Hay uruguayos que cruzaron la frontera con una valija y una nostalgia enhebradas en las necesidades de vivir mejor, de tener una vida digna. Otros cruzaron el mapa con una camiseta y una locura. Están los que viven en Estados Unidos hace diez, 20, 30 años y contando, y desde el día en que llegaron tienen marcado el día del debut como quien espera la visita de un familiar. Y están los que gastaron ahorros, pidieron licencia o inventaron una excusa para estar acá, en Miami. La explicación es tan simple como profunda: juega Uruguay.
El Mundial tiene la capacidad de alterar la lógica. Los migrantes uruguayos calcularon los días y los traslados hacia el Hard Rock Stadium según la hora del partido, y no les importa si vienen de Chicago, Nueva York, Los Ángeles o incluso de Europa. Hace unos días me decía Gastón, un uruguayo que buscando la existencia vivió y vive entre España y Playa del Carmen, que estaba como loco porque la celeste estaba cerca. Que haría cualquier cosa por estar en un partido. Que es lo más grande que hay. Y yo lo miraba atragantado en mi emoción, sin la capacidad de desentrañar el nudo, porque antes de ser periodista también fui migrante y recorrí el mapa por todo el norte español para ver un amistoso de la selección.
En el Miami que está de fiesta en las fan zones dan vueltas los que llegaron aceptando el embargue económico, sea por el precio del pasaje, del hotel o de una entrada. Todo junto, parece dejar de ser un gasto y se convierte en la historia que van a contar después. “Hay cosas que no tienen precio” es un lema que, cuando juega Uruguay, se comprueba solo. Nadie sabe si el viaje terminará con una alegría o con una tristeza, pero todos coinciden en que había que estar.
Estoy acá poniendo los ojos de los que no están y me imagino a Uruguay país, lugar físico, tan chico pero tan amplio, alterando el funcionamiento cotidiano. Simón quiere ser una figurita celeste y la madre busca cómo hacerlo; mis amigos escriben desde temprano –qué digo desde temprano: desde el fin de semana– para saber cómo va la cosa, qué se siente estar acá. Mi familia, repartida por el globo, también hace saber que es hoy, eh. Y mi vieja, allá arriba, desde el cielo nos viene a alentar.
Porque no es un partido más. Dejate de gentes serias que dicen de la boca para afuera que no piensan hacerse ilusiones mientras, adentro, ya saben dónde van a ver el partido o con quién se van a juntar. Ahí, creo, aparece el secreto mejor guardado de los uruguayos: fingimos que el Mundial es un partido más hasta que nos damos cuenta de que hace días que estamos viviendo alrededor de él.
Porque jugar un Mundial parece una costumbre establecida, pero no lo es. Hubo una época, no hace tanto, en la que el Mundial era una fiesta a la que Uruguay no iba. Los otros sufrían, sí, pero nosotros ni eso. La mirábamos de afuerita. Generaciones enteras vieron pasar mascotas, canciones oficiales y finales con nombres ajenos –Maradona, Ronaldo, Zidane– mientras nuestra camiseta perchaba. Quizá por eso, desde 2010, desde aquel proceso del Maestro Óscar Tabárez, cada vez que Uruguay aparece en la pantalla grande no hay que olvidarse del niño que fuimos, el que pasó años eligiendo equipos extranjeros para tener alguien por quien sufrir.
Dame la fiesta, papá. Los rituales. La casaca nueva, inmaculada, o la vieja y descolorida, esa que las vio todas. Si bien esto también es una misa, no es una ilusión ingenua. Sabemos de copas que terminan más rápido que un suspiro, de tardes, noches o madrugadas de calenturas, y de volver cabeza gacha. Tal vez por eso –y si no, concédanmela–, ahí está la razón por la que sigue importando tanto: la felicidad nuestra nunca llega garantizada y, aun así, siempre te vengo a alentar.
Empezó el Mundial y estamos todos bajo un mismo grito. Todos deseando la misma pelota, esperando el mismo gol o el partido que viene o el otro, convencidos de que esta pasión, tan simple y absurda a la vez, puede devolvernos, al menos por un rato, a ese lugar del que nunca terminamos de irnos.
Uruguay, siempre, es una esperanza que sobrevive.
