Los títulos profesionales suelen aparecer en las discusiones públicas como derechos, recompensas o reconocimientos. Mucho menos frecuente es preguntarnos para qué existen. Sin embargo, esa pregunta resulta decisiva cuando una sociedad discute el modo en que forma y habilita a quienes ejercen una profesión.
Un título profesional no es, ante todo, un reconocimiento a una trayectoria individual. Es el testimonio que una institución ofrece a la sociedad acerca de la formación de quien lo posee. Da cuenta de un recorrido académico, de ciertos estándares y de una determinada manera de entender una profesión. Gracias a ese testimonio, una universidad admite a un estudiante de posgrado, un tribunal valora un mérito o un país reconoce una formación obtenida en otro sistema educativo. Un título vale por lo que una sociedad cree que significa.
Los títulos nunca son neutrales. Su significado depende, en buena medida, de cómo esta sociedad concibe la profesión que ese título representa. En el caso de la docencia, esta discusión adquiere una relevancia especial porque la manera en que concebimos la profesión condiciona también la forma en que concebimos la educación. Si entendemos que enseñar consiste, fundamentalmente, en transmitir contenidos, la formación docente puede parecer un requisito administrativo más. Pero si entendemos la enseñanza como una práctica profesional compleja, reflexiva e intelectual, la pregunta cambia por completo.
Henry Giroux propuso hace décadas comprender al docente como un intelectual, no como un simple ejecutor de prescripciones curriculares. La idea no es retórica. Supone reconocer que enseñar implica interpretar situaciones complejas, tomar decisiones fundamentadas, producir conocimiento sobre la propia práctica y ejercer un juicio profesional que no puede reducirse a la aplicación de técnicas. Si aceptamos esa concepción de la docencia, entonces la formación pasa a formar parte de la identidad misma de la profesión.
Desde esa concepción, resulta importante no superponer dos funciones distintas. Una cosa es reconocer una trayectoria profesional; otra es otorgar un título que da testimonio de una formación. La primera puede responder a la necesidad de reparar situaciones históricas o reconocer recorridos laborales valiosos. La segunda expresa cómo una sociedad concibe la esencia misma de la profesión. El problema aparece cuando se utiliza el mismo instrumento para cumplir ambas funciones. Si el título pasa a operar principalmente como reconocimiento de una trayectoria, su significado comienza a desplazarse. Deja de expresar, con claridad, una formación común y pasa a representar recorridos profesionales muy diferentes que la institución decide reunir bajo una misma denominación.
Resulta importante no superponer dos funciones distintas. Una cosa es reconocer una trayectoria profesional; otra es otorgar un título que da testimonio de una formación.
Quienes nos dedicamos a la educación afirmamos que la experiencia docente tiene un enorme valor. De hecho, nuestro sistema la reconoce con mucha fuerza. La antigüedad constituye el principal criterio de progresión en la carrera funcional y tiene efectos concretos sobre el reconocimiento profesional. En cambio, la formación académica avanzada recibe un reconocimiento mucho menor. Pareciera que, como sistema, valoramos más el tiempo de permanencia que la profundización del conocimiento profesional.
En ese contexto, convertir también la experiencia en un camino hacia el mismo título no corrige un desequilibrio. Más bien profundiza una lógica que ya privilegia una forma de conocimiento por encima de otras y desplaza, todavía más, el significado formativo que debería sostener al título docente. Ese desplazamiento no es neutro: también acerca la profesión a una mirada más instrumental, donde enseñar parece definirse principalmente por la permanencia y la funcionalidad al sistema, antes que por la construcción de una identidad profesional ligada a la reflexión, a la producción de conocimiento y a una concepción intelectual de la docencia.
Detrás de un título hay miles de horas de estudio, prácticas, errores y aprendizajes, docentes que formaron a otros docentes, instituciones que, durante décadas, construyeron una manera de entender esta profesión.
Esta dimensión se vuelve especialmente visible cuando el título docente uruguayo es leído fuera del propio sistema que lo otorga. Lo que las instituciones educativas de otros países reconocen no son biografías individuales, sino el significado institucional de un título. Ese reconocimiento no pertenece a quienes hoy lo poseen; es un patrimonio construido durante décadas por la formación docente uruguaya. Como todo patrimonio, puede fortalecerse, pero también erosionarse si aquello que representa comienza a volverse incierto.
Esta discusión también debería formar parte del debate sobre la futura Universidad de la Educación. Una universidad no se construye únicamente mediante una ley o una nueva estructura institucional. También se construye fortaleciendo el significado de sus títulos, la solidez de sus trayectos formativos y la confianza que otras instituciones depositan en ellos.
Si realmente queremos jerarquizar la profesión docente, la pregunta no debería ser solamente cómo aumentar el número de docentes titulados, sino cómo hacer de esa formación un recorrido cada vez más sólido, atractivo y reconocido, capaz de abrir nuevas trayectorias académicas y fortalecer el desarrollo profesional docente. En muchos países, la formación inicial docente culmina con estudios de maestría o se encuentra estrechamente articulada con ellos. Mirar también esos horizontes permitiría pensar una profesión intelectualmente más sólida y socialmente más reconocida.
En el fondo, esta discusión trasciende ampliamente una resolución administrativa. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de profesión docente queremos construir y qué esperamos que nuestros títulos sigan diciendo acerca de ella. Reconocer trayectorias profesionales valiosas es una responsabilidad del Estado. Cuidar el significado de los títulos que ese mismo Estado otorga también lo es. El desafío no consiste en elegir entre una cosa y la otra, sino en encontrar formas de hacer ambas sin sacrificar una en nombre de la otra.
Cada título expresa una promesa pública: la promesa de que quien lo porta recibió la formación que esa comunidad considera necesaria para ejercer una profesión. Esa promesa no pertenece a un gobierno ni a una generación de docentes. Es una construcción colectiva que lleva décadas consolidar y muy poco tiempo erosionar. Cuidarla es una de las formas más profundas de cuidar la profesión docente y la educación pública.
Mathias Tejera es profesor de Matemática egresado del Instituto de Profesores Artigas, doctor en Educación por la Universidad Johannes Kepler (Austria) y magíster en matemática educativa por el Instituto Politécnico Nacional (México).