Si bien durante décadas se instaló la idea de que la sexualidad en la mujer declina inevitablemente después de la menopausia, nueva evidencia sobre las experiencias de mujeres de más de 50 años viene a cuestionar esta mirada culturalmente sesgada. Mientras estudios globales confirman que muchas mujeres de mediana edad y mayores están encontrando su “voz sexual”, experimentando más y reclamando el derecho a estar satisfechas, y las pantallas y los libros se pueblan de relatos de mujeres adultas disfrutando del sexo, un informe realizado por el Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) en Argentina arroja que para 72% de las personas mayores de 50 la sexualidad sigue siendo clave en su vida.
“Contrario a lo que se suele o puede pensar, lo que inhibe el deseo no es la menopausia, sino la carga mental, el estrés crónico y los mandatos”, explica el estudio. “El erotismo no desaparece, pero se vuelve un lujo. Así lo muestran relevamientos previos de UADE sobre sex shops, donde entre el 60% y el 70% de la clientela está conformada por mujeres, y la alta participación de mujeres mayores de 50 años en charlas y talleres sobre erotismo”.
Incluso The New York Times se preguntaba hace poco, en un especial titulado “¿Por qué las mujeres de la generación X tienen el mejor sexo?”, qué cambios culturales y sociales operan detrás de este fenómeno. En el artículo, la periodista Mireille Silcoff examina el despertar sexual de mujeres de la generación X (nacidas entre 1965 y 1980) que, como ella, comenzaron a experimentar mayor plenitud sexual a sus tardíos 40 y más allá de los 50; mujeres que ya se han encontrado profesionalmente, con mayor independencia económica e hijos crecidos, y que se encuentran hoy con una cultura mucho más abierta y desinhibida que la de los 90, cuando primaban el miedo al embarazo, la presión por tener hijos y un machismo mucho más pronunciado –aun si miramos la contraofensiva conservadora de los últimos años ante los avances del #MeToo–.
De la invisibilidad al menowashing
“Hasta finales del siglo XX, los estudios académicos sobre las mujeres mayores estaban dominados por lo que los sociólogos denominan la ‘perspectiva de la miseria’, que hace hincapié en cómo empeora la vida de las personas a medida que envejecen, afectada por factores como las enfermedades crónicas y las dificultades económicas”, dice Silcoff, haciendo referencia a una forma negativa de ver la menopausia en particular y la vejez en general, con foco en todo lo que está mal. Por el contrario, una nueva escuela, llamada “gerontología crítica”, se ha centrado en los efectos positivos del envejecimiento, incluida la mejora de la vida sexual de las mujeres.
Y es que muchas mujeres están hartas de escuchar o leer siempre sobre los efectos adversos de la menopausia, así como de todo lo que se debe hacer para “llegar bien o mejor” a ese momento. ¿Es que acaso cambiamos un conjunto de mandatos, como estar flacas, bonitas y siempre disponibles, por otro set de exigencias relativas a la salud y el bienestar para esa etapa de la vida?
La historia se cuenta sola. Es lógico que los discursos tiendan a enfocarse en las soluciones a los problemas, ya que por mucho tiempo la menopausia fue invisibilizada y poco estudiada, al igual que otras problemáticas femeninas, pero el boom de aplicaciones, libros y líneas de productos que apuntan a este segmento tiene una explicación comercial evidente: el mercado global de productos y servicios asociados a la menopausia –cosmética, suplementos, aplicaciones digitales y tecnología médica– podría superar los 24.400 millones de dólares en 2030 según Grand View Research. Por eso, de igual modo que como sucedió en su momento con la SHEeconomy –mujeres solteras, educadas y urbanas que se convirtieron en un grupo de consumo repentinamente valorado– o con la llamada Silver Economy –que viene desde hace años machacando con que los boomers y las poblaciones envejecidas son el segmento al que hay que prestarle atención–, ahora pareciera haberles tocado el turno a la mujeres menopáusicas.
