A finales de 2022, una pareja salió a caminar por el balneario Kiyú, en San José, en la tardecita de un día de calor estival. Durante su paseo, el hombre sintió una mordedura en el pie izquierdo, cerca del talón.
La oscuridad del crepúsculo no le permitió detectar al animal causante del accidente, pero sospechó que se trataba de una serpiente. Sintió un dolor intenso y constató poco después que la zona de la mordedura se inflamaba y amorataba.
Llamó a la emergencia y expuso sus sospechas sobre la mordedura, pero los médicos le indicaron un tratamiento para aliviar los síntomas y le dieron el alta. El dolor, sin embargo, no cedió, y el hombre de 84 años volvió a pedir atención menos de dos horas después. Una vez más, se le dio tratamiento sintomático y permaneció en su casa.
La evolución no fue buena. 12 horas después del incidente, el hombre tuvo un episodio de vómitos y se cayó. La familia llamó nuevamente a la emergencia, que trasladó al paciente a un centro asistencial de Montevideo. Allí entró en coma, pese a la atención médica recibida, e ingresó al CTI con una hemorragia intracraneal, cuya gravedad fue confirmada por una tomografía.
Se notificó entonces al Centro de Información y Asesoramiento Toxicológico (CIAT) de la Facultad de Medicina (Udelar), ya que el examen de la herida mostró dos punturas sangrantes, consistentes con la mordedura de una serpiente.
Cuando el personal del CIAT llegó al lugar, la lesión neurológica era tan grande y la coagulopatía tan severa que ya no podía aplicarse suero antiofídico. También era demasiado tarde para realizar una intervención quirúrgica. El hombre falleció poco después, tan solo 24 horas después del accidente ofídico.
¿Cómo es posible que haya ocurrido algo así en un país como Uruguay, donde hay acceso masivo a suero y las muertes por mordeduras de serpientes, desde que se lleva registro formal, se cuentan literalmente con los dedos de una mano? Sobre eso trata justamente un reciente artículo escrito por Mateo Orgoroso, del CTI del Casmu; Robert Barce y Pedro Grille, del Hospital de Clínicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, y Alba Negrin y Laura del Puerto, del CIAT.
En él, analizan las características de este desgraciado e inusual caso, no difundido hasta el momento, y abren un llamado de atención para que no vuelva a ocurrir en el futuro.
Antecedentes oficiales y no oficiales
En el resumen del artículo, los autores aclaran que este accidente ofídico ocurrido a finales de 2022 es el primero fatal en 36 años en Uruguay, lo que obliga a hacer algunas aclaraciones.
A partir de 1986 es obligatoria la notificación de casos de ofidismo ante el Ministerio de Salud Pública a través del CIAT de la Facultad de Medicina. Ese año, justamente, se produjeron dos muertes que motivaron la creación de la Comisión Nacional Asesora de Ofidismo, integrada por médicos y biólogos, que elaboró pautas para el tratamiento de los accidentados y la obtención del suero antiofídico. Paulatinamente, tanto el tratamiento de las mordeduras como la disponibilidad de suero mejoraron muchísimo en el país.
Desde entonces a este caso de 2022 no hay registro oficial de fallecimientos por ofidismo en Uruguay, que no es lo mismo que decir que no ha muerto nadie por mordeduras de serpientes. A comienzos de los 90 se produjo la muerte de un cazador de mulitask, pero el caso no llegó a ser notificado ante el CIAT –probablemente porque el fallecimiento se produjo antes de la internación– y por lo tanto no entró en las estadísticas ni tuvo un diagnóstico “oficial”. A finales de 2024 (después del caso que motiva esta nota) se produjo también el fallecimiento de una mujer de 66 años mordida por una crucera en su chacra de Maldonado, que tampoco fue notificado al CIAT porque llegó sin vida al hospital.
Todos estos son casos muy inusuales, lo que los vuelve aún más trágicos para las familias que los han tenido que sufrir. El episodio ocurrido en Kiyú, sin embargo, tiene características especialmente lamentables.
En Uruguay hay dos especies de serpientes responsables de la abrumadora mayoría de accidentes ofídicos de entidad: la crucera (Bothrops alternatus) y la yarará (Bothrops pubescens). Como vimos, casi ninguno de estos casos deriva en consecuencias graves porque Uruguay dispone de cobertura de suero antiofídico en todo el país y una geografía “amable”, que permite llegar con rapidez al centro asistencial más próximo.
Uruguay supo fabricar su propio suero, pero la producción cesó en 2002 (más allá de un intento de retomarlo en 2011 y 2012) y hoy ni siquiera cuenta con el Serpentario del Instituto de Higiene, cerrado hace más de dos años. El suero antiofídico es adquirido a países vecinos por Inmunizaciones del Ministerio de Salud Pública, y distribuido y almacenado en hospitales de tercer nivel de ASSE, desde donde se entrega al prestador de salud que lo necesite para el tratamiento de sus usuarios.
