Saltar a contenido
Opinión Posturas

Ciudadanía y política: desconfiados

Nuestro periodismo depende de vos

Si ya tenés una cuenta Ingresá

¿Puede algo tan aparentemente inocuo, inofensivo, poca cosa en definitiva, como la desconfianza, poner en jaque a instituciones, poderes, prácticas reguladas y hábitos relativamente instaurados en una sociedad durante décadas o incluso cientos de años? Sí, puede. Es que detrás de toda la posible humildad y sencillez de la desconfianza, cuando la escala es social, su pequeñez se transforma en una herramienta poderosa.

Hay diferentes tipos de desconfianza, y todas tienen un marco más o menos común. La desconfianza es una expectativa negativa: algunas veces es algo tan sencillo como ausencia de información: no sé lo que está ocurriendo con una situación, una persona o lo que fuere, y como no sé de qué viene la cosa, desconfío casi de manera natural. Carezco de marcos para evaluar y tomar posición. Esa sería una desconfianza casi neutral y hasta permite el cambio de posición y pasar a confiar cuando obtengo información.

Hay otra forma que puede parecerse bastante a una postura más bien escéptica: me hace falta evidencia y hay un reconocimiento de que cuando tenga evidencia, mi postura podrá o no cambiar.

Pero hay otro tipo de desconfianza que de alguna manera me activa de manera categórica y negativa: tengo elementos para desconfiar (información) y además logro identificar al malo, o a los malos de la película. Allí la desconfianza quizás ni siquiera cambie aunque se demuestre que estaba equivocado, o incluso que los malos ya no lo son tanto y ahora son buenos. Desconfianza activa la denominan algunos, y es la que hace que millones en todo el mundo inunden las redes con posteos que lejos de implicar un desahogo catártico ayudan a que otros se sumen a este clima tan característico de nuestro comienzo de siglo en algunos países, o muchos, del mundo. Puede ser sobre cualquier tema, desde la redondez relativa del planeta hasta los niveles de desempleo, desde las posturas ante el cambio climático hasta el intento de exterminio de un pueblo entero, desde la cantidad de pan que entra en el kilo que dice que hay en el envase el supermercado de ¿confianza? hasta lo que me muestra esa maldita balanza el lunes después del feriado largo.

Pero hay un tipo de desconfianza que tiene otro tipo de consecuencias e impactos que son concretos: en los sistemas democráticos la confianza es un valor, y la desconfianza un enemigo. Si tengo confianza, el sistema funciona mejor, o al menos estoy bastante convencido de que así ocurre; si, en cambio, mayormente desconfío, las cosas tienen grises oscuros y rápidamente se transforman en negros. Pero veamos qué dicen algunos de los que han estudiado estos asuntos en diferentes momentos y lugares, porque, después de todo, en algo debemos confiar.

(Aclaración necesaria: esto no será un recorrido por todas las escuelas/tradiciones/autores que estudian estos fenómenos, sino los que este escriba conoce y le parecen útiles para pensar un poco sobre estas cuestiones).

Esta etapa de la humanidad parece ser lo suficientemente compleja como para generar angustia y ansiedad como nunca antes; para algunos pensadores, la confianza y su contracara ayudan a sobrellevar esta complejidad. Confiar te permite actuar sin analizar cada riesgo; desconfiar también te permite actuar, pero por el camino opuesto, asumís lo peor y actuás en consecuencia (por ejemplo, no delegando, no participando, buscando alternativas). Y aquí hay un punto interesante por sí mismo: la desconfianza no es falta de decisión, es una decisión en sí misma, con su propia lógica de acción (Niklas Luhmann).

Una de las formas de entender el poder de la confianza y de su contracara, y también una de mis favoritas, viene desde Italia, no por su autor, sino por el estudio de caso que la originó: dice Robert Putnam con argumentos que recorren varios siglos de historia que la confianza social es el “lubricante” que permite que las personas cooperen sin necesidad de controlar cada paso que da el otro. En cambio, cuando la desconfianza es lo que se generaliza, cada interacción social requiere más controles, contratos, verificaciones, arreglos de todo tipo que intentan generar lo que por naturaleza la confianza hace con la práctica repetida y convertida en hábito. Aplicado a la política: una ciudadanía desconfiada exige o en realidad debería exigir más mecanismos de control de diverso tipo, porque ya no confía en los actores políticos.

En recientes encuestas, una en el litoral con Argentina y otra en la frontera seca con Brasil, encontramos evidencia que enmarca un momento de profunda desconfianza hacia la dirigencia política en general.

Si ahora nos vamos a las consecuencias más sistémicas de estos asuntos, las posibles derivaciones parecen bastante evidentes. En ciencia política es posible definir la desconfianza como la creencia de que las instituciones o los representantes no actuarán conforme a las expectativas normativas de honestidad, transparencia, competencia para el cargo o representación de los intereses ciudadanos. Autores como Russell Hardin la piensan en términos de “interés encapsulado”: confío en alguien cuando creo que mis intereses están incorporados en los suyos; desconfío cuando creo que el otro actúa solo para sí mismo, defendiendo sus intereses, sus privilegios que además se atribuyen a una situación desigual: este incapaz se aprovecha de los beneficios de su condición y además lo hace con los impuestos que yo pago.

Por supuesto que las ciencias buscan verificar a través de diferentes métodos, y quienes nos dedicamos a estudiar la opinión pública lo hacemos de manera bastante clara: preguntamos, obtenemos respuestas, buscamos patrones, llegamos a ciertas generalizaciones, y muchas veces encontramos pistas para entender y hasta creemos que podemos explicar ciertas tendencias que se observan en la sociedad.

En recientes encuestas que se han realizado en dos series consecutivas, una en el litoral con Argentina (Salto, Paysandú, Río Negro, Soriano y Colonia) y otra en la frontera seca con Brasil (Cerro Largo, Rivera, Artigas), encontramos evidencia que enmarca un momento de profunda desconfianza hacia la dirigencia política en general, evidencia que se dirige mucho más allá de la desaprobación presidencial o de la desaprobación al accionar de la oposición (ambas con valores muy elevados, como han mostrado encuestas nacionales). Ante la clásica pregunta sobre cuál es el principal problema del país, el 27% de los encuestados en el litoral dijo “los políticos” y “la corrupción política”; en la frontera norte, y ante la misma pregunta, los valores fueron de casi el 23%.

Para amplios sectores de la población el problema no es la inseguridad, el desempleo o incluso diferentes aspectos de la economía, se trata de los actores políticos que son vistos como un problema. Actores que hace muy poco fueron electos para solucionar, precisamente, los problemas del país. Un dato que me llamó mucho la atención fue que entre los más jóvenes, es decir, los que tienen entre 16 y 29 años, los valores son muy similares, más del 20% de los integrantes de este grupo también entiende que los políticos y la corrupción política son el principal problema del país. Muchos de ellos ni siquiera han votado.

¿Será que lo que estamos viendo no es simple malhumor pasajero, sino esa desconfianza activa convertida en decisión política, una ciudadanía que deposita en el sistema de partidos el lugar del malo de la película? Si la confianza es, como decía Putnam, el lubricante que evita que cada interacción social deba controlarse paso a paso, estos números sugieren que ese lubricante escasea cada vez más en el vínculo entre ciudadanía y política, y que las preguntas ahora se las deben realizar los dirigentes de todos los partidos que integran el sistema: ¿qué pasaría si mayoritariamente perdiéramos la confianza del pueblo?

Ernesto Nieto es politólogo, docente e investigador de la Universidad de la República, cofundador de Ágora Consultores.