Como si la problemática de la mujer y las femineidades contemporáneas fuera a estar siempre condenada a conformar, pero siempre lejos de poder hacerlo y con el mercado mediando necesidades, aspiraciones y traumas en una época en la que todo parece optimizable (la nutrición, el ejercicio, el sueño, etcétera). “El llamado ‘apagón sexual’ funciona más como un relato cultural que como una realidad clínica. Se sostiene en normas sociales de juventud, estética y disponibilidad permanente, y termina culpando al cuerpo femenino por un desgaste que muchas veces es social. El deseo no se apaga, pero sí se ve afectado por el agotamiento y las exigencias que rodean a las mujeres después de los 50”, agrega el estudio de UADE.
Una cuestión de enfoque y contexto
“Venimos difundiendo una mirada despatologizante de la etapa vital del climaterio. Hay mujeres que llegan con mucha sintomatología física que afecta al deseo, como los dolores en la vulva vaginal, síntomas excitatorios (cómo el cuerpo responde a los estímulos eróticos), insomnio y cambios corporales. Muchas veces, al mejorar estos síntomas, mejora el deseo en consecuencia, porque lo que mejora es la relación con el cuerpo y con una misma. En otras mujeres bajar el peso de la reproducción relaja también y pueden redescubrirse o descubrir prácticas y sensaciones nuevas”, explica la psicóloga y sexóloga Alexandra Amorós, que además es parte del equipo de No Pausa, comunidad latinoamericana para mujeres en la perimenopausia y la menopausia.
“Ahora que la menopausia ya está instalada, es un placer no tener más los picos hormonales, los dolores, poder dejar de pensar en la anticoncepción, al tener una pareja estable desde hace dos décadas. Nos seguimos gustando y disfrutando del sexo con la libertad de saber quiénes somos, qué queremos y para qué, sabiendo que tenemos mucho tiempo por delante”, cuenta a la diaria Flor Luque, de 56 años, comunicadora y consultora organizacional, haciendo referencia a lo que es probable que sea uno de los rasgos que más se destacan en la experiencia sexual de las mujeres de mediana edad: la confianza de saber dónde se encuentra una en la vida y la tranquilidad de no tener que responder a las expectativas ajenas.
Junto con esta mirada despatologizante, surge, como explica Silcoff, un contraste llamativo: en un contexto en que las nuevas generaciones están teniendo menos sexo –ya se habla de recesión sexual en los millennials y la generación Z–, llama la atención que las que mejor lo estén pasando sean las “perennes sexuales” como las etiqueta la periodista. De hecho, según la escritora e investigadora generacional Jean Twenge, autora de Generaciones: las verdaderas diferencias entre la generación Z, los millennials, la generación X, los baby boomers y la generación silenciosa, la curva descendente en la actividad sexual que empieza a caer en picada desde los tardíos 2010, si bien afecta a todas las generaciones, impacta mucho menos en la generación X.
“Yo vivo mi sexualidad con una profunda libertad, más que a los 20 o a los 40. Me animo a cosas que no me hubiera permitido pensar siquiera. Me reconozco en algunas situaciones que antes no entendía y me siento más segura. Además, hablo más del tema con amigas. Incluso hay muchas que tienen menos deseo sexual en esta etapa y nos reímos también de eso. Compartir con las otras te hace sentir acompañada”, cuenta Marie La Rocca, 51 años, creativa y directora de su propia agencia.
También hay que mirar el contexto demográfico y económico que indica que hoy muchas mujeres están llegando a los 40 y 50 solteras y dispuestas a disfrutar de su vida sexual y afectiva con libertad, gracias a los virajes culturales de las últimas décadas (se casan más tarde, si lo hacen, tienen hijos más tarde, si los tienen, se focalizan en sus carreras y viven solas más tiempo). Pero incluso si hablamos de divorcios o separaciones, la ocurrencia de mujeres divorciadas en sus 40 y más tarde es un fenómeno reciente debido a los cambios demográficos: en 1980 la edad media de las mujeres que se divorciaban por primera vez en Estados Unidos era de unos 30 años, cuando en 2020 ya rondaba los 40.
