“Escribo para quienes sienten que algo no cierra”, explica Leonel Briozzo en el prólogo del libro Rebeldía desde el sur. Cómo enfrentar a la ultraderecha y construir un futuro de izquierda en América Latina, que se presenta el lunes a las 19.30 en el local de la fundación Siembra, con la presencia del secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez. Lo que no cierra es asumir que el capitalismo es el único sistema posible, que cada uno tiene lo que se merece, que la rebeldía “se volvió de derecha”, en palabras del historiador argentino Pablo Stefanoni. En ese marco, Briozzo, que además de ser subsecretario del Ministerio de Salud Pública es militante social y político e integra el Movimiento de Participación Popular (MPP), analiza las crisis del capitalismo y propone alternativas nuevas con viejos nombres: socialismo, revolución. En diálogo con la diaria también responde sobre la relación entre las críticas al imperialismo presentes en el libro y temas de coyuntura que hacen al vínculo del gobierno de Yamandú Orsi con Estados Unidos.
El libro parte de una premisa o una constatación: el capitalismo ha llevado a la humanidad a crisis en múltiples planos –político, ecológico, social, sanitario y hasta cognitivo– que muestran que este sistema “no solo es injusto, sino que es directamente suicida”, sostiene Briozzo. Califica al capitalismo, citando al filósofo Thomas Nail, como un “cáncer planetario”, “un modelo pensado para que unos pocos ganen y la mayoría aguante mansamente una vida de derrotas, incertidumbre, urgencias y falta de proyección”.
El autor menciona cinco planos de crisis que “tienen un rasgo en común”, y es que “golpean más fuerte a los sectores más vulnerados”. A nivel social, el autor menciona la “inequidad extrema y naturalización de la desigualdad”. Recuerda el dato difundido por Oxfam este año que señala que la riqueza de los milmillonarios llegó a un récord de 18,3 billones de dólares, 80% más que en 2020, mientras cuatro de cada diez personas en el planeta tienen problemas para comer todos los días. En el plano ecológico, señala la “transgresión de los límites biofísicos del planeta” y en el sanitario, “la sindemia global y era de pandemias”.
En el terreno cognitivo, menciona la “alienación masiva” y el “colapso del pensamiento crítico”. Vinculado a esto, Briozzo plantea el concepto de brain rot (podredumbre mental), que alude a que el uso compulsivo de redes sociales y pantallas está destruyendo nuestra capacidad de atención y de concentración. “Es una paradoja enorme: vivimos en la época de mayor producción científica y tecnológica de la historia, pero el nivel del debate público se vuelve cada vez más básico, agresivo y superficial”, alerta. Y añade que “no hace falta un dictador para controlar a la población si cada persona lleva en el bolsillo una pantalla que la vigila, la estimula y la adormece al mismo tiempo”.
El plano político de la crisis
A nivel político se ha producido un “vaciamiento de la democracia” y la instauración de un “nuevo orden imperial violento”, sostiene el autor. Briozzo cita al historiador italiano Steven Forti cuando describe este período como la era de los “tecnoligarcas” y las “autocracias electorales”. Los primeros constituyen “una amalgama de megarricos tecnológicos”, que “se alejan incluso del liberalismo clásico para abrazar visiones anarcolibertarias, pronatalistas y supremacistas con tintes fascistas y eugenésicos”.
Por otro lado, el neoliberalismo, afirma el autor, “vació las democracias, convirtió la participación en un trámite inútil, promovió la idea de que nada cambia”. Se manipulan las elecciones con dinero, big data y desinformación, se “coloniza” el Poder Judicial para perseguir opositores y se recorta la protesta y criminaliza la disidencia.
En este clima de “desencanto, la ultraderecha irrumpió como falsa rebeldía políticamente incorrecta, pero al servicio de restaurar el viejo orden de los de arriba”. “Bajo la máscara de una rebeldía ‘antiprogre’, las ultraderechas proclaman una verdad supuestamente natural o divina: los derechos no son universales, son un privilegio de unos pocos. Su objetivo principal es anestesiar la conciencia solidaria e inflar el egoísmo como norma social”, afirma Briozzo.
“Se alimentan de retroutopías: prometen un pasado que nunca existió como si fuera el futuro deseable. Fabrican enemigos para cohesionar a su base y justificar la represión. Una vez instalado el miedo, el líder se ofrece como salvador valiente y, al mismo tiempo, como víctima permanente. Su éxito depende de un discurso que azuza prejuicios, sobre todo contra los avances feministas y de diversidad, dándoles voz pública a odios que antes se disimulaban”, sostiene.
