Ciencia Investigación científica

Foto: Martín Otheguy

Horneros a la obra: investigación muestra cómo adaptan la ubicación de sus nidos según el ambiente en el que se encuentran

Con los aportes de miles de ciudadanos, investigadores analizan por primera vez las características de los sitios de nidificación de los horneros y muestran su notable flexibilidad a la hora de construir los nidos.

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Es difícil ignorar el encanto de los nidos de los horneros (Furnarius rufus). Los pueblos originarios de Sudamérica han dedicado algunas leyendas a explicar cómo estas aves hacendosas –macho y hembra a la par– logran crear esos esféricos nidos con paja, barro y materia fecal de otros animales. También los europeos que llegaron a estas tierras se deslumbraron con ellos.

El nombre hornero, de hecho, se lo debemos al francés Philibert Commerson, que tomó algunas notas sobre esta ave en su viaje al Río de la Plata en 1767. Commerson es más conocido hoy por haber llevado en aquella expedición a su amante disfrazada de hombre, Jeanne Baret, que se convirtió así en la primera mujer en dar la vuelta al mundo, pero hizo muchísimos aportes a las ciencias biológicas que justificarían que su nombre esté a la par de los más famosos naturalistas de la época. Sus anotaciones, en las que llamó a esta ave el “hornero de Buenos Aires” (un pequeño golpe a nuestro chauvinismo), permitieron que fuera descrita para la ciencia un año después.

Charles Darwin también quedó encantado con sus nidos durante su visita al Río de la Plata hace casi 200 años y dejó una observación interesante en sus diarios de viaje. Notó que los horneros usaban ya muchas estructuras artificiales, como postes, para hacer sus nidos.

Esa es quizá la característica que más nos llama la atención hoy sobre los nidos de los horneros y uno de los motivos por los que los conocemos tan bien: los fabrican en las ventanas de nuestras casas, sobre el tendido eléctrico, en monumentos y muchos otros sitios de zonas urbanas, incluyendo lugares insólitos como ruedas de molinos en uso (algo así como que nosotros hiciéramos nuestra casa en una montaña rusa). La gran diferencia de hoy con los tiempos de Darwin es la brutal expansión de las áreas ocupadas por los seres humanos, que han multiplicado los lugares artificiales en los que estas aves pueden hacer su nido.

Pese a ello, hay mucho que desconocemos aún de estos prodigios arquitectónicos, tan similares a nuestros hornos de barro que nos han llevado a antropomorfizar con frecuencia a estos animales. Parte de la incógnita comenzó a develarse gracias a Hornero, un proyecto impulsado por los investigadores Lucía Mentesana y Nicolás Adreani, que se apoya en los aportes de la ciencia ciudadana para conocer más sobre esta ave.

Gracias a ellos, hoy radicados en el Laboratorio de Ornitología que funciona dentro de la sección Etología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, más el aporte de miles de voluntarios del Cono Sur que enviaron datos de nidos ubicados en toda su área de distribución, hoy sabemos que hay una asimetría en la arquitectura de los nidos, que podría deberse a factores genéticos. Por ejemplo, la colocación de las entradas no es azarosa. Los horneros muestran una preferencia a ubicarla del lado derecho. Si los nidos son construidos al lado de una estructura lateral, como una pared, la asimetría es más clara: hacen mayoritariamente la entrada del lado de esa estructura.

Pero el equipo está indagando en otros aspectos menos conocidos sobre la fabricación de nidos. Hasta ahora se había investigado poco de las características de la nidificación en aves que construyen sus propias cavidades, como los horneros, en parte por la creencia de que este es un comportamiento instintivo y poco flexible. Eso está cambiando.

Recientemente, Nicolás y Lucía se propusieron investigar qué ocurre con los sitios de nidificación elegidos por estas aves en toda su área de distribución y qué puede estar influyendo en estas decisiones. Saberlo es relevante porque los nidos son clave en el éxito reproductivo de las aves: son refugio para los huevos y las crías, ofrecen camuflaje y protección frente a los depredadores y ayudan a regular el microambiente, como la temperatura.

Sobre eso trata justamente su más reciente investigación, firmada por ambos pero con la ayuda de miles de personas apasionadas por las aves, que enviaron valiosísimos datos sobre la ubicación de los nidos. En él, los horneros demuestran una vez más que son una especie flexible, sorprendente y fascinante, capaz de adaptarse a los entornos en los que viven.

