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Deporte Fútbol
Julio Filippini, de Defensor, anota un gol a Nacional, año 1976.
Foto: s/d de autor, gentileza de la película 1976: Al revés de la historia

Julio Filippini, de Defensor, anota un gol a Nacional, año 1976. Foto: s/d de autor, gentileza de la película 1976: Al revés de la historia

La historia de los Filippini y un gol histórico

Julio Filippini y una dedicatoria que le abrió la puerta al mito pero le cerró el camino en el fútbol.

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Es una historia llena de épica: el primer cuadro en salir campeón en el profesionalismo de nuestro fútbol sin que fuera Peñarol o Nacional. El que dio la vuelta olímpica al revés. Es el Defensor 1976, campeón uruguayo de la mano del profesor José Ricardo de Léon.

De aquel equipo hay mil historias. Pero hay una que se rescata constantemente: el gol de Julio Filippini, la historia de la joven promesa que le hace un gol a Nacional en su debut y decide dedicárselo por radio a su hermano, lo que le traerá problemas impensados, hasta llegar a dejar el fútbol. No hay que olvidar que se estaba en plena dictadura, que ese hermano al que le dedica el gol estaba preso en el Penal de Libertad, y que además de a su hermano se lo dedicó a todos los compañeros presos en dicho establecimiento.

La familia Filippini estaba compuesta por Romilio, padre paraguayo, exiliado político, y Janina, madre belga. Tuvieron tres hijos. Eduardo es el mayor, luego una hermana, Mercedes, un año más chica, médica jubilada, que estuvo exiliada en Holanda 13 años hasta que retornó al país. Y el más pequeño, Julio, actualmente en Paraguay.

Charlamos con Eduardo recordando parte de su infancia y sus primeras correrías en el fútbol: “Somos de Malvín, desde que nací vivo ahí. Hincha de Unión Atlética. En el barrio teníamos un cuadro de fútbol que se llamaba Santana. El nombre era por la calle, vivía en Santana y Samuel Blixen. Todavía tengo amigos que eran de ese cuadro. Éramos gurises chicos, 10, 9 años. Camiseta blanca con vivos rojos. También jugué baby en el Real Malvín. Eso fue todo el fútbol que hice, además de jugar en el liceo. Después, cuando jugué en el penal, y luego fútbol de salón en el Juventus, más veterano. Dejé de jugar a los 60 años. Nunca jugué bien. No me destacaba. El fútbol se lo llevó todo mi hermano. Los genes fueron todos para Julio”.

En aquellos años de fines de los 60 la pelota comienza a perder espacio y los gana la militancia. Eduardo será uno de los tantos a los que 1968 agarra estudiando, y eso marcó el devenir. “Mi militancia arranca en el 68, en preparatorio en el IAVA. Año tremendo. Lo mío era ir acompañando fundamentalmente las movilizaciones, que eran poco más que todos los días, por los primeros muertos, el conflicto del boleto, el conflicto bancario al otro año. Las corridas por Eduardo Acevedo eran todos los días. Salíamos manifestando y al llegar a 18, un poco más, venían los milicos todos corriendo para abajo. Nos mataban a gases. Años 68 y 69. Y después seguí la militancia en la facultad, entré en el 70 en Agronomía. De Agronomía fuimos una cantidad presos. El grupo que teníamos, el grupo político, se llamaba Época 26. Época por el momento y 26 por el 26 de julio, el día del asalto al Moncada. Recuerdo que nosotros sentíamos que entrábamos en la facultad para ser ‘técnicos de la Revolución’, fijate vos. Cuando surgen los comités de base, al principio del 71, nos fuimos diversificando, y ahí con la que era mi novia y después fue mi esposa integré un comité en mi barrio que se llamaba Malvín 5, comité del Frente Amplio. Yo militaba en el MLN, y cuando viene el golpe sigo militando clandestinamente en el 26 de Marzo, la parte digamos legal del MLN, hasta que en abril del 74 se desmembró todo, cuando la última gran caída”, dice Eduardo.

A fines de aquel 74 se da una caída grande de gente, que comienza en Belvedere, con integrantes del PCR, Partido Comunista Revolucionario. La represión comienza a tirar de piolitas y terminan cayendo 52 personas. Eduardo ya era padre al momento de caer, y tenían otro bebé en camino. Al mediodía del 4 de enero del 75 su suegra le avisa que lo están buscando en la puerta. Estaba haciendo un asado en la casa de los suegros. Eduardo sale a la puerta, se encuentra con un tipo y una pistola. Y se acabó la historia.

