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Entrenamiento de futbol femenino sub 9 y sub 13 de Unión Vecinal, el 25 de marzo, en el barrio Parque Batlle.

Foto: Inés Guimaraens

Iluminar todas las canchas de baby fútbol: el sueño presidencial que llama a prestar atención al sueño infantil

18 minutos de lectura
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Con 26% de los escolares mal dormidos, y dado que el ejercicio nocturno altera el ritmo circadiano, abordamos desde la cronobiología la idea positiva del presidente Yamandú Orsi de iluminar todas las canchas de fútbol infantil, procurando que no impacte negativamente en el sueño de la gurisada.

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“Este año, además, comenzaremos a iluminar las canchas de fútbol infantil en todo el país”, dijo el presidente Yamandú Orsi en su discurso ante la Asamblea General el 2 de marzo, donde destacó algunos de los logros en su primer año al frente del Ejecutivo, así como iniciativas relevantes para los restantes años de su mandato. “UTE asumirá los costos de materiales y ejecución de las obras y contratará cooperativas de trabajo en todos los departamentos para llevar adelante ese trabajo”, amplió, para luego pasar rápidamente a hablar de una nueva política industrial con horizonte a 2050.

El 15 de marzo se supo un poco más sobre la iniciativa, ya que ese día, consigna el portal de Presidencia, se reunieron el secretario nacional del Deporte, Alejandro Pereda, y el vicepresidente de UTE, Roberto Bentancor, “para avanzar en la implementación del plan de iluminación de canchas de fútbol infantil”, mencionado por Orsi en el Palacio Legislativo.

Según señaló en esa oportunidad el jerarca del ente energético estatal, UTE se hará cargo de los materiales e instalación de los focos, así como de los medidores, estimando para ello un gasto de unos 15.000 dólares por cancha, y explicó que las obras serán realizadas por cooperativas que ya trabajan en el Plan de Inclusión Social del ente. La idea es que al medidor, solo destinado a la iluminación de cada club y no así a otras infraestructuras, como cantinas y demás, se le aplique una tarifa social que será abonada por cada intendencia. Bentancor estimó que por cuatro horas de iluminación diaria de la cancha, con esta tarifa social, cada intendencia tendría que abonar a UTE unos 1.000 pesos mensuales.

¿Qué tan ambicioso es el plan del presidente, o dicho de otra manera, de cuántas canchas estamos hablando? De eso habló el secretario nacional del Deporte. Si bien Pereda señaló que se está realizando un relevamiento junto a la Organización Nacional de Fútbol Infantil (ONFI) para “definir las prioridades para comenzar con la implementación del Programa Nacional de Iluminación de Canchas de Fútbol Infantil”, estimó que de las 640 instituciones deportivas de fútbol infantil del país, “100 canchas no cuentan con ningún tipo de iluminación”, mientras que hay “entre 150 y 200 que tienen iluminación precaria”, en las que también “va a haber que intervenir en la parte de la instalación”, porque cuentan con “cableado en mal estado [e] iluminación con componentes que no son los actuales, ya que hoy se colocan lámparas LED”.

Sin dudas se trata de un anuncio interesante, más aún cuando se está apuntando a generar “espacios protegidos donde se desarrollen actividades deportivas con condiciones básicas de seguridad” o cuando se piensa en que las canchas que no cuentan con iluminación o tienen instalaciones precarias tal vez sean aquellas en una situación económica más comprometida, algunas ubicadas incluso en contextos en los que un club de fútbol infantil implica un lugar de encuentro social de relevancia. En ese sentido, el secretario nacional del Deporte adelantó que la idea es también dotar de conectividad a internet a cada cancha.

