Vivimos un momento en la historia del cine en el que las producciones de Hollywood se basan en reboots, remakes, secuelas, precuelas y spin-offs: todas las películas de cine mainstream están utilizando las historias de la década de 1990 y los 2000 que impregnaron nuestras infancias y adolescencias para reutilizarlas y adaptarlas a los jóvenes adultos de hoy en día. Uno de los elementos comunes que suelen utilizar para modernizar esas historias es el feminismo.
Ahora, tras el auge de la última ola feminista, el cine está recogiendo estos discursos para producir fenómenos culturales que alimenten el debate público, demostrando que los discursos feministas pueden ser altamente rentables. Para poner algunos ejemplos: Los ángeles de Charlie (2019) pone el foco en la hermandad, la sororidad y el empoderamiento colectivo bajo los discursos feministas liberales; La sirenita (2023) centra el arco del personaje en la autonomía y libertad personal y no en la relación con su príncipe, como en la historia clásica; Ghostbusters: Answer the Call (2016) y Ocean’s 8 (2018) cambian los protagonistas masculinos por femeninos, rompiendo la tradición de los elencos exclusivamente masculinos de los 90.
Estas nuevas películas reciclan los clásicos para poner el foco en el personaje femenino y en su historia, bajo la premisa del empoderamiento femenino. Esta técnica presenta una dualidad, entre la visibilización del feminismo y la mercantilización de su lucha: ¿Se trata de un discurso feminista genuino o de una estrategia de mercado? ¿Profundizan realmente en las estructuras de poder o es puro marketing?
El discurso feminista en el cine mainstream
Un ejemplo que puede responder a estas preguntas es el fenómeno de Barbie en 2023, dirigida por la directora estadounidense Greta Gerwig. La película ha sido una de las más publicitadas de la historia, con un presupuesto en su estrategia de marketing de entre 100 y 150 millones de dólares, y basó la campaña en la nostalgia, colaboraciones masivas y una estrategia de rebranding que sitúa a la muñeca de los años 60 en un ícono moderno. Como resultado, la película recaudó más de 1.440 millones de dólares en todo el mundo y fue la más taquillera de Warner Bros y la primera película dirigida solo por una mujer en superar los 1.000 millones de dólares en recaudación, según consignó la revista Smithsonian en 2023.
La Sirenita.
De esta manera, Warner Bros y Mattel adoptaron la muñeca original, que ha reproducido estereotipos de género y perpetuado ideales de belleza irreales a lo largo de su historia, para convertirla en un ícono feminista, mediante bromas que se ríen del comportamiento masculino cisheterosexual y parlamentos llenos de pasión y sensacionalismo, como el monólogo final de la persona que interpreta la actriz America Ferrera sobre las imposibles exigencias sociales hacia las mujeres.
No obstante, la protagonista, Margot Robbie, sigue el ideal de belleza occidental: un cuerpo blanco y normativo presentado en la primera escena como una mujer sobrehumana en un paisaje desierto, haciendo un guiño al monolito de 2001: A Space Odyssey (1968), de Stanley Kubrick, y modernizando una de las escenas más famosas de la historia del cine, utilizando el empoderamiento femenino para darle una nueva capa de pintura.
Barbie no es la única producción que intenta capitalizar nuestra nostalgia y utiliza los discursos feministas liberales como mecanismo: Disney también es uno de los principales suscriptores de esta nueva dinámica. Son interesantes los ejemplos de las películas Cruella (2021) y Maléfica (2014): en ambas producciones, que nacen de los clásicos de Disney, se pretende adoptar una teoría feminista, pero, si hacemos una lectura más profunda, vemos una clara evolución de bruja a villana.
Es decir, los personajes de Maléfica y Cruella De Vil en los cuentos clásicos eran brujas que vivían solas, apartadas de la sociedad por su magia oscura. La filósofa y escritora feminista Silvia Federici habla en El calibán y la bruja (2004) sobre el origen de estas brujas. Pero no las de Disney, las brujas reales; todas aquellas mujeres a las que se ha diabolizado por no seguir las normas de género tradicionales. De esta manera, la imagen de la bruja medieval se impregna en la cultura popular y evoluciona a la de bruja malvada, representando a las mujeres que no siguen los mandatos patriarcales.
