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Opinión Posturas

El latinoamericanismo prestado y el gobierno que no se anima

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El gobierno de Yamandú Orsi enfrenta una desaprobación del 65% no porque haya cometido un delito ni porque el país esté en llamas, sino porque ha caído en la trampa más peligrosa para cualquier gestión progresista en 2026: la moderación como sinónimo de parálisis.

El Frente Amplio (FA) cree que gobernar es administrar con prudencia. La ciudadanía, sin embargo, percibe que el mundo se mueve a otra velocidad. Mientras Orsi negocia partidas presupuestales y desfila con blindados del Ejército para mostrar firmeza, la oposición ha entendido algo que el oficialismo parece ignorar: el latinoamericanismo ya no es patrimonio de la izquierda.

La paradoja que la izquierda no quiere ver

Históricamente, el discurso de la integración regional, la hermandad continental y la autonomía frente a las potencias fue el sello distintivo de los gobiernos progresistas. Desde la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) hasta la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la izquierda se sintió cómoda en el relato de la “Patria Grande”.

Hoy ese relato está en manos de la derecha. Y no es una apropiación casual: es una usurpación estratégica.

Mientras el gobierno uruguayo insiste en una política exterior cuidadosa y en reformas graduales, los líderes de la derecha regional –desde Javier Milei hasta Nayib Bukele, pasando por los nuevos gobiernos de Colombia y Perú– se presentan como los auténticos hombres del presente. Ellos no piden permiso. No negocian los tiempos. No miden con cuentagotas la dureza de las medidas. Y, sobre todo, se miran al espejo latinoamericano para validarse, no al espejo estadounidense o europeo.

La oposición uruguaya, con sus intendentes nacionalistas como punta de lanza, ha comprendido este cambio de época. Ya no necesita decir “miremos a Estados Unidos”. Ahora dice: “Miren a Chile, a Perú, a Argentina, a Colombia. Todos van hacia allá. Uruguay se queda solo”.

Y esa frase es devastadora para un gobierno de izquierda, porque durante décadas la izquierda uruguaya se sintió cómoda siendo la excepción. Pero la excepción en 2026, cuando el viento sopla del otro lado, no es heroicidad: es aislamiento y nostalgia.

La levedad de las decisiones

El núcleo del problema no es solo comunicacional: muchas decisiones son demasiado leves para las necesidades del país.

La levedad de Orsi tiene una explicación ideológica. La izquierda uruguaya, atada a su tradición institucionalista y dialoguista, cree que la política es un arte de la paciencia. Pero la política, cuando la ciudadanía tiene miedo (inseguridad), cuando el bolsillo aprieta (crecimiento del 1,2%) y cuando el mundo se vuelve incierto (guerras, presión de potencias), exige contundencia, no levedad.

El episodio de los blindados es el ejemplo perfecto. El gobierno tardó meses en decidir apelar al Ejército en las calles y, cuando lo hizo, fue con tantas explicaciones y matices que terminó pareciendo que se pedía disculpas por la medida. La oposición, en cambio, pidió más blindados, más rápido y sin complejos. ¿El resultado? La oposición aparece como la que entiende el problema y el gobierno como el que reacciona tarde y mal.

La presión exterior como coartada

El contexto internacional agrava esta fragilidad. La presión de Estados Unidos y el avance de China dividen a la sociedad uruguaya. Pero la oposición, con gran inteligencia política, ha tomado este escenario y lo ha convertido en una prueba de fuego para el gobierno.

Si Orsi se acerca a China (como hizo en febrero), la oposición dice que está rompiendo con Occidente. Si Orsi se pliega a las presiones de Washington, la oposición dice que traiciona la autonomía. Da igual lo que haga: la oposición ha instalado la idea de que el gobierno no sabe navegar el mundo complejo, mientras que ellos, mirando al resto de América Latina, sí.

El gobierno cree que los tiempos de la historia son lentos, cuando el mundo exterior y la propia región avanzan a paso acelerado.

Y aquí está la paradoja final: cuando la izquierda latinoamericana gobernaba, la derecha local hablaba de “malos vecinos” y se alineaba con Washington. Hoy, la derecha local usa el cambio en los vecinos (ahora también de derecha) para legitimar su propio proyecto. Han robado el latinoamericanismo para vaciarlo de integración y llenarlo de pragmatismo y seguridad.

El silencio en medio de la pelota que gira

En medio de un Mundial de fútbol que está acaparando la atención, la quietud del marcador es un espejismo. Cuando termine el torneo, la ciudadanía retomará sus preguntas: ¿por qué la economía no crece si la inflación está controlada? ¿Por qué hay un explosivo en Rosario si la seguridad era prioridad? ¿Por qué el presidente no convence ni a sus propios votantes?

El gobierno cree que los tiempos de la historia son lentos, cuando el mundo exterior y la propia región avanzan a paso acelerado. Orsi no necesita mejores encuestadores ni un nuevo equipo de prensa. Necesita entender que la levedad, en un contexto de tormenta, es un lujo que ningún capitán puede permitirse.

Si el FA no recupera el relato de la transformación profunda –y lo hace con la contundencia que las derechas están mostrando–, la oposición le ganará la partida no desde la derecha tradicional, sino desde la “derecha latinoamericanista” que le robó el discurso. Y esa, sin duda, sería la derrota más irónica de la historia política uruguaya.

Facundo González Ferraro es periodista.