Hace algunos años era excepcional que en un salón de clase alguien sostuviera, explícita o implícitamente, que no todas las personas merecen los mismos derechos. Hoy ya no me sorprende. Cada tanto surge una opinión que, expresada con absoluta naturalidad y sin ánimo de provocar, cuestiona la idea misma de la igualdad: “Si alguien fracasa es porque no se esforzó lo suficiente”; “No tendría que ser obligatorio el voto; hay personas que no deberían votar”; “Si alguien es pobre, es porque no se ha esforzado lo suficiente para salir adelante”.
Sería un error pensar que estas afirmaciones pertenecen exclusivamente al ámbito educativo. También aparecen –a veces de forma más sutil, otras con total franqueza– en reuniones familiares, conversaciones entre amigos, asambleas de vecinos o en cualquier otro espacio donde intercambiamos opiniones sobre la vida en común. No siempre se manifiestan con absoluta claridad, pero suelen compartir un mismo supuesto: que no todas las personas tienen igual valor o merecen la misma consideración.
Eso es lo que, como docente de Filosofía, ha comenzado a llamar mi atención. No tanto la existencia de estas opiniones, sino la creciente naturalidad con la que hoy parecen enunciarse en ciertos contextos. ¿Está cambiando nuestra manera de pensar la igualdad? ¿Qué significa realmente decir que todos somos iguales?
Durante una clase de Filosofía política, mientras discutíamos sobre la justicia y el valor del esfuerzo en las sociedades contemporáneas, la intervención de un estudiante captó mi atención: “Si bien hay diferencias económicas entre las personas y muchos niños nacen en la pobreza, cada uno tiene que hacerse cargo de lo que le tocó en la vida”. En ese momento intenté que el grupo reflexionara sobre las nociones de “lotería natural” y “lotería social” desarrolladas por John Rawls, y sobre la importancia de considerar esos factores al pensar qué entendemos por una sociedad justa.1
Sin embargo, al terminar la clase seguí recapacitando sobre esa afirmación. Comprendí que era necesario detenerse a examinar las premisas que contiene y que con frecuencia damos por evidentes. Ayudar a identificarlas, someterlas a crítica y abrir el espacio para discutirlas es, precisamente, uno de los objetivos fundamentales de la enseñanza de la Filosofía.
Cabe preguntarse, entonces, qué quiere decir realmente “hacerse cargo”. Cuando alguien dice que debemos asumir el lugar donde nacimos, ¿qué quiere expresar exactamente? ¿Habla de resignación o del mérito basado en el esfuerzo propio? Si su línea de pensamiento quiere expresar la primera de las opciones, entonces, no está dispuesto a tomar una posición ética, aceptable y universalizable; partiría de la premisa de que no todos valemos lo mismo como personas, por eso algunos deberían aceptar su destino. Pero si en realidad quiere sostener la segunda opción, el esfuerzo propio incluso frente a la adversidad, la idea es aparentemente seductora –la de la resiliencia–, pero esconde una dificultad: ¿no se estará confundiendo una valiosa fortaleza psicológica con un criterio básico de justicia social?
El problema actual no es que existan personas que cuestionen la igualdad. El problema real sería que nosotros, como sociedad, dejáramos de preguntarnos por qué alguna vez decidimos que era relevante defenderla.
Es allí donde debemos cuestionar si la igualdad de oportunidades “formal” es suficiente. En Uruguay contamos con un Estado que garantiza, desde el plano normativo, un marco de igualdad formal de oportunidades para sus ciudadanos, mediante el reconocimiento de derechos y el acceso universal a servicios como la educación y la salud. ¿Alcanza con que las leyes y las instituciones existan para que el punto de partida se iguale? Si el punto de partida es desigual, si la línea de salida está retrasada para unos y adelantada para otros por el simple azar del nacimiento, ¿podemos seguir llamando “responsabilidad individual” al resultado de la carrera?
Los datos suelen falsear el relato de “héroes” que revierten con esfuerzo y mérito su destino. ¿Qué porcentaje de personas logra realmente saltar las barreras de su entorno inicial? Las estadísticas de movilidad social nos muestran que, a menudo, el ascenso no es una puerta abierta para todos y todas, sino una excepción. (Las evidencias se encuentran en los datos en trabajos sobre movilidad intergeneracional en los últimos años, tanto en informes de organismos internacionales como en universidades regionales y locales).
El problema actual no es que existan personas que cuestionen la igualdad. El problema real sería que nosotros, como sociedad, dejáramos de preguntarnos por qué alguna vez decidimos que era relevante defenderla. Las democracias no se sustentan sobre la base de que todos pensemos igual, sino que se construyen a partir de aceptar un mínimo ético e institucional: que antes de cualquier diferencia individual, existe una igualdad humana que ninguna opinión tiene el derecho de desconocer.
Claudia de la Sierra es licenciada en Filosofía y magíster en Ética y Democracia. Es profesora a nivel de Secundaria.
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Para Rawls, nadie merece el lugar que ocupa en la distribución de las capacidades naturales (como la inteligencia o el talento) ni la posición social en la que nace. Ambos factores dependen de una “lotería” biológica y social completamente azarosa. Por eso, una sociedad justa no puede permitir que el bienestar de las personas dependa únicamente de esas circunstancias. A partir de esta idea, Rawls propone el experimento mental del velo de la ignorancia. Imagina una situación en la que las personas deben acordar los principios básicos de la justicia que organizarán la sociedad. No saben qué lugar ocuparán en dicha sociedad: si serán ricas o pobres, hombres o mujeres, si tendrán una discapacidad o talentos excepcionales. En esas condiciones, sostiene que nadie diseñaría una sociedad que dejara desprotegidos a quienes resulten más desfavorecidos; por el contrario, todos procurarían establecer reglas que garantizaran su protección. ↩