Por tanto, mejorar infraestructuras que afectan directamente a unos 65.000 niños, niñas y adolescentes –ese es el estimado de ONFI de quienes practican fútbol infantil en 65 ligas, que implican unos 2.000 partidos por semana– y a la vez mejorar el entorno es una iniciativa más que aplaudible. ¿Qué pero podría ponerse a fomentar y facilitar la práctica del deporte, que hace bien a la salud, de niños, niñas y adolescentes, en horarios en que no hay luz solar? Bueno, en realidad alguno. Eso es lo que nos viene mostrando una disciplina científica relativamente reciente, la cronobiología y más aún la intensa actividad de investigación, comunicación y traslación que viene haciendo la comunidad cronobiológica de nuestro país desde hace más o menos una década. Veamos algunos resultados de sus investigaciones que deberíamos tener en cuenta al pensar sobre la colocación de luz artificial en canchas de fútbol infantil.

Niños, niñas y adolescentes que duermen mal

En nuestro país hay un hiperkinético y pujante equipo que en esta última década se ha dedicado a la cronobiología, la rama de la ciencia que estudia cómo nuestros relojes biológicos impactan en nuestras vidas. Guiado por las investigadoras Bettina Tassino y Ana Silva, de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, este equipo interdisciplinario e interinstitucional de cronobiología ha realizado valiosas investigaciones que arrojan luz sobre nuestros ritmos circadianos, sobre lo extremadamente tardíos que somos las uruguayas y uruguayos –y más tardíos aún nuestros adolescentes– y sobre cómo eso choca con nuestra agenda social, generando, en ocasiones, mala calidad del sueño. Todos entienden que el deporte es salud, pero muchos menos entienden que el sueño también es parte importantísima de una vida saludable. Veamos algunas cosas que sabemos gracias a estas investigaciones.

Por un lado, el primer estudio realizado sobre cronotipos, preferencias circadianas y sueño en escolares, cuyos resultados se publicaron en 2023, es fundamental a la hora de hablar de baby fútbol en horarios en que no hay luz natural. Es que en ese trabajo se reportó que el 20,9% de los niños y niñas que van a la escuela en el turno matutino tenían déficit de sueño, es decir que dormían menos de las nueve horas diarias recomendadas para su edad. A su vez, el 4,3% de quienes iban a la escuela en el turno de la tarde tenían déficit de sueño.

Por otro lado, al analizar jet lag social, el tironeo del reloj biológico impuesto por las obligaciones cotidianas que no nos dejan dormir las horas que deberíamos (si querés ver más o menos qué tanto jet lag social tenés, compará la hora que te levantás entre semana con la hora en la que lo hacés un fin de semana en que no ponés despertador), también obtuvieron datos que llaman a prestar atención. Se considera que un jet lag social de más de dos horas ya podría ser perjudicial para la salud. Al estudiar qué pasaba con nuestros escolares, el trabajo reportó que en promedio el 17,3% “sufría un desalineamiento circadiano fuerte” (de dos o más horas de desfasaje). Pero el promedio ocultaba una realidad que desfavorecía, obviamente, a niños y niñas que van de mañana: en el turno matutino el jet lag social de dos o más horas afectó al 24,2% del alumnado, cuando solo abarcó al 6,2% de quienes iban de tarde. De mañana, uno de cada cuatro niños o niñas tiene un desalineamiento circadiano fuerte.

En el caso de los adolescentes de Uruguay, se mostró que su ritmo biológico los lleva a acostarse y levantarse más tarde que la gran mayoría de los adolescentes de otras pares del globo, pero los compromisos sociales les impiden dormir las ocho horas que necesitan. Ser tardíos, empero, no es un problema de por sí. El asunto es lo que esperamos que hagan temprano al día siguiente.

En definitiva, vivimos en un país que cultural y socialmente se acuesta tarde, pero que arranca la jornada tan temprano como en los países donde se cena poco después de las 17.00. Debemos, entonces, hacer especial hincapié en cuidar el sueño de menores y adolescentes. Y en relación a eso, veamos otras dos cuestiones relevantes desde la cronobiología.

La importancia de la luz y el ejercicio

Iluminar las canchas de fútbol infantil con luz artificial presenta para la cronobiología dos desafíos. Uno tiene que ver con la luz en sí y otro con el ejercicio.

