Omasake es una de esas tendencias gastronómicas que impregnan el lenguaje mientras se juega a comer distinto. Se trata de ponerse a disposición del chef, que en el caso de un bar de sushi estará delante de su tabla ejecutando cortes precisos (y sopleteos, cuando la unidad requiera flambeado o un sellado específico) para presentar las piezas que considere que agradarán al comensal de turno.
Aunque igualmente se puede pedir a la carta, el omasake es uno de los modos de vivir Norimōto, que se presenta como pionero en el país como handroll bar de sushi, ya que aparte de los sashimis, nigiris y gunkans que todo el mundo espera, ofrece otros “de autor”, y su especialidad, los handrolls, de un tamaño considerable que se venden por unidad y se conmina a comer rápido, bajo el riesgo de que el alga pierda la apreciable crocancia que le confieren. Hay una lista larga con combinaciones para aprender tanto de comida como de léxico (igualmente se indica si es picante o vegetariano), pero además cada cual puede decidir cómo armarlo a su gusto con una proteína y dos toppings ($ 330, o $ 550 si es con atún bluefin).
El negocio empezó en Buenos Aires, llegó a Manantiales, desembarcó a fines del año pasado en el desarrollo inmobiliario Carrasco Valley (en el clásico cruce de Rivera y Costa Rica) y planea multiplicarse hacia Punta Carretas, probablemente en el último tramo de 2026. En sus diferentes turnos cuenta con seis itamaes o maestros de cocina que trabajan a centímetros del cliente, que puede estar, entre tanto, limpiando su paladar con el adictivo jengibre encurtido 24 horas, o dudando si guarda espacio para probar algo dulce. En caso afirmativo, conocerá la especialidad de una nikkei.
Belleza de pastelitos
Michiko Suzuki fue la primera nieta de una familia de descendientes de japoneses, por un lado, y de uruguayos, por otro. Por eso, además de haber sido la más mimada, y quien tuvo más tiempo de aprender de su abuela oriental las bases de salsas y caldos, como el básico dashi (que se elabora con alga kombu y láminas de bonito), recibió un nombre de emperatriz que, según cómo se interprete la escritura, puede significar tanto belleza como sabiduría.
Se crio en Colón, donde con sus hermanas los fines de semana terminaba ayudando en el negocio de floricultura que tenían sus padres, y aunque se dedicó a la informática, un buen día se hartó de ese trabajo y terminó instalándose en Ibiza, donde se reconectó con sus raíces, ya que tomó clases con cocineros japoneses, trabajó como cocinera privada para una familia y al final puso un take away en el Mercat Nou, donde hacía distintos platos, sushi incluido, pero se destacó por un producto que se anima a decir que no se encontraba en todas las Islas Baleares. Es que se especializó en mochi, un pastelito que demanda técnica y acceso a ingredientes que tampoco abundan.
El cierre dulce no suele ser lo más comentado de la gastronomía japonesa porque los occidentales tienden a buscar una proporción mayor de azúcar o pueden quedar tildados frente a las texturas que propone. El postre suele basarse en pocos elementos combinados casi infinitamente, entre ellos arroz, porotos, cacao y frutas. Michiko solía hacer principalmente daifuku mochi, que son los rellenos de porotos azuki, a veces también ichigo daifuku, los que llevan frutilla y alubia blanca, y los vendían a muchos restaurantes, incluso a uno con estrella Michelin, aunque, para su sorpresa, el sabor mejor recibido fue el de lima y jengibre, que la cantante Alicia Keys pidió para una fiesta.
Foto: Difusión
Después de siete años en España, Suzuki volvió a Uruguay por motivos personales, y cuando pensó que la mala suerte de quebrarse un hombro la obligaría a jubilarse, recibió la propuesta de preparar sus delicias redondas para Norimōto. Les dio a probar algunas variedades y definieron tres mochis que hoy integran la carta: chocolate belga, té matcha y lima y jengibre (cuestan $ 390).
“Dan bastante trabajo”, reconoce Michiko, que está contenta de que sus mochis “mantienen la estructura y no se desarman”, aunque sean característicamente gomosos, con cierta resistencia al cortarlos. Los hace de alrededor de 65 gramos y 5 centímetros de diámetro. Para ella, con uno es suficiente para terminar la comida. No son demasiado dulces porque, es consciente, “están hechos estilo japonés, todo muy suave”.
La consistencia ligeramente pegajosa es clave y la aporta la harina de mochi, hecha con el arroz glutinoso: mochigome, que antiguamente se lavaba, se tamizaba y se golpeaba con un martillo de madera para romper el grano y conseguir una harina casera. “Hoy día todo va evolucionando. Entonces, solo se hace ese machacado en una ceremonia, por ejemplo, en la Asociación Japonesa; cuando era chica íbamos a las festividades y lo hacían directamente cocinando el arroz, era muy tradicional”, recuerda la pastelera. Ahora se importa la harina, se le agrega agua y azúcar, hasta obtener una masa que se pasa por microondas, y se rellena de distintos mousses o, mejor dicho, esa pasta de distintos gustos, a base de crema doble, se envuelve con la masa elástica ya cocinada.
Norimōto abre todos los días de 12.00 a medianoche en Costa Rica 1720.
Invierno a puro helado
Tarde & noche de heladerías y cafeterías es el circuito que la Intendencia de Canelones, a través de su Dirección de Turismo, la Asociación Turística de Canelones y la Cámara de Comercio Ciudad de la Costa propone para las vacaciones de julio. Durante el receso escolar, a partir del viernes 3 de julio, más de 50 comercios distribuidos en diversas localidades canarias se sumarán a esta iniciativa con propuestas especiales.
Los establecimientos participantes ofrecerán promociones especiales y degustaciones, una selección de sabores de estación y combos de merienda, a la vez que tendrán una agenda cultural propia. Muchos locales contarán con música en vivo, pequeñas intervenciones artísticas y sorteos.
La cartilla de comercios adheridos, junto con la agenda de actividades, está disponible en turismo.imcanelones.gub.uy.