Si a estas transformaciones les sumamos las discusiones en torno al consentimiento y la violencia sexual, el cuestionamiento del género como algo dado o los nuevos tipos de relaciones, aspectos que actualmente podrán estar viendo retrocesos junto con el ataque a nuestros derechos reproductivos, pero que contribuyeron a moldear una cultura del sexo mucho más abierta para las nuevas generaciones, no sorprende que muchas mujeres maduras sientan que lo mejor está por venir.
Una línea similar marca Julieta Kemble, creadora de Pólvora, una plataforma dedicada a acompañar, informar y empoderar a mujeres que transitan la menopausia y la vida adulta, con foco en el placer y la sexualidad. “El deseo es sensible al contexto: hormonas, estrés, descanso, vínculo, autoestima, salud mental y bienestar general. Lo que cambia es la forma en que se expresa y lo que necesita para sostenerse. La menopausia no elimina el deseo: lo vuelve más consciente, más honesto y más dependiente del propio bienestar”.
En la tele y los libros también
Pero si los tiempos parecen estar cambiando en la vida real, algo curioso también sucede en las ficciones. Es lo que algunos autores, como Deborah Jermyn (estudia el envejecimiento, el género y la menopausia en los medios), llaman “el giro menopáusico en la cultura”, y que tiene que ver tanto con figuras públicas que comparten sus historias personales –entre las más sonadas están Naomi Watts y Gillian Anderson, ambas publicaron bestsellers sobre el tema– como con cambios en las narrativas y personajes de series, películas y libros.
Si hacemos un paneo rápido por el menú de opciones podemos encontrar films nominados protagonizados por mujeres adultas, maduras y deseantes, como Baby Girl (Nicole Kidman), la última entrega de Bridget Jones (Renée Zellweger) o la más reciente Teenage Sex and Death at Camp Miasma, con Anderson. Hasta el mundo editorial se vio revolucionado el año pasado con libros de memorias escritas por autoras maduras, incluyendo la exitosa novela de la autora de culto Miranda July, All Fours, que The New York Times reseñó como “la primera gran novela de la perimenopausia”.
Pese a todo esto, María Milagros Kirpach, fundadora y directora ejecutiva de No Pausa y HDM (HablemosDeMenopausia), advierte que hay que poder visibilizar la dualidad: las que disfrutan y las que la están pasando mal, sin simplificar ninguna de las dos experiencias. “Pienso que está buenísimo que se empiecen a desarmar los prejuicios alrededor de la idea de que la sexualidad desaparece con la edad, porque hay muchas mujeres que se redescubren y siguen disfrutando desde un lugar distinto. Pero a la vez creo que es importante no caer en el otro extremo y romantizar una única experiencia. Porque si miramos los datos, por un lado, hay mujeres que encuentran una nueva forma de vivir su sexualidad, y por otro, casi 50% que sí experimenta dificultades concretas. Por ejemplo, en el último informe de No Pausa en Uruguay, basado en una base de 5.000 mujeres, cerca del 47% reporta disminución del deseo sexual”.
“Lo cierto es que no hay recetas, pero cruzando con el feminismo y la teoría de género más la sexología, lo que falta es escuchar lo que las mujeres sienten y necesitan en esta etapa. Muchas veces se ofrecen soluciones enlatadas con modelos viejos de deseo o con soluciones que no provienen de una mirada integral de la salud erótica; las dificultades del deseo tienen más que ver con el contexto relacional que con los cambios climatéricos. Creo que es una etapa para repensar el deseo, no solo en lo sexual sino en la vida: el deseo como conexión con los placeres vitales, donde el sexo es uno más y no el único”, cierra Amorós.
