Del comienzo al fin de cada jornada, miles de millones de personas están pendientes de sus celulares. Esas pequeñas computadoras portátiles llaman nuestra atención en forma incesante. Nos presentan informaciones y entretenimientos, a demanda o porque un algoritmo determina que probablemente nos atraerán. Con ellas compramos y vendemos, producimos y nos producen, registramos nuestro entorno y somos objeto de registro. Nos conectan con el mundo y nos aíslan de quienes están cerca. Muy a menudo les concedemos autoridad para evaluar si “la gente” nos aprueba o nos rechaza, como medidores engañosos de nuestra pertenencia y nuestra soledad. Nos generan ansiedad y la aplacan transitoriamente, como una bebida que da sed.
Todo esto pasa con la población adulta, y aún más con la que no lo es. Ocurre en todo el planeta, pero, por algún motivo, es más frecuente –o por lo menos más percibido– en las clases de ciencias de 225 instituciones uruguayas donde se realizaron las pruebas PISA del año pasado que en las de otros países que participaron. De las 6.573 personas de 15 años que contestaron aquí el cuestionario del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un 57% manifestó que ellas y sus pares se distraían con el uso de dispositivos digitales durante la mayoría de las clases de ciencias o en todas ellas. Fue el porcentaje más alto de los 82 registrados en las pruebas.
Comparar no es fácil
En las pruebas anteriores, realizadas en 2022, el porcentaje de la misma respuesta en Uruguay había sido el segundo de todos los registrados. Sin embargo, el desempeño uruguayo en el cuestionario de ciencias mejoró en relación con el de tres años antes, llegando al resultado más alto desde que nuestro país participa en estas evaluaciones. El vínculo entre distracción y rendimiento no es, por lo tanto, directo ni simple, pero está claro que tenemos un problema, y no se manifiesta solo a los 15 años.
Con mucha frecuencia, las comparaciones entre desempeños nacionales en las PISA ocultan diferencias que influyen sobre los resultados. Son obvias las de indicadores socioeconómicos generales y las presupuestales, pero hay muchas otras relevantes. Por ejemplo, como señaló nuestro compañero Facundo Franco en la diaria Radio, es muy probable que Uruguay, con cobertura educativa cercana al 100% a los 15 años, obtenga puntajes menores que los de países en los que una parte mayor de la población con esa edad no asiste a clase. En lo referido a la distracción con dispositivos en clase, hay que tener en cuenta que solo 14% de los centros educativos de nuestro país en los que se hicieron pruebas restringen el uso de celulares en clase, y que el promedio en los países de la OCDE está cerca del 50%. A la vez, es evidente que el problema puede ser menor donde la pobreza determina que menos estudiantes posean un celular, o las deficiencias de conexión a internet impiden su uso.
De todos modos, algo específico sucede en Uruguay para que la distracción declarada sea mayor que en otros contextos con restricciones bajas, abundancia de celulares y buena conectividad. Corresponde estudiar el fenómeno y buscar conclusiones basadas en evidencia.
Qué hacer
La idea de restringir el uso de celulares en las aulas se aplica en algunas instituciones uruguayas, pero todavía está en debate. La Administración Nacional de Educación Pública ha preferido hasta ahora que cada centro educativo tome sus propias decisiones en la materia, en vez de imponer normas generales, y esto se debe en buena medida al reconocimiento de realidades muy distintas.
En algunos contextos, el uso de los dispositivos personales suple carencias que impiden distribuir fotocopias o ver videos en una pantalla grande. Las ceibalitas no son una alternativa eficaz, porque es común que una parte del estudiantado no las lleve a clase y faltan tomacorrientes para cargarlas. Por otra parte, hay presiones familiares para que sea posible comunicarse con el alumnado en cualquier momento.
Hay que tener en cuenta, asimismo, las dificultades que pueden traer consigo, por lo menos al inicio, los “síndromes de abstinencia” por separarse del celular. En otra de las encuestas incluidas en las pruebas PISA, cerca de la mitad de las respuestas en Uruguay dieron cuenta de episodios de angustia, problemas de sueño y ansiedad, y es difícil adelantar si, a la larga, pasar unas horas diarias sin dispositivos a mano agravaría o aliviaría esos cuadros.
Sería muy útil que, mientras los partidos insisten en usar los resultados de las PISA para reclamar méritos o achacarle culpas a los adversarios, se avance en la investigación de este asunto, evaluando las experiencias de restricción existentes, hasta qué punto serían replicables en otros contextos, en qué medida es viable la autorregulación y qué alternativas se pueden plantear. Quizá de este modo podamos aportar por lo menos metodología a otros países con problemas semejantes.