Maléfica y Cruella, antes de ser villanas, eran mujeres traumatizadas. Lo que hacen estos productos es reciclar ciertos lugares comunes del pasado y maquillarlos de un empoderamiento generalmente vacío: según el mundo del cine, empoderarse es volverse malvada. Ambas películas son recibidas como feministas por centrarse en una mujer fuerte e independiente, pero caen en los mismos estereotipos de locura y soledad que la industria del cine repite desde hace décadas y que nacen de la opresión sistemática que han sufrido las mujeres, desde las acusaciones de brujería en la Edad Media hasta ahora.
Barbie.
Laura Mulvey explica en su ensayo Visual Pleasure and Narrative Cinema (1975) la idea feminista de que hombres y mujeres están posicionados de manera diferente por el cine: los hombres como sujetos que se identifican o como agentes impulsores de la narrativa de la película y las mujeres como objetos de deseo de la mirada masculina y fetichista, también llamado male gaze. Los relatos y las historias de los personajes femeninos han sido ignorados en las narrativas cinematográficas o tratados como tramas secundarias. Incluso han sido utilizados como factores que acompañan o condicionan el arco de personaje de los protagonistas masculinos y no como historias individuales y propias.
Para poner un ejemplo mundialmente famoso, en la película Forrest Gump (1994), el motivo de existencia de Jenny (Robin Wright) es ser el arco motor de toda la vida de Forrest (Tom Hanks), forzándolo a madurar emocionalmente y dándole coraje para enfrentar los cambios de la sociedad. Otra historia parecida es la de Pretty Woman (1990), donde el objetivo que se le brindó a Vivian Ward (Julia Roberts) para la narrativa es cambiar al tiburón financiero, frío y despiadado Edward Lewis (Richard Gere) para convertirlo en un hombre cálido, respetuoso y listo para sentar cabeza y casarse.
En general, las mujeres somos educadoras, psicólogas, madres, esposas, novias y uno de los principales detonantes para el cambio del protagonista masculino. Ahora, en cambio, parece que ha habido un giro que va de un extremo a otro: las producciones mencionadas colocan a la mujer en el centro, pero lo siguen haciendo bajo la mirada masculina. Con actrices protagonistas como Margot Robbie, Emma Stone o Angelina Jolie, íconos de la belleza normativa occidental, se sigue sin aportar una visión interseccional a los relatos, donde se discutan temas como la clase, la raza, el origen o la orientación sexual, y creando desde la mirada privilegiada. Pero empieza a haber un cambio de perspectiva y tenemos que salir de Hollywood y movernos hacia los márgenes para ver y conocer cómo la “mirada femenina” empieza a ocupar la pantalla.
El cambio de la mirada masculina a la femenina
Nos acercamos a producciones indies y nos fijamos, por ejemplo, en el cine catalán hecho por mujeres, que ha empezado a tener un protagonismo y reconocimiento internacional. Esta eclosión del talento femenino fue bautizada en 2024 por el medio de comunicación catalán 3 cat como “la gran ola”, y presenta a directoras, guionistas, montajistas, productoras y directoras de arte y fotografía como Carla Simón, Elena Martín, Neus Ballús, Clara Roquet, Ana Pfaff, Valérie Delpierre, Mónica Bernuy o Mar Coll.
Podemos hablar de la última película de la directora catalana Mar Coll, Salve María (2025), que habla abiertamente sobre la maternidad disidente, desde el conflicto y el cansancio, para alejarse del discurso convencional de la madre perfecta que ama incondicionalmente. Elena Martín, en Creatura (2023), retrata el cuerpo femenino y el deseo sexual, así como la sexualidad en la infancia, alejada del tratamiento que se ha hecho del cuerpo de la mujer tradicionalmente.
En Uruguay también vemos este cambio de perspectiva, con directoras como Leticia Jorge y Ana Guevara, que han dirigido en conjunto obras como Alelí (2019) y Agarrame fuerte (2024), que muestran una mirada atenta a los vínculos familiares y afectivos en sus producciones, mostrando personajes con contradicciones y relaciones reales. Por lo general, cuando las mujeres son las que producen, dirigen y escriben, la narrativa cambia drásticamente, demostrando que estos temas tienen un alcance universal. No se trata de que la historia sea solo “para mujeres” o “de mujeres”, sino que la mirada femenina aporta una visión diferente, alejada de la tradicional.
