La Marcha del Silencio de 2026 cierra un ciclo de gran valor conmemorativo. En 2023 se cumplieron 50 años del golpe de Estado, en 2025 se celebraron los 40 años del fin de la dictadura y este año se cumplieron los 30 años de la primera marcha y los 50 del hecho que dio origen a la movilización: los asesinatos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz. Asimismo, días antes de la marcha, la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo incorporó ocho casos nuevos al listado oficial de detenidos desaparecidos, por lo que la cifra se elevó a 205 personas, e intensificó el sentir de quienes se unieron al evento.
Otro aspecto que contribuyó a la singularidad de la marcha de este año fue la presencia de la juventud y su manifestación sobre el evento. Además, los jóvenes referentes de los principales partidos políticos hablaron para diferentes medios y participaron en un informe audiovisual difundido en las redes sociales. Coincidieron en que la búsqueda de los desaparecidos debía trascender las diferencias partidarias y en la importancia de mantener viva la memoria de lo que sucedió en la dictadura para que no se repita.
Al respecto, Santiago Gutiérrez (integrante del Partido Nacional y nieto de Héctor Gutiérrez Ruiz) afirma que “deberíamos ponernos de acuerdo en algo muy elemental: no podemos aceptar que haya uruguayos desaparecidos”. Sin embargo, a continuación agrega que “todo lo otro, en realidad, queda por fuera, por lo menos el 20 de mayo”. Si bien Gutiérrez no desarrolla sus ideas acerca de “todo lo otro” que “queda por fuera” del 20 de mayo, es posible inferir que se refiere a los debates más frecuentes sobre el pasado reciente. Si este es el caso, todo eso otro que “queda por fuera” podría resultar, paradójicamente, imprescindible para mantener viva la memoria y proteger la democracia.
Por lo general, estos debates parten de valoraciones discrepantes respecto a las acciones del Ejército y la izquierda insurgente y dejan de lado las implicancias que las diferentes posturas tienen sobre el presente, lo cual resulta fundamental a la hora de fortalecer la democracia.
Por ejemplo, quienes consideran que la intervención militar y el uso de la violencia represiva por parte del Estado fueron aceptables tendrán una visión más favorable sobre la participación de las Fuerzas Armadas en los asuntos de la sociedad civil y sobre la capacidad de los gobernantes para concentrar el poder. Esto genera una mayor receptividad, ya no hacia una dictadura, sino hacia la modalidad que el autoritarismo ha adquirido a nivel global en los últimos años: las tendencias autocráticas.
Del mismo modo, quienes se centran en la reprobación del accionar de la izquierda armada y no reconocen la desigualdad como uno de los factores que erosionaron la democracia en el pasado, tampoco la van a ver como una prioridad política en el presente (más allá de lo retórico). Eso contribuye a aumentar la presión que esta problemática pone en los gobiernos democráticos actuales.
Si bien los jóvenes referentes que participaron en el informe concuerdan en la necesidad de verdad y justicia para los desaparecidos, en algunos de sus partidos no solo no hay consenso al respecto, sino que, como afirma la historiadora Magdalena Broquetas, también hay relativismo –y hasta de alguna manera negacionismo– sobre las acciones represivas del régimen.
Aun cuando las diferencias de opinión entre las generaciones son naturales, hay ciertos puntos, como este, que no deberían ser negociables. De lo contrario, el apoyo de los jóvenes referentes a la marcha se transforma en un gesto formal que instala la posibilidad de apoyo condicional o a medias a esta causa, es decir, mientras no conflija con otros intereses o cree situaciones difíciles de navegar.
Para detectar indicios de debilitamiento de la democracia en el presente que puedan favorecer el advenimiento de gobiernos con rasgos autoritarios es importante ir más allá de las acciones del Ejército durante el régimen y examinar cómo se llegó al punto de quiebre de la institucionalidad .
Algo similar sucede con respecto al tema de la desigualdad (en su sentido más amplio, incluyendo temas medioambientales). No es claro hasta qué punto los partidos a los que pertenecen los jóvenes referentes ven la desigualdad como resultado de decisiones políticas concretas que deben subsanarse por esa misma vía (o por lo menos con su apoyo) para proteger la democracia, o como una herramienta para desacreditar el gobierno de la oposición y generar inestabilidad política.
Esta ambigüedad en torno a la posición de los jóvenes referentes respecto de la marcha habla de una transmisión de la memoria cargada de silencios, límites y temores, que han dificultado el proceso de extraer lecciones del pasado para hacer frente a los desafíos del presente. Este proceso de aprendizaje requiere una profundización y expansión del conocimiento del pasado a través de preguntas difíciles y un esfuerzo para desarmar conexiones que se fueron naturalizando hasta pasar desapercibidas.
