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Opinión Posturas

Infancias​ y culturas: la deuda del progresismo uruguayo

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En los últimos 20 años, Uruguay ha vivido un período de tres gobiernos progresistas que transformaron aspectos clave de la sociedad como la matriz productiva, las políticas sociales o la educación digital. Sin embargo, hay una omisión flagrante que persiste al parecer incluso en este cuarto gobierno: la ausencia de políticas sistemáticas que acompañen y promuevan una nutrición cultural diversa para las infancias.

Diseñar y ejecutar políticas educativas y culturales que las empoderen desde una visión de construcción de mundos sensibles y empáticos socialmente desde una ética de diversidad cultural y territorial en el manejo de los lenguajes artísticos expresivos es también combatir la pobreza infantil.

Hablar de infancias y culturas nos lleva a plantear una distinción crucial: la cultura no es un producto de consumo, sino un alimento para el desarrollo integral de niñas y niños. Sin embargo, en Uruguay seguimos tratándola como un accesorio, un complemento educativo antes que un pilar identitario fundamental en la construcción de ciudadanía.

¿Qué entendemos por “nutrición cultural”?

Frente a la cultura como consumo –rápida, estandarizada, desechable–, la nutrición cultural se define como un proceso intencional, continuo y significativo de exposición, apropiación y creación de contenidos que fortalezcan la identidad, el pensamiento crítico y la empatía.

No se trata solo de “acceder” a manifestaciones artístico-expresivas, sino de participar y ser protagonista en ellas; no de consumir productos, sino de dialogar con símbolos, historias y saberes que permitan a las infancias comprenderse a sí mismas y que sean capaces de construir su lugar en el mundo. Implica, por ejemplo, que un niño o una niña no solo vean un espectáculo de murga, sino que entiendan su historia, canten sus letras, involucren su cuerpo y sus sensibilidades, dialoguen con sus metáforas y con la posibilidad de crear las suyas propias. Es, en esencia, cultura vivida, no cultura consumida.

La cultura no es solo educación

Se ha instalado, incluso en sectores progresistas, la idea de que la cultura “se resuelve” esencialmente en el aula o a lo sumo con espectáculos, con algún fondo que reparte migajas o un premio anual. Esta visión reduccionista ignora que la identidad se construye también fuera de ella: en los medios, en los espacios públicos, en las narrativas que construimos y compartimos en nuestras comunidades.

Ceibal, por su parte, ha democratizado el acceso tecnológico, pero no ha logrado –o no se le ha exigido– convertirse en una plataforma de creación y circulación de contenidos culturales significativos para niños y niñas. Salvo en el caso de la literatura, en general el enfoque sigue siendo instrumental: la tecnología y las ciencias “duras” o el inglés como fin, no como medio para construir sentido.

No se trata solo de “acceder” a manifestaciones​ artístico-expresivas, sino de participar y ser protagonista en ellas; no de consumir productos, sino de dialogar con símbolos, historias y saberes que permitan a las infancias comprenderse a sí mismas.

Medios públicos: la oportunidad desaprovechada

Si hay un actor que podría ayudar a equilibrar la balanza frente a la homogeneización del mercado, es el Estado a través de sus medios públicos. Sin embargo, Canal 5 y Radiodifusión Nacional no han asumido su rol de contrapeso cultural en lo relativo a las infancias. No existen propuestas estables de televisión, radio o plataformas digitales dedicadas a producir contenidos de calidad para las infancias, con identidad local, que fomenten la diversidad y el pensamiento crítico.

Y si el problema son los recursos, la forma en que se los administra o distribuye dice mucho. Al parecer, es más importante transmitir el Mundial (algo anunciado con bombos y platillos por la plana mayor de nuestra administración) que crear un ciclo de propuestas culturales y artísticas que construyan un contexto sólido para nuestras niñas y niños.

Resulta sintomático –y profundamente elocuente– que una de las pocas experiencias sólidas de nutrición cultural en medios públicos uruguayos, el programa Para escucharte mejor, de Susana Bosch en Radiodifusión Nacional, haya sido cancelado durante el gobierno de coalición y no haya sido prioridad proponer algo similar en esta nueva etapa progresista.

Este espacio, que durante años promovió la participación creativa de las infancias a través de la palabra, la música y el juego, demostraba que es posible hacer cultura pública de calidad para niños y niñas sin subestimarlos ni homogeneizarlos. Su desaparición no ha sido compensada con ninguna alternativa de similar ambición.

Mientras el mercado ofrece un menú cultural estandarizado principalmente en las redes “sociales” –basado en lógicas de consumo inmediato y homogeneización–, el Estado uruguayo y su actual gobierno no se sienten aludidos en su responsabilidad para construir alternativas válidas junto con las comunidades culturales en los territorios y con la población en general. Las familias uruguayas, especialmente las más vulnerables, quedan atrapadas en esta oferta cultural hegemónica, sin opciones diversas que rescaten lo propio, lo diverso, lo profundamente transformador.

Hacia una ecología cultural de la infancia

Entender la cultura y los lenguajes artísticos como nutrición de una ciudadanía empoderada implica políticas estables, transversales y con visión de largo plazo. Ejemplos como el canal Pakapaka de Argentina –una señal pública dedicada exclusivamente a las infancias, con contenidos originales, diversos y pedagógicamente consistentes– muestran que es posible construir una alternativa seria a la lógica mercantil. Pakapaka no solo entretiene: educa la mirada, valora los acentos locales, incluye las diversidades y fomenta el pensamiento crítico.

Algunas medidas concretas para Uruguay podrían incluir:

• La creación de una Dirección de Políticas Culturales para Infancias en el Ministerio de Educación y Cultura.

• El desarrollo de contenidos audiovisuales y sonoros de calidad en medios públicos –incluyendo la restitución de programas como Para escucharte mejor con una visión renovada–.

• La integración de proyectos de cultura viva en el sistema educativo –desde la murga al candombe, desde las narrativas digitales a la oralidad–, no como talleres esporádicos, sino como ejes curriculares sólidos y estructurantes.

• Un fondo específico para la producción y distribución de contenidos culturales infantiles con identidad nacional y regional.

• Redes nacionales de circulación de espectáculos y talleres expresivos articuladas desde las direcciones de Cultura a través del Congreso Nacional de Intendentes.

¿Dónde está la voluntad política?

El progresismo uruguayo ha demostrado capacidad para innovar en políticas públicas. No faltan ideas; faltan prioridad y continuidad.

La nutrición cultural de las infancias uruguayas no es un tema menor: es la base para formar ciudadanos críticos, creativos y con raíces. Urge que el Estado asuma su rol no solo como facilitador, sino como promotor activo de una cultura que alimente, que incluya, que empodere a todas las comunidades.

Al parecer, hemos decidido confiar la delicada tarea de la nutrición cultural de nuestros niños y niños al “destino”, que ya sabemos quién lo manipula.

Julio Brum es músico, docente y activista cultural.