En este contexto, los jóvenes y en particular los varones, se vuelcan más a opciones de derecha que antaño. Los varones jóvenes muchas veces son convocados por la extrema derecha “desde la falaz idea de que las reivindicaciones del feminismo los han dejado sin lugar”. “Esta situación problematiza el presente e hipoteca el futuro, ya que sin una base social juvenil será muy difícil disputar contrahegemónicamente el poder de las clases dominantes”, lamenta Briozzo.
- Leé más: Gonzalo Di Landro: “Los partidos de izquierda no pueden dar por sentado el voto de las mujeres”
Advierte que el capitalismo “genera ganancias enormes en el corto plazo para una minoría de psicópatas del lucro, pero carece de toda estrategia a largo plazo”. “De allí surge la urgencia de construir una conciencia anticapitalista como única vía de salvación, humana y planetaria”, remarca.
El imperialismo y el gobierno de Orsi
“El factor más disruptivo es el cambio de estrategia del imperialismo estadounidense, que reclama a América Latina, lisa y llanamente, como zona de vasallaje”, afirma Briozzo en el texto. Sostiene que, con el regreso de Donald Trump a la presidencia, Estados Unidos volvió a “una versión recargada de la Doctrina Monroe” que apunta a mantener la región atrasada en ciencia y tecnología para que proporcione mano de obra barata, a controlar recursos estratégicos y a intervenir en la política “para asegurar gobiernos aliados y bloquear proyectos soberanos o multilaterales”. Trump y sus aliados promueven “un sistema basado en la fuerza, en bloques cerrados detrás de las grandes potencias y en la destrucción del multilateralismo”.
En este sentido, Briozzo considera que América Latina “no puede desentenderse de lo que pasa dentro de Estados Unidos” y sostiene que la lucha de las izquierdas y fuerzas progresistas dentro de Estados Unidos “también es parte de nuestra lucha, y una parte muy importante, por las implicancias que tendría para mitigar las intervenciones imperiales directas sobre nuestros países y por la perspectiva de una mayor unidad entre los pueblos de América”. Y llama a “buscar banderas que nos unan en la lucha contra el neocolonialismo de Estados Unidos hacia América Latina y resistir, dentro del propio territorio estadounidense, el avance autoritario y salvaje del ICE [Servicio de Inmigración y Control de Aduanas]”.
Estas afirmaciones conectan con discusiones más concretas y coyunturales, como los debates que surgieron en el Frente Amplio sobre la visita del presidente Yamandú Orsi al portaaviones estadounidense USS Nimitz en mayo, la decisión de cancillería de enviar al embajador uruguayo en Estados Unidos, Daniel Castillos, a una reunión organizada por el Departamento de Estado de Estados Unidos para hablar sobre el “resurgimiento del terrorismo político” de izquierda el 16 de julio y, lo más reciente, la divulgación por parte de The New York Times de la información de que la cancillería uruguaya negocia desde hace meses un acuerdo con Estados Unidos para recibir a personas sudamericanas deportadas de ese país.
Consultado sobre este punto, Briozzo dijo a la diaria que “en la función de gobierno hay que pensar en las decisiones que mejor sean para toda la población y no solamente en los principios que cada uno tenga”. “Hay una estructura en el gobierno que toma las decisiones, y si integro el gobierno, acepto las decisiones que se estén tomando con independencia de que las comparta 100%”, indicó. Acotó que “son ámbitos completamente distintos de acción” y que “querer vincular un ensayo político que tiene concepto ideológico con una función de gobierno no tiene nada que ver”.
“Yo no me siento vedado por estar en el gobierno de dar mi opinión política, y en particular en este gobierno, en el que el presidente ha dicho hasta el cansancio que no hay una mordaza para nadie. El libro yo no lo escribí para influir con el gobierno, sino que lo empecé a escribir en 2024, lo había descontinuado cuando empecé el gobierno, y con la muerte de Pepe [Mujica], escribí eso en homenaje a él también”, expresó Briozzo. Sobre las negociaciones por las deportaciones en particular, aseguró que no tiene información “en absoluto” y que no tiene opinión al respecto.
Las alternativas
Briozzo propone “negarse a aceptar que la única alternativa al desastre es gestionarlo con rostro humano” y “recuperar la capacidad de soñar un mundo donde la vida, la igualdad y la libertad no sean eslóganes publicitarios, sino ejes organizadores de la existencia”. Convoca a traer a escena nuevamente palabras que “asustan a muchos”, como “rebeldía, revoluciones y socialismos”. “No como museo del siglo XX, sino como búsqueda de nuevos socialismos, diversos, democráticos, feministas, ecológicos, latinoamericanos”, añade.
Para Briozzo, el “socialismo posible” no sería “solo un Estado que lo controla todo, sino la gestión democrática de lo común por parte de la multitud: reapropiar la riqueza social que hoy se privatiza mediante patentes, plataformas y algoritmos”. Aclara que la revolución que “busca transformar el orden jurídico y la estructura socioeconómica” no tiene “por qué ser violenta, aunque siempre va a enfrentar conflictos fuertes entre grupos con intereses opuestos que se resuelven en el terreno político”.
