La decisión de no aprobar en general el proyecto de Rendición de Cuentas anunciada por legisladores de la Coalición Republicana (CR) puso, una vez más, a Cabildo Abierto (CA) bajo los reflectores. Guido Manini Ríos dijo ayer que, “en principio”, los dos votos de su partido en la Cámara de Representantes permitirán esa aprobación en general, habilitando la discusión en particular de los cambios propuestos por el Poder Ejecutivo.
No era la única forma de que eso ocurriera. Hubo indicios de disidencia en algunos diputados de los partidos Nacional y Colorado, pero estaba por verse que estos desafiaran a los principales dirigentes de sus fuerzas políticas, y es obvio que para el oficialismo la negociación con CA resulta más sencilla como primera opción.
Desde la CR arrecian las críticas a los cabildantes, en términos cada vez más duros que incluyen acusaciones de traición y expresiones de desprecio. Da la impresión de que la voluntad política de buscar acuerdos con el partido de Manini se desvanece y que no solo se prevé que este seguirá resolviéndole problemas al Frente Amplio (FA) en el Parlamento, sino que muchos desean que así ocurra. Incluso podría decirse que empujan a CA hacia esa línea de acción, convencidos de que lo llevará al hundimiento electoral definitivo y les permitirá quedarse con buena parte de su apoyo ciudadano, menguado en 2024 pero aún significativo en un cuadro de marcada paridad entre los grandes bloques.
Es preciso recordar que la asociación con Manini en el período de gobierno pasado fue tan forzosa como conflictiva y que mantenerla no implicaría contar con mayoría en Diputados, donde quienes representan a la vieja CR sumarían 49 votos en 99.
Todo lo anterior es bastante sabido, pero no se habla mucho de los motivos de CA para comportarse como lo hace.
Rediseño del envase
Después de la primera vuelta de las últimas elecciones nacionales, Manini se declaró personalmente responsable del revolcón de su partido. Pero también se lo ve convencido de que Luis Lacalle Pou y el resto de sus socios en la CR actuaron deliberadamente para desgastar a CA, bloqueando la aprobación de sus iniciativas y exponiéndolo al desprestigio, no solo con críticas públicas a sus posiciones, sino también con sucesivos ceses escandalosos de sus representantes en organismos de gobierno.
Por supuesto, desde otros puntos de vista se señala que los proyectos cabildantes eran insensatos y que las malas prácticas fueron reales, pero es cierto que en otros casos el anterior oficialismo se esforzó mucho por defender a jerarcas no cabildantes, aunque en algunas ocasiones salvó al propio Manini. Por ejemplo cuando, poco después de que asumiera como senador, evitó su desafuero. En todo caso, es un hecho que hay cuentas pendientes y heridas abiertas.
Ahora CA, tras el alejamiento de una considerable cantidad de dirigentes, apuesta las pocas fichas que le quedan a insistir en diferenciarse tanto de sus antiguos socios como del FA.
El exsenador reivindica posturas ideológicas que apelan a “valores tradicionales” conservadores, un nacionalismo antiglobalista y la preocupación por “darle soluciones a la gente” en cuestiones de seguridad pública, empleo, salud, vivienda, endeudamiento, “guerra contra las drogas” y prestaciones de retiro. También, como siempre, batalla por el aumento de salarios y recursos para las Fuerzas Armadas y contra las actuaciones judiciales por crímenes del terrorismo de Estado, que atribuye a un afán de venganza anacrónico y sin fundamentos jurídicos.
Todo lo antedicho va envuelto, últimamente, en alegatos por la unidad nacional. Sin embargo, el relato de Manini contrapone la “coherencia, responsabilidad y seriedad” de CA con acusaciones al FA y la CR de tibieza, miedo y concesiones ante el “poder real”, electoralismo prematuro, continuas agresiones y “circo” por asuntos menores, “dándole la espalda a la gente común”. Es un discurso populista de derecha y polarizador, no muy distinto de los que prosperan en muchos otros países, pero ahora evita las estridencias, quizá porque las considera poco atractivas para la población a la que se dirige.
Del pasado efímero
En todo caso, las perspectivas de futuro para CA lucen complejas. En Uruguay, hasta ahora solo el FA tuvo éxito en el intento de rediseñar el escenario político para el ascenso de un actor nuevo. Otros fracasaron rápidamente o duraron pocos años antes de disgregarse y ser reabsorbidos por el sistema de partidos preexistente.
Manini tiene, con 67 años, unos cuantos por delante en la política uruguaya (donde además, como le gusta decir a Julio María Sanguinetti, no hay muertos políticos sino apenas heridos de gravedad), pero es muy probable que ya no pueda reinventarse a tal grado que sus aspiraciones presidenciales se vuelvan verosímiles. El ascenso vertiginoso desde fuera del sistema partidario ya no está a su alcance y quizá se convierta en alguien que, como escribió Antonio Machado, no sea un “fruto maduro ni podrido”, sino “una fruta vana”.