Un sospechoso claro
El caso ocurrido en Kiyú fue protagonizado probablemente por una crucera, pero nadie puede asegurarlo con certeza porque no hubo avistamiento del animal. Se puede deducir por el tipo de ambiente en el que se produjo –pajonales cerca de la costa, más propios de las cruceras que de las yararás, que están asociadas a zonas altas y rocosas– y porque Kiyú es una zona en la que han aumentado los avistamientos de esta especie.
Esto no se debe a que haya crecido su población. Como bien aclaró el herpetólogo Santiago Carreira en un artículo anterior de esta sección, el crecimiento de los reportes se explica por el aumento de la urbanización en una zona históricamente ocupada por cruceras. Somos los humanos los que estamos construyendo viviendas en los ambientes que las serpientes ocupan.
Lo que sí puede asegurarse con certeza es que la mordedura al hombre de San José fue provocada por una de las dos Bothrops que habitan el país. “Eso podemos concluirlo por el examen de las punturas en la piel y por el efecto observado sobre la coagulación”, explica la médica y toxicóloga Alba Negrin, una de las autoras del artículo.
La evolución del hombre mordido no fue algo excepcional, teniendo en cuenta su edad y que no recibió suero antiofídico. El veneno de estas dos especies de Bothrops es hemorragíparo, lo que significa que es capaz de alterar la coagulación en forma importante y generar sangrados que pueden ser de riesgo vital. De todos modos, como el artículo señala, se reportan pocos casos de muerte por hemorragia cerebral tras mordedura de ofidio de serpientes de este género (en Brasil, que tiene entre 20.000 y 25.000 casos anuales de mordeduras, se reportaron ocho casos en una revisión de 2011, por ejemplo).
“Quizá si hubiera sido un muchacho, el resultado no era un accidente vascular trágico y se producía otro tipo de sangrado, por ejemplo, en otro órgano o un sangrado más cutáneo. Pero en un árbol vascular envejecido como el de este paciente, no es raro que lo que sangre primero sea el cerebro, si no recibe suero. De todos modos, hablamos de una persona que tenía sus años, pero estaba bien”, aclara Alba. La hemorragia intracraneal y la mortalidad en general, apuntan los autores del artículo, son más frecuentes en pacientes con factores de riesgo como diabetes, nefropatías y enfermedad cardiovascular.
Lo que sí es una rareza, dice Alba, es que algo así haya ocurrido en Uruguay, donde lo común es que las personas mordidas lleguen a los 30 minutos a un centro asistencial, donde se les brinda una primera atención antes de aplicar el suero y se consulta al CIAT por teléfono. La mayoría de los casos de mordeduras en Uruguay –muchos de ellos accidentes laborales en zonas rurales– son leves o moderados. Y eso nos conduce al punto central del artículo.
“Obviamente, todas las muertes son tristes, pero este caso deja una sensación de impotencia debido a que había posibilidades de hacer algo y no se hizo”, apunta Alba Negrin. Lo que dice trae al centro de atención un concepto que no suele gustarles a las autoridades y muchos profesionales de la salud: el de “muerte evitable”.
Crucera en el Balneario Kiyú, San José.
Foto: Gonzalo Romero (NaturalistaUY)
Un fallo en el protocolo
Los autores del artículo son muy cautelosos, y en el texto evitan endilgar directamente responsabilidades a los profesionales que atendieron las primeras consultas de este caso, pero dejan claro que hubo omisiones y que este paciente debió ser observado y derivado de inmediato para que recibiera el suero antiofídico.
“Se debe administrar el suero de manera precoz en todos los casos confirmados o de sospecha de mordedura de ofidio, sin importar la gravedad del cuadro clínico”, advierten.
El tiempo transcurrido entre la mordedura y la administración del suero está “relacionado directamente” con la gravedad de pronóstico, aunque hay casos en los que transcurren incluso días antes de que se manifiesten síntomas serios.
Ya por el diagnóstico clínico, e incluso antes de tener los resultados de la analítica sanguínea (una prueba de sangre para comprobar la presencia del veneno), los médicos pueden indicar la aplicación del suero. En este caso, por ejemplo, la evidencia más clara de que se trataba de una mordedura de serpiente eran las punturas, la marca de los dos dientes en el talón del paciente.
“Hay un escenario que te orienta a concluir que es un accidente ofídico. El que vivió este señor era claro, porque era una tardecita de calor, que es cuando las víboras andan más activas, en un entorno en el que hay serpientes. Ese escenario es muy característico, y a eso sumás las imágenes de la mordida y pedís los exámenes de laboratorio, que es lo que termina de completar el diagnóstico”, aclara Alba.
