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Del totalitarismo al tecnofascismo: los peligros de una genealogía y las alternativas

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Hay una paradoja en ciertas lecturas contemporáneas de Los orígenes del totalitarismo (1951). Cuanto mayor es la admiración por Hannah Arendt, mayor parece ser la tentación de volver determinista un libro que, en varios de sus momentos fundamentales, intentó precisamente escapar del determinismo histórico. Antisemitismo, imperialismo, sociedad de masas, burocracia, racismo y crisis del Estado-nación terminan ordenados retrospectivamente como estaciones de un camino que conduce al totalitarismo, y, una vez realizada esa operación, el mismo procedimiento se proyecta hacia adelante: Donald Trump, los tech Bros, la crisis del multilateralismo, las nuevas doctrinas de seguridad aparecen como manifestaciones contemporáneas de aquello que Arendt habría identificado hace 75 años.

El problema no está en utilizar a Arendt para pensar el presente. El problema es convertir sus categorías en una filosofía de la historia. Los orígenes del totalitarismo no demuestra que imperialismo, racismo o sociedad de masas conduzcan necesariamente al totalitarismo. Incluso la palabra “orígenes” puede resultar engañosa si se la interpreta en sentido causal convencional. Arendt buscaba reconstruir elementos que, bajo determinadas circunstancias históricas, llegaron a “cristalizar” en una forma de dominación que consideraba nueva. Esa idea de cristalización importa: presupone contingencia, combinaciones históricas particulares y posibilidades que podrían haber producido resultados diferentes. Convertir esos elementos en antecedentes necesarios es hacer más determinista a Arendt de lo que Arendt quiso ser.

Algo semejante ocurre cuando se afirma que Arendt “demostró” que el totalitarismo fue el único régimen político original del siglo XX y que su esencia fue el terror. Históricamente, no estamos ante resultados demostrados, sino ante proposiciones teóricas extraordinariamente influyentes y también extraordinariamente discutidas. La inclusión del nazismo y el estalinismo dentro de una misma categoría, la capacidad explicativa del concepto de totalitarismo y la relación entre ideología, terror y funcionamiento institucional fueron sometidas durante décadas a revisión por historiadores del nazismo y de la Unión Soviética. Una lectura históricamente sensible debería conservar la diferencia entre decir “Arendt sostiene” y decir “Arendt demuestra”. La primera formulación abre un problema; la segunda tiende a clausurarlo.

Esto resulta especialmente importante en su interpretación del imperialismo. Allí se encuentran algunas de las páginas más sugerentes de Los orígenes del totalitarismo. Arendt comprendió que la expansión imperial europea no había sido solamente conquista territorial o búsqueda de mercados. En los espacios coloniales se desarrollaron formas burocráticas de administración, clasificaciones raciales y modalidades de ejercicio del poder que encontraban mayores límites dentro de las sociedades metropolitanas. Su intuición acerca del posible “retorno” de esas prácticas hacia Europa fue extraordinariamente visionaria.

Pero fecundidad interpretativa no equivale a causalidad histórica. Que existan antecedentes coloniales de determinadas prácticas nazis no significa que el colonialismo condujera necesariamente al nazismo. Si así fuera, resultaría difícil explicar por qué las mayores potencias coloniales europeas no produjeron el régimen nazi y por qué Alemania, despojada de su imperio ultramarino después de 1919, sí lo hizo. Entre imperialismo y totalitarismo hay que reconstruir mediaciones: guerra mundial, nacionalización de las masas, revolución y contrarrevolución, antisemitismo, crisis económica, derrumbe institucional, y decisiones políticas concretas. La genealogía es una invitación a investigar esas conexiones, no un sustituto de la investigación.

Esta precaución permite además utilizar mejor a Arendt para pensar el presente. La erosión del multilateralismo, la utilización de sanciones económicas, la imposición de aranceles o una política exterior agresiva pueden ser manifestaciones de relaciones imperiales o de competencia entre grandes potencias sin constituir por ello síntomas de totalitarismo. Por ejemplo, la actual situación de Venezuela o el prolongado régimen de sanciones contra Cuba pueden analizarse críticamente en el marco de una larga historia de hegemonía estadounidense en el hemisferio, sin que sea necesario recurrir a la categoría de totalitarismo para comprender esas políticas. Y que no sea totalitarismo no significa que no haya una relación de dominación. Hay categorías históricamente más adecuadas: hegemonía, imperialismo, coerción económica, intervencionismo y política de gran potencia.