“Cuando caímos éramos un grupo de 52 compañeros. En el año 75, fines del 74. En diciembre, enero, fue la caída. Nosotros llegamos al penal en el 75; el 11 de agosto llegué yo con una parte y la otra en los primeros días de setiembre. Salimos de la Brigada 1 de Infantería, donde estábamos en ese momento, después de haber recorrido tres cuarteles: el 9º de Caballería, el Grupo de Artillería 5 y la Brigada 1 de Infantería en el kilómetro 14 de Camino Maldonado. Mi segundo hijo nació tres meses después que yo caí preso. Yo estaba en la calle Burgues y José María Silva. Y él nació y yo ni me enteré. Me enteré después en la visita, no sé cuánto tiempo después. Ana, la madre de mis hijos, cuando salió de La Española se fue directo al cuartel a pedir que me dejaran conocer al bebé. No me dejaron. Entonces ella le llegó a dar el niño, recién nacido, al oficial de guardia para que lo agarrara. Se lo devolvió. Y la echaron. De ahí salimos el 11 de agosto, los primeros 20 en un camión. Y bueno, cuando llegaron todos, nos juntaron en una barraca. Pasé un par de días en La Isla, el lugar donde metían a los sancionados. Ahí me pelaron, me dieron el mameluco. Y después, a los dos días, me pasan para una barraca. Allí estaba un grupo de gente de Maldonado fundamentalmente, que eran del MM, el Movimiento Marxista; habían caído en el cuartel del Sauce, donde los masacraron”, cuenta Eduardo.

Las barracas eran galpones grandes con techos de dos aguas, a una cuadra del celdario aproximadamente. Eran cinco, cada una con dos sectores, 40 recluidos por sector, con cuchetas, todos juntos. Eduardo cree que debe ser el único preso que estuvo todo su período en el penal en la misma barraca, aunque sí cambió de sector, pero siempre en la barraca 3.

El penal era duro, pero era una realidad mejor que la vivida cuando estaban detenidos en los cuarteles. Al menos en el penal estaban en un lugar hecho para recluirlos a ellos, no se sentían tan solos. En los cuarteles los trataban como sobras. Justo cuando Eduardo cae, es que su hermano Julio arranca a jugar en Defensor. Comienza en quinta, luego cuarta. Y a fines de aquel 1975 Julio juega sus primeros partidos en primera, cuatro en total, por la Liga Mayor. Para 1976 los hermanos jugarán un torneo cada uno, claro que en muy distintas condiciones: “En el 76, cuando se decantó todo y se llevaron gente de una de las barracas para otra barraca, se organizó un campeonato. Permitieron que nosotros organizáramos un campeonato de fútbol del penal. La gente que estaba trabajando en el celdario, en la radio, porque había una radio que emitía música y algún partido de fútbol, organizó todo. Nosotros hicimos un cuadro en la barraca, éramos todos muy jóvenes y les ganábamos a todos. Teníamos un muy buen golero. Había un muchacho hincha de Liverpool que tenía una moña larga que era imparable. Jugaba de 5. Tenía 14 pulmones y 20 años. Había un pibe que había jugado de back derecho en el Atenas de San Carlos que la rompía. Teníamos ahí una estructura de unos seis, siete compañeros que más o menos andábamos bien. Yo corría mucho. Trancaba con la cabeza igual. En ese campeonato jugué adelante. Y bueno, algunos otros que no eran tan jóvenes que acompañaban. Volábamos. Había diez cuadros en el penal, uno por sector, y diez cuadros en las barracas, dos por cada una, uno por sector. El campeonato nuestro fue entre los diez de las barracas y les ganamos a todas. No me acuerdo cómo fue el tema de la organización, si era por eliminación o cómo. En ese campeonato yo jugaba adelante. Se ve que andaba bien en ese momento. Lo anecdótico es que uno de los compañeros que estaban con nosotros tenía una compañera que estaba afuera y que estaba en el tema de la confección de ropa. Entonces mandamos a hacer un juego de camisetas negras. No sé por qué se nos ocurrió hacer camisetas negras. Y un día llegaron las camisetas. Las usamos en el primer partido que tuvimos la oportunidad. Eran maravillosas, negras con motivos blancos. Al otro día del partido que ganamos hubo una requisa y bueno… nos afanaron las camisetas. Las usamos una vez sola”.

