En agosto de 1929, Diego Rivera y Frida Kahlo se casaron en el juzgado de Coyoacán. La fotógrafa Tina Modotti, quien había presentado a los artistas, fue la madrina y organizó la comida en la sencilla azotea del edificio de apartamentos donde vivía, transformada para la ocasión con los típicos banderines y hojas de papel calado de donde pendían mensajes de amor. El banquete de aquella primera boda entre Kahlo y Rivera será recreado por primera vez fuera de México, de manera oficial, organizado por el Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI), la Embajada de México en Uruguay y Castells Remates para el próximo 24 de setiembre a las 20.00. De esa manera, con una iniciativa propia que Facundo de Almeida, director del MAPI, definió como “delirante”, pero que tuvo respaldo inmediato, la cena anual para recaudar fondos del museo apunta a transformarse en una experiencia inmersiva.
Para preparar este viaje en el tiempo y los sabores, vendrá especialmente el chef mexicano Manu Sánchez, en su carácter múltiple de propulsor de alta cocina, investigador y figura de las artes escénicas, ya que se formó en Gastronomía y Ciencias de los Alimentos en el Cessa, trabajó en Francia y desarrolla menús que revisten una narrativa propia, aprovechando su trayectoria de más de una década como actor.
La actriz Anael Bazterrica, integrante de la Institución Teatral El Galpón, interpretará una canción de Chavela Vargas durante el evento, en tanto que el cocinero también protagonizará algunas intervenciones performáticas. Sin brindar más detalles, Andrés Ruiz Pérez, encargado de negocios de la embajada de México en Uruguay, adelantó que la reunión tendrá una dimensión escénica que apunta a que, más allá de sentarse a la mesa, se logre “envolver a los comensales en la experiencia”. En ese sentido, los organizadores están evaluando la posibilidad de establecer un código de vestimenta para asistir con un toque de época. “Es un momento en el que arte, política y vida cotidiana se entrelazaron en la historia de México”, agregó Ruiz Pérez sobre el casamiento de los artistas y cómo se reconstruirá aquel episodio a través de una mesa “donde cada platillo es una expresión regional que evoca un tiempo, un contexto y una forma de entender la cultura”.
El menú incluirá sopa de ostiones, arroz blanco con plátanos fritos, huauzontles en salsa roja o verde, chiles rellenos, de queso y de picadillo, mole negro de Oaxaca, pozole rojo de Jalisco y flan.
Pero como paladear aquella celebración original implica pasar por ocho pasos y el evento del MAPI suele convocar a un centenar de personas, hubo que diseñar una propuesta que resistiera el desafío logístico y cumpliera al mismo tiempo con el objetivo benéfico. Fue entonces que se decidió restringir el acceso a 15 lugares, que la casa de remates adjudicará al mejor postor, con un precio base por comensal de 1.500 pesos. Hay tiempo hasta el 14 de setiembre, víspera de la fecha patria mexicana, para pujar por un lugar en la cena, denominada La boda de Frida y Diego: de Coyoacán a Montevideo, a través de la página de Castells.
La silla número 16 para la cena será sorteada entre los docentes de los grupos que visitan asiduamente el MAPI.
Expresiones regionales, estilo de pueblo
“Congruente con su posición de comunista activa, Frida se vistió para la boda con ropa sencilla, como la usada por las mujeres del pueblo”, escribe Guadalupe Rivera Marín, hija del pintor, en Las fiestas de Frida y Diego: recuerdos y recetas (1994, Clarkson-Potter Publishers, Nueva York), escrito junto con Marie-Pierre Colle Corcuera e ilustrado por las fotografías de Ignacio Urquiza. “Se colocaron varias mesas cubiertas con papel de china de colores que hicieron las veces de manteles y las servilletas eran de colores contrastantes. La loza fue ‘la de siempre', tazas y platos traídos de Michoacán, de barro pintado de verde y negro, decorados también con palomas, pájaros, gatos y perros”, continúa la crónica de quien desde 1942 convivió con la pareja en su famosa Casa Azul. En cuanto a la comida, “fue la misma que se acostumbra servir en todas las bodas sencillas, a excepción de la rica sopa de ostiones que se ofreció para abrir boca”, y aunque desconoce de quién fue la idea, apunta que sus compatriotas tienen la creencia de que esos moluscos despiertan el apetito sexual. “Para Diego, en aquella época, usar cubiertos era costumbre burguesa. Por esta razón, se acompañó la buena mesa con tortillas como todo instrumento de apoyo y, como hubo sopa, se utilizaron además cucharas de peltre azul y blanco, de las más corrientes del mercado”, figura en el recetario citado.
El recorrido gastronómico en el MAPI incluirá, además de la sopa de ostiones, arroz blanco con plátanos fritos, huauzontles en salsa roja o verde, chiles rellenos de queso y de picadillo, mole negro de Oaxaca, pozole rojo de Jalisco y flan.
Desde la embajada mexicana indicaron que están haciendo un trabajo de detección de ingredientes locales que puedan ser utilizados para revivir estas elaboraciones, aunque no descartan, más cerca de la fecha, la posibilidad de traer otros de origen.
Si bien en aquella boda el tequila y el pulque, natural y curado de apio y tuna (agave o maguey), corrieron como ríos, esta última bebida faltará a la cita en Montevideo porque, como explica Ruiz Pérez, “es una bebida viva, en constante fermentación. Entonces, aunque se ha hecho la prueba de enlatarlo en México, todavía no se ha logrado y, por lo mismo, no se puede exportar”. En contraste con este evento íntimo que tendrá lugar en el MAPI, un siglo atrás la combinación alcohólica en los festejos de Frida y Diego dio como resultado “un gran jolgorio con una canción tras otra y grito tras grito”, recuerda su libro. “Por fortuna, ni Rivera ni ninguno de los comensales sacó la pistola, pues se había hecho costumbre muy arraigada entre los pintores revolucionarios festejar los acontecimientos importantes de sus vidas ‘echando tiros al aire' en lugar de los comunes y corrientes cohetes o chinampinas cargados de pólvora”.
Bastante tensión tuvo aquella boda con que la cocinera fuera la esposa anterior de Rivera, la novelista Lupe Marín Preciado.
Los novios partieron luego a Cuernavaca, más que de luna de miel, a que Rivera pintara un mural en el Palacio de Cortés, mientras Frida intentaba aprender a cocinar, entre otros quehaceres domésticos.
En Frida Kahlo 1907-1954. Dolor y pasión (Taschen, 1999), Andrea Kettermann analiza el retrato doble titulado Frida y Diego Rivera, fechado en 1931, que la pintora realizó probablemente tomando como modelo una foto de bodas: “La diferencia de tamaño entre los cónyuges, ya grande de por sí, aparece exorbitada en el cuadro. Los delicados pies de ella apenas tocan el suelo. Frida Kahlo casi parece flotar, mientras que Rivera está firmemente anclado en el suelo con sus enormes pies. Rivera está caracterizado como pintor, con paleta y pincel; a sí misma se ha representado como la esposa genial artista. El cuadro fue regalado al coleccionista Albert Bender como agradecimiento por haber posibilitado el permiso de viaje de Rivera a los Estados Unidos. A Rivera le había sido negado el visado en un principio debido a su ideología comunista”.