Milonga del albañil

Gracias a los aportes ciudadanos, los investigadores recolectaron datos de 13.325 nidos de horneros a lo largo de toda su área de distribución en un período de un año. Los uruguayos hicieron su buen aporte. De los 267 colaboradores que aceptaron ser nombrados en el trabajo (de un total de más de 1.300), 44 fueron de nuestro país, prácticamente de todos los rincones de Uruguay.

El objetivo central del trabajo fue reportar las características de los sitios de nidificación del hornero, como por ejemplo a qué altura los fabrican, si los construyen sobre estructuras naturales o artificiales, si están protegidos o no por una cobertura superior (como el techo de una construcción o la copa de un árbol) y si están ubicados en ambientes urbanos, rurales o naturales.

Además, examinaron cómo la altura y la cobertura varían a lo largo de su distribución, un dato interesante porque las temperaturas, precipitaciones y elevaciones, entre otras variables, cambian según las coordenadas geográficas y podrían por lo tanto modificar las estrategias de los horneros.

Lucía y Nicolás analizaron con herramientas estadísticas la enorme cantidad de datos sobre los nidos de horneros que tenían a disposición, pero con un giro interesante. Antes de obtener los resultados, se atrevieron a hacer algunas predicciones sobre ellos.

Por ejemplo, predijeron que la altura de los nidos sería menor en áreas naturales y rurales que en áreas urbanas, debido a que los nidos ubicados a mayor altura son menos accesibles para los depredadores (principalmente gatos en ambientes urbanos) y peatones. Supusieron además que la altura de los nidos en las zonas más cercanas al Ecuador, y en longitudes más bajas (es decir hacia Los Andes), sería menor que en el resto de la distribución, para reducir la exposición al sol.

Otra de sus predicciones fue que la mayoría de los nidos estarían cubiertos en los tres ambientes (naturales, rurales y urbanos), bajo la hipótesis de que los horneros buscarían evitar condiciones climáticas adversas y depredadores. También anticiparon que los nidos más altos estarían más cubiertos por una protección superior que los ubicados a baja altura y que los nidos sin cobertura serían principalmente aquellos ubicados sobre estructuras artificiales.

¿Habrán sorprendido los horneros a los científicos y sus deducciones? ¿Serán más imprevisibles de lo que pensamos? Como puede verse en los resultados, en parte sí y en parte no.

“Enantes otro era el nido”

Una primera conclusión que surge de los datos es que los horneros usan muchísimo las estructuras artificiales. La mayoría de los nidos de este estudio fueron registrados en ellas (7.566 contra 5.751 ubicados en sustentos naturales).

En líneas generales, los datos muestran que los horneros presentan una “considerable flexibilidad” con respecto al sustrato (si es natural o artificial), la altura y la cobertura del nido “entre contextos ambientales naturales, rurales y urbanos”. Esa flexibilidad, de hecho, quizá provocó que eludieran algunas de las predicciones de los autores.

Los horneros de áreas rurales y urbanas construyeron más nidos sobre sustratos artificiales que sobre sustratos naturales. A menor oferta de lugares naturales, es lógico que deban recurrir con más asiduidad a los artificiales.

“Con respecto a la altura de los nidos, el rango que encontramos es variable: va desde unos pocos metros (hay incluso fotos de nidos en el piso) hasta 15 metros o más. Es bastante impresionante esta diferencia de altura, sobre todo comparada con la referencia de 2,6 metros que teníamos reportada hasta ahora”, cuenta Lucía.

La referencia a la que alude es la encontrada en un trabajo hecho en 1985 en dos áreas rurales de Argentina. En el caso de la investigación de Lucía y Nicolás, la media fue de 6,6 metros de altura, así que este trabajo nos permite saber que los horneros fabrican en general sus nidos a una altura bastante elevada, mayor de la que se tenía por válida.

A este respecto la predicción de los científicos falló, porque no hubo diferencias significativas de altura en zonas rurales, naturales y urbanas. A los horneros les gusta hacer nidos a cierta altura, pero no parece incidir en ello la urbanización.

