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Los jugadores de Uruguay, el 21 de junio, al finalizar el partido con Cabo Verde, en el estadio de Miami. · Foto: Patricia de Melo Moreira, AFP

Los jugadores de Uruguay, el 21 de junio, al finalizar el partido con Cabo Verde, en el estadio de Miami.

Foto: Patricia de Melo Moreira, AFP

Lo que dice el hincha de Uruguay

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Subí al ómnibus en pleno Miami Beach, a metros del cruce de la Collins con la Lincoln. El 150 me llevaba prácticamente hasta dentro del aeropuerto. Tocó emprender la retirada y volver a Playa del Carmen, donde está la base celeste. En la parada siguiente se sube un hombre con un gorrito de Uruguay, el clásico que tiene la bandera. Lo tenia un poco maltrecho, como si también hubiera pasado por varios mundiales.

Se sentó casi enfrente. No fue mi foco de atención al instante porque todavía tenía pendiente mirar con calma las construcciones art decó de esa zona. La mayoría son hoteles que parecen hechos para una película, con balcones que se doblan en la esquina, con las r3tas dialogando con las curvas, y nombres que suenan a promesas vencidas. Una maravilla de la historia, para mi gusto mucho más hermosos que los edificios que le rascan el higo al cielo y se miran en sus propios vidrios como si fueran selfies eternas.

Hay algo en lo viejo que es mucho más lindo. No sabría cómo definirlo técnicamente, pero me copan más las grietas que los reflejos. Un hotel que tiene las letras descascaradas dice más del tiempo que una torre perfecta que podría estar en cualquier city plastic.

Hasta que, en un momento, le hablo de asiento a asiento. No le pregunto si es uruguayo, se lo digo como una contraseña. Me dice que sí, que viene desde Arkansas, que había ido a ver el partido y que ahora irá a Guadalajara para seguir a la selección. Le pregunto qué le había parecido Uruguay, que me diera sus impresiones de hincha. Porque el hincha puede saber más o puede saber menos, pero siempre, siempre, siempre siente. Y eso, para entender un Mundial, es tan necesario como las estadísticas.

Me contesta que jugamos lindo, pero que algo falta, que yo ya sé lo que falta. Lo dice y me deja la pelota picando. No respondo. Me quiere traer a mi terreno, al del diagnóstico fácil del periodista, y no me interesa. Yo puedo pasar las noches más tristes analizando esto, abriendo ventanas de datos una encima de la otra. Pero quiero saber qué piensa él, el que llegó desde Arkansas y que está en este bondi donde la plebe vamos al aeropuerto, con las valijas peleando por un espacio en el pasillo.

Le devuelvo la pelota. Dígame usted. Y ahí me sorprende. No arranca por donde imaginé que iba a arrancar: garra, rebeldía, tal vez huevo, ese repertorio inagotable. Dice otra cosa, habla de entusiasmo, de contagiarse. Después desarrolla, como si se hubiera guardado esa idea durante todo el partido. Dice que entiende el nuevo Uruguay, el nuevo fútbol, esto de jugar lindo, que está bien, bárbaro; pero que hay que agregarle actitud, calentarse un poco, aunque sea para la tribuna, pero demostrar eso otro.

Lo sigo en silencio. No por falta de opinión, sino porque en el fondo sé exactamente de qué está hablando y prefiero no cortarlo con una cita de Bielsa o una referencia táctica. Él mira por la ventana. Pasan palmeras, un cartel de comida rápida, un hotel que promete Ocean View aunque el océano quede de espaldas al ómnibus. Agrega que antes uno veía a Uruguay y sabía que en algún momento se iban a calentar; que ahora juegan lindo, pero parece que les da lo mismo empatar que ganar.

Pienso en los números. La posesión, los pases al último tercio, los centros, los mapas de calor; las pruebas que el fiscal de turno llevaría al juicio de un partido para demostrar que Uruguay hizo cosas bien. Pienso en los datos que muestran a un equipo que corre, que aprieta, que somete. Pero Manuel, así se llama, no vino a Miami a mirar una planilla. Vino a buscar algo que no entra en las métricas: la complacencia del sentimiento inexplicable.

Bajamos del ómnibus y tomamos el MIA Mover. El vagón parece una versión futurista de aquellos trenes. Se mueve sin chofer, sin ruido de motor, the plastic mov. Seguimos hablando de la vieja escuela, de otras épocas, y en algún momento, sin darnos cuenta, intercambiamos los pasaportes del fútbol. Yo dejo de ser el que explica y él deja de ser el que siente.

Me hace bien descontracturarme, sacarme el corsé del analista, olvidarme de palabras que ningún gurí del campito usó jamás: basculación, amplitud, intervalos, bloque bajo. Al hincha no le importa eso. Le importa hablar de fútbol como lo vive, como lo aprendió en una cancha de tierra, como lo jugó con sus amigos en cualquier lado. Uruguay es, entre otras cosas, un país que se explica a sí mismo con metáforas de fútbol.

En medio del trayecto, Manuel suelta una frase que se me queda pegada como un estribillo: que si Uruguay juega lindo, mejor, pero que si tiene que elegir, prefiere ganar jugando feo. Que después, en casa, nadie le pregunta por la posesión; le preguntan si pasamos o no pasamos. La frase tiene una lógica impecable y no necesita VAR.

Nos despedimos en la bifurcación de los controles, él para su puerta de embarque, yo para la mía. Me da la mano con fuerza. Camino y pienso que el partido que yo veo y el partido que él siente no son exactamente el mismo, pero en algún punto se encuentran. En ese lugar donde un quite a destiempo vale más que una recuperación, donde un gesto de rabia puede importar más que un mapa de calor, donde un equipo no solo tiene que jugar bien sino también tiene que convencer a los suyos de que está peleando la misma batalla.

Y entonces vuelvo a los edificios de Miami Beach que miré al subir al ómnibus. A esos hoteles de otro tiempo que conservan sus cicatrices con una dignidad que ninguna torre de vidrio puede imitar. Tal vez el fútbol uruguayo tenga algo de eso. No necesita ser una reliquia ni vivir prisionero de la nostalgia. Puede evolucionar, jugar mejor, tener más la pelota y entender el fútbol moderno. Pero hay algo de sus viejas grietas que sus hinchas todavía buscan reconocer. Una marca, una reacción, un enojo, una señal de que los que están en la cancha sienten que la camiseta pesa lo mismo que para los que la miran desde la tribuna.

El próximo partido, como siempre, estaremos ahí. Manuel con su gorro celeste gastado de tantos viajes. Yo con mis datos guardados en el celular. Él buscando entusiasmo, yo intentando encontrar en las estadísticas algo que explique por qué un hombre cruza un continente para seguir a un equipo que lo hace sufrir.

Todavía no existe esa métrica. Sin embargo, el hincha siempre está.