La historia

Mientras Eduardo se destacaba en el torneo carcelario, su hermano menor debutaba por el campeonato uruguayo de primera división 1976, nada menos que contra Nacional en el Centenario por la cuarta fecha. Arranca el partido. Julio encara, se mete en el área rival y el Polilla Alfredo de los Santos lo cruza y le hace penal. Pedro Álvarez pone el 1-0. Los violetas dominan y se viene el segundo. La pelota le queda para la derecha, y Julio, que era zurdo, no erra: 2-0. Termina el primer tiempo soñado para un gurí debutante que hasta hace poco jugaba en la cuarta. En el segundo tiempo Nacional logra empatarlo 2-2. Faltando 15 minutos entró el veterano Luis Cubilla, y el que salió fue Julio. Había logrado un gran debut.

La historia a partir de ahí es conocida. “Se lo dedico a mi hermano y a todos los compañeros del penal”. Esa fue la frase con la que le contestó a Víctor Hugo Morales desde el vestuario, donde lo entrevistaba Américo Signorelli, la clásica pregunta de a quién le dedica el gol. El padre estaba escuchando la radio mientras volvía del partido, escuchó a su hijo y pegó inmediatamente la vuelta para buscarlo. Sabía que este tema algo podía acarrear. Él ya se había ido con su novia. Al final lo encontró y le recomendó que se quedara guardado algunos días por las dudas. Eso hizo Julio. Al final, la cosa no pasó a mayores. Las Fuerzas Conjuntas dejaron pasar el episodio. Pero la carrera de Julio hasta ahí llegó.

Julio Filippini no volvió a jugar en el torneo, no aparece en la foto del equipo campeón. Quedó jugando de nuevo en cuarta, y a fin de año quedó libre. Cosa rara para un juvenil prometedor, de gran debut y, además, con pasado en selección juvenil. Terminó jugando en Defensor Universitario. Eduardo es consciente de lo que le costó todo esto a Julio: “Mi vieja contaba que viviendo en Paso Carrasco el Peta [Luis] Ubiña fue a casa a hablar con mis padres porque de Italia querían llevarse a mi hermano. Y justó pasó eso. Le mataron la carrera”.

Eduardo había logrado escuchar algún partido de su hermano en 1975. Había chance de que estuviera escuchando ese partido, Julio lo sabía, por eso la dedicatoria. Pero Eduardo no lo escuchó y del gol se enteró después: “¿Sabés cómo me enteré? Nosotros teníamos visita por teléfono con un vidrio de por medio, un teléfono de cada lado. Y claro, todo lo que decíamos lo escuchaban. Como la cantidad de presos excedía la cantidad de lugares, había dos o tres que tenían visita de registro, o sea que vos tenías a la otra persona al lado a través de una reja. Ahí no podían escucharte. Entonces justo en la semana del partido a la visita siguiente tuve visita de registro y ahí Ana, la madre de mis hijos, me contó todos los detalles de lo que había pasado, lo del gol, la dedicatoria, que Julio se había quedado escondido tres días en la casa de la novia, que hoy es la madre de sus hijos. Además, él me mandó la camiseta de ese día, tenía el número 17. No sabés lo que era, una obra de arte. De una tela especial y con el número amarillo bordado con violeta por afuera, una cosa imponente. Cuando me fui del penal se la dejé a un compañero. Nunca la recuperé”.

Víctor Hugo Morales tuvo la capacidad de intuir lo que venía en aquel año, y comenzó a acompañar a Defensor con el relato. Por eso, a fin de año, sacó un vinilo con los relatos de los principales goles. En el lado 1 está el gol a Nacional de Pedro Álvarez, el del penal que le hicieron a Julio. Pero el segundo gol no aparece. Esa grabación se perdió. No está en el disco. Años después, Víctor Hugo hizo un relato ficticio recordando la jugada, a modo de homenaje.

Arranca por la derecha Rudy Rodríguez, frente a la tribuna América se va llevando el balón, lo está marcando Adán Machado, escapó Rudy, se lleva la pelota, se va Rudy, va a tirar el centro, la pelota al área, entró Álvarez por el medio, no alcanza... llegó Filippini, ¡gol!, goooooooool de Defensor, Filippini... Julio Filippini entró a la carrera, sacó un remate de primera, para colocar la pelota rasante, indefenso el arquero Bertinat... ¡extraordinaria victoria del equipo violeta!