Fin de semana Posturas

Ilustración: Ramiro Alonso

Pegagogía: las (no tan) nuevas derechas (III)

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En el prefacio de marzo de 2025 de Las nuevas caras de la derecha (2017), el historiador Enzo Traverso sostiene que hay un “dramático crecimiento de la extrema derecha”, a la que delimita conceptualmente como posfascismo para pensar una experiencia específica que establece una continuidad histórica, aunque transformada, con el fascismo del siglo XX. Si bien las herramientas de entendimiento elaboradas para capturar los hechos del pasado pueden ser utilizadas para trazar analogías y diferencias con la actualidad, se opone a la homología y a la repetición. Es necesario generar un esquema de inteligibilidad innovador y presente, lo que no impide reutilizar reflexivamente, con variantes, nociones creadas en otros contextos para fenómenos con ciertas similitudes.

En Traverso, el posfascismo no tiene ambiciones utópicas, es más propaganda que proyecto y se orienta contra sus enemigos (“los enemigos de la civilización”) con un retorno al pasado. Las nuevas derechas son neoconservadoras, no una sustancia auténticamente novedosa. Con Fredric Jameson esto puede leerse, en alguna medida, como un pastiche en el sentido de que estas (no tan) nuevas derechas hacen de la imitación su estilo particular. El pastiche es una parodia que atrae, seduce y entretiene con base en movilizar la aversión hacia lo otro. La organización del odio y su materialización en la administración de las culpas sociales contra ese otro distinto es una antigua estructura analizada por Georg Simmel (el extranjero), Alfred Schutz (el forastero), Norbert Elias (el marginado) y un largo etcétera. Las invenciones sociales de las fobias (islamofobia, judeofobia, homofobia, transfobia, etcétera) han sido y siguen siendo un instrumento potente para gobernar, ejercer poder y violencia.

Una diferencia sustantiva entre el fascismo y el posfascismo en la obra de Traverso es que mientras el primero apareció en la era del “Estado total”, inmiscuido en todos los asuntos de la sociedad, el segundo lo hace con singularidad en el libre mercado. Esto se observa con meridiana claridad en la inclinación de las nuevas derechas hacia los mercados financieros no regulados, donde se destacan los criptoactivos. Ejemplo de ello son el caso $LIBRA con Milei; Bitcoin City y el Bitcoin como moneda de curso legal en El Salvador entre 2021 y 2025; $TRUMP (moneda meme) y World Liberty Financial, ambas vinculadas a la familia de Donald Trump.

El diálogo entre Traverso y el antropólogo y periodista Régis Meyran, que recoge el libro Las nuevas caras de la derecha (2017), finaliza con una síntesis inesperada de Traverso. Tras destacar la incertidumbre y la transición de la era que vivimos, la inquietud frente a los escenarios venideros desconocidos, sentencia que las palabras están desgastadas, que poseemos un vocabulario antiguo: “Habrá grandes cambios: hay que prepararse para ellos. Las palabras vendrán solas” (p. 172). No puedo estar más en desacuerdo con la última oración. Justamente el libro es un ejercicio para encontrar nuevos vocablos y analogías con el pasado. Los hechos están aconteciendo y la actividad del pensar de Hannah Arendt, la posibilidad de intentar pensar lo no pensado de Max Weber se vuelve fundamental para, parafraseando a Traverso, “prepararse para los grandes cambios”.

La actividad del pensar pedagógico sobre las nuevas derechas no es un ejercicio especulativo, forma parte de la estrategia de vislumbrar un proyecto atractivo, una promesa, un nuevo nacimiento; es también una reacción al inmediatismo vehemente, al ardor de la pegagogía.

Pero la desafortunada oración no inhabilita, en lo absoluto, seguir la rica obra de Traverso para pensar a las nuevas derechas. De hecho, en Historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX (2011) propone construir conocimiento haciendo historia de los conceptos, un cruce entre sociología del conocimiento, historia de las ideas y semántica. En el desarrollo de su método, en la cuarta regla metodológica, expresa capturar lo “real” por medio de los conceptos, de hacer coexistir la inteligencia de los conceptos con la historia real y la pluma de quien escribe. Una lectura que desde Arendt significa trascender la tiranía de la lógica que todo lo atrapa y todo lo deduce, desprendida de la experiencia.

En La violencia nazi. Una genealogía europea (2002), Traverso resalta que la violencia desplegada por el nazismo es la síntesis de un conjunto de procesos que trascienden ampliamente a la Alemania de las primeras décadas del siglo XX. El nazismo heredó de la cultura völkisch alemana y europea del siglo XIX su rechazo al progreso del Iluminismo y a los principios y la axiología que instauró y extendió la Revolución francesa. Es una herencia imperialista, pangermanista, nacionalista, racista, eugenista y antisemita. A esta cara mitológica y emocional se adhirió la técnica y la ciencia administrativa. Es decir, el nazismo se potenció con la aplicación de un taylorismo evolucionista en la industria, la racionalización de la administración pública y el desarrollo de un mercado capitalista con mano de obra esclava que lograba agotar completamente hasta su exterminio. La propaganda caricaturesca del nazismo y el fascismo de los personajes siniestros con discursos descabellados no ayuda a comprender las bases materiales de la modernidad y la civilización sobre las que se cimentó la deshumanización. La imagen de la discursividad visceral, de la locura del líder frente a la masa, se sustenta en una organización instrumental y racional de la maquinaria burocrática y militar. La novedad de estos regímenes es el “encuentro entre el mito y el acero”, sintetiza Traverso.

