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Política exterior y retórica de la batalla

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Subir a un portaaviones, o cualquier buque de guerra de otra potencia, como jefe de Estado es un acto protocolario y simbólico común en la diplomacia internacional: australianos, neozelandeses, japoneses, coreanos, presidentes franceses, premieres europeos suben habitualmente a naves de guerra de Estados Unidos.

Lo imprevisto del raid del presidente Yamandú Orsi y las palabras del embajador estadounidense Lou Rinaldi sobre la plataforma del portaaviones Nimitz –que navega por el sur del hemisferio y también recibió las visitas de los presidentes de Chile y Argentina– suscita preguntas sobre lo que sucede detrás de gestos, fotos y palabras. Habrá que esperar para conocer la contingencia de episodios, presiones y salidas ingeniosas de Uruguay asegurando el pie de la independencia.

El jueves 7 de mayo, Lula se reunió con Donald Trump en la Casa Blanca. Para los brasileños, ni las amenazas de Trump sobre Cuba ni la guerra fueron obstáculo para la cumbre. Lula conversó con el comandante en jefe de todos los portaaviones nucleares, las naves aéreas nucleares, los misiles aire-tierra. Toda la izquierda uruguaya y latinoamericana asume sin chistar la lógica natural de la charla de Lula con Trump a solo pasos de distancia del oficial de la valijita del botón del holocausto del planeta. Lula habla en las mismas horas en que Trump podría cumplir su anuncio de mover el portaaviones Lincoln desde el estrecho de Ormuz hacia las aguas de Cuba para cumplir vagas amenazas. ¿Más retórica cuando abandona la guerra de Irán?

Trump como negocio electoral

Trump ha sido un buen negocio electoral para los antitrumpistas de muchos países. Trump se burló de los liberales canadienses de Mark Carney. Los conservadores iban 25 puntos delante. Alardeó con la anexión o con destruir la salud socialista del Canadá, y los liberales –amplio partido de liberales progresistas a la izquierda democrática– arrasaron porque levantaron la bandera de la soberanía. Se metió con el premier Anthony Albanese de Australia y los laboristas australianos arrasaron. Se metió con Groenlandia, Dinamarca y los países nórdicos, y la izquierda danesa, que estaba perdida, se recuperó mientras la derecha antitrumpista votó muy bien.

Mientras más cerca geográfica o temporalmente esté la provocación de Trump, más fortalece a sus enemigos locales. Las amenazas de anexión de Groenlandia y la provocación de Trump a los países nórdicos fueron a mediados de febrero; entonces la premier socialdemócrata Mette Frederiksen tocó el cielo en las encuestas. Pero las elecciones fueron el 24 de marzo y no pudo capitalizar plenamente la defensa de la soberanía de febrero.

Esto vale para el juego político interno y externo que hacen hoy Pedro Sánchez en España y Lula en Brasil.

En países fuertes es negocio pelearse con Trump o incluso amigarse con Trump. Los bolsonaristas dicen que la reunión en la Casa Blanca debilita la narrativa petista que presenta al senador y candidato presidencial Flavio Bolsonaro como entreguista a Trump, pero el periodista Ricardo Noblat sostiene que Lula saldrá beneficiado. Trump no puede dañar la economía de Brasil: vende más de lo que compra y los aranceles son un tiro en su pie. Lula busca mejorar los aranceles, negociar tierras raras, acordar reglas de plataformas. Y un éxito rutilante de Lula puede ser un trampolín de reelección, como sucedió con Gustavo Petro luego de su propia cumbre con Trump.

España está al lado de la guerra, con blindaje arancelario europeo y cero costos por pelear contra Trump en una batalla electoral con ganancia interna que eleva a Sánchez como líder moral mundial. Trump no puede sancionar a España porque la protege la normativa europea. La Unión Europea tiene competencia exclusiva en política comercial (artículos 3 y 207 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea), y por tanto aplicar aranceles específicos o sanciones sobre defensa contra España es considerado por Bruselas automáticamente como un ataque contra la UE en su conjunto.

¿Qué puede hacer Trump? ¿Retirar las tropas norteamericanas y las dos bases militares que tienen en España? Eso sería la mejor noticia para Sánchez, que no quiere mantener la contribución militar de España al gasto militar compartido con Estados Unidos y en la OTAN.

España tiene un PIB nominal de 1,60 billones de dólares y 50 millones de habitantes; es una potencia intermedia. Brasil tiene un PIB nominal de 2,19 billones y 213 millones de habitantes; Uruguay tiene 81 mil millones de PIB nominal con 3,5 millones de habitantes. España tiene un PIB nominal casi 22 veces mayor que Uruguay. Brasil es una potencia mundial con la misma economía que Rusia. La política de Trump es un desastre para la humanidad, pero la respuesta exige mucha inteligencia; no es solo una respuesta de Estados, sino también de movimientos sociales y políticos transversales, y en el caso de los países pequeños como Uruguay, exige la sutileza y firmeza de mantener la línea de neutralidad activa.