Del mismo modo, reconocer el carácter autoritario de determinados gobiernos latinoamericanos no obliga a legitimar las políticas coercitivas de una gran potencia contra ellos. Imperialismo, autoritarismo y totalitarismo pertenecen a campos conceptuales diferentes, aunque históricamente puedan relacionarse.

Aquí una perspectiva realista como la de John Mearsheimer resulta útil para una crítica desde la izquierda. No porque proporcione una interpretación normativa aceptable del orden mundial, sino porque obliga a introducir, de manera casi descarnada, el poder como dimensión central del análisis. Desde el realismo ofensivo, las grandes potencias procuran impedir la aparición de competidores capaces de desafiar su posición y utilizan instrumentos económicos, militares y diplomáticos para preservarla. Una parte de las transformaciones contemporáneas de la política estadounidense puede interpretarse así menos como el anuncio de una nueva forma totalitaria que como la respuesta de una potencia hegemónica al progresivo agotamiento del momento unipolar posterior a 1991.

La emergencia de China modifica la estructura del sistema. Semiconductores, inteligencia artificial, minerales críticos, cadenas de suministro, política industrial, aranceles y control de inversiones pasan a formar parte de una competencia estratégica que atraviesa administraciones estadounidenses de signos políticos diferentes. Esto importa históricamente: si determinadas políticas preceden a Trump y sobreviven a los cambios de gobierno, atribuirlas exclusivamente al trumpismo o a una nueva ideología de los tech Bros impide ver las transformaciones estructurales que las sostienen. No todo lo que ocurre durante Trump se explica por Trump.

Pero tampoco alcanza con Mearsheimer. El realismo observa con especial nitidez la distribución horizontal del poder entre grandes potencias y, mucho peor, las jerarquías verticales sobre las cuales se construyó históricamente el sistema internacional. Estados formalmente soberanos no poseen capacidades equivalentes. Imperialismo, colonialismo, esclavitud y división internacional del trabajo forman parte de la historia de esa desigualdad. Allí las tradiciones de la dependencia, el sistema-mundo y la colonialidad, de Immanuel Wallerstein y Samir Amin, permiten formular preguntas que el realismo deja fuera del cuadro.

Pero tampoco hay que convertir a la colonialidad en otra filosofía determinista de la historia. Decir que las relaciones coloniales dejaron estructuras duraderas no significa que todo conflicto contemporáneo entre el Norte y el Sur sea simplemente colonialismo bajo otro nombre. Las sociedades periféricas poseen Estados, élites, conflictos sociales, intereses y capacidad de acción propios. Por otro lado, China puede presentarse como una alternativa al antiguo orden occidental y ser, al mismo tiempo, una gran potencia que actúa de acuerdo con sus propios intereses. Un mundo multipolar puede ofrecer mayores márgenes de autonomía a los países periféricos sin ser necesariamente un mundo más igualitario.

Estos matices son particularmente necesarios para contextualizar el llamado “tecnofascismo”. El concepto puede resultar productivo, pero solo si no se transforma en una etiqueta para reunir a Silicon Valley, Trump, inteligencia artificial, grandes fortunas y autoritarismo. La alianza entre poder económico y poder político tiene una historia mucho más antigua que las plataformas digitales. Tampoco todo empresario tecnológico comparte una misma ideología, y mucho menos un programa fascista coherente.

Lo específicamente novedoso aparece cuando una fracción del capital tecnológico que controla infraestructuras fundamentales, datos, comunicaciones, inteligencia artificial, plataformas, vigilancia, logística y tecnologías militares comienza a converger con proyectos políticos explícitamente jerárquicos, nacionalistas y hostiles a ciertas dimensiones del pluralismo democrático. Solo en esa intersección tiene sentido preguntar si estamos ante algo cualitativamente diferente. “Tecnofascismo”, si ha de conservar alguna capacidad analítica, debería nombrar esa articulación específica y no al capitalismo tecnológico en general.