Para detectar indicios de debilitamiento de la democracia en el presente que puedan favorecer el advenimiento de gobiernos con rasgos autoritarios es importante ir más allá de las acciones del Ejército durante el régimen y examinar cómo se llegó al punto de quiebre de la institucionalidad (el pasado del pasado). Asimismo, para construir sociedades cada vez más justas y humanas donde las dudas sobre el valor de la democracia no tengan cabida es necesario examinar cómo los proyectos en pugna del pasado han moldeado el presente (el presente del pasado).
En relación con el pasado del pasado, para reconocer los indicios del advenimiento de un gobierno de características autocráticas es fundamental discernir los procesos que, estando aún en democracia, llevaron a que la población dejara de apostar por ella: los persistentes problemas económicos; el desencanto con los partidos políticos; la desmovilización social; el miedo a la inseguridad; la polarización de la opinión pública; la construcción mediática de la oposición como enemiga de toda la población (delincuentes, terroristas); el uso frecuente de la represión; el engaño respecto de los objetivos del futuro régimen; la complicidad de actores clave (sectores económicos concentrados, medios hegemónicos y organizaciones sindicales conservadoras); los errores de los actores democráticos (divisiones internas, negociaciones ingenuas con los golpistas); y los antecedentes autoritarios en los países vecinos.
En cuanto al presente del pasado, con respecto a cómo el proyecto del régimen –implementado a través del terror por más de una década– ha moldeado el presente podemos mencionar, a modo de ejemplo, los siguientes casos: la brecha entre clases sociales, que no logra acortarse a pesar de los avances redistributivos de la democracia, se profundizó en la dictadura como resultado, en parte, de la reducción salarial a favor de los intereses privados y de la concentración de capital; la persistencia del racismo y la dificultad para reconocerlo resuenan con las políticas de higienismo urbano y especulación inmobiliaria del régimen, como el desplazamiento forzado de los habitantes del “conventillo” Mediomundo; la creciente violencia de género y la existente desigualdad estructural hacen eco del modelo patriarcal impuesto por la dictadura dentro y fuera de los centros de detención; las propuestas de incremento del castigo o de participación de las instituciones armadas para solucionar problemas sociales (como la inseguridad o la situación de calle), así como en las expresiones de desconfianza en la democracia como forma de gobierno, reeditan el autoritarismo de ayer.
Por su parte, la ambivalencia pública hacia los cambios implementados por los gobiernos de izquierda –por no ser lo suficientemente profundos o por ser demasiado profundos– puede provenir del hecho de que sus proyectos de los años 60 y 70 fueron violentamente interrumpidos por el golpe y a partir del retorno de la democracia quedaron rodeados de silencio, privados del análisis de sus aciertos y desaciertos por el riesgo de perder espacio como fuerza política. Avanzaron en un camino que exigía dejar atrás el aspecto revolucionario, pero seguir siendo la alternativa diferente y prometedora en un escenario económico cada vez más restringido.
Cuando no hay un entendimiento cabal del pasado y su relación con el presente, recordar se vuelve un acto formal, un deber moral o un talismán para conjurar la repetición de algo que no se comprende cómo llegó a producirse, qué marcas dejó, ni de qué modo podría volver a manifestarse. Por lo tanto, se corre el riesgo de que la tarea de hacer memoria se reduzca a un gesto conmemorativo, una vez al año, y, retomando las palabras de Gutiérrez, dejando “por fuera” todo “lo otro” que resulta esencial.
Es decir, todo eso que escapa al consenso sobre los desaparecidos y genera tensiones motiva la pregunta incómoda, requiere profundización, genera escucha empática y diálogos abiertos (sin agendas predeterminadas), pero, por sobre todo, exige un posicionamiento coherente entre las identidades que se asumen (ideológicas, partidarias), lo que se piensa sobre el pasado y el proyecto país que se construye en cada decisión del presente.
Por lo tanto, la pregunta que la posición de los jóvenes referentes deja abierta no es si la juventud está dispuesta a conmemorar, sino si está dispuesta a habitar ese “todo lo otro” incómodo y fértil para generar una memoria viva y dinámica que se hace presente todos los días del año y, en especial, el 20 de mayo.
Ana Ros es profesora de estudios latinoamericanos en la Universidad del estado de Nueva York en Binghamton y miembro del Grupo Interdisciplinario de Mujeres sobre Memoria en Uruguay.