Ocurre a veces que algunas personas llaman a la emergencia convencidas de que sufrieron una mordedura de serpiente, sin que haya evidencias claras ni sintomatología característica. Incluso en esos casos, aclara Alba, se las deja en observación, se las traslada a centros que disponen de suero y se les hacen los exámenes pertinentes, con la orientación permanente del equipo del CIAT al médico clínico.
“Cuando hay lesiones de piel, los médicos siempre llaman a Toxicología, que desde hace 50 años tiene una guardia disponible todos los días, las 24 horas. Realmente no sé qué pasó en este caso, pero a nosotros nos interesa que se divulgue para que no vuelva a ocurrir”, agrega. Justamente con esa consigna, los autores de este artículo científico convencieron a la familia del fallecido para que otorgara los permisos para su publicación, que incluye las fotografías y los análisis realizados al paciente. Es gracias a ellos que sale finalmente a la luz.
Una lección indeseada
Los autores explicitan esta intención en el apartado que enumera los objetivos del artículo. Entre ellos, figura “promover el conocimiento del escenario de ofidismo en Uruguay y sensibilizar a los profesionales de la salud sobre la administración oportuna y precoz del antiveneno específico como pilar del tratamiento”.
Divulgar este caso, que hasta ahora se había mantenido en reserva, no cambiará la tragedia que vivió la familia, pero puede al menos resultar valioso para “alertar a los médicos ante situaciones como estas y recordar la peligrosidad que tiene el accidente ofídico”, dice Alba. “Hay pocas cosas que uno puede hacer después de un evento tan grave como este. Pero por lo menos los médicos podemos describir el caso para que los colegas lo lean, lo sepan, lo comenten y no vuelva a pasar”, insiste.
“Además, es importante recordar que hay que hacer una rehabilitación muy intensa para evitar que el componente inflamatorio deje secuelas locales, que pueden ser limitantes. De ahí también la trascendencia de publicar este caso”, agrega.
Como indica el artículo en sus conclusiones, “el entrenamiento de los médicos que brindan la primera asistencia para un diagnóstico precoz y el uso de suero en dosis adecuadas, antes del inicio del sangrado, son clave para prevenir la mortalidad por esta causa”.
La difusión de este caso trágico e inusual también es útil para que la ciudadanía esté al tanto de los protocolos de los accidentes ofídicos y tome precauciones al incursionar en los ambientes habitados por estas especies nativas. Es posible que en algunas personas genere temor y hasta un ánimo “justiciero”, pero Alba desaconseja que, incluso en casos de mordeduras, las personas maten a los animales o intenten atraparlos o fotografiarlos.
“Además de que es un riesgo acercarse nuevamente al animal, es mejor no perder tiempo en eso y recibir atención lo antes posible. Nos ha pasado de terminar con una serpiente colgada de una azada en la puerta de la emergencia porque la agarraron a azadazos y la trajeron como prueba”, dice.
El consejo está fundamentado en la evidencia. Una de las mordeduras que derivaron en muertes en 1986 se produjo luego de que una persona atrapara una crucera por “revanchismo”, tras haber sido mordida por uno de estos animales años antes.
Sin importar qué represalias se tomen, las yararás y las cruceras no se irán a ningún lado. Son parte importante de los ecosistemas que habitan y están allí desde hace al menos un millón de años. A medida que sigamos avanzando sobre sus ambientes, se hará aún más urgente minimizar los riesgos de esta convivencia, mejorar los tratamientos a nuestro alcance y, sobre todo, aprender de errores evitables con consecuencias trágicas.
Artículo: Coagulopatía grave por mordedura de Bothrops complicada con hemorragia intracraneana. A propósito de un caso fatal
Publicación: Revista Médica del Uruguay (marzo de 2026)
Autores: Mateo Orgoroso, Robert Barce, Alba Negrin, Laura del Puerto y Pedro Grille.
Qué hacer ante la sospecha de una mordedura de yara o crucera
Estos son los consejos que brinda el Ministerio de Salud Pública a quienes auxilian a una persona que dice haber sido víctima de un accidente con víboras:
- Retirar el calzado, prendas u otros objetos (pulseras, anillos) que compriman la zona.
- Tranquilizar al paciente diciéndole que existe suero antiofídico, y llamar al CIAT (1722).
- De ser posible, lavar la zona con agua y jabón.
- Mantener la zona afectada en posición de descanso.
- No realizar torniquetes o ligaduras de la zona afectada. Sobre la herida solo se podrá efectuar desinfección, lavado y cura plana.
- Es recomendable que el accidentado beba agua, y están contraindicadas las bebidas alcohólicas.
- Trasladar al paciente inmediatamente al centro asistencial más próximo.