Como nos contaban las investigadoras Bettina Tassino y Ana Silva, nuestros relojes biológicos –mecanismos naturales presentes en todos los animales– se sincronizan con el mundo exterior en gran medida por la luz. Hasta que la electricidad y las lamparitas no llegaron a nuestros hogares, eso implicaba que el Sol nos daba las claves de cuándo levantarnos y cuándo acostarnos. “En la población urbana están pasando dos cosas: dormimos una hora y media menos por día que hace 100 años y, además, estamos mucho más expuestos a una luz rara, que es la luz eléctrica”, decía Ana Silva.

Y no solo estamos expuestos a más luz en nuestros hogares e interiores, sino que además sumamos la luz de las pantallas, que es luz azul. Y el asunto es que la melatonina, la hormona que más o menos nos dice cuándo ir a dormir, es muy sensible tanto a la cantidad de luz que recibimos como a la calidad (la luz azul o mal llamada “luz fría”, que en realidad tiene más temperatura de color que la luz amarilla o cálida y es aún peor para la melatonina, ya que es una luz parecida en intensidad a la del Sol al mediodía). Por tanto, analizar qué tipo de luces se colocan en las canchas de fútbol infantil es importante: luces azuladas alterarán más el ciclo de sueño esperable en menores que las luces más cálidas. Eso es algo que se sabe por la cronobiología desarrollada en todo el mundo. Pero hay un hallazgo realizado por nuestra ciencia que es tanto o más relevante.

En 2022, Natalia Coirolo, Cecilia Casaravilla, Bettina Tassino y Ana Silva, todas uruguayas, publicaron un trabajo que sacudió a la cronobiología. ¿Por qué? Porque en él demostraron que no solo la luz que recibimos ayuda a sincronizar o modular el reloj biológico, sino que también puede hacerlo la hora a la que hacemos ejercicio. ¿Cómo lo demostraron? Estudiando a estudiantes de danza que iban de mañana o de noche a la Escuela Nacional de Danza del Sodre. Vieron entonces que quienes hacen ejercicio intenso de noche (como danzar) atrasaban el horario en el que la melatonina comienza a inundarnos. Y esto es relevante para las canchas iluminadas: ¿será que al hacer fútbol de noche los niños, niñas y adolescentes atrasarán el momento en que sientan ganas de ir a dormir? Casi seguro que sí (en ciencia más vale ser precavidos). ¿Qué pasa si atrasamos el horario de ir a dormir a niños y niñas –que ya son tardíos– que ya tienen déficit de sueño y jet lag social?

La pregunta queda abierta. Pero para ayudar a entender el asunto del balance entre lo positivo de iluminar las canchas y la protección del sueño infantil, conversamos con dos investigadores que participaron en el trabajo que tipificó los patrones de sueño y los ritmos circadianos de escolares en 2023.

Moviendo el sistema

Cecilia Rossel es investigadora del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Católica del Uruguay. Allí, junto a su colega Daniel Hernández, han trabajado en una línea de investigación que aborda la organización social del tiempo y el espacio. Por ello, le preguntamos qué nos dice la necesidad de tener que ponerle luz artificial a las canchas de baby fútbol.

“A nivel más básico nos dice que una actividad de deporte o de ocio, como es el baby fútbol, ocurre en un horario del día donde ya no hay luz natural”, comienza diciendo Cecilia. “Considerando otras cosas que ya sabemos sobre cómo es la organización social del tiempo en la sociedad uruguaya, hay muchas actividades que podríamos llamar extraescolares y extralaborales, que ocurren entre las 17.00 y las 22.00, como el inglés, la gimnasia, el baby fútbol, las actividades artísticas y demás. Eso, en términos comparados, es tarde en el día. Cuando uno mira otros países, otras sociedades, el día en general termina antes. Todo el mundo, no solo los niños, sino también los adultos, están en su casa más temprano, lo que adelanta la cena y adelanta la hora de inicio del sueño, lo cual extiende el sueño, que es la razón por la que llegamos a esta conversación ahora. Entonces, cuanto más extendida esté la jornada hacia el inicio y el fin del día, más corto es el espacio de tiempo disponible para el sueño”, afirma.