Es allí donde Arendt vuelve a ser más interesante, pero ya no como autora de una profecía cumplida. Su pregunta por la destrucción de la realidad factual resulta pertinente para sociedades cuya esfera pública depende crecientemente de plataformas privadas. Su análisis de la transformación del adversario en “enemigo objetivo” permite interrogar políticas que clasifican poblaciones enteras según identidades atribuidas. Su reflexión sobre la superfluidad, descartabilidad humana, obliga, a su vez, a pensar qué sucede cuando enormes transformaciones tecnológicas y económicas producen grupos que dejan de encontrar un lugar reconocible dentro de un mundo político común. A ello se suma hoy una dimensión que Arendt no pudo prever: la competencia permanente por nuestra atención, organizada en buena medida por redes sociales y plataformas digitales cuyos modelos de funcionamiento favorecen la circulación acelerada de contenidos capaces de captar, retener y movilizar a sus usuarios. La disputa por el poder político pasa así también por una disputa por la atención y por las condiciones en que se construye una realidad compartida.

Nada de esto implica afirmar que nos dirigimos hacia un nuevo totalitarismo tecnológico. La fuerza del análisis aumenta cuando se preservan las diferencias. Un régimen puede erosionar derechos sin ser totalitario. Una gran potencia puede actuar imperialmente sin ser fascista. Un empresario puede sostener concepciones profundamente antidemocráticas sin que exista todavía un Estado tecnofascista. Y una democracia puede incorporar técnicas autoritarias sin transformarse inmediatamente en una dictadura. La tarea del análisis consiste precisamente en comprender esas zonas intermedias.

Esto tiene consecuencias para una izquierda que pretenda algo más que identificar peligros. La denuncia permanente del fascismo puede ser políticamente movilizadora, pero no constituye por sí sola un programa. Una izquierda que interprete cada transformación como un nuevo capítulo de una catástrofe anunciada corre el riesgo de abandonar aquello que históricamente le permitió disputar el futuro: la capacidad de proponer una transformación material de la sociedad.

Una izquierda que interprete cada transformación como un nuevo capítulo de una catástrofe anunciada corre el riesgo de abandonar aquello que históricamente le permitió disputar el futuro.

Para América Latina eso supone recuperar críticamente una tradición desarrollista: capacidad estatal, transformación productiva, ciencia y tecnología, infraestructura, energía, educación pública e integración regional. No se trata de reproducir el desarrollismo industrialista de mediados del siglo XX ni de sustituir una dependencia por otra. Se trata de preguntarse qué significa autonomía en un mundo de creciente competencia entre Estados Unidos y China y de enorme concentración privada del poder tecnológico.

Una nueva izquierda desarrollista debería poder sostener simultáneamente ideas que demasiadas veces aparecen separadas: soberanía sin nacionalismo excluyente; desarrollo sin extractivismo ilimitado; integración internacional sin subordinación automática; innovación tecnológica sin gobierno de los tecnócratas; capacidad estatal sin autoritarismo; igualdad sin renunciar al crecimiento de las capacidades productivas.

Claro que podemos leer a Arendt como una autora que todavía tiene mucho que aportar a ese proyecto. Una de sus enseñanzas más fértiles reside precisamente en su resistencia a aceptar que la historia obedezca a leyes inexorables. Leerla históricamente supone recuperar esa dimensión de contingencia: el totalitarismo fue una posibilidad histórica, no un desenlace inevitable, y precisamente por ello la libertad y la solidaridad conservan su lugar como posibilidades de la acción política. El totalitarismo fue posible, pero no inevitable. Las nuevas formas de autoritarismo tecnológico también son posibilidades, no destinos. Y entre ambas experiencias existe un espacio inmenso de transformaciones históricas que debemos explicar antes de convertirlas en una genealogía.

Un programa progresista capaz de pensar ese espacio necesitará menos profecías y más historia. También necesitará algo que el pesimismo contemporáneo ha vuelto difícil de pronunciar: una teoría del desarrollo y una imagen plausible del futuro.

Adrián Márquez es doctor en Historia.

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