Respuestas a la negación indígena de un expresidente

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Un reciente artículo del expresidente Julio María Sanguinetti publicado en El País en torno al Día del Patrimonio y dedicado a los pueblos indígenas reabre un viejo problema de la historiografía uruguaya y de los imaginarios nacionales.

El problema del texto de Sanguinetti radica en que reintroduce una lógica evolucionista implícita. Plantea una narración teológica en la cual la destrucción cultural indígena y el blanqueamiento demográfico serían procesos naturales, una especie de fuerza de la historia hegeliana. Eso borra totalmente a los actores y sus intereses político-económicos, así como los proyectos de país detrás de las campañas antiindígenas. Además, parte de la idea de que solo ciertos pueblos “aportan” al Estado-nación, mientras que otros quedaron fuera de su genealogía legítima.

El artículo reproduce una idea jerarquizante que la historiografía contemporánea ha puesto en debate: solo los europeos y criollos, así como los grupos indígenas dominados e influenciados cultural y religiosamente por estos –los indígenas misioneros–, merecen reconocimiento estatal. Desde esa perspectiva, los charrúas no merecerían ningún tipo de reconocimiento, ni siquiera por su aporte en las guerras independentistas, algo ampliamente documentado (Petit Muñoz, 1951; Acosta y Lara, 2010; Bracco, 2023). No hablemos ya de sus legados culturales y demográficos. Eso responde a una matriz historiográfica del siglo XIX asociada a la construcción de los estados modernos, por la que la diversidad indígena era interpretada como “obstáculo” o “residuo” de un pasado ya superado: civilización o barbarie, orden y progreso, la república versus el indio.

La oposición rígida entre charrúas y guaraníes que propone el artículo resulta historiográficamente débil. Así como hubo hechos de enfrentamientos entre ambos grupos, también hubo alianzas, como las que se dieron durante la Guerra Guaranítica, las guerras de independencia y la resistencia a las campañas militares de la incipiente república. Es necesario recordar que, si bien un batallón de guaraníes de Bella Unión participó en Salsipuedes, el grueso de la “división expedicionaria” con sus más de 1.200 soldados eran soldados del ejército nacional y milicianos criollos de Paysandú, como dan cuenta los documentos para la nominación del Sitio de Memoria Salsipuedes. De la misma forma, Bernabé Rivera, quien perseguía a los remanentes grupos de charrúas y reprimió la rebelión indígena de Bella Unión, encontró en los montes del Cuareim a charrúas y guaraníes colaborando juntos en un contexto de persecución generalizada.

El artículo no solo reduce la complejidad del mundo indígena y sus interacciones a una lógica de reemplazo cultural, sino que también oculta las propias políticas de despojo de la sociedad hispano-criolla a los guaraní-misioneros. La invisibilización del aporte guaraní-misionero se debe a la invisibilización general del indígena, no a la reivindicación charrúa. El problema es el borramiento indígena por parte de la sociedad dominante en Uruguay.

El expresidente intenta deslegitimar al movimiento charrúa y a cualquier intento de reivindicación de esta etnicidad; sin embargo, el título del Día del Patrimonio es “Raíces indígenas: pasado, presente y futuro” y no habla de los charrúas en específico, sino de los pueblos originarios en general. Es una reivindicación a los charrúas, guaraníes, guenoas, chanás y a todos los pueblos que desde hace al menos 12.000 años habitan el territorio que conocemos como Uruguay. Una reivindicación que ha tardado mucho en llegar y que habla de las tensiones y las problemáticas en torno a lo indígena en el país.

En este sentido, resulta problemático el uso del concepto “mitología charrúa” en su argumentación, ya que sugiere que las reivindicaciones contemporáneas carecerían de sustento histórico y responderían más bien a invenciones identitarias que a procesos sociales reales. Descalificar estas reivindicaciones como “mitológicas” implica desconocer décadas de investigaciones en historia, antropología y genética que han demostrado la resistencia de la ascendencia indígena, así como la continuidad de memorias. Más que una invención, lo que se observa es una reemergencia identitaria en diálogo con debates contemporáneos sobre reconocimiento y ciudadanía.

Por otro lado, aplicada selectivamente a lo charrúa, la noción de “mito” invisibiliza el carácter igualmente construido de otras figuras centrales de la identidad nacional, como el gaucho o el propio relato liberal-republicano. No se trata de oponer mito a historia, sino de analizar qué relatos son legitimados y cuáles son desestimados dentro del campo político y cultural.

Sanguinetti no solo malinterpreta la temática de la política cultural, sino también el libro del historiador Diego Bracco Cautivas entre indígenas y gauchos. Haciéndose pasar por conocedor del tema, pero sin leer o malinterpretando el texto, dice que ese libro muestra la brutalidad de los hombres charrúas. Básicamente, esencializa a los varones indígenas como potenciales violadores de mujeres blancas.

La imposibilidad para reconocer al otro y a distintas formas de organizar y estar en Uruguay es una forma de totalitarismo. En ese sentido, no hay nada más democrático que pensar al Uruguay indígena.