Pero Cecilia no se queda solo allí. Primero aclara que “no es que esté mal ponerles luz a las canchas de fútbol, me parece perfecto”, pero dice que el hecho nos muestra “cuán naturalizado tenemos que la actividad deportiva que realizan los niños, o los adolescentes, ocurra en un horario en el que no hay luz, lo cual implica que van a terminar el día muy tarde en relación con ciertos parámetros deseados para poder lograr los niveles de sueño adecuados”.

Como ya habíamos hablado en la nota sobre el sueño de nuestra gurisada, hay toda una serie de cuestiones de cómo estructuramos el tiempo que hace que seamos distintos a japoneses o austríacos. En Uruguay una familia que cena a las 17.00, o incluso a las 19.00, sería vista como una familia extraña, cuando eso en otras partes del mundo es lo más natural. Pero saquémonos los temores; somos distintos y no hay nada malo de por sí en cenar a las 21.00 o las 22.00, o más tarde. El problema es lo que pasa después: los compromisos sociales que tenemos que asumir a la mañana siguiente, sean ir a la escuela, al liceo, al trabajo o cualquier otro. Es decir, no hay problema con acostarse más tarde que un austríaco promedio, siempre y cuando no tengamos actividades tan tempranas a la mañana como un austríaco promedio.

Ponerles luz a las canchas es algo positivo, claro que sí. Son lugares de encuentro, sitios donde se teje la trama social. Pensando en soluciones simples y sencillas –como son ideas propias, podemos ser directos y calificarlas simplemente de “tontas”–, le pregunto si por ejemplo habría que proponer que los niños o niñas que vayan a practicar deporte hasta las 19.00 o las 20.00, necesitando luz artificial, deberían ir a la escuela de tarde y no de mañana.

“Esa es una posibilidad. Pero el punto es que acá hay dos elementos a considerar”, dice Cecilia. “Uno es la organización individual de las agendas de los niños y los adolescentes para favorecer el sueño. La otra es el sistema de organización social en su conjunto, que es mucho más complejo”, dice tirando un poco abajo mi idea.

“Si pensáramos en una solución como la que planteás, hay hasta restricciones estructurales para implementarla. No necesariamente existe la escuela disponible, o el turno disponible, para mandar a ese niño o esa niña en la tarde. Pero además hay otros elementos relevantes que tienen que ver con la agenda laboral de los padres en general, y de la disponibilidad de esos padres de poder hacer algo con ese niño o niña en la mañana si no va a clases”, dice con toda lógica.

“Todo esto nos hace ver que cuando hablamos de la organización social del tiempo es importante entender que es un sistema en el que está todo encadenado, por lo que modificar una variable sin pensar en las otras es casi imposible. Estamos hablando de temas que hacen a las regulaciones laborales, hacen a la organización de los servicios públicos, y demás”, enfatiza Cecilia.

“En un estudio que hicimos hace unos años con Diego Hernández mostrábamos que en el sistema mutual había un aumento bastante claro de horas pediátricas después de las 18.00 y hasta las 22.00. ¿Por qué el sistema mutual introduce horas de consulta pediátrica después de las 19.00 o a las 21.00? Porque hay una demanda por ese servicio a esa hora. La gente prefiere evitar que esos trámites, o lo que sea que tiene que hacer, distorsione o interfiera con otras cosas que tiene que hacer en el día. Algunas de las cosas que tiene que hacer en el día son móviles, pero hay otras cosas que son fijas. Y en ese esquema entran las horas en las que los niños y niñas están en la casa y, por tanto, hay que cuidarlos”, remarca Cecilia.