En este sentido, considera que los plebiscitos “son herramientas válidas para que las políticas puedan trascender los períodos de gobierno y avanzar”. Citando el caso de Venezuela, advierte que este enseña que, “sin democracia sólida ni respeto pleno por las reglas del juego, los cambios se vuelven frágiles y terminan desgastando el propio proyecto que dicen defender”. En cambio, debe avanzarse “paso a paso”, mediante la construcción democrática con base en lo electoral y la organización popular “en defensa de las conquistas que se vayan alcanzando”.
Considera que hay algunos ejemplos de experiencias que “apuntan en una dirección anticapitalista” que se podrían estudiar tanto a nivel macro como meso y micro. A nivel macro, menciona el caso de China, que “con altísimo desarrollo científico-tecnológico, reducción drástica de la pobreza y niveles inéditos de equidad interna” “demuele un dogma central del liberalismo: que solo el capitalismo de mercado puede producir bienestar y progreso técnico”.
Briozzo alude a las “críticas legítimas” respecto del “modelo político no democrático-representativo” de China y aclara que no cree que sea “exportable” a América Latina. En conversación con la diaria, de todos modos, el autor destacó que China logra “objetivos centrales de un modelo socialista”, como disminuir la inequidad, al tiempo que lleva adelante un desarrollo tecnológico “de punta” y un crecimiento económico “sin precedentes”.
“Creo que para los que somos anticapitalistas son todas buenas noticias”, resaltó. En relación con el sistema político chino, opinó que “las derechas y las ultraderechas han intentado endosar que no hay libertad sin democracia representativa, votando cada cuatro o cinco años”, y eso “es una construcción básicamente occidental”. “Yo no me siento capacitado para hablar de críticas al autoritarismo chino porque no tienen elecciones. Eso sería un maniqueísmo occidental que yo no suscribo”, acotó.
A nivel meso, Briozzo menciona en el libro al cooperativismo y la autogestión como experiencias que en muchos casos pueden “combinar eficiencia económica con democracia interna y distribución más justa del excedente”. Y a nivel micro, enumera experiencias como las huertas comunitarias, redes de cuidados, proyectos culturales y ambientales que “cuestionan el mandato del consumo y el lucro como centro de la vida”, y que si bien “no toman el poder”, “inventan otras formas de vivir, más solidarias y menos depredadoras”.
Para avanzar en una alternativa al capitalismo, el autor entiende necesario transformar el modelo productivo, lo que implica no solo “nacionalizar empresas”, sino “impulsar nichos de producción alternativa” y promover que las empresas privadas participen de un “circuito virtuoso de articulación con el Estado”. Al mismo tiempo, considera que se debe fortalecer lo público; gravar las ganancias millonarias, el capital financiero y el capital especulativo; reducir desigualdades; ampliar la participación ciudadana y garantizar derechos universales, entre otros objetivos.
En el plano internacional, Briozzo aboga por defender el multilateralismo y la integración regional como “herramientas de supervivencia para evitar que la barbarie sea el horizonte”.
Advierte que el multilateralismo, si bien ha sido “funcional a los países ricos”, ofrecía “al menos ciertas ventajas en términos de reglas medianamente pactadas entre los distintos actores”. “Defender a la ONU, al Fondo de Población de Naciones Unidas, a la Agenda 2030, al Plan de Acción de El Cairo y al Consenso de Montevideo no es burocracia: es defender la última gran utopía compartida que tenemos como especie, los derechos humanos. En un mundo que naturaliza guerras y genocidios, esos acuerdos son una frontera ética mínima”, considera Briozzo.
En cuanto a lo que denomina “planos de trabajo” para lograr estos objetivos, el autor menciona en primer lugar el ideológico, que supone “reconstruir un marco conceptual para librar la batalla cultural por la equidad y contra el sentido común capitalista, hoy promovido por la violenta ultraderecha”. En este plano es necesario “romper la idea de que la desigualdad es algo natural, inevitable”, y “construir una contrahegemonía por la equidad”. También se debe reivindicar un concepto de libertad integral y reafirmar el valor del trabajo y la creatividad combatiendo la “meritocracia fundamentalista”, que propone que “si estás mal es porque no te esforzaste lo suficiente”, porque este discurso “se usa para justificar desigualdades enormes”.
El plano estratégico debe apuntar, a su entender, a “fortalecer y dar densidad a nuestras democracias con participación social”, y el plano táctico, a “decidir qué tipo de lenguaje, estética y comunicación necesitamos para hablarles a las mayorías, especialmente a las personas jóvenes”. Y finalmente, reivindicar la rebeldía, que es “histórica y culturalmente de izquierda”.