Los posfascismos neoconservadores también se configuran como formas de fe, de creencia y de adhesión emocional, por lo que impedir su acceso al control del “acero” del siglo XXI se convierte en uno de los desafíos de la humanidad para la vida en común.

El autor traza las derivaciones histórico-técnicas de la muerte que se sintetizan en la violencia nazi. La sustitución del verdugo por la guillotina tras la Revolución francesa fue un paso histórico en ese sentido. El verdugo era una figura poco honorable, encarnaba el terror con su hacha filosa. De la mano del médico y diputado Joseph-Ignace Guillotin, se popularizó una máquina inventada en Italia para matar a hombres sin intervención humana directa: la guillotina. Esta nueva tecnología fue un paso revolucionario de la época hacia formas de dar muerte con menos sufrimiento y más precisión. Con la guillotina apareció el juez que sentencia la muerte (la administración de penas), el ingeniero especializado en las formas eficientes de hacer morir (la técnica) y el médico que procuraba disminuir el espectáculo público del sufrimiento (higienismo). El verdugo “salió en pase en comisión” para constituirse en un funcionario público del aparato burocrático que se estaba expandiendo. La guillotina, que hoy se nos aparece como una maquinaria cruenta, fue considerada un avance hacia el progreso. Al mismo tiempo, inauguró la posibilidad de la muerte en serie y, con ello, racionalizó la ejecución.

La Revolución industrial se encargó de desarrollar la muerte en masa –también la educación en masa (escuela), el trabajo en masa (fábrica), la concentración de animales (mataderos)– que el taylorismo y el fordismo perfeccionaron. Hitler y sus secuaces admiraban el desarrollo de la industria estadounidense y las ideas antisemitas del exitoso empresario Henry Ford, quien intentó sin éxito asumir una banca en el Senado en 1918, a petición del presidente Woodrow Wilson.

Hoy, la organización de la violencia y la administración de la muerte alcanzan la deshumanización que nunca pudo imaginar Guillotin. Son tiempos de vehículos aéreos no tripulados (drones) y de vehículos terrestres no tripulados para el combate (robots humanoides, cuadrúpedos y otros) manejados con inteligencia artificial. Tenemos el territorio espacial militarizado, como confirmó recientemente el secretario de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, Troy Meink. Como si fuera poco, también en los últimos días cobró notoriedad una debate que ya tiene algunos años acerca de que las superinteligencias podrían extinguir a la humanidad sin estrictas regulaciones. Miedo, conspiración e incertidumbre se mezclan con desreguladores y fondos de inversión, una larga cadena de intereses y emociones, y cosmovisiones apocalípticas como las de Peter Thiel y el conservadurismo del movimiento MAGA (Make America Great Again). En cualquier caso, en este escenario de no ciencia ficción se capta de forma clara el peligroso “encuentro entre el mito y el acero” que alerta Traverso.

Un elemento sustantivo de La violencia nazi. Una genealogía europea (2002) es el lugar que Traverso le dedica al concepto de espacio vital (Lebensraum). El autor no remite al origen conceptual en los intelectuales alemanes biologicistas (Oscar Peschel, Friedrich Ratzel) de mediados del siglo XIX, con su contundente sentido evolucionista de que a falta de espacio son necesarias la expansión y la extracción de recursos de otras naciones para sobrevivir. Traverso acude a Carl Schmitt, de quien hablamos en la primera entrega de esta serie sobre pegagogías, como el jurista que fundamenta la expansión alemana hacia los pueblos eslavos. Lo hace con base en la misma argumentación del derecho natural y geopolítico que lo hicieron Gran Bretaña, Francia, España, Portugal y otros en distintas partes del mundo. Tamaña empresa significaba enfrentarse a la URSS, unidad paradigmática del antagonismo nazi por la simbiosis entre el comunismo internacional y la intelectualidad judía que con odio predicaba Adolf Hitler. La concepción del espacio vital es un elemento sustantivo porque, aunque aparece con otras formas y contenidos, estuvo presente en la campaña de Alternativa para Alemania (AfD) en las recientes elecciones de Sajonia. Por otra parte, y con términos de forma distintos, en marzo de 2026, en la presentación de la doctrina “Gran América del Norte” (Greater North America) por el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, se definen todos los territorios ubicados al norte del ecuador –desde Groenlandia hasta Ecuador y desde Alaska hasta Guyana– como el perímetro inmediato de seguridad nacional de Estados Unidos.

Lo dicho en los párrafos anteriores no debe examinarse de forma aislada. Cobra su sentido al integrarse en la teoría de la religión civil que Traverso despliega en su obra El final de la modernidad judía. Historia de un giro conservador (2013). La religión civil como categoría explicativa es de larga data, fue abordada por Rousseau, Durkheim, Aaron y otros. Una de las principales características de las religiones civiles ha sido la de sacralizar los símbolos seculares, ya provengan de la razón o de la ciencia. Así, los objetos y las instituciones son acompañados por un aura que anteriormente estaba destinada a los dioses. Los dogmas civiles son afirmados y difundidos a través de rituales seculares, son objeto de culto y conmemoración en una organización litúrgica sin profetas. Esto comprende a las ideologías de los totalitarismos, pero también al laicismo unidimensional, al culto radical a una memoria única y oficial, y a otras santificaciones de lo secular. Los posfascismos neoconservadores también se configuran como formas de fe, de creencia y adhesión emocional, por lo que impedir su acceso al control del “acero” del siglo XXI se convierte en uno de los desafíos de la humanidad para la vida en común.

Gabriel Tenenbaum es profesor adjunto del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.

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