“Eso es lo importante para resaltar de esta conversación. Hay soluciones, entre comillas, que uno puede buscar para resolver situaciones específicas, como pensar en mover los turnos escolares, o aplicar soluciones ad hoc a niños que terminan más tarde, pero en realidad lo que tenemos es una cuestión cultural y un sistema que hace a muchas dimensiones de la vida cotidiana, como los trabajos, la vida familiar, el ocio, los cuidados, la vida cultural –todo–, por lo que mover una pieza sin afectar el resto es complejo. Si los niños entran más tarde o terminan antes la escuela, pero los padres trabajan más temprano y salen más tarde, colapsa todo. Y si además a eso le agregamos la movilidad en la ciudad, y los tiempos para llegar a los distintos lugares, más complejo es aún”, redondea.

“Me parece que lo interesante de reflexionar sobre esta noticia puntual de iluminar todas las canchas de fútbol infantil es que nos lleva a pensar que esta es una expresión más de cómo tenemos culturalmente súper extendida la jornada, sobre todo hacia el final del día, y en el sistema educativo, que moldea mucho lo que viven los niños y los adolescentes temprano en la mañana. Eso es algo a considerar que nos lleva a pensar de qué manera se pueden ir ajustando algunos de esos parámetros para favorecer el sueño colectivo, social, que todos nos merecemos”, apunta.

Ya sobre el sueño en sí, señala que “rifarnos el sueño es una práctica anclada culturalmente que es muy difícil de modificar porque está todo el sistema de actividades diario atado, una cosa tras la otra. Si tocamos los horarios escolares, igual tenemos problemas con las agendas laborales, y así”.

Al escuchar a Cecilia pienso que así como la pobreza infantil en realidad es la pobreza de los adultos que están al frente de los hogares donde viven los niños, la pobreza del sueño infantil también es una consecuencia del mundo de los adultos. Cecilia concuerda: “La vida de los hijos se organiza en torno a las posibilidades de organización adulta”.

Comunicación para llegar a las casas

“Creo que la herramienta más potente en estos casos es una buena comunicación, y tratar de que la gente entienda el porqué, generar conciencia”, sostiene Andrés Olivera

“Decir que no se puede poner luz en las canchas de baby fútbol, no solo no es el mensaje a dar, sino que tendría una llegada popular muy negativa, y nadie quiere eso. Ahora, fomentar la conciencia de que las luces afectan, de que las luces frías en la noche son mucho peores que las cálidas, que con una luz cálida igual podés jugar y ver bien, eso va a tener menos efecto negativo sobre la salud y el desarrollo del niño, y en definitiva también en los hogares y las familias. Eso ya es mucho más efectivo”, reflexiona.

“Plantear el tema en esos términos también puede hacer que derrame hacia ese espacio donde es todavía más difícil llegar, que es al interior de las casas. Porque vos podés generar una política de implementación, como en este caso, que considere todas las variables que hay hoy en día sobre la mesa para generar una iluminación acorde desde el punto de vista de la salud circadiana, desde el punto de vista del impacto ambiental, desde el punto de vista de la eficiencia energética y desde el punto de vista de contemplar también las demandas sociales. Pero si después, puertas para adentro en los hogares, las prácticas son opuestas, no vas a tener los resultados que buscabas”, afirma.

“Si el niño después llega a su casa y tiene una luz blanca y se engancha con la pantalla a toda luz también antes de dormir, ¿qué pesa más al final, la luz de la cancha o esa? Entonces soy un fiel batallador de que la comunicación es de las cosas más importantes para promocionar la salud del sueño. Hay que comunicar constantemente estos temas para que vayan de a poco permeando en la sociedad y que la gente vaya tomando cierta conciencia sobre ellos”, redondea.

Una oportunidad para ejecutar políticas públicas de forma modelo y hacer ciencia

Andrés Olivera es investigador del Grupo Cronobiología de la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la Universidad de la República, realizó su maestría en políticas públicas y es asesor de la Unidad Técnica de Alumbrado Público de la Intendencia de Montevideo. En ese marco, en 2019, tenía un proyecto para evaluar la iluminación en las canchas de baby fútbol y ver su relación con el sueño de los menores. ¿Cuáles eran las preguntas científicas?