Los nidos ubicados cerca del Ecuador y de Los Andes, donde se espera una mayor exposición al sol, fueron construidos a menor altura que aquellos ubicados en latitudes más altas y longitudes más bajas, tal cual suponían los investigadores, pero también mostraron una tendencia a estar más descubiertos, al contrario de lo que imaginaban. Quizá, como señalan en el trabajo, otros factores ambientales inciden además de la temperatura (como el viento y las precipitaciones) a la hora de elegir el sitio de nidificación.

¡Cobertura!

Los horneros también sorprendieron a los científicos con la cobertura. Al contrario de lo que suponían en su tercera predicción, la mayoría de los nidos no contaba con una protección superior (como podría ocurrir con techos y copas de árboles). Además, los nidos sin cobertura fueron más frecuentes en áreas rurales y urbanas que en las naturales.

Los nidos ubicados a mayor altura tuvieron una mayor probabilidad de no estar cubiertos en ambientes naturales, rurales y urbanos, algo que no esperaban encontrar. En parte, esto podría deberse a la abundancia de estructuras artificiales (como postes de alumbrado o de electricidad), que son muy utilizadas por los horneros para reproducirse, pero no tienen una protección superior. O, como dicen en el trabajo, quizá lo que más influye para los horneros en la elección de lugar para el nido es asegurar un territorio de alta calidad que proporcione alimento durante todo el año, y las características del sitio de nidificación simplemente reflejan las opciones disponibles dentro de ese territorio.

Tal cual señalan en el trabajo, hacen falta nuevos estudios para entender mejor cuáles son los factores que llevan a los horneros a tomar algunas de estas decisiones a la hora de hacer los nidos, pero esta investigación nos permite por primera vez conocer sus características a lo largo de todo el rango de distribución.

“Es muy impresionante la flexibilidad que estas aves muestran a la hora de nidificar. Pueden hacerlo sobre distintos sustratos, con protección o no, a distintas alturas, etcétera. Creemos que esta puede ser una de las razones por las cuales los horneros parecerían mostrar gran capacidad de adaptación a los cambios en los ambientes y estar tanto en zonas naturales, rurales como urbanas”, señala Lucía.

A modo de resumen, podemos agregar, como conclusión común a todos los contextos ambientales, que los nidos ubicados a mayor altura y los construidos sobre estructuras artificiales tendieron a no estar cubiertos, en comparación con los nidos ubicados a menor altura y construidos sobre estructuras naturales.

Estos datos sobre la protección de los nidos son importantes no solo para el hornero. Como constructor hacendoso que es, el hornero fabrica un nido todos los años y no reutiliza el que hizo previamente, situación que al menos 29 especies de aves aprovechan, ya que ocupan los hogares abandonados de años anteriores.

A la vez, características estudiadas por este trabajo, como la altura de los nidos o si cuentan con alguna clase de protección superior, son relevantes porque los horneros están expuestos a depredadores como aves rapaces, gatos domésticos, comadrejas y serpientes. Eso queda muy claro en otro hallazgo interesante del equipo, realizado esta vez por otros dos integrantes del proyecto y de la sección Etología de la Facultad de Ciencias: Lucio Garreta y Noelle Ortiz.

Cara a cara

El 5 de noviembre de 2024, mientras hacía un monitoreo para el proyecto Hornero en el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria , Lucio Garreta observó a un carancho (Caracara plancus) posado sobre el nido de un hornero, ubicado encima de un poste de madera de unos tres metros de alto.

Lucio vio cómo el carancho metió una pata por un agujero en la parte superior del nido y sacó un pichón, que se comió en el lugar. La pareja de horneros adultos responsables de ese nido observó la depredación y realizó vocalizaciones de alarma, pero no atacó al carancho.

Cuando el depredador se fue y Lucio se acercó a observar el nido, constató que quedaban aún dos huevos. Notó en la parte superior del nido un orificio de forma redondeada y con marcas en forma de surco, algo observado frecuentemente luego de lluvias.

En la mañana del día anterior, cuando su colega Noelle Rivas revisó el nido, estaba intacto, pero luego llovió durante el día. Esto sugiere, según los investigadores, que el carancho aprovechó el ablandamiento del nido por la lluvia para romper el nido y acceder a los pichones.

En este caso, la vulnerabilidad de un nido que es justamente conocido por su resistencia parece estar relacionada directamente con el tipo de estructura sobre la que se construyó, en la que quedó expuesto a las lluvias.

