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Matías Álvarez.

Foto: Diego Vila

“Estaban tratando de romper nuestra solidaridad con Palestina”, afirma el uruguayo que participó en la caravana terrestre a Gaza

Junto con otras nueve personas, Matías Álvarez estuvo 31 días detenido en Libia, luego de intentar cruzar la frontera con Egipto para entregar ayuda humanitaria.

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Leído por Rossana Spinelli
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Un mes antes de que la caravana terrestre de la Global Sumud partiera rumbo a la Franja de Gaza, con ayuda humanitaria para romper el bloqueo, y el mismo día en que los barcos de la flotilla zarpaban, el uruguayo de 30 años Matías Álvarez estaba llevando a su hija de 12 años a una práctica. Radicado en Estados Unidos, a unos 20 minutos de Washington DC, Álvarez ya se había desilusionado cuando vio en Instagram que los barcos se estaban yendo y que a él no le había llegado ningún mensaje, luego de que, a mediados de marzo, se postulara para formar parte de la misión humanitaria.

El treintañero dedicado al marketing cuenta a la diaria que su solidaridad con Palestina viene desde 2015, cuando su hija tenía menos de un año, y comenta que su padre fue el que le “plantó la causa”. “Obviamente, teniendo a una hija tan chiquita y viendo los mismos videos y fotos que se ven hoy en día, me afectó bastante, pero tenía 18 años, entonces no tenía el activismo en mi mente”, recuerda.

El tiempo transcurrió, pero en Palestina “sigue pasando lo mismo”, señala. Cuando, a partir del ataque de Hamas a Israel, el 7 de octubre de 2023, la situación humanitaria recrudeció en Gaza, se destruyó infraestructura y fueron asesinados miles de palestinos, Álvarez comenzó a ir a las marchas en Washington e intensificó su activismo digital “por los derechos de los palestinos”, en un intento de hablar con las personas que “capaz que estaban medio con los ojos vendados”. Hasta que apareció la “opción de hacer algo más” y un día, alrededor de la 1.00, llenó el formulario de aplicación para participar en la misión de la Global Sumud.

Es por eso que aquel día, cuando llevaba a su hija a una práctica, con la desilusión de no tener noticias, recibió un correo electrónico de la organización internacional en el que le comunicaba que había sido aceptado para subirse a la caravana terrestre, lo que lo dejó “sobre las nubes”.

Así, el 6 de mayo salió de Estados Unidos con destino a Libia, que sería el punto de encuentro para que la caravana levantara a todos los participantes internacionales. En la caravana participaron 200 personas provenientes de más de 25 países, distribuidas en 37 vehículos terrestres.

La misión, que además de médicos, maestros e ingenieros llevaba casas móviles y ambulancias, empezó en Mauritania, hizo una parada en Argelia, otra en Túnez y recogió a todos los que no eran de esos países en Ghadamis, una ciudad libia en la que permanecieron ocho días y recibieron entrenamientos, a la espera de que llegaran los vehículos.

Ya en territorio libio, la caravana partió hacia Zliten, con la intención de hacer una parada en Misurata, pero, según cuenta Álvarez, la misma noche en la que llegaron les negaron la entrada, por lo que debieron seguir largo hasta unos cinco kilómetros de Sirte. Allí, en una estación de servicio, armaron un campamento en el desierto, que duró ocho días.

El contexto político del país del norte de África complicó la situación de la caravana. Desde la caída de Muamar Gadafi, que gobernó Libia durante 42 años, se sucedieron administraciones rivales y el país se dividió. Por un lado, el noroeste es administrado por el denominado Gobierno de Unidad Nacional, con sede en Trípoli y reconocido internacionalmente; por otro, la zona este está bajo el mando del Gobierno de Seguridad Nacional, con sede en Bengasi.

Álvarez cuenta que, cuando se aproximaron a la zona este del país, el hijo de Jalifar Haftar, el jefe del Ejército Nacional Libio, les dio un pase de 48 horas para que se trasladarn desde el este de Libia hasta Egipto, donde continuarían camino hacia Gaza. “Nos da una luz verde, como que no va a pasar nada, pero [nos advierte] que tenemos que llegar a Egipto en esas 48 horas”, cuenta.