No obstante, este libro aclara dos cosas que contradicen lo planteado por Sanguinetti. Por un lado, que los gauchos eran mucho más violentos con las mujeres cautivas que los charrúas o guenoa-minuanes. Sin embargo, a diferencia del varón charrúa, el gaucho sí tiene su lugar como ícono de la nacionalidad y no es señalado como un violador en potencia. En segundo lugar, sostiene que el problema de las “cautivas” se daba ante el secuestro de mujeres blancas, pero las cientos de mujeres indígenas y afro secuestradas por españoles y criollos apenas importan. Hablar del problema de las “cautivas” es una jerarquización racial de las mujeres, por la que las blancas son “pobrecitas” y las “indias” son totalmente desvaloradas.

De esta forma, el político reproduce el mismo discurso de justificación de la campaña de Salsipuedes en su época, ignorando las voces críticas que, por supuesto, también existieron, aunque a este riverismo ideológico jamás le convenga mencionarlas. Cabe aclarar que, según estudios genéticos, solo el 3% de las personas con ascendencia indígena vienen por vía paterna, el resto se da por vía materna. Eso permite concluir que existió un asesinato masivo de varones indígenas y la apropiación de sus mujeres.

En otra mala interpretación del Día del Patrimonio de este año, Sanguinetti se dedica a hablar solo en términos pasados. Como si lo indígena fuera solo una discusión historiográfica y no una discusión de relaciones interétnicas, colonialidades e imaginarios nacionales de los últimos 500 años, incluyendo la contemporaneidad. No se puede hablar de los pueblos originarios sin mencionar al movimiento indígena de los últimos 40 años, los debates contemporáneos sobre el reconocimiento y las proyecciones a futuro de cómo van a ser las relaciones entre Estado, sociedad dominante y grupos indígenas a posteriori. El exmandatario no se mete en estas discusiones o solo lo hace para cuestionar al movimiento charrúa contemporáneo y deslegitimarlo.

En eso Sanguinetti es muy honesto y explícito: para él el problema es que el Estado se involucre en políticas de reconocimiento cultural. Le es irrelevante si los grupos indígenas se organizan de forma autonomista, ya que el autonomismo no representa una amenaza a sus intereses. Sus intereses son los del control histórico del Estado y sus capacidades para transformar la sociedad, que siempre tienen que estar al servicio de un proyecto liberal y occidentalista. El Estado nunca puede ser reformado para incorporar al mundo indígena. Contra esta amenaza reformista es que Sanguinetti larga su batería discursiva.

El exmandatario menciona que la sociedad uruguaya estaría vinculada histórica y ontológicamente a la filosofía liberal que iría desde Artigas, pasando por Rivera, Lavalleja, José Pedro Varela y terminando en la democracia partidaria actual. En ese marco, el movimiento indígena es representado como una amenaza a los valores nacionales liberales. De esta forma, construye al charrúa como un enemigo de la nación, del ser nacional y de la democracia, y lo charrúa se construye como una aberración intolerable.

Forma parte de un relato sarmientino de civilización versus barbarie, que no solo reproduce lógicas racistas y excluyentes con la población indígena, sino también falacias históricas. Si bien el liberalismo es dominante, no ha sido la única corriente política y económica del país. En las décadas del 60 y 70 del siglo pasado las izquierdas no eran liberales (marxismo latinoamericano) y tampoco en los años 20 y 30 (anarco-sindicalismo). El Partido Nacional en el siglo XIX tampoco era liberal, ni en lo político (eran caudillistas), ni en lo económico (eran proteccionistas nacionalistas). De todos los personajes que menciona Sanguinetti, el más nítidamente liberal fue Varela; el resto son caudillos decimonónicos que se alejan bastante del liberalismo de su época.

La esencialización de Uruguay como un país liberal corresponde a mitologías occidentalistas construidas por el Partido Colorado para mantenerse en el poder y legitimar sus agendas políticas. Es curioso que se cuestione a los colectivos indígenas contemporáneos y a la actual política del Ministerio de Educación y Cultura como parte de “mitologías”, pero se encubran otras formas de mitologías, incluso más fantasiosas que las indígenas, sobre la esencia liberal y occidental del país. Lo más peligroso de estas mitologías occidentalistas y liberales es que plantean un orden totalitario por el que no puede haber nada por fuera de su matriz. La imposibilidad para reconocer al otro y a distintas formas de organizar y estar en Uruguay es una forma de totalitarismo. En ese sentido, no hay nada más democrático que pensar al Uruguay indígena.

Joaquín Andrade Irisity es estudiante de Historia en el Instituto de Profesores Artigas, Martín Delgado Cultelli es estudiante de Antropología en la Universidad de la República y José Damián Torko Gómez es estudiante de Relaciones Internacionales e Integración en la Universidad Federal de la Integración Latinoamericana.

Referencias bibliográficas

Acosta y Lara, E. (2010). La guerra de los charrúas. Ediciones Cruz del Sur. Montevideo.

Bracco, D. (2023). Charrúas ¿genocidio o integración?_ Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo.

Petit Muñoz, E. (1951). Artigas y los indios. En Artigas (pp. 253-268). Editorial El País. Montevideo.

¿Te interesan las opiniones?
None
Suscribite
¿Te interesan las opiniones?
Recibí la newsletter de Opinión en tu email todos los sábados.
Recibir