“Es un proyecto que comenzamos a ejecutar en 2019 que, lamentablemente por la pandemia, no pudimos implementar. Incluso habíamos empezado a hacer mediciones de las canchas, ya teníamos acuerdo con varios clubes, teníamos los avales de la Facultad de Ciencias, de la Universidad Católica, de la Secretaría Nacional de Deportes, de ONFI, estaba todo”, lamenta Andrés. “Una de las cuestiones que queríamos abordar era justamente la de obtener una primera caracterización, en términos cronobiológicos, de nuestra población infantil. Hoy eso lo conocemos, pero en ese momento eso no se sabía”, dice. De hecho, como eso no se pudo hacer, terminó desarrollando para su tesis el trabajo que desembocó en el estudio de los niños en edad escolar que ya mencionamos.

“Eso surgió cuando habíamos comenzado los primeros vínculos con la Intendencia de Montevideo allá en el 2018, que se acercaron al grupo Cronobiología para entender cuál podría ser el impacto de cambiar las luminarias de la ciudad por tecnología LED, pero también particularmente de las canchas de baby fútbol, ya que no querían que esa iluminación terminara afectando negativamente a la población o a los niños como un efecto indirecto no buscado”, cuenta Andrés. “Tanto entonces como en esta iniciativa anunciada por el presidente, creo que la intención es la mejor. Lo que se busca es procurar que todas las canchas tengan una iluminación de calidad, para que tanto la práctica deportiva como la actividad social tengan lugar en un espacio con las mejores condiciones”, agrega.

“En 2018, se pensó en cómo acompañar la implementación de esa política de gestión de llevar la iluminación a las canchas de fútbol infantil con una evaluación en el marco del programa Salí Jugando. Creo que eso es lo ideal, que al momento de implementar una política, ya de por sí y desde su diseño, se acompañe con una forma de evaluarla y monitorearla, y no esperar hasta el final de la implementación para pensar en la evaluación y ver si tenés que volver para atrás o no”, comenta Andrés.

Lo que sí ya estaba claro en 2018 era que la exposición hacia la tarde y la noche a luz artificial azulada, la más intensa y la más parecida a la temperatura de la luz solar al mediodía, perjudicaba el sueño (por alguna extraña razón, a las lámparas de luz azulada o luz día les decimos también “de luz fría”, cuando en realidad tienen mayor temperatura de color que la luz cálida amarillenta, siendo de más de 5.000° K la azulada y de menos de 3.500° K la cálida).

Pero lo descubierto luego, gracias a las estudiantes de danza –que las bailarinas y bailarines que iban de noche “atrasaban” sus relojes biológicos–, ahora agrega otro tema a poner en la balanza. Qué magnitud tiene en niñas y niños el impacto de hacer ejercicio tarde, cuándo es necesaria luz artificial, y si es igual o mayor que el exponerse a la luz de las canchas o de las pantallas es algo que tendrá que determinar la ciencia con un trabajo como el que Andrés había propuesto en 2018.

“Hoy sabemos directamente por nuestros bailarines, nuestra población, que el ejercicio también es una clave que le indica al organismo ese ajuste del reloj biológico. O sea que en el caso del baby fútbol en canchas iluminadas, potencialmente estás jugando con la variable luz y con la variable ejercicio. Entonces, sin duda que es algo a atender”, sostiene Andrés. “Hoy la tecnología LED y otras te dan muchas herramientas que se pueden utilizar para tener cierta plasticidad. Pero para llegar a eso, y sobre todo para llegar al nivel de decisión, lo más necesario e importante es poder tener evidencia local, porque no siempre es efectivo o eficiente aplicar soluciones basadas en evidencia de otras partes, de otros contextos”, remarca.