Pero esto cambió y la segunda vez que se acercaron a negociar con los militares, estos les transmitían que había dificultades en la frontera con Egipto. “Ahí nos dimos cuenta de que la frontera sionista de Israel no empieza en Israel, en el territorio ocupado de Palestina, sino que empieza en el este de Libia, porque agarra muchos productos y tiene comercio con Egipto”, sostiene.

A partir de esta nueva información, “cambian las cosas y esas 48 horas no existen”, señala. Entonces surgió la idea de conformar una delegación de diez personas de la caravana para evaluar y negociar tres opciones: que los dejaran seguir a todos hacia Egipto, que la Cruz Roja recibiera la ayuda humanitaria y la llevara a Gaza, o que no aceptaran nada y los dejaran regresar a Trípoli y, desde ahí, “mandar toda la ayuda por barco”.

Pero en la mañana en la que iba a partir esa delegación a negociar con los militares de Haftar, los conductores de los camiones y de los ómnibus les dijeron que tenían “información de que nos están esperando con francotiradores que nos van a hacer mierda”. El acuerdo que hicieron con los conductores para salir consistía en manejar hasta el segundo checkpoint, en el este de Libia, y quedarse detrás, no cruzar.

Cuando llegaron, los militares de Haftar ya los estaban esperando, “como con un bloqueo, para decirnos que nos salgamos de la calle y que nos paremos en el medio del desierto, a 50 kilómetros de la frontera”. “Ahí es donde empieza todo”.

Los activistas estuvieron 31 días detenidos en Sirte

Ese “todo” incluye la detención por parte de las Fuerzas Armadas Árabes Libias y el posterior cautiverio en el que mantuvieron a los activistas durante un mes. Luego de darles bolsas negras para que pusieran sus pertenencias, los militares los llevaron a un centro de inmigración en Sirte.

En el caso de Álvarez, luego de algunas horas desde su llegada al centro de inmigración, lo llevaron a un cuarto para interrogarlo. “Me empiezan a hacer preguntas entre seis [militares] y un traductor, pateándome la silla, gritando [y preguntando sobre] qué estaba haciendo en Libia”, recuerda. Había interés por saber quiénes eran los libios que estaban en la caravana, información que él no sabía. “Al final de todo, nos hacen firmar un papel, que estaba todo escrito en árabe, sin saber lo que dice, y después me ponen la huella en cada página”, cuenta.

Al día siguiente, las fuerzas militares hicieron que los diez activistas subieran a camionetas, con la excusa de que los iban a llevar al aeropuerto. “Ahí ya pensamos que estaba todo libre, que todo estaba bien. Cuando entramos al aeropuerto, un militar hace un discurso como de diez minutos diciendo: ‘Perdón por lo sucedido, si algo ha pasado que no fue del gusto de ustedes, el este de Libia está solidarizado con la causa palestina’. Al fin y al cabo, era para subirnos al avión, y nos dijeron que íbamos a irnos a Trípoli, o sea, a regresar al oeste”, detalla.

“Nos subimos al avión, nos sentamos, y la azafata anuncia: ‘Próximo destino, Bengasi’ [en el este de Libia]. Nos cagaron. Nos dijeron eso para que subiéramos al avión. Le preguntamos al traductor que estaba ahí qué onda y nos dice que íbamos a llegar a Bengasi en un chárter privado y tomaríamos un vuelo comercial hasta Trípoli. Y le creímos porque no queríamos pensar en la alternativa”, afirma.

Al llegar a Bengasi, dividen a los activistas en distintos autos y, después de viajar media hora y que los vehículos se desviaran de la carretera, se dan cuenta de que no estaban yendo al aeropuerto, sino que habían llegado a un “gran edificio” de seguridad interna en el este de Libia. “Básicamente era una prisión, un agujero negro”, describe.

