¿Qué tienen en común una mujer que decide irse a vivir a una comuna al campo en busca de un futuro colectivo de cuidado, un programador que empieza a trabajar en su casa durante la pandemia y cambia su perspectiva del exterior o los malestares de los pacientes internados en un hospital psiquiátrico? A simple vista, no mucho, pero una mirada más profunda y compleja permite entender que estos son algunos de los tantos rostros que toma la soledad en contextos urbanos, mediada por los cambios culturales de la última década, las nuevas tecnologías y lo que dejó la pandemia.
Así Victoria O’Donnell, joven socióloga e investigadora con experiencia tanto en el sector público como en organismos internacionales, y con trabajo de campo en clínicas con foco en tecnología, consumos problemáticos y salud mental, se dedica en Mosaicos (El Gato y la Caja, 152 páginas), un pequeño libro de crónicas, a bordar con esmero un gran tapiz temático. Si bien la Organización Mundial de la Salud (OMS) empezó a tratar la soledad como un problema de salud pública global antes de la pandemia, la conversación pareció intensificarse a posteriori, cuando todavía oscilábamos entre querer volver a la normalidad y haber naturalizado los nuevos códigos del aislamiento.
“Para mí lo importante era no asustar ni convertir la soledad en una nueva patología. Todos atravesamos momentos de soledad, y además existe una soledad valiosa. En inglés se distingue entre loneliness, que refiere a la soledad dolorosa, no deseada, y solitude, una soledad elegida, fértil, necesaria para pensar, descansar, crear o elaborar la experiencia. En español usamos una sola palabra para ambas cosas y eso a veces empobrece la discusión”, abre O’Donnell, anticipando el espíritu de un libro que no estigmatiza la soledad cayendo en lugares comunes, pero tampoco minimiza los impactos de las nuevas maneras de vincularnos.
Algunas de las primeras señales llamativas que la autora destaca en relación a cómo nos estamos relacionando hoy son lo que llama “hambre de contacto o de piel”, la ausencia de confidentes reales pese a tener muchos contactos en redes sociales -o vínculos tenues-, y algo de lo que se viene hablando bastante en el último tiempo y que resuena sobre todo viendo los proyectos políticos y neoliberales en la región, la pérdida de los terceros espacios. “En sociedades cada vez más mediadas por pantallas, más individualizadas y más cansadas, hay personas que pasan largos períodos sin contacto físico afectuoso. Eso no es menor; el cuerpo también necesita pertenecer. En relación a la pérdida de espacios comunes, la vida estaba mediada por instituciones y comunidades que daban continuidad, pero cuando esas mediaciones se debilitan, la vida social queda demasiado apoyada en la iniciativa individual. Sostener amistades, cuidar, participar, encontrarse o simplemente estar disponible para otros no ocurre en el vacío. Si las jornadas se extienden, si los traslados agotan, si el alquiler expulsa de los barrios, si la incertidumbre económica consume toda la energía, la vida vincular se deteriora. Por eso la soledad no puede pensarse únicamente como un problema psicológico, también es un problema de cuidados, de instituciones y de organización social”, puntualiza para darle una lectura situada y política.
Una idea para llevarse de Mosaicos quizás sea precisamente esta: la soledad como nueva forma de marcar el tiempo, el lazo con otros, los espacios que habitamos y hasta como alarma, pero no para asustarnos o sobrepreocuparnos, sino para prestar más atención.
¿Por qué hablar de este tema? ¿Por qué ahora?
La declaración de la OMS ya venía trabajando en la intersección de tecnología y salud mental y desde ahí se percibe que hay algo del orden del vínculo, del cuidado y de la pertenencia que se fue debilitando. Fenómenos que parecían aislados, cuando se incorporan las variables de la soledad y el amparo, parecen menos irracionales o aislados entre sí: la polarización, el ecosistema del odio, la desesperanza, la dificultad para imaginar futuros compartidos, la fragilidad de algunas instituciones, la búsqueda de compañía en plataformas o incluso en inteligencias artificiales. El libro surge no solo de la pregunta de por qué hay personas que se sienten solas y qué formas nuevas hay de soledad, sino qué nos dice eso sobre la sociedad que estamos construyendo. Cuando el vínculo empieza a aparecer como un factor de salud, de sentido y de vida en común, deja de ser un asunto privado y pasa a ser una pregunta cultural, política y colectiva.
Con esto de las nuevas novias o acompañantes virtuales, hay una miríada de problemáticas que se abren.
Antes de tratar eso como una rareza, conviene preguntarse qué formas de escucha están fallando en el mundo humano. Si una máquina se vuelve el interlocutor más paciente, más disponible o menos juzgador que encuentra alguien, el problema no habla solamente de la máquina. Habla también de la escasez de espacios donde las personas puedan ser escuchadas sin volverse una carga.
Otra modalidad contemporánea que aparece son las relaciones parasociales, con personas que pasan horas acompañadas por streamers, podcasts o creadores de contenido. Pueden conocer sus rutinas, opiniones, problemas, y esa compañía puede aliviar, entretener e incluso enseñar, pero no implica reciprocidad. Sentirse acompañado no siempre equivale a estar acompañado. Muchas personas escuchan voces durante todo el día, siguen vidas ajenas en tiempo real, pero tienen dificultades para responder una pregunta mucho más básica: quiénes son mis personas, quién me cuida, a quién cuido, dónde pertenezco.
