A un año de la muerte de José Mujica, abundan las ceremonias del recuerdo y los intentos de medir cuánto y cómo incide su ausencia. Tal como pasaba cuando estaba vivo, la mayoría de los relatos extranjeros hablan, desde sus propias prioridades, de un personaje que en Uruguay nos parece incompleto y distorsionado. Cuesta más darnos cuenta de que la misma objeción vale para gran parte de las voces locales, y de que eso es inevitable cuando se trata de dirigentes que marcaron su tiempo, siempre recreados por quienes invocan su memoria.

Hay una parte irremediable del hueco, porque muchas de las facetas de Mujica más recordadas –con amor o con rencor– tuvieron que ver con una trayectoria personal y un contexto histórico que no se repetirán.

Algunas de sus posiciones multiplicaron su impacto porque las asumía alguien que había sido guerrillero. Buena parte del estilo de vida que mantuvo y defendió tenía raíces en una peripecia de privaciones como rehén de la dictadura, y habría sido difícil de sostener si hubiera tenido que cuidar a hijas e hijos. La gran pregunta política es qué queda como enseñanza fecunda, asimilable por personas muy distintas de él y en este tiempo.

No quedan un programa o una doctrina; hablamos de alguien cuya concepción de la libertad lo llevó a rehuir el pensamiento sistemático. Hubo, sí, énfasis y orientaciones que reiteró hasta el final. A riesgo de incurrir en un sesgo más de interpretación, se puede destacar lo referido a la integración regional; a la necesidad de comprender, valorar y fortalecer el Uruguay no montevideano; y al reconocimiento de que el cambio cultural es crucial. También, sobre todo en sus últimos años, el esfuerzo por reforzar los vínculos de convivencia democrática entre los partidos, para prevenir escaladas de odio, disgregación y violencia autoritaria aún más graves que las que él había vivido.

Es una respetable agenda para estos tiempos, pero no explica por sí misma que la prédica de Mujica haya tenido tanta repercusión y trascendencia, y eso tampoco se debió solo a su formidable capacidad de comunicar. Quizá sea más acertado identificar, en su legado de méritos emulables, la importancia de sensibilidades y actitudes.

Aperturas y cerrazones

Mujica fue capaz de escuchar, aceptar y viabilizar propuestas que no habían sido sus prioridades cuando empezó a hacer política ni cuando asumió, décadas después, la presidencia de la República. Entre ellas se suelen mencionar las vinculadas con la “agenda de derechos”, como las leyes sobre legalización del aborto, matrimonio igualitario y marihuana, pero en el mismo capítulo figuran también, como señaló Fernando Errandonea en una nota que publicamos el sábado pasado, el impulso al cambio de la matriz energética y al tendido de fibra óptica.

Hubo más ejemplos, y en cada uno reconoció el valor de ideas ajenas. Cuando no las defendió expresamente, se abstuvo por lo menos de bloquearlas; cuando no se aseguró de que su implementación contara con recursos suficientes, por lo menos ayudó a ponerlas en marcha.

Es cierto que también hizo fuerza por iniciativas que no podían tener éxito. Se sentía muy compenetrado con algunas formas de la producción económica, pero no le tenía el debido respeto a la macroeconomía, ni a las precauciones en planes que dependían de numerosas variables. Admiraba logros del batllismo, pero no se llevaba bien con el funcionamiento del Estado, y cedió mucho ante los grandes poderes privados.

Es posible que todo eso se debiera a su ya mencionado recelo ante los sistemas de pensamiento, que no abarcaba solo a los refinamientos académicos, sino también a los protocolos de la función pública e incluso a las ortodoxias teóricas en la militancia de izquierda.

Sea como fuere, otra acotación pertinente es que Mujica fue un enamorado de los ideales igualitarios, pero no escuchó por igual a todas las personas ni mostró la misma disponibilidad ante todas las ideas progresistas. Varias de las causas que avanzaron durante su presidencia tenían detrás importantes movilizaciones sociales, en las que supo ver bases necesarias para construir un país mejor, pero no tuvo la misma actitud ante el reclamo multitudinario de cada 20 de mayo.

Cultivos de futuro

En todo caso, la cuestión fundamental hacia adelante no es esperar en vano “que aparezca otro Pepe”. Urge formar a cada generación de posibles dirigentes políticos en la sensibilidad social y la disposición a escuchar, pero es tanto o más imperioso fomentar en la sociedad la capacidad de generar y sostener iniciativas poderosas para el cambio.

También Tabaré Vázquez, tan distinto de Mujica, supo aceptar propuestas ajenas y darles viabilidad: por ejemplo, las reformas tributaria y de la salud, la creación del Ministerio de Desarrollo Social o el Plan Ceibal. Tampoco él dejó planteados programas ni doctrinas. Con ambos vimos, de distintas formas, que las transformaciones progresistas no se desarrollan linealmente desde arriba hacia abajo, aunque queden asociadas con la persona que estaba arriba cuando se produjeron.