Antes de empezar la entrevista en el bar Las Flores, el guitarrista Juan Pablo Chapital pegó en la pared un afiche que anuncia su próximo toque; a la vieja usanza, como si viviéramos en épocas previas a internet. Lo mismo le sucede con la forma de escuchar música: es más del vinilo y del CD, y no ve con buenos ojos –o no escucha con buenos oídos– las plataformas digitales como Spotify.
El domingo 27 de setiembre será la cuarta edición de Chapital en concierto, con su banda a pleno. En la sala Zitarrosa, adelantará algunas composiciones nuevas, repasará temas de sus discos como solista y no faltarán versiones de artistas tan diversos como The Beatles, Ruben Rada, Hugo Fattoruso, Carlos Santana, Mandrake Wolf, Eduardo Mateo, Dino y Opa. Además, como invitado especial estará nada menos que Fernando Cabrera, con quien tocará, entre otras canciones, “Fotoestudio”, del álbum Viva la patria (2013), uno de los discos del cantautor en el que Chapital puso sus seis cuerdas a disposición.
¿Fender o Gibson? Esa es la cuestión más sagrada entre los guitarristas, y es uno de los tantos temas de los que Chapital conversó con la diaria, además de los violeros que lo influenciaron, sobre todo cuando vemos que en el fondo de pantalla de su celular tiene a Jeff Beck.
¿Cuándo te copaste por primera vez con la guitarra?
Lo primero que me copó fue la batería, pero me compré una viola porque me la vendían barata, como si hoy te dijera a 500 pesos. Tengo una hermana cinco años más grande, que estaba de novia con [el guitarrista] José Luis Yabar, que agarró esa guitarra, la empezó a tocar y me copé. Al principio, tomé unas clases con él, y después ya enfilé. Además, nunca tuve batería, así que arranqué con la viola, a los 14 años. Pero fue por accidente, por comprarla porque estaba barata.
Naciste en 1975, o sea que viviste el rock uruguayo posdictadura de niño. Imagino que no ibas a toques en esa época.
No. El primero grande fue el de Eric Clapton en el estadio Centenario en 1990; tenía 15.
Con Mick Taylor de telonero.
Lo mejor, me explotó la cabeza, y tuve la suerte de verlo de al lado. Me podría haber ido después del concierto de Mick Taylor. Además, me acuerdo de que tocó “You Gotta Move”, que lo tenía muy presente, del disco Sticky Fingers [1971]. Después empecé a ir con amigos a algunos otros shows. Me acuerdo de un concierto de Buitres. A la vez que yo tenía esa impronta más rockera, mi hermana ya escuchaba a Fernando Cabrera. Yo le decía: “Mirá cómo canta este, no entiendo nada”. Años más tarde, me terminó encantando, y después terminé tocando con él, pero al principio no lo entendía.
Cabrera te espera.
Sí, es como el tango. De hecho, cuando empecé a tocar con él, varios amigos que escuchan otro estilo de música le dieron una oportunidad porque yo tocaba, y siempre me dijeron: “En vivo te atraviesa con una flecha”.
Además de subirte al escenario con Cabrera, grabaste en varios de sus discos, como Viva la patria (2013) y 432 (2017). ¿Cómo es tocar con él? Porque, cada vez más, usa la guitarra de forma muy especial.
Cada vez toca menos notas. Fue todo un desafío y un aprendizaje. Lo que dice tiene lógica en su cabeza: pensar como si fuéramos una orquesta sinfónica, donde el fagot de repente toca en este compás y por 12 compases no toca. La cuestión era sacar. Conceptualmente, es muy de los espacios, y eso me parece alucinante. Otra particularidad de Cabrera es que ensayás un tema, pero él deja que la cosa fluya. Hay una frase que se debe hacer, pero después él mismo no toca igual dos veces el mismo tema. Es un concepto como de jazzista, de improvisación. Alguna vez estuve pispiando un ensayo de Jaime [Roos], y pasa el arreglo 50 veces; no más o menos el arreglo, sino el arreglo, y eso también tiene su valor. Son diferentes abordajes.
También tocaste con Ruben Rada.