En ese edificio pasaron unos 12 o 13 días incomunicados. En el 14° día desde la detención, llegó un grupo de médicos que constataron que Álvarez tenía la glucosa en sangre en 40, un valor muy bajo, y le advirtieron que si llegaba a 30 podría entrar en coma. Los detenidos estaban haciendo una huelga de hambre, por lo que una argentina llegó a tener el azúcar en 43, se desmayó y, cuando se despertó, empezó a convulsionar. “Se pusieron en pánico todos los guardias, cedieron y nos dijeron que nos iban a dejar llamar a nuestros familiares, pero que por favor tomáramos jugos, comiéramos sándwiches, y nos dieron los teléfonos para llamar a nuestras familias”.

Finalmente, Álvarez llamó a su padre y por primera vez pudo decirle que estaba vivo. “Ahí es donde le digo el papelón, que estamos incomunicados, que estamos en huelga de hambre y sed, que nos están tratando como la mierda, que no sabemos dónde estamos”, cuenta.

El cargo de inmigración ilegal fue cambiado por el de estar en un lugar donde no podían estar, aunque Álvarez señala que nunca entraron al este de Libia y que la detención fue en un área que “no es de nadie”. “Cambiaron los cargos porque con la inmigración ilegal es una acción de deportación, [mientras que] la otra era criminal. Por ese cargo, una jueza nos pone 30 días extra [de detención] para seguir investigando, que en verdad era para seguir negociando los militares con el mundo de afuera”, relata.

“Me enseñó lo difícil que está la lucha para liberar a Palestina”

En total, Álvarez estuvo 31 días detenido. Durante ese período, las gestiones que podía hacer Uruguay para lograr que fuera liberado fueron complejas, ya que el país no cuenta con representación diplomática en Libia. Esto demandó que el seguimiento se hiciera con la colaboración de un intermediario con el cónsul italiano en Bengasi, Filippo Colombo.

Una vez que el cónsul fue a ver a los detenidos italianos que estaban junto a Álvarez, el uruguayo se enteró de que tenía ciudadanía italiana desde los 6 años y que su familia se fue de Uruguay sin haber recibido los pasaportes. A partir de ese momento, el cónsul italiano le transmitió que estaba “haciendo todo lo posible” para que saliera junto con los demás.

“Esa noche llamo a la embajadora de Uruguay en Egipto, Adriana Lissidini, y le doy las gracias por intentar hacer todo lo que pudo. Me dice que los italianos se portaron súper bien”, cuenta. El 23 de junio, las Fuerzas Armadas de Libia liberaron a Álvarez y la cancillería uruguaya expresó su satisfacción al respecto: “Agradecemos a los servicios diplomáticos de Italia y Uruguay que estuvieron involucrados en las gestiones realizadas”.

¿Qué te deja esta experiencia?

Lo que me deja como una de las cosas más claras es que la frontera sionista de Israel empieza en el este de Libia. Pasaron muchas cosas que no deberían pasar: el secuestro, estar incomunicados, no tener una llamada a la familia, nada.

Me enseñó lo difícil que está la lucha para liberar a Palestina. Estaban tratando de romper nuestra solidaridad con Palestina, de rompernos mentalmente, físicamente, pero al final del día nos hicieron más fuertes porque, con todo esto, ¿ahora me voy a callar y me voy a dormir al cuarto solo y cerrar la puerta? Esto me despertó más en querer hacer algo, en poder ayudar al pueblo palestino. Porque todo lo que te acabo de explicar no es el 1% de tener una bomba cayéndote en la casa y que veas a tu viejo, a tu madre, a tu hermano quemándose vivo.

¿Volverías?

Obvio. Yo no soy el tipo de persona que se va a quedar en el sillón, sentado con los brazos cruzados, esperando que siga muriendo más gente. Al final del día, cuando yo muera y parta de este mundo, me quiero mirar al espejo y llevarme que hice algo por la humanidad. Que no me quedé callado, que no me quedé con los brazos cruzados. Es importante cuidarse uno a sí mismo, pero si vive su vida solamente importándole lo de él, lo personal, no va a llegar a nada.