La cineasta mapuche Ayelén Lonconao explica en una entrevista para Woman Times que “el cine hecho por mujeres, sobre todo cuando toca temas ‘femeninos’, va a ser muy distinto si lo cuenta un hombre, porque pasa lo mismo; es distinto contarlo desde adentro que desde afuera, y no es que sea mejor o peor, porque si la historia está bien contada, pueden ser ambas muy interesantes, pero sí van a cambiar, eso es innegable”.
Es importante tener en cuenta el cambio que adoptan las historias según quién hay detrás o delante de la cámara. Podemos verlo con la famosa serie Euphoria, de Sam Levinson, y el estreno de su tercera temporada el mes pasado. Los temas, en el inicio de la serie –en 2019–, eran la identidad, el cuerpo femenino, las relaciones tóxicas, la depresión. Aun así, con un elenco protagonizado prácticamente solo por mujeres, cada una con una trama y conflicto claro desde la primera temporada, la dimensión y el sentido de la historia de cada una de las protagonistas está eclipsado por el fetiche, la mirada masculina y la cosificación del cuerpo. Por poner el caso de los personajes de Cassie o Jules, se realiza la fragmentación del cuerpo, concepto teorizado por la lingüista inglesa Sara Mills en Feminist Stylistics (1995), que explica cómo el cuerpo femenino se despersonaliza, se materializa, se reduce a sus partes sin que aporte nada a la trama.
Las realizadoras reivindican sus historias desde su cultura, su lengua, su tradición y su mirada personal, una autenticidad que nunca va a aparecer en las películas de grandes presupuestos, regidas por la rentabilidad del producto. De esta manera, el auge de la presencia femenina en el mundo del cine no quiere decir que la industria no siga siendo precaria y machista. Las producciones que tienen un ruido mundial son las producciones mainstream, que se siguen rigiendo bajo los mismos discursos capitalistas y liberales, mientras que las historias con otra mirada se mueven en el cine indie, con bajo presupuesto y que adopta una forma más melancólica y nostálgica.
La presidenta de la Academia de Cine Catalán, Judith Colell, recuerda en una entrevista en el periódico catalán El Nacional que las mujeres solo representan el 30% de la producción en España. En diversas entrevistas la directora ha destacado que es necesario alcanzar la paridad no solo en la dirección, sino en todas las especialidades técnicas masculinizadas de la industria.
La cineasta uruguaya Mariana Viñoles explica en una entrevista con El País que “seguirán apareciendo mujeres porque hay una mirada con perspectiva de género que se instaló en nosotras como cineastas, como ciudadanas, como docentes”. Aun así, deja claro que la decisión de hacer cine sigue implicando una sobrecarga: “No somos feministas porque sí. Hacer cine teniendo hijas, con la familia a cargo –y más aún en casos de mujeres separadas, sin red de apoyo, como fue el mío durante años–, implica un costo. No se trata de victimizarnos, sino de reconocer una realidad: la carga mental que atraviesa la crianza recae, en gran medida, sobre nosotras. Es difícil pensar en varones cineastas con un tiempo de creación tan limitado. Por eso, hay un valor que pocas veces se pone sobre la mesa y es que, pese a todo ese trabajo extra, seguimos haciendo películas”.
Maléfica.
La directora uruguaya Lucía Garibaldi también habla para El País de la precariedad de dedicarse al cine nacional: “Dedicarse al cine y sobrevivir dirigiendo y guionando es muy difícil en este país. Uno se tiene que dedicar a otras cosas también”. Viñoles también habla sobre el trabajo de cineasta y advierte que “esa visibilidad no resuelve lo más arduo: las dificultades concretas de sostener una carrera, criar hijos, trabajar y seguir filmando en un medio precario”.
Dedicarse al cine siendo mujer supone un cambio de mirada, acercar al espectador unos temas que siempre se han tratado como íntimos, pero que ahora, al plasmarse en la gran pantalla hablando desde la propia experiencia, ya no están en esa esfera privada en la que se les resta importancia o visibilidad, sino que se reivindican y se ponen en el centro del debate público. El cine mainstream utiliza el feminismo como medio para adaptarse a un nuevo mercado, pero la verdadera revolución se genera en los márgenes, y es a esas producciones que hay que mirar.