Sí, siempre en situaciones en las que el guitarrista no podía y fui yo. Me tocó estar en el espectáculo Rada para niños y tocar vestido de túnica y moña, con Rada disfrazado de maestra. Si él sacaba la ficha de que te estabas riendo, ya pasaba por al lado tuyo y te decía algo. Recién hablábamos de la adolescencia: en esa época me llegó La cosa se pone negra [1983], el disco de Rada grabado en vivo en Obras. Ahí toca el bajo Urbano [Moraes], que es un hermano para mí, y no le gusta ese disco porque dice que pifió mucho, pero me parece alucinante todo lo que pasa ahí; es como una síntesis de música uruguaya con jazz, rock y blues. Cuando lo escuché, me llamó mucho la atención la música de Rada, y fue esencial en mi decisión de querer ser músico. En 1991 hubo un concierto en el estadio Franzini, frente a casa, en homenaje a John Lennon, por los diez años de su muerte, con Jaime y Rada. Vi eso con 15 años y dije: “Quiero ser músico y me gustaría estar ahí, acompañando a esos”.
El último disco que sacaste fue Móvil (2024). Tiene algunos temas instrumentales, como el primero, “Bushido”, que me da muy cinematográfico, podría sonar en la intro de una película de los hermanos Coen. ¿Al componer los temas los pensás para que sean así de evocativos?
No, se da así y a cada persona le llega de forma diferente. A vos te dio esa impresión, y me parece alucinante, pero no lo pensé para causar eso. Hay un esqueleto del tema, que hago en mi casa, y después voy al ensayo y les digo a aquellos que tengo esa idea y que me interesaría que el groove de la batería vaya por acá; después, cada uno con su swing interpreta lo que planteo, pero no les escribo qué tocar. En ese sentido, es más cabrerístico.
También grabaste versiones instrumentales, como la de “Milonga de pelo largo”, de Dino, en la que hacés mucho énfasis en la melodía vocal con la guitarra. En esa versión escucho una influencia de cómo Jeff Beck tocaba “A Day in the Life”, de The Beatles.
Mi intención es presentar una melodía como toca Santana, de una manera en la que te pueda transmitir, porque no es la palabra diciendo “no sé qué”, sino una melodía que también genera sensaciones. Esa versión surgió cuando tocábamos con Cabrera en Guambia, y la armamos juntos. Gran acierto tu comentario, porque para mí Beck es un referente absoluto, alguien a quien escucho mucho, sin querer imitarlo, pero sí para capturar la esencia de que la melodía sea lo más importante.
Foto: Alessandro Maradei
Me da la sensación de que en la música que más suena dentro del mainstream actual la melodía vocal se perdió.
Te digo la verdad: tengo tantos vinilos y CD, y me sigo comprando y encargando, que lo nuevo lo ojeo pero no le entro. Todavía no escuché el último disco de los Stones, por ejemplo, que sé que me va a gustar, pero no lo quiero escuchar en Spotify, sino en vinilo; soy vieja guardia. Pero sé qué cosas hay y reconozco eso que decís, y también hay gente que no es del mainstream que es alucinante.
¿Qué te pasa con Spotify?
Me parece un horror. Me hicieron la cabeza para que mi último disco esté ahí, pero prefiero que lo escuchen en Bandcamp, libre, o que alguien me lo compre –son menos de 300 pesos–, y cada tanto me llega de PayPal: “Nosequién te compró el disco”.
¿No te gusta por el poco dinero que les llega a los artistas? ¿Por la calidad de sonido?
Por ambas cosas. Y las listas que arman los sellos también me parecen un curro porque, obviamente, ponen a sus artistas para que se reproduzcan más. Es feo. De hecho, varios artistas han sacado toda su discografía, y después la han vuelto a poner, y después la han sacado de nuevo. Coldplay tenía juicios. Imaginate dónde quedamos nosotros en esa pirámide...
Tu disco anterior, Cerca (2020), que grabaste con el guitarrista argentino Jorge Armani, arranca con “Tito’s blues”, un tema bien blusero. Existe una visión muy ortodoxa, según la cual, si no sos un negro de Chicago no podés tocar blues.
