compromete seriamente los resultados en los niveles superiores del fútbol profesional y en las selecciones nacionales.

Pretender alcanzar el máximo de capacidades y resultados sin incluir el fútbol de base en el proceso de formación equivale a esperar una gran cosecha sin ocuparse de la calidad de las semillas.

En este sentido, el Estado y la AUF deberían promover que los más pequeños no se vean sometidos a la exigencia de la competencia cuando debe primar el placer del juego. Que en las divisiones formativas no se imponga el resultadismo en perjuicio del desarrollo del talento, de las capacidades individuales y grupales.

Existe, adicionalmente, un sesgo cultural que oficia de freno ante cualquier intento de superación. En el ambiente del fútbol se suele invocar la humildad mientras se cree que nuestro pasado glorioso y un improbable ADN superior, propio y exclusivo nos eximen de estudiar, planificar y aprender de quienes hoy hacen mejor las cosas que nosotros. Esa soberbia silenciosa atraviesa y paraliza a todo el sistema.

Hay triunfos deportivos más allá de los podios

Hubo momentos, en el pasado reciente, en los que los resultados no fueron condición necesaria para que la población se sintiera representada y orgullosa de sus futbolistas. Ocurrió con aquel segundo puesto de la selección sub 20 de Malasia en 1997 y luego con el cuarto puesto del Mundial de Sudáfrica en 2010. Nuestra gente recibió y reconoció a ambas selecciones con manifestaciones públicas de adhesión popular masivas, superando aquella sentencia funesta de que los segundos son los primeros perdedores.

El hincha deposita en el futbolista sus propios deseos de triunfo vital. Celebra la superación y las conquistas deportivas como propias porque se siente parte. Vamos a ver a nuestra selección para vernos a nosotros mismos, para reconocernos mutuamente, para confirmar que somos parte de una comunidad. Es la consagración de la epopeya deportiva como inspiración de unidad nacional.

Dos problemas estructurales limitan las mejores posibilidades de desarrollo de nuestro fútbol: la inexistencia de un sistema integrado del fútbol uruguayo y la ausencia de una alianza estratégica entre el Estado y la AUF.

Un Estado participante, pero carente de estrategia

También el Estado debe afrontar su cuota de responsabilidad institucional. Para empezar, reconocer y asumir la importancia del fútbol en la vida nacional, como parte constitutiva de su identidad y de su desarrollo. En segundo lugar, visibilizar que el fútbol uruguayo no es sostenible sin la asistencia pública, y hacerla valer.

El Estado ha contribuido con el fútbol desde siempre. Desde diferentes gobiernos, los ministerios, los entes autónomos, las intendencias y la propia presidencia de la República han contribuido generosamente con el fútbol y, en particular, con la selección uruguaya.

Antel es patrocinador oficial y llevó la fibra óptica al Complejo Celeste; el Ministerio de Transporte y Obras Públicas y la Intendencia de Canelones realizaron varias obras de acondicionamiento, así como de caminería interna y externa; la UTE mejoró la eficiencia energética de las instalaciones, modernizó el equipamiento e iluminó canchas; el Banco República es el principal patrocinador de la AUF y de las selecciones nacionales; la Secretaría Nacional del Deporte financió obras de vestuarios y salones en el predio anexo del Complejo y, a través de la Comisión de Proyectos Deportivos, la construcción de la cancha cerrada de césped sintético, además de crear y sostener el programa de soporte al desarrollo integral del futbolista de formativas Gol al Futuro.

Sin embargo, el apoyo del Estado ha sido y es desordenado y complaciente. Cada organismo actúa por su cuenta, persigue sus propios objetivos y no suele exigir resultados medibles y evaluables en relación con el aporte realizado.

No obstante la dispersión y la falta de rumbo rector de las aportaciones públicas, el Estado ha contribuido históricamente con el fortalecimiento del fútbol mediante recursos económicos, obras y servicios.

Pero la contribución al fortalecimiento y al desarrollo del fútbol sería aún mayor y cualitativamente superior si, como parte de una alianza estratégica, se exigiera planificación, transparencia, producción de conocimiento, rendición de cuentas y evaluación de resultados deportivos y de gestión.

Conocemos bastante sobre el valor económico de los derechos de televisión, pero muy poco sabemos acerca del verdadero impacto económico, social y cultural que produce el fútbol en el país. Ni las políticas deportivas de la AUF ni las políticas públicas del deporte disponen de evidencia empírica ni cuentan con información suficiente, rigurosa y confiable.

Una nueva gobernanza para el fútbol uruguayo

La AUF ha demostrado capacidad para incrementar sus ingresos y para profesionalizar algunas de sus áreas de gestión. Lo que todavía no ha demostrado de manera convincente es la construcción de un proyecto nacional de desarrollo que justifique hacia dónde deben dirigirse esos recursos.

La autonomía de la AUF como asociación civil es un principio que debe protegerse y preservarse. Pero la autonomía no puede devenir en aislamiento institucional ni eximir de responsabilidades a la hora de rendir cuentas ante el Estado y ante la población.

La independencia de las asociaciones civiles puede y debe ser ejercida construyendo acuerdos con el Estado.

El fútbol profesional no forma parte de las políticas públicas declaradas, pero recibe recursos públicos, moviliza organismos estatales, recibe inversiones en infraestructura, entre muchas otras cosas. Esta práctica desordenada constituye, en los hechos, una política pública no reconocida como tal.

El Estado incide directa y activamente en el fútbol. Lo hace permanentemente mediante exoneraciones tributarias, renuncias fiscales, apoyo logístico, utilización de infraestructura, despliegues de seguridad, promoción internacional, aportes económicos directos e indirectos y múltiples acuerdos institucionales de diferente naturaleza y propósitos. Lo que no existe es una estrategia explícita que ordene y cargue de sentido final esas intervenciones.

La independencia de la AUF debe consumarse en una gobernanza que incorpore al Estado como socio estratégico del desarrollo y no como un mero agente financiero ni un mecenas sumiso e incondicional.

Un sistema nacional integrado del fútbol uruguayo debería involucrar a la AUF y al Estado, así como a todos los actores intervinientes alineados detrás de objetivos comunes, establecer estándares de capacitación en toda la cadena de formación deportiva y humana, producir información confiable, evaluar permanentemente los resultados y sostener políticas que sobrevivan a los cambios de autoridades y a las urgencias de las circunstancias coyunturales.

Nada de esto garantizará la obtención de los títulos internacionales que pretendemos conseguir sin estas condiciones. Pero sí aumentará las posibilidades de ser más competitivos, de sostener un nivel de rendimiento en el tiempo y de no depender exclusivamente del talento excepcional de una generación o de la inspiración de un entrenador.

Las derrotas son los cimientos de las victorias futuras

La tristeza ante una eliminación deportiva es inevitable. La crueldad de los juicios sumarios, no. Cuando una sociedad concentra toda la responsabilidad en quienes aparecen en la fotografía del último partido simplemente está evitando discutir las causas de fondo.

Una derrota no comienza cuando el árbitro indica la finalización de una instancia definitoria ni cuando se consagra la eliminación de un campeonato mundial en la fase de grupos. Comienza mucho antes, cuando un país renuncia a planificar el desarrollo de uno de sus principales activos socioculturales.

Tal vez la pregunta no sea quién o quiénes tienen la culpa de la eliminación. Quizás la pregunta principal sea cuánto tiempo más estamos dispuestos a seguir confiando el destino del fútbol uruguayo a los impulsos del cortoplacismo y la contingencia.

Fernando Cáceres fue secretario nacional del Deporte.

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