Pequeño que se multiplica

En el cuarto gobierno del Frente Amplio, Uruguay no solo abre mercados y firma tratados de libre comercio o baja aranceles a toda velocidad siguiendo tareas anteriores de la cancillería y los gobiernos uruguayos —o iniciando nuevas— como el Tratado del Mercosur con la Unión Europea, el acuerdo con el EFTA (Asociación Europea de Libre Comercio), la negociación Mercosur-Canadá o el proceso final de ingreso en el Tratado Transpacífico (Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico, CPTPP o TPP), el mayor tratado de libre comercio actual enclavado en Asia-Pacífico. Uruguay abre líneas comerciales claves en Indonesia, Vietnam, África. Pero Uruguay tiene ahora un papel político fundamental en el Sur global Preside el G77 (Grupo de los 77), la mayor organización intergubernamental de países en desarrollo dentro de las Naciones Unidas, principal plataforma de articulación política y económica del "Sur Global". En segundo lugar, preside la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, Celac. Y pronto ocupará nuevamente la Secretaría del Mercosur en el momento histórico revitalizador del tratado con la Unión Europea. Son espacios que exigen equilibrio, trabajo profesional y diálogo de Uruguay con todos.

La responsabilidad impide que el presidente Orsi construya liderazgo desafiando a los Estados Unidos, como a veces reclaman algunas voces sin tomar en cuenta ni el interés material ni la vulnerabilidad del país.

La neutralidad activa supone rutas comerciales múltiples y diálogo con todos sin alineamiento con nadie, dentro de los valores de paz, promoción de derechos humanos y latinoamericanismo.

Todo es muy cambiante; en la región, hoy Uruguay está rodeado de gobiernos libertarios, hay un empate en Brasil, pero el presidente Javier Milei está debilitado y el propio Trump puede perder las elecciones de noviembre.

¿El rugido del ratón?

Uruguay –siguiendo la experiencia y teorías de los países pequeños– defiende su soberanía democrática dialogando con China, Estados Unidos, la UE, Brasil y Argentina, Urupabol, países nórdicos o del Sur global. Dada nuestra trama de relaciones, tenemos mucho que perder ante eventuales represalias estadounidenses, a diferencia de la España de Pedro o del Brasil de Lula, porque Estados Unidos es nuestro principal cliente de productos tecnológicos, servicios complejos, tecnologías de la información, y además es quien paga precios premium por nuestra carne.

Quisieron que Yamandú no viajara a China y dentro de Uruguay lo llamaron temerario, pero Yamandú viajó y avanzó en el comercio, confirmando una relación estratégica. Quisieron y presionaron para que ingresáramos al Escudo de las Américas y en tono amable no lo hicimos, porque es un club de amigos políticos que quiere articular esfuerzos en el combate al narcotráfico, nada menos que sin México, Colombia y Brasil. Quisieron que Yamandú no viajara a la Cumbre de Barcelona, que evidentemente era una gran cumbre mundial progresista antitrumpista, y Yamandú viajó porque allí, visto en positivo, hay gobiernos con los cuales compartimos valores y líderes mundiales de primer nivel como Rajiv Gandhi de la India, Cyril Ramaphosa de Sudáfrica, líderes del Partido Demócrata de Estados Unidos y toda la socialdemocracia internacional. En Uruguay lo acusaron de provocador. Mientras tanto, nuestro gobierno envió al ministro de Economía, Gabriel Oddone, a Washington para mantener reuniones no solo con organismos multilaterales e inversores interesados en Uruguay, sino con autoridades del gobierno estadounidense.

Mientras tanto, el secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, avanza en la formación del Centro de Paz y Mediación de Montevideo, en acuerdos de apoyo y participación conjunta con Noruega, el país modelo en procesos de paz.

Ahora Yamandú hizo una visita al portaaviones Nimitz, habitual en la diplomacia mundial de jefes de Estado, habitual en naves militares de Estados Unidos, y una parte de la izquierda le ha dicho de todo; hablan de los gestos y del peligro de Trump, que ya intervino militarmente en Venezuela y amenaza Cuba. No dicen nada de Lula.

Olvidan que en diciembre de 1990 Tabaré Vázquez nombró ciudadano ilustre y entregó la Llave de Montevideo al presidente George Bush (padre), que un año antes invadió Panamá con 27.000 soldados, dejando un reguero de 2.000 muertos y decenas de miles de viviendas destruidas, o que invitó a visitar Uruguay a Bush hijo (cargaba en la mochila entre 300.000 y 600.000 iraquíes muertos en la guerra), compartiendo un asado en la estancia de Anchorena. Y que Mujica habló con todos los líderes mundiales y asistió a todo tipo de ceremonias no protocolares.

La responsabilidad impide que el presidente Orsi construya liderazgo desafiando a los Estados Unidos de Donald Trump, como a veces reclaman algunas voces sin tomar en cuenta ni el interés material ni la vulnerabilidad del país. ¿Existe en la opinión pública una demanda de identidad hacia partidos, líderes y gobernantes en Uruguay? Sí. ¿Niega el liderazgo de “estadista de diálogo” que, junto al foco en la gestión, define el perfil político de Yamandú? No. Para nada. Pero tal vez reclama complementarlo con un liderazgo de desafío.

Lo que han hecho Tabaré, Pepe y Yamandú es seguir una estrategia internacional de diálogo con todos sin complejos y con confianza en la seriedad de nuestro país. No con guerras retóricas para las que no tenemos espalda, pero sí con audacia en el desprejuicio. Eso se llama soberanía y se llama independencia nacional con valores.

Eduardo de León es sociólogo.

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