La crónica de viaje es un género antiquísimo. Con miles de años, surgió mucho antes de que concibiéramos el periodismo. Sin embargo, ya tiene clarísimos antecedentes a finales del siglo II después de Cristo en los textos de Pausanias y resulta imposible soslayar a Marco Polo o al italiano Antonio de Pigafetta con su Relación del primer viaje alrededor del mundo.
Yo soy un cultor del género, pero humilde y pobre al lado de tantos otros y otras que me mostraron el camino. Antes de que pensara que iba a tener una carrera de más de 40 años en el periodismo, era un intenso lector del género y, fundamentalmente, de aquellas crónicas futboleras de antaño donde se entremezclaba lo específico del deporte con la riqueza de lo que veían aquellos ojos que estaban viajando para cubrir el evento.
Ya habían pasado años de la maravilla épica de los Olímpicos del 24 narrada por Lorenzo Batlle Berres cuando me encandilé con esa pluma y con esa forma de narrar. Pero también hay una increíble descripción del castillo de Argyrokastro y de madame Pey de parte del gran Carlos Quijano que, como tantos, leí muchos años después de que la primera estrella fuera lograda por José Nasazzi y sus muchachos. Leí muchísimo a Diego Lucero, ese wing izquierdo con crónicas impagables –por ejemplo, la de 1935 en Santa Beatriz– y a aquellos viejos cronistas que, además de revisar el juego, contaban lo que veían en las aventuras internacionales del fútbol uruguayo.
Siempre le tomé el pulso a esa forma de contar, en paralelo, las cosas que pasaban al lado de la inmensidad que uno iba a ver o cubrir. Y empecé con mi diploma fresquito: no trabajaba para ningún medio y era freelance en el Mundial de 1982; iba tomando forma en las cartas en papel de avión que le mandaba a mi familia, en las que contaba la maravilla que estaba viviendo en aquella cita española.
Para esos tiempos leía los maravillosos textos publicados en la contratapa del diario El Día de Emilio Lafferranderie, El Veco, quien con su pluma sorprendía a unos lectores adaptados al clasicismo de la cobertura futbolística, narrando historias cotidianas que transcurrían al margen de la pelota. Casi de inmediato, cuando uno de mis mentores, Jorge Burgell, me dio alas en las páginas de La Hora, empecé a publicar crónicas viajeras en paralelo con la seriedad que pretendía darle a lo que significaba el esfuerzo de un periódico humilde pero grandioso de mandar a alguien al exterior.
Seguramente las primeras notas, que pudieron haber sido en la Copa América de 1987 en Buenos Aires, se hayan llamado simplemente “Diario de viaje”. Pero casi enseguida les empecé a poner nombres que ya ni recuerdo, porque tenía más títulos de secciones que crónicas en la calle.
Por esos tiempos, el propio Burgell, el entrañable y querido Jorge Savia de El País, el Chito Schiavone de El Diario de la Noche –el mismo que me enseñó que cuando uno sale a cualquier cobertura internacional debe poner un short de baño en la valija– y otros tantos, como Abayubá Hernández y Carlitos Badano de El Día, tenían una enorme influencia. Y, claro está, Atilio Garrido, que por esos días creo que escribía en El Diario de la Noche, quien siempre tenía en su menú, en cada una de sus salidas, recoger en paralelo todas sus aventuras del viaje y, para mi gusto, editorializando también en cada situación.
Aquello me alejaba de Garrido, con quien distamos bastante en nuestras filosofías de vida; pero, el hombre era una fiera y vendía, cosa que yo no hacía. Había que verlo parapetarse en cualquier lado con su máquina de escribir para que su diario de viaje estuviese. Yo también escribía con la Olivetti Lettera roja de La Hora, la única que teníamos y que podía salir de la redacción sin pasar vergüenza sobre mi falda, pero me parecía que esas cosas no había que decirlas. En fin, ya pasó, y nadie podrá decir que Garrido no ha sido un gran cultor de la crónica de viaje en Últimas Noticias y, en las últimas décadas, en Tenfield.
Desde nuestro primer viaje al exterior en 2007, cuando cubrimos la Copa América de Venezuela, cada entrega tenía un piso mínimo de dos notas y una de ellas, la segunda, era la crónica de viaje que en aquel momento comenzó a llamarse “Tienes un email”. Después de aquel debut, en esa sección donde recogíamos postales cotidianas como la receta de las arepas –mucho antes de que miles de venezolanos se instalaran a vivir en nuestras tierras y la trajeran consigo–, pasamos al Mundial 2010, que tuvo un impacto muy grande entre nuestros lectores y lectoras. También se llamó así en la Copa América de 2011 o en el Mundial de 2014.
Sin embargo, para la Copa del Mundo en Rusia, ya desde la clasificatoria estaba pensando un nombre que finalmente pusimos a jugar y que fue #CómoSePideAguaCalienteEnRuso. Para Qatar 2022 la sección pasó a llamarse “Tomando mate en Qatar”.
Y para este Mundial, al que dudé mucho en venir y que, después de pensarlo, decidí hacerlo en honra a México y su pueblo, se llamará “Chanfle”. Pero hay un antes de “Chanfle”, y es mi duda enorme de si me correspondía a mí –que vine a hacerle el dos, el cien o el mil al Mintxo– escribir una crónica viajera. Mucho menos cuando, sentado en la redacción de mi hogar, leí su primera “Redacción al margen” mundialista y me vino un calorcito al alma de estar leyendo cosas que me maravillaban y me hacían sentir lo que vale la vida.
El sábado, a las nueve de la noche de estas tierras, llegué a México. Había salido de Florida el jueves a la misma hora. En el ómnibus de la Cita hice el Brasil-Haití. En la casa de mi madre, en Montevideo, gocé el triunfo de Paraguay y a las 4.45 me tomé un COT a Piriápolis que paraba en el aeropuerto. Embarqué y, a las siete, inicié el vuelo de seis horas a Bogotá, donde, después de una pequeña escala, arrancamos para el Benito Juárez, al que llegué en la noche.
De ahí, con el asesoramiento de Fede Stezano y de una decena de mexicanos cuyos nombres no sabría decirles, pero sí del calor de su ser en la forma de recibir al forastero, me tomé el metro, luego un metrobús y terminé dando con el hotel.
A la mañana siguiente, el domingo, de acuerdo con el mismo formato de transporte público, hice todas las combinaciones posibles y tal vez usé todos los medios de la Ciudad de México –metro, metrobús, ómnibus y tren– para llegar al Azteca. Otra vez, decenas –porque fueron más de diez– de mexicanos y mexicanas confirmaron lo que cientos de uruguayos en el exilio nos habían contado de su forma de abrazarnos.
Hoy me vine a Guadalajara en ómnibus, leyendo la diaria, por supuesto, y sintiendo al Mintxo en su nueva “Redacción al margen” –espectacular, única, nuestra–. Sentí entonces que ya puedo ir soltando, porque la huella está felizmente trazada. Una vez más, advertí que el camino es la recompensa.
¡Eso, chingao!