Luego de la depredación, el nido fue abandonado y uno de los individuos de la pareja de horneros no volvió a nidificar en ese territorio al año siguiente. El registro es interesante porque “suma al carancho como un depredador de pichones de hornero, algo no reportado hasta el momento, y plantea la posibilidad de que los caranchos aprovechen el ablandamiento del nido del hornero por la lluvia” para acceder a los pichones o los huevos.

Tal cual apuntan en su trabajo, no es claro aún si el carancho se vale siempre de la lluvia, que ablanda el nido o genera rajaduras, pero han encontrado evidencia de nidos deteriorados, incluyendo perforados, con marcas de lo que parecen ser picos o garras.

Quizá, como señalan Lucio y Noelle en su trabajo, esta estrategia de depredación se está estableciendo dentro de las poblaciones de caranchos, que aprovechan así la abundancia de nidos de horneros expuestos a la lluvia. Sería interesante comprobarlo con nuevos estudios y también seguir explorando las decisiones que llevan a los horneros a elegir sus sitios de nidificación.

Por ejemplo, ¿las estructuras artificiales les resultan una ventaja, porque proveen múltiples oportunidades para nidificar, o, por el contrario, recurren a ellas porque se han convertido en los sitios disponibles que tienen en áreas urbanas y rurales, pese a que presentan algunas desventajas, como una mayor vulnerabilidad?

Los horneros han demostrado ser excelentes arquitectos y también bastante flexibles a la hora de nidificar. ¿Estas características bastarán como para que desarrollen estrategias de mitigación ante estos problemas potenciales en el futuro? Será interesante ver qué nueva parte de su historia nos cuenta el próximo capítulo del trabajo del proyecto Hornero, con la ayuda de los ojos atentos de gente aficionada a la observación de aves y sensible a la naturaleza que nos rodea.

No hagan bullying al hornero

El seguimiento que el equipo del proyecto Hornero realiza a esta especie, abundante y emblemática en nuestra región, les ha permitido toparse con algunas rarezas o situaciones inusuales que se han convertido además en primeros registros de su tipo, como la depredación por parte de caranchos. En otro de sus trabajos, realizado por Nicolás Adreani, muestran un caso todavía más curioso.

En mayo de 2024, Nicolás observó en el patio de una casa en Ciudad de la Costa un hornero distinto a todos los que había visto hasta entonces. Tenía un acortamiento extremo en la mandíbula superior del pico, que llamó inmediatamente su atención.

“Forrajeaba normalmente junto a un segundo individuo y parecía lograr alimentarse de un trozo de pan normalmente”, señala Nicolás en su trabajo. El hallazgo le pareció relevante por lo inusual y por los desafíos que planteaba para el ave.

“El pico de las aves es posiblemente la herramienta más importante para su supervivencia, ya que está directamente relacionado con actividades esenciales como la alimentación o la construcción del nido”, escribe.

Las causas de estas malformaciones en aves pueden ser congénitas, producto de la malnutrición o incluso deberse a infecciones. Por eso, “dado el carácter patológico y el riesgo de contagio de muchas deformaciones del pico en poblaciones naturales, resulta relevante describir casos de malformación que escapan a lo habitual”, agrega el trabajo.

En este caso, Nicolás hizo una revisión minuciosa de bibliografía y de registros de horneros en plataformas ciudadanas para ver si un caso similar se había reportado anteriormente.

“No encontré ningún registro de acortamiento de la mandíbula superior en furnáridos, ni en aves en general. Al evaluar al individuo en campo y en la fotografía, la mandíbula superior parecía estar completa y sana (terminando en punta) y no se observó evidencia clara de una ruptura por causa traumatológica, lo que podría indicar una malformación congénita, aunque no se puede confirmar”, concluye.

Quizá otros aportes de los miles de colaboradores del proyecto Hornero puedan ayudar a dilucidar si es una verdadera rareza o si ocurre con más frecuencia de lo que creemos entre los horneros y otras aves.

Artículo: Características del sitio de nidificación del hornero (Furnarius rufus) reportadas por científicos y científicas ciudadanas a lo largo de su distribución
Publicación: El Hornero (agosto de 2026)
Autores: Lucía Mentesana y Nicolás Adreani.

Artículo: Caso de acortamiento extremo en la mandíbula superior de un hornero (Furnarius rufus)
Publicación: Nuestras Aves (diciembre de 2025)
Autor: Nicolás Adreani.

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