Ante un momento de retracción de los lazos sociales y de achicamiento de la intimidad, llama la atención cómo se intenta capitalizar la búsqueda de compañía con soluciones de todo tipo. ¿Te parece que habla más de la incapacidad para articular respuestas colectivas y políticas que individuales?
Me genera una mezcla de fascinación y de alerta. Es muy revelador ver cómo, apenas un malestar se nombra, aparece un mercado dispuesto a vender un remedio. Y sí, el abanico es mucho más amplio que las apps de citas. Están las suscripciones a compañía digital, los coaches de sociabilidad, los retiros de “desconexión”, los robots conversacionales, las plataformas que te alquilan un “amigo” por hora o un abrazo pago. Incluso el streaming y las redes sociales, en cierto modo, monetizan una forma de compañía unidireccional.
Lo que me confirma una hipótesis central del libro: cuando un problema colectivo se define como una falla individual, la solución que aparece es un producto de consumo. Esa industria florece porque le habla a un sujeto que siente que le falta algo, le ofrece un atajo tecnológico y privado para un hambre que es profundamente humana y pública. Y ahí está la trampa: compramos soluciones que nos mantienen en la misma lógica que generó la intemperie. Pago una suscripción para sentirme acompañado, pero sigo sin tiempo, sin espacios públicos fuertes y sin una comunidad que me sostenga.
Hablemos un poco de género: por un lado, decís que la “soledad femenina está muy acompañada”. ¿Podés explayarte?
Esa frase fue un modo de condensar una paradoja que aparecía una y otra vez en las entrevistas. Muchas mujeres, especialmente de ciertas generaciones, viven una soledad que no es por falta de vínculos, sino por exceso de demandas. Están acompañadas de hijos, nietos, parejas, padres enfermos, compañeras de trabajo que las necesitan, amigas a las que contienen. El problema es que esa compañía muchas veces fluye en una sola dirección: ellas son el sostén, la infraestructura afectiva de otros, y se sienten profundamente solas dentro de un entramado denso de responsabilidades de cuidado.
Además nos ayuda a desestigmatizar un poco la soledad elegida; en definitiva, podés estar acompañado y muy solo también...
La soledad elegida es un privilegio y una conquista. Para muchas mujeres, la posibilidad de estar solas sin que eso implique desamparo o peligro es un triunfo. Poder decir “necesito mi espacio” u “hoy no estoy disponible para nadie” tiene una potencia política. La solitude, la soledad fértil, fue históricamente negada a las mujeres, cuyo espacio y tiempo siempre se asumió como disponible para otros. Desestigmatizar la soledad femenina es también reconocer ese derecho a la propia habitación, al silencio, a la pausa.
También se habla mucho de soledad y tecnología en relación a los varones, cuando en verdad es un asunto bastante transversal. ¿Podemos pensar en un impacto diferenciado, pero igual de problemático?
Sí, totalmente. El impacto está diferenciado por las expectativas de género, pero la raíz es la misma: una profunda dificultad para la intimidad y la reciprocidad en condiciones de igualdad. En los varones, estas manifestaciones a menudo aparecen como un reclamo furioso hacia afuera. Una parte de la manósfera y el fenómeno incel expresa una soledad que se convierte en odio: “No me dan lo que merezco”. La tecnología ahí funciona como un paliativo que no desafía la lógica de consumo, sino que la perfecciona. En las mujeres, la contracara es distinta, pero igual de compleja. Movimientos como el 4B (surgido en Corea del Sur), que rechaza la heterosexualidad, el matrimonio, las citas y la maternidad, son una respuesta radical a una cultura que sigue siendo hostil y agotadora para ellas. No nace del odio al otro, sino de un hartazgo y una decisión de autopreservación: “Prefiero retirarme de este juego”. Lo problemático en ambos casos es que la tecnología y estas dinámicas nos ofrecen burbujas a medida que nos evitan la tarea más difícil: lidiar con la alteridad real.
Te escuché hablar de la soledad en un sentido parecido a la función biológica o evolutiva del dolor, como una alarma ante posibles problemas o malestares sobre los cuales el cuerpo avisa.
La relación entre soledad y cuerpo no es una intuición, es un campo con evidencia acumulada. Los trabajos de la Universidad de Chicago mostraron hace más de una década que la percepción de aislamiento social activa las mismas regiones cerebrales que procesan el dolor físico, en particular la corteza cingulada anterior. El cerebro interpreta la desconexión como una amenaza y, como toda amenaza, desencadena una respuesta de estrés. No es que la soledad “ponga triste”, es que pone al organismo en estado de alerta inflamatoria. De ahí los datos epidemiológicos que maneja la OMS y que recupero en el libro con riesgos de enfermedad cardiovascular, alteraciones del sueño, disminución de la variabilidad de la frecuencia cardíaca y una respuesta inmune más débil. Son indicadores duros. No hablan de un estado de ánimo, hablan de fisiología alterada.
Lo que me parece desafiante es que hoy hay una preocupación enorme por la salud física entendida como proyecto individual: alimentación, entrenamiento, suplementación, monitoreo del sueño. El problema aparece cuando ese enfoque no incluye la dimensión vincular, porque el cuerpo no se regula solo, se regula en presencia de otros. Dicho de otro modo: podemos tener toda la data sobre nuestras horas de ayuno, nuestros macronutrientes y nuestra calidad de sueño, y al mismo tiempo no registrar que hace meses no tenemos una conversación sin apuro, que no recibimos un abrazo, que no hay nadie que sepa cómo estamos realmente. El cuerpo registra eso aunque los dispositivos no lo midan.