Pienso que eso es verdad y que no es verdad. Como te digo una cosa, te digo la otra. Tuve la experiencia de acompañar a bluseros de Chicago como John Primer, Lurrie Bell y Jimmy Burns. Con Lurrie Bell me pasó: él estaba tocando solo con la viola –fue en la sala Zavala Muniz del teatro Solís– y yo fui de invitado, me senté al lado a tocar y sentí que entre lo que emitían mis dedos y lo que emitían los suyos había un abismo. Es medio etéreo lo que digo. Yo pensaba: “No puedo tocar blues”, pero, por otro lado: “Puedo tocar blues, pero no como lo tocan ellos”. Es como tocar el tambor al lado de cualquiera de mis amigos que tocan. Cada cual tiene su búsqueda. Es más el toque blusero que tengo de lo que me adueño del blues, si bien conozco una cantidad de cosas. Al principio me copé más con el blues británico o con el rock que estaba más cercano al blues de Inglaterra que de Estados Unidos, como Clapton, Jimmy Page, Beck, Peter Green y Humble Pie; después me metí de cabeza en Muddy Waters y todo eso, para atrás.
Das clases de guitarra. ¿Notás alguna diferencia entre tus alumnos y tu generación? ¿Para qué quieren aprender el instrumento?
Noto varias cosas. Una es la poca tolerancia a la frustración, una cosa que es contraria a la música. Me acuerdo de anécdotas de Pappo, que agarraba un tema de Jimi Hendrix y lo tocaba tres días hasta que le saliera. Eso no existe más, porque ahora es todo tan de la inmediatez que si no te sale ya: “No, esto no me sirve”. O te preguntan: “¿Y esto para qué me sirve?”. Pará, vos hacelo, no podés salir tocando ya.
O sea, una visión utilitaria de la música.
Exacto. Veo que hay una necesidad de querer ser alguien ya, que nuestra generación no tuvo. Mi primer disco lo grabé en 2010 [Fotografía silenciosa], tenía 35 años. ¿Qué apuro? Cuando consideré que tenía la música para hacerlo y las ganas de hacer algo, sí. Ahora está esa urgencia.
Es más fácil hacerse streamer que ponerse a tocar la guitarra.
Claro, y es más fácil grabar, subirlo a Spotify mañana y que todos tus amigos te digan “amigo, estás despegado”, pero al otro día eso no lo escucha nadie más... Creo que se está perdiendo un poco el oficio de la música. Yo arranqué tocando en un grupo de carnaval, acompañé a cantantes, tuve que ir a tocar tal estilo de música, y todo lo hice con gusto y de todo aprendí cosas que fueron forjando lo que puedo decir hoy cuando toco.
Hoy ya casi no existe el guitarrista de sesión, por ejemplo, que tocaba todos los géneros como si nada.
No existe más, ya fue. Para mí, guitarrista de sesión es Michael Landau, que grabó con Michael Jackson y varios más. Acá es “hacemos lo que podemos con lo que tenemos”.
Pero tocaste con mucha gente también; en los hechos, es parecido. Por ejemplo, uno de los últimos discos en los que trabajaste fue La mariposa monarca (2025), de Laura Canoura, y fuiste productor del álbum.
Sí, se van cerrando círculos, porque mi hermana me llevó al teatro Solís a escuchar Locas pasiones, el espectáculo de Canoura con Hugo Fattoruso [1994], y después terminé tocando con los dos. Tocar con Canoura, y que ella confíe en mi musicalidad, para que arregle sus temas y comparta a los otros músicos como me los imagino, me genera un agradecimiento eterno.
En la famosa disyuntiva de guitarras, Gibson o Fender, ¿con cuál te quedás?
Mi primera viola fue una [Fender] Strato, que me regaló mi viejo, y tiene dos humbuckers [micrófonos de dos bobinas]. Una vez, Osvaldo Fattoruso me dijo: “Pero eso es una Fender Les Paul, me estás cagando”. En realidad, toco con una Gibson SG de 1975 –mi año–, y tengo una [Gibson] 335, y un modelo raro que es como una Les Paul más chiquita. Entonces, si me apurás, creo que soy más de Gibson. La Les Paul la amo, pero es muy pesada.
Por eso Angus Young, de AC/DC, que es muy menudo, usa la SG, más liviana.
Sí, yo vendí mi Les Paul porque la espalda me empezó a joder.
Chapital en concierto IV. Domingo 27 de setiembre a las 21.00 en la sala Zitarrosa. Abre Tomás Nieves. Entradas a $ 900 en Tickantel.