Andrés también alude a que el partido no solo se juega en la cancha. Después de jugar o de practicar, los niños y niñas tienen que llegar a su casa, y si no lo hicieron en el club, darse un baño, después cenar y todo lo demás. El poder jugar al fútbol de noche también atrasa un montón de claves sociales que luego, independientemente de las preferencias circadianas que uno tenga, pueden llevar al jet lag social. “Sí, está la cuestión de cómo la sociedad estructura su agenda social y de servicios para atender la demanda no solo laboral de los adultos, sino también ese doble turno escolar. Como tenemos dos turnos escolares, las actividades que son en común para todas las niñas y niños deben ser en un bloque fuera de esos horarios para poder combinarlos, y allí hay un conflicto”, comenta.

“Creo que esta iniciativa abre un marco de mucho potencial para poder conseguir resultados que realmente tengan impacto de interés, no solo para la implementación a nivel nacional, sino en general, porque son entornos poco estudiados y poco comunes que tienen gran valor para la ciencia y para las políticas públicas de salud”, dice Andrés.

“Hoy tenés un escenario de experimentación natural que permite evaluar los posibles impactos de la mejor manera, porque hay canchas que no tienen ninguna luz y a las que se les va a poner; hay canchas que ya tienen la luz que uno pensaría que sería la ideal; y hay canchas que tienen un tipo de luz que no es la adecuada y que se piensa sustituir”, detalla. “También estamos en un marco ideal porque podríamos implementar lo que ha ocurrido en estos seis o siete años en los que se generó un cuerpo de evidencia local que permite estructurar el proyecto buscando minimizar los impactos. Por ejemplo, ya sabemos que sería absurdo que se pusiera una luminaria fría, de 6.000° Kelvin, y con una intensidad como la del estadio Centenario, que está pensada para una filmación en HD. Una cancha de baby fútbol no precisa eso, sino que hay ciertas recomendaciones para que haya una homogeneidad de luz en la cancha, y al mismo tiempo eso se combina con una luz que tenga el menor impacto circadiano, es decir, de unos 3.000° Kelvin para abajo, que esa luz se dirija solo hacia la cancha y no hacia afuera o hacia el cielo, de manera que no genere contaminación lumínica”, agrega.

Está entonces todo en bandeja para, además de hacer una buena política pública, realizar un valioso trabajo científico. Con este diseño experimental al alcance, podemos decirle al mundo y a la ciencia un montón de cosas sobre el ejercicio físico intenso y bajo luz artificial en niños y niñas. Tenemos un ambiente donde todo eso está pasando y, sin intervenir ni modificar nada, se puede estudiar y comparar.

“Y algo que hemos aprendido de este proceso junto a la Unidad Técnica de Alumbrado Público es que este acompañamiento de las políticas con un diseño que contemple la evaluación desde un principio, es extremadamente bien valorado también en el exterior”, comenta Andrés.

“Creo que Uruguay tiene las capacidades técnicas y también institucionales como para poder implementarlo de esa forma”, agrega. “Quizás lo ideal no sería en un principio hacer la transición directa de todas las canchas, sino hacer una pequeña evaluación y después continuar con el resto de las canchas”, sugiere.

Le pregunto si contestará con un “aquí estoy yo” si la patria lo llama. “Voy a atender seguro; después buscamos la forma de qué actores involucramos. El grupo de Cronobiología siempre está interesado y atento a escuchar cualquier oportunidad de construir puentes entre la ciencia y las políticas públicas con una mirada traslacional. Para mí, siempre que sea la combinación entre ciencia, política pública e impacto social, es un sí, porque es el combo perfecto”, sentencia Andrés.

Algunas cifras

640. Clubes de fútbol infantil aproximadamente.
65.000. Menores que juegan en ellos aproximadamente.
2.000. Partidos por semana aproximadamente (65 ligas).
100. Canchas que se estima que no tienen iluminación.
150-200. Canchas que se estima que tienen iluminación precaria.
15.000 dólares. Costo estimado de la instalación de